Óscar Arias:Un futuro a la altura de nuestros sueños

Creo que es preciso sumar al optimismo el temple y la voluntad de cambio. Creo que es tiempo de que la humanidad construya un futuro a la altura de sus mejores sueños.

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Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

LXI ASAMBLEA GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS
NUEVA YORK, ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA, 19 DE SETIEMBRE DE 2006

Comparezco a este recinto embargado por la misma emoción y el mismo sentido de urgencia con que lo hice por primera vez, hace veinte años. Vine entonces cargando las angustias más profundas de mi pueblo. Vine a recordarle al mundo que en la cintura de América cinco pequeñas naciones se debatían entre la vida y la muerte, entre la libertad y la opresión, entre la guerra y la paz.

Vine a pedirle a la comunidad internacional que no dejara que la violencia convirtiera a Centroamérica en tierra yerma para la semilla de los más hermosos sueños humanos. El mundo ha cambiado mucho desde entonces. Los mejores hijos de Centroamérica ya no parten hacia la guerra y nuestros países han dejado de ser peones en el inmenso ajedrez planetario de la Guerra Fría.

Para quien viene de Centroamérica es imposible pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Estoy convencido de que la humanidad tiene razones para ser optimista y que, como lo dijera William Faulkner, el ser humano prevalecerá.

Pero también sé que los avances logrados en la dirección de la libertad, de la dignidad y del bienestar de las personas no son más que pequeñas victorias en una lucha épica y de largo aliento. El camino hacia la realización plena de los seres humanos apenas comienza y está cundido de obstáculos.

Si vamos a continuar el camino de la emancipación humana frente a la miseria, si vamos a convertir al desarrollo y a los derechos humanos en algo más que la utopía que son hoy para cientos de millones de personas en todo el mundo, requerimos más que buenas intenciones.

Requerimos coraje para llamar las cosas por su nombre, para rectificar rumbos equivocados y para tomar decisiones impostergables.

Con optimismo y con vehemencia le propongo a esta Asamblea que tomemos, hoy, tres cursos de acción que pueden tener poderosos efectos sobre el bienestar de todas las personas. En primer lugar, que denunciemos el aumento del gasto militar, la carrera armamentista y el comercio de armas como ofensas a la condición humana. En segundo lugar, que hagamos realidad, mediante el libre comercio, la promesa que la globalización económica encierra para toda la humanidad y, en particular, para los pueblos más pobres. En tercer lugar, que defendamos, con lo mejor de nuestro esfuerzo y de nuestra elocuencia, a la legalidad internacional y a las Naciones Unidas, y que propiciemos las reformas que les permitan adaptarse exitosamente a los inmensos cambios que está experimentando el mundo.

Desde hace mucho tiempo he sostenido que la lucha por el desarrollo humano está unida a la causa del desarme y de la desmilitarización. Ciertamente no es un blasón de honor para nuestra especie que el gasto militar mundial haya sobrepasado en el año 2005 un trillón de dólares, la misma cifra que tenía en términos reales al acabar la Guerra Fría y ocho veces más que la inversión anual requerida para alcanzar en una década todos los Objetivos de Desarrollo del Milenio en todos los países del mundo.

La inversión que hacen hoy en sus fuerzas armadas los países más industrializados de la tierra, responsables del 83% del gasto militar mundial, es diez veces superior a los recursos que dedican a la ayuda oficial al desarrollo. Para los Estados Unidos de América, el país más rico del planeta, esa cifra es, por lo menos, 25 veces superior. ¿Qué es esto, sino una muestra elocuente del extravío de las prioridades y de la más profunda irracionalidad?

Porque, a fin de cuentas, de racionalidad se trata.

Desde los trágicos hechos del 11 de setiembre del 2001, un poco más de $200 mil millones se han añadido al gasto militar mundial. No existe un solo indicio que sugiera que este aumento colosal le está deparando al mundo un nivel superior de seguridad y un mayor disfrute de los derechos humanos. Por el contrario, cada vez nos sentimos más vulnerables y más frágiles. Tal vez sea tiempo de imaginar otros usos para esos recursos. Tal vez sea tiempo de saber que con bastante menos de esa suma podríamos garantizar acceso al agua potable y a la educación primaria a cada persona de este mundo, y quizá hasta nos sobraría, como alguna vez lo sugirió Gabriel García Márquez, para perfumar de sándalo en un día de otoño las cataratas del Niágara. Tal vez sea tiempo de entender que eso nos haría probablemente más seguros y ciertamente más felices.

Cada arma es el signo visible de la postergación de las necesidades de los más pobres. No lo digo sólo yo. Lo decía, en forma memorable, un hombre de armas, el Presidente Eisenhower, hace ya casi medio siglo:

Cada arma que construimos, cada navío de guerra que lanzamos al mar, cada cohete que disparamos es, en última instancia, un robo a quienes tienen hambre y nada para comer, a quienes tienen frío y nada para cubrirse. Este mundo alzado en armas no está gastando sólo dinero. Está gastando el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos y las esperanzas de sus niños”.

Pero si es triste que las naciones más ricas, a través de su gasto militar, le estén negando las oportunidades de desarrollo a las más pobres, es mucho peor que éstas sean cómplices en la destrucción de su propio futuro. En efecto, es trágico que los gobiernos de algunos de los países más subdesarrollados continúen apertrechando sus tropas, adquiriendo tanques, aviones y misiles para supuestamente proteger a una población que se consume en el hambre y en la ignorancia. Mi región del mundo no escapa a este fenómeno. En el año 2005, los países latinoamericanos gastaron casi $24 mil millones en armas y tropas, un monto que ha aumentado en un 25% en términos reales a lo largo de la última década y que ha crecido significativamente en el último año. América Latina ha iniciado una nueva carrera armamentista, pese a que nunca ha sido más democrática y a que prácticamente no ha visto conflictos militares entre países en el último siglo.

En esto, creo que los costarricenses tenemos derecho a sentirnos orgullosos. Desde el año 1948, por la visión de un hombre sabio, el ex Presidente José Figueres, Costa Rica abolió el ejército, le declaró la paz al mundo y apostó por la vida. Al igual que lo hice hace veinte años, en mi primer mensaje a esta Asamblea General, hoy puedo decirles con satisfacción que vengo de un pueblo sin armas; que nuestros hijos nunca han visto un tanque y que desconocen el helicóptero artillado, el barco de guerra y el cañón. Puedo decirles que en mi país, los padres y los abuelos explican a los jóvenes la curiosa arquitectura de algunas escuelas, en relatos que atestiguan cómo, hace ya muchos años, esas escuelas fueron cuarteles. Puedo decirles que en mi patria, ninguno de sus hijos, hombre o mujer, conoce la opresión, y que no hay un solo costarricense que marche al destierro.

Puedo decirles que la mía es una nación de libertad.

Ése es un camino que ni mi país, ni yo, estamos dispuestos a abandonar. No sólo eso: es una ruta que queremos que sea la de toda la humanidad. Por eso, hoy les propongo una idea. Les propongo que entre todos demos vida al Consenso de Costa Rica, mediante el cual se creen mecanismos para condonar deudas y apoyar con recursos financieros internacionales a los países en vías de desarrollo que inviertan cada vez más en educación, salud y vivienda para su pueblo, y cada vez menos en armas y soldados.

Es hora de que la comunidad financiera internacional premie no sólo a quien gasta con orden, como hasta ahora, sino a quien gasta con ética.

Les propongo, además, que aprobemos lo antes posible un Tratado sobre la Transferencia de Armas (ATT) que prohíba a los países la transferencia de armas a estados, grupos o individuos, si existe razón suficiente para creer que esas armas serán utilizadas para violar los Derechos Humanos o el Derecho Internacional, o claros indicios que apuntan a la posibilidad de que ellas sean utilizadas para alterar el desarrollo sostenible.

Espero que las Naciones Unidas, en este período de sesiones de su Asamblea General, acuerde la formación de un grupo gubernamental de expertos que redacte el texto de un tratado vinculante en materia de transferencias internacionales de armas.

Si es hora de cerrar las puertas al comercio de armas y a su infinita estela de muerte, es hora también de abrirlas de par en par al otro comercio, al intercambio legítimo y lícito de bienes y servicios, del que depende la prosperidad de los pueblos.

Sé que este recinto alberga una amplia gama de opiniones sobre las mejores formas de alcanzar un mayor intercambio global, que de oportunidades verdaderas a todos los países. En épocas de globalización la disyuntiva que enfrentan los países en vías de desarrollo es tan cruda como simple: si no son capaces de exportar cada vez más bienes y servicios, terminarán exportando cada vez más gente.

El argumento más fuerte a favor de la apertura económica es, simplemente, que contribuye a disminuir la pobreza. A veces me maravilla la tenacidad con la que algunos insisten en que la globalización es una fuerza perversa que está aumentando la pobreza en el mundo. Por el contrario, de acuerdo con cifras del Banco Mundial, en las últimas dos décadas, la cantidad de pobres en el mundo disminuyó en casi 200 millones de personas, en buena parte debido a lo sucedido en China e India, dos países que han abrazado la globalización y la apertura comercial con particular fervor.

La liberalización comercial puede ser, entonces, defendida por sus méritos y por sus efectos beneficiosos para los más pobres. Si de verdad queremos estar a la altura del desafío ético que implica la reducción de la pobreza en el mundo es urgente que prevalezcan la sabiduría y la prudencia, de manera que la Ronda de Doha culmine con éxito.

Pero quiero enfatizar que la defensa del libre comercio debe ser honesta y consistente. Debe buscar un intercambio comercial que, en efecto, sea igual de libre para todos los países. No es éticamente defendible la práctica de los países desarrollados de presionar por la eliminación de barreras comerciales sólo en los sectores en que cuentan con evidentes ventajas comparativas. Los países en vías de desarrollo necesitamos y demandamos también libre comercio en la agricultura. Hasta que no avancemos en este tema, tendremos que seguir parafraseando la célebre expresión de George Orwell: en el libre comercio somos todos iguales, pero hay algunos más iguales que otros.

Los países en vías de desarrollo necesitamos ayuda para el desarrollo y solidaridad de parte de los países industrializados, pero, sobre todo, necesitamos de ellos coherencia. Que si pregonan el libre mercado, entonces que éste sea, en efecto, libre. Que si defienden y practican en sus países admirables formas de justicia social a través de sus estados de bienestar, entonces que pongan una pizca de esa filosofía en práctica a escala internacional. Que si pregonan y viven el credo democrático en sus fronteras, que ayuden a traducirlo en una distribución de poder más balanceada en los organismos internacionales.

En efecto, el tercer gran reto que quiero plantearles hoy es el de reforzar la gobernabilidad global y reformar sus instituciones. Esta tarea empieza con la defensa del multilateralismo, con la estricta adhesión de todos los países al Derecho Internacional y a los principios en que se fundamenta la Carta de las Naciones Unidas, la más elemental salvaguarda contra la anarquía en el mundo.

Costa Rica, por carecer de ejército, es acaso el país que más necesita de un sistema internacional efectivo para garantizar su seguridad.

Es preciso que los países más poderosos de la Tierra entiendan que la supervivencia de la legalidad internacional y de las Naciones Unidas es fundamental para su propia seguridad. Que entiendan que la mera existencia de este foro es uno de los grandes logros de nuestra especie; que es una victoria de la esperanza sobre el miedo, de la tolerancia sobre el fanatismo, de la razón sobre la fuerza. Encontrándome hoy en este recinto, cuánto quisiera volver a escuchar la voz poderosa de John F. Kennedy diciéndole al mundo, como dijo en el año 1961:

A esa asamblea mundial de estados soberanos, las Naciones Unidas, nuestra última y mejor esperanza en una era en la que los instrumentos de la guerra han avanzado mucho más que los instrumentos de la paz, le renuevo nuestro compromiso de apoyo. Apoyo para evitar que se convierta simplemente en un foro para insultarnos; apoyo para fortalecer el escudo protector que ofrece a los estados nuevos y débiles; apoyo para expandir el área en la que sus mandatos tienen validez”.

Esa es la globalización que puede transformar para bien la vida de todos los seres humanos: una globalización en la que todos los países seamos, como lo somos aquí, iguales en nuestros derechos; en la que cada pueblo pueda hacer escuchar su voz y escuchar la de los demás, en la que el ejercicio de la tolerancia que presenciamos cotidianamente en este salón sea la norma y no la excepción.

El gran escritor británico Aldoux Huxley, alguna vez se preguntó si la Tierra no sería el infierno de otro planeta. Yo no lo creo. Es tan sólo un lugar prodigioso y complejo, habitado por una especie que apenas está en su infancia y que, como un infante, apenas empieza a entender sus inmensos poderes para crear y para destruir. Para bien o para mal, nuestra especie escribe su historia en borrador, nunca nítidamente, debatiéndose, como cada uno de nosotros, en un perpetuo conflicto entre los mejores y los peores ángeles de nuestra naturaleza. En ese conflicto, las victorias del espíritu humano, por más que sean ciertas, son siempre incompletas, graduales, tentativas y sujetas a retrocesos. La Tierra no es un infierno, es nada más un lugar donde no reside, ni residirá nunca, la perfección, tan sólo una bondad y una grandeza salpicadas de miserias, de errores y de quebrantos. Los indiscutibles logros de los últimos veinte años nos dicen que, a pesar de los pesares, el ser humano continúa su marcha ascendente. Pero es tiempo de rectificar costosos errores, de corregir rumbos equivocados y de abandonar destructivas costumbres que harán esa marcha infinitamente más azarosa y empinada de lo que debe ser.

Si no enfrentamos, hoy, el aumento del gasto militar y el comercio de armas; si no estimulamos a los países más pobres a invertir sus recursos en la vida y no en la muerte; si no vencemos los temores y la hipocresía que impiden un comercio verdaderamente libre en el mundo; si no fortalecemos las instituciones y las normas internacionales que nos pueden proteger de la anarquía global; si no hacemos todo ello, condenaremos a nuestra especie a caminar al filo del precipicio, a vivir en la noria del eterno retorno, desandando como Sísifo cada cumbre alcanzada. Creo que es preciso sumar al optimismo el temple y la voluntad de cambio. Creo que es tiempo de que la humanidad construya un futuro a la altura de sus mejores sueños.


Óscar Arias Sánchez
Abogado y politólogo, Presidente de Costa Rica en los períodos de 1986-1990 y 2006-2010.
Premio Nobel de la Paz en 1987.

 

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