Óscar Madrigal: 2021, el bicentenario en penumbra

La pandemia sanitaria del coronavirus agudizó la crisis pero, además, ocultó los harapos del sistema o modelo económico y la necesidad de una reforma a fondo, un cambio de muchas estructuras.

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Oscar Madrigal Jiménez.

El segundo siglo de la Independencia inicia en setiembre de 1921 con una huelga general de trabajadores para  conquistar las 8 horas de trabajo, el movimiento Reformista encabezado por el General Volio y las luchas por la soberanía nacional contra la entrega de la energía eléctrica a las compañías extranjeras que dirigen Carmen Lyra y Joaquín García Monge. Será el siglo de las luchas de los trabajadores, de las Garantías Sociales y el fortalecimiento de una gran clase media. Es el siglo de la creación del Estado de Bienestar que dio renombre y lustre a nuestro país.

El Bicentenario termina en 2021 con la prohibición del derecho de huelga, la flexibilización laboral que prácticamente elimina la jornada de 8 horas y el pago de la jornada extraordinaria,  la venta de bienes del Estado y el posible cierre de instituciones; la disminución significativa del gasto social y la reducción -consecuentemente- de la clase media.

El neoliberalimo se impuso como pensamiento único, dejando los proyectos socialdemócratas, socialcristianos y marxistas en el cajón de los recuerdos. La socialdemocracia ha tenido que someterse a sus postulados desdibujándose por completo: su proyecto es inexistente. Ni qué decir de los socialcristianos que se olvidaron de la Reforma Social. Ninguna fuerza política osa recuperar y hacer suyo el pensamiento social del cristianismo, del liberalismo o del marxismo. La dominación política, ideológica y cultural del pensamiento neoliberal es total.

En marzo de 1921 el ministerio de Salubridad Púbica declaró emergencia nacional con motivo de la gripe española que había diezmado a millones en el mundo. 100 años después la crisis sanitaria del coronavirus  pone en tensión las instituciones de la seguridad social. La crisis sanitaria actual pudo esconder y posponer los límites a los cuales ha llegado nuestro modelo de desarrollo.

El desarrollo de un modelo neoliberal ha producido una Costa Rica de mayores injusticias: más pobreza, una gigantesca desigualdad social y económica que es repugnante, la disminución de los derechos laborales al mínimo, la banalidad de la política y los partidos políticos, la cultura del “más vivo”. Un modelo de desarrollo que agudiza los problemas, no los soluciona para la democracia tradicional.

La pandemia sanitaria del coronavirus agudizó la crisis pero, además, ocultó los harapos del sistema o modelo económico y la necesidad de una reforma a fondo, un cambio de muchas estructuras.

La crisis sanitaria agudizó, es cierto, la crisis económica, pero esta última crisis no ha golpeado a todos los sectores sociales por igual. Durante la misma a los exportadores les ha ido de maravilla, no solo no han menguado sus beneficios sino que los han acrecentado; los bananeros, ganaderos, azucareros, piñeros, zonas francas, cafetaleros e incluso cierta industrial dedicada al mercado nacional como la farmacéutica, han visto aumentado enormemente sus patrimonios durante la pandemia, beneficiados además por la devaluación monetaria. El coronavirus ha golpeado sobretodo al turismo y al comercio, con lo cual los principales perjudicados son las pequeñas y medias empresas y las trabajadoras y trabajadores.

El ciudadano medianamente informado sabe que el deficit fiscal no es el principal problema del país sino que son las viejas estructuras productivas y distributivas que reproducen un modelo caduco e injusto.

El año 2021 se vislumbra como uno en donde haya mayor pobreza, más desempleo, salarios decrecientes en el sector privado y congelamiento de los mismos por 12 años para los trabajadores públicos, aumento significativo de la desigualdad, pérdida del poder adquisitivo y estancamiento, por tanto, de la producción. En 2021 los trabajadores se encontrarán con mucho menos derechos humanos laborales, una institucionalidad de seguridad social muy debilitada, un Estado de Bienesttar en andrajos por las políticas de contención del gasto social, de austericidio.

A nivel político, en el próximo año veremos una campaña electoral sin mayores diferencias entre los partidos, ni propuestas nuevas, innovadoras e interesantes. La política seguirá siendo un campo de lucha de intereses egoístas, cada vez más ajena a las grandes mayorías.

El proceso electoral no representa, desgraciadamente, esperanza alguna de cambio para las grandes mayorías. Mientras la política siga sometida y supeditada a la economía, la democracia costarricense corre peligro.

El fin del bicentario plantea la necesidad de un cambio en las estructuras nacionales, tal y como lo sugieren los sectores empresariales y sociales. Sin embargo, las perspectivas son diferentes entre un sector ortodoxo del empresariado que desea desarmar totalmente el Estado y hacer que impere el mercado absoluto, y los grupos que proponen un cambio estructural basado en políticas contra la desigualdad, la pobreza, el pleno empleo y la justicia distributiva. En la próxima década, al 2030, tendrá que gestionarse y producirse ese cambio.

Para eso hay que elaborar un planteamiento innovador y transformador.

¿Qué Costa Rica queremos? ¿Qué Costa Rica esperamos construir en la próxima década?

La elaboración de una perspectiva que defienda y amplíe la democracia y eleve las condiciones socioeconómicas de los trabajadores, es un imperativo histórico.

En la próxima década, de inicio a los trescientos años de Independencia, debemos renovar varios ejes nacionales:

Esa nueva alternativa de sociedad deberá fundamentarse en nuevos conceptos. Pienso en los siguientes:

1-. Ciudadanía. La ciudadanía debe concebirse de manera activa, contralora y propositiva. Los ciudadanos dejan de ser solo sujetos de momentos electorales, para asumir el poder ciudadano desde la sociedad misma para pedir cuentas, exigir cumplimiento de promesas o censurar a todos los ciudadanos que ocupan puestos de dirección en el Estado.

2-. Nación. La globalización como ha sido concebida ha mostrado ser insuficiente para afrontar los problemas globales. El concepto de Nación debe ser retomado para asumir el compromiso de desarrollo económico nacional y para exigir normas internacionales que resguarden los intereses laborales y económicos de todos los países.

3-. Soberanía. Solo mediante un concepto de soberanía que recupere el poder de decisión nacional en cuanto al apoyo a la producción nacional, así como la capacidad del país de mantener una política internacional independiente, sea manteniendo una neutralidad y respeto por a la autodeterminación de los países.

4-. Producción. El desarrollo productivo seguido hasta ahora debe cambiar de paradigma. El crecimiento económico desmedido sin considerar a la Naturaleza y la igualdad social es insostenible. El crecimiento del PIB no debe ser un único parámetro de medición de la riqueza social o natural.

El respeto por la Naturaleza debe sustentarse en el apoyo y desarrollo de un fuerte movimiento ecologista para revertir los daños que estamos ocasionando a nuestro Planeta.

5-. Igualdad. La brecha social que cada vez se agranda más entre unos cada vez más ricos y otros cada vez más pobres, debe revertirse. La distribución de la riqueza debe hacerse de manera equitativa.

La igualdad de derechos humanos y patrimoniales entre hombres y mujeres es la única forma de mantener un desarrollo realmente humano.

6-. Solidaridad y humanismo. La sociedad debe fundamentarse en nuevos conceptos de solidaridad para que el desarrollo se vea como responsabilidad de todos, pero también para beneficio de todos. El humanismo es el fundamento del respeto a los derechos humanos de todas las personas como un atributo natural: creencias religiosas, preferencias sexuales, políticas, etc., sea la política es la no discriminación.

La democracia es el mecanismo político que permitirá el acceso de todos los grupos sociales y partidos políticos, en un plano de igualdad, a los medios de comunicación y a los procesos electorales.


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