Oscar Madrigal Jiménez.

Así se llama el libro escrito por Kristen Ghosee, profesora de Estudios de Rusia y Europa del Este de la Universidad de Pensilvania, EE.UU.

La tesis que sostiene la autora es que el capitalismo no regulado es malo para las mujeres y si se adoptan algunas medidas del socialismo la vida de las mujeres mejorará. “Cuando se lleva a cabo de forma adecuada -dice-, el socialismo fomenta la independencia económica y mejora las condiciones laborales, la conciliación laboral y familiar y, sí, incluso las relaciones sexuales. La búsqueda de un futuro más brillante exige aprender de los errores del pasado, sin olvidar una evaluación ponderada de la historia del socialismo de Estado del siglo XX en Europa del Este”.

Los avances que los países de Europa del Este lograron para las mujeres en el siglo pasado fueron un acicate para que los países occidentales, dentro del esquema de competencia de la Guerra Fría, tuvieran que acceder a incorporar a las mujeres a la sociedad.

Según el estilo de vida estadounidense  los hombres eran el sostén del hogar y la mujer cuidaba de la familia. Cuando los soviéticos lanzaron el Sputnik, los dirigentes estadounidenses se replantearon el coste de los roles de género tradicionales. En ese momento las rusas eran el doble de la fuerza intelectual y recibían formación y la mejores y más brillantes eran encauzadas hacia la investigación científica. En 1958 EEUU aprobó una ley para que las jóvenes con talento pudieran estudiar ciencias y luego JFK estableció una Comisión que sentó las bases para el futuro movimiento por los derechos de las mujeres. En 1963, Valentina Tereshkova, así como el dominio de las mujeres de los países del “socialismo de Estado” en los juegos Olímpicos fue un batacazo para EEUU y lo obligó a correr para cambiar los roles de género.

El precedente que había sentado el socialismo de Estado influyó en los políticos de EEUU en el momento histórico en que se empezaban a poner en duda los roles de las mujeres blancas de clase media y su insatisfacción existencial.

Los países del socialismo de Estado apoyaron la idea de la emancipación de la mujer por medio de su incorporación completa a la población activa. Esta incorporación impulsó el movimiento de las mujeres del siglo XX abriendo las opciones vitales fuera de la esfera doméstica. El socialismo redujo la dependencia económica de las mujeres respecto de los hombres al hacer cambios en los servicios del Estado.

“Estas políticas ayudaron a desvincular el amor y la intimidad de consideraciones económicas. Cuando las mujeres disfrutan de sus propias fuentes de ingresos y el Estado garantiza la seguridad social en la vejez, la enfermedad y la discapacidad, las mujeres no tienen motivos económicos para permanecer atadas a relaciones abusivas, alienantes o insanas por el motivo que sea”, expresa la autora. El matrimonio por dinero ya no era necesario y además desapareció el “príncipe azul” del imaginario colectivo.

La autora manifiesta que, por supuesto, no se deben ignorar los aspectos negativos del socialismo de los países del Este de Europa, tales como excluir a las parejas homosexuales o las disconformidades de género. O que el aborto se utilizó en muchos casos como el principal método anticonceptivo o a tener hijos indeseados. Además, que no permitió un debate abierto sobre el acoso sexual, la violencia doméstica y la violación.

El derrumbe del socialismo de Estado no mejoró las condiciones de las mujeres; las desmejoró en muchísimos aspectos. Solo para citar un ejemplo, el gigantesco tráfico de personas, especialmente de mujeres, de esos países para la prostitución y la degeneración sexual que se ha producido en Europa.
Aunque es importante no romantizar el pasado del socialismo de Estado, las realidades no deberían impedirnos ver los logros alcanzados. “El reconocimiento de lo malo no niega lo bueno”, expresa la autora.

La escritora del libro, una destacada académica estadounidense, fundamenta también su hipótesis de que las mujeres disfrutan más el sexo en el socialismo, en estudios de campo e investigaciones realizadas desde 1970 hasta estudios recientes realizados en mujeres alemanas que vivieron en la antigua RDA. “El choque entre la visión socialista de la sexualidad libre y la idea capitalista de la sexualidad mercantilizada también se puede observar en los debates y discusiones en torno a la reunificación de las dos Alemanias…”, expresa la autora.

Los estudios empíricos demuestran la superioridad del socialismo en la cama: “la sensación de seguridad social, el equilibrio en cuanto a responsabilidades educativas y profesionales, la igualdad de derechos y de posibilidades a la hora de participar en la vida social y determinar su curso”, otorgaban un nivel de satisfacción personal en la cama como resultado de la vida socialista, relata un estudio de Starke y Friedrich citado en la obra.

Kristen Ghodsee termina así: “Los experimentos del siglo XX con el marxismo-leninismo fracasaron, pero deberíamos aprovechar su fracaso para extraer valiosas lecciones que nos ayuden a evitar sus muchos errores, en lugar de limitarnos a cultivar un rechazo instintivo hacia todas las ideas colectivistas.
Había grano en medio de aquel montón de paja. Es hora de que nos pongamos a separarlo”.