Pablo Barahona: Bolivia – ¿Golpe o suicidio político?

Pero a Evo Morales no le bastó la gravedad de la letra constitucional, para intentar, sobreestimándose a sí mismo, burlar esa limitación constitucional que le impedía seguir aspirando. Ideando con sus acólitos, que tampoco lo supieron aconsejar a tiempo, una consulta popular que, para su sorpresa, le dijo claramente que no, a un nuevo período.

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Evo Morales by Pancho Cajas

Pablo Barahona KrügerAbogado, comunicador y profesor universitario.

Mucho se ha dicho sobre la crisis en Bolivia, un país que, irónicamente, exhibe indicadores macroeconómicos y macrosociales que concitan la envidia de sus pares en toda América Latina, e incluso más allá.

Evo deja un país mucho mejor del que encontró (2006). Su herencia es incontestable y sería mezquino y parcial todo análisis que soslayara hechos tan capitales como el crecimiento económico más estable (4.9%) del continente, la disminución más dramática de la pobreza extrema (-23%) conseguida por cualquier país de la región más desigual del mundo, así como la reducción del analfabetismo (de un 13% a un 2.4%) y un desempleo disminuido sensiblemente (hasta el 4%).

Todo lo anterior sin descontar que, durante sus catorce años en el poder, el primer presidente indígena de la región, reconstruyó mucho más que el tejido social de su maltrecho país, en cuenta: 7.000 kilómetros de nuevas carreteras (2018) que contrastan con los 1.038 que tenía aquel país andino (2006), cuando elevó a ese dirigente indígena y cocalero a la primera silla de honor cívico.

Todo ello, sin desconocer, además, la inmensidad de una obra tan reconocible como el teleférico que conecta La Paz con El Alto (inaugurado en 2014). Concreción que habla por si sola: 10 líneas y 36 estaciones que sobrevuelan 32 quebrados kilómetros de aquellas ciudades andinas, ubicadas apenas por debajo (3600 m.s.n.m.) de nuestro cerro Chirripó (3820 m.s.n.m.). Esto, dicho así, para quien requiera mayor dimensionamiento en un país sin metro y que se debate desde siempre por un básico, tranvía eléctrico capitalino.

Nada de esto es comprensible sin la decisión más valiente e implicante que, como jefe de Estado, adoptó Evo Morales como presidente: la nacionalización de los hidrocarburos. Devolviéndole con ello, a los bolivianos, su riqueza mineral inconmensurable; hasta entonces, expoliada por transnacionales al amparo cómplice de una clase política boliviana, rapaz y prebendal. En síntesis: políticos sin alma.

Todo ello palidece frente a un avance institucional que implicó la refundación del Estado boliviano, a partir de una constituyente que culminó en un nuevo pacto político fundamental (Constitución Política del 2009). Irónicamente, aupado por el propio presidente Morales.

Y ahí, justamente ahí, sí que vale la pena detenerse otro tanto: esa Constitución Boliviana contiene el más elemental resguardo republicano contra el germen del autoritarismo, al prohibir la reelección.

Tan insigne limitación abreva del espíritu que marca los derroteros de ese, el primer instrumento jurídico/político con que cuentan los bolivianos para autoregirse, desde el 7 de febrero de 2009, que en lo conducente caracteriza a Bolivia desde su artículo primero, como un Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, además, libre, independiente, soberano, democrático, intercultural, descentralizado y con autonomías, para todos los efectos: fundado en la pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico. ¿Algo más?

No siendo menos importante en el contexto de semejante crisis, el pasaje constitucional (artículo 168) que habilita la reelección pero al mismo tiempo la limita, así: «El periodo de mandato de la Presidenta o del Presidente y de la Vicepresidenta o del Vicepresidente del Estado, es de cinco años, y pueden ser reelectas o reelectos por una sola vez de manera continua».

Morales ya “se la había jugado” alegando la irretroactividad de dicha limitante, en relación a su primer mandato, que al haber iniciado en el 2006 quedó -según la acomodaticia y conveniente interpretación vigente-,  por fuera del alcance de los constituyentes, que así lo dispusieron, pero con posterioridad (2009) a su mandato inaugural.

Pero a Evo Morales no le bastó la gravedad de la letra constitucional, para intentar, sobreestimándose a sí mismo, burlar esa limitación constitucional que le impedía seguir aspirando. Ideando con sus acólitos, que tampoco lo supieron aconsejar a tiempo, una consulta popular que, para su sorpresa, le dijo claramente que no, a un nuevo período.

Pero eso tampoco le bastó en su ímpetu por perpetuarse en el poder, por lo que una vez pobladas la corte y la autoridad electoral, entre otras, se atrevió a maquinar e instigar una interpretación manida -por no decir: “jalada del pelo”- para que se declarase inconstitucional la disposición constitucional que le prohibía eternizarse, ya a esta altura, en homenaje sincero e indisimulado a Napoleón, quien alguna vez alcanzó a decir: “el Estado soy yo”. Y si bien Evo no alcanzó a decirlo expresamente, es tácito su credo autoritario, al no saber parar a tiempo y asumir que, tan valiosas conquistas, dependían solo de él y se verían amenazadas por cualquier traslación del poder.

Y de ahí, todo lo que vino después. Incluida la incursión imprudente e innecesaria del ejército, que se decantó por el pueblo y la defensa de la Constitución, en vez de “suicidarse” con un Jefe de Estado que hoy se quedó sin poder ni defensas. Como tanto criticamos en otros casos, desde un país que cree en el rito democrático y defiende la formas republicanas.

pbarahona@ice.co.cr

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