Pablo Barahona: Defenderlos es defendernos

Va siendo tiempo de asumir, como ciudadanos torales, que la defensa de esos “otros” que denuncian, critican y se atreven, es la defensa al mismo tiempo, de “nosotros”. Y hasta que no lo entendemos así, no seremos personas dignas de un país tan hermoso que vale la pena defender, frente a quien sea y cuando sea.

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Pablo Barahona KrügerAbogado.

En ciertos casos, el silencio no es opción. Simplemente, se impone reaccionar y golpearle la mesa al poder. Sí, plantarle mano en el pecho a los que tienen el sartén por el mango y, además, desde la llanura. Que no es cosa menor. Sobre todo para los que sabemos de ello por haber sorteado tantas veces las consecuencias de la valentía, que cuando es sostenida, difícilmente queda impune.

Sé que eso le sorprende y choca, a los apoltronados en una magistratura, una curul, ni qué decir en la primera silla -que es la presidencial-, o incluso, en juntas directivas de bancos, algunas cámaras o ciertos sindicatos. Porque en este país tan chiquito, la costumbre es callar y dejar pasar. Muy poco, casi como por vía de excepción; reaccionar y señalar. En una palabra: denunciar.

Y yo vengo justo a eso; a denunciar. A evidenciar y pegarles color. A decirles: “Señores, no se la crean tanto”. ¡Cuidado!

Alzo el tono, como deberían hacerlo hoy también muchos otros costarricenses de bien, porque si no reaccionamos en solidaridad con quienes sufren “vendettas” pírricas, desde el poder, después no pretendamos, olímpicamente, que alguien levante la voz por nosotros.

No pocas veces, en mi vida pública o privada, he visto como algunos “se hacen los chanchos” y hasta defienden al carnicero, cuando este se ensaña con sus congéneres, hasta freírlos como tocinetas. Pero eso sí, cuando son ellos los que van a ser pasados por la cuchilla, se quejan acremente por el silencio distante de los demás “chanchitos” que, desde luego, en reciprocidad, tampoco saldrán en su defensa.

Un poco aquello de que vinieron por los judíos y no dije nada, luego por los cristianos e igual callé, siguieron los católicos y me hice también el “maje”, y así, cuando vinieron por mí, ya no quedaba quien alzara la voz en mi nombre. Muy tico el cuento por lo demás. Todos, posiblemente, lo hemos padecido, y muchos asumido, culturalmente hablando.

Aquellos que quedan, no dicen nada, porque según ellos, no es con ellos. ¡Cuán equivocados están! Todo nos atañe. En democracia, políticos somos todos. Como en un país de perseguidos, todos lo somos. En sociedad, lo que se le hace a uno se le hace al todo. Y, esa regla de civismo, parece no haberla interiorizado desde su pertinaz individualismo/egoísmo/egocentrismo, el tico promedio.

El precedente escarmentador de aquellos que fueron pasados por la máquina para hacer carne molida, en parte gracias al silencio pendejo de su propia “especie” (pueblo, llanura, administrado, subalterno, empleado, pobre o clase media, en síntesis: simples mortales como usted y yo) no hace ningún bien. Y a las puertas de un irónico bicentenario en que a todos nos harán sentir históricos y campeones mundiales en felicidad, esa práctica de linchamientos silenciosos y cómplices -es más: cuasimafiosos- debe denunciarse como uno de los males culturales más fregados que debemos erradicar, y de raíz.

Tres ejemplos para ilustrar: los directivos del Banco Nacional que denunciaron el presunto tráfico de influencias al más alto nivel político/empresarial, denotando que en el gobierno pasado algunos llegaron más con un plan de negocios que de gobierno, fueron extirpados como un “cáncer”. No solo los echaron como se fusila a los mensajeros, sino que los exhibieron como desleales servidores públicos y parte del problema; no de la solución.

En medio del pleito de cantina que supuso, frente a toda la opinión pública, ese escándalo bancario, ese affaire político/comercial, esa prostitución de la política costarricense, una vez más, Luis Solís y Sergio Alfaro -con ad láteres que no merecen mención- decidieron “balear” a los que se metieron al pleito de borrachillos de poder para tratar de evitar mayores daños al ente público.  Es más, que trabaron la disputa, por considerar que se manejaba como pulpería (caja chica de unos pocos), lo que la mayoría de bien estimamos como el banco más grande de Centroamérica. Y para colmo, todo eso, durante el gobierno de la “Casa de Cristal”, de “los más preparados”, y ni qué decir; de “los más éticos”. “Somos el pueblo que decidió cambiar”, fue el eslogan de Solís y aquel PAC. Aunque después más pareció: “el pueblo que decidió consentir”.

El punto es que, a esos directivos, casi nadie los defendió. Consumándose el daño, a su honor y función, a vista y paciencia del común.

Otro ejemplo, quedándonos ahí, siempre en el Banco Nacional, obliga a recordar que terminaron proscritos del Sindicato (Sebana), cinco directivos que denunciaron presuntos malos manejos internos, porque según el resto -léase: los líderes sindicales que siguen adentro- los trapos sucios se lavan en casa. Esto es: ¡guerra total a la transparencia! O su símil: ¡opacidad como receta para administrar!

Para el sindicato de ese banco, está bien linchar a cinco de sus compañeros por haber -según ellos- evidenciado posibles malos manejos a lo interno de Sebana.

Pero quede claro de una buena vez: la amenaza contenida en semejante despropósito sindical, está dirigida, hacia futuro, a los que aún integren sus filas.

Siempre en las mismas arenas movedizas de la persecución, encontramos a un Rui López, quien desde el Sindicato de Trabajadores del Tribunal Supremo de Elecciones, se plantó valiente y junto a un grupo de funcionarios, fundó un sindicato (Setse) desde el que asumieron la valientísima tarea de transparentar una ínfima parte de lo que viene ocurriendo en ese mausoleo de la democracia costarricense en que, de un tiempo acá, se viene convirtiendo el TSE. Una de las instituciones menos observada, nada auscultada y jamás criticada, de la fauna institucional costarricense, cortesía o resultante lógica de un malentendido y manido discursito que ha sido alimentado desde varios frentes y reza algo tan falsario como: “meterse con el TSE es atentar contra la democracia”. ¡Pero qué ridiculez, que desfachatez, que cinismo!

Esa institución, no solo es pública, sino que, como todas, está dirigida y administrada por costarricenses de carne y hueso. Con defectos, vicios, ideologías y hasta renqueos políticos. Como es consustancial a la naturaleza humana. No es un depósito de ángeles curados ni caídos del cielo. Y, por ende, asumámoslo de una buena vez: ahí pasan cosas. Es más; están pasando cosas.

Pero el Setse cometió el “pecado capital” de denunciar, alzar la voz, informarnos y alertarnos. Siendo la consecuencia ilógica, lejos de una introspección responsable del Tribunal, más bien, la implantación de una investigación contra la cabeza de ese novel sindicato. Nuevamente, en clarísima e impúdica advertencia para el resto del funcionariado que, en adelante, se verá tentado a escarmentar en cabeza ajena, desde que le quieren hacer pensar que se trata de arriesgar su “operación frijoles”, puesta en la balanza y en oposición a  su deber cívico de transparentar. Esto, sin obviar la obligación legal que alcanza a todo funcionario público, de denunciar aquellos presuntos delitos de los que tenga conocimiento. Estando clara la urgencia de recordarle a ciertos jerarcas del Estado, que “El interés público prevalecerá sobre el interés de la Administración Pública (y) no puede en ningún caso anteponerse la mera conveniencia”. (Art. 113 de la Ley General de la Administración Pública)

E incluso, que está penado como “Favorecimiento personal” el proceder de quien “omitiere denunciar (…) estando obligado a hacerlo”. (Art. 329 del Código Penal)

Cuyo corolario indefectible encontramos en el Código Procesal Penal, que impone la “Obligación de denunciar” mencionada: “Tendrán obligación de denunciar los delitos perseguibles de oficio: a) Los funcionarios o empleados públicos que los conozcan en el ejercicio de sus funciones”. (Art. 281)

Así las cosas, y plantándose de frente a la conversión en letra muerta de la ley y el vaciamiento de su imperio por parte de ciertas jerarquías hiperempoderadas en este pequeño gran país, y ello al punto de la desfachatez más desgarbada, quedan todos advertidos, a partir de estos tres casos (y otros que omito por espacio, más no por descuido o falta de sororidad), de lo que parece ser la norma no escrita, pero al mismo tiempo, más vigente, de la función pública costarricense, si el objetivo es perdurar y ya no servir: la “Omertá”. Ese mafioso “laissez faire, laissez passer” que impera también en ciertos partidos políticos y que los costarricenses deberían deplorar en voz alta, como un síntoma de esa pendejera, corrupción y egoísmo, que no podemos seguir legitimando con silencios cómplices.

Deplorar, significa difundir denuncias como ésta, rompiendo el cerco mediático que mantiene el estado de las cosas, silenciando e ignorando estas voces.  El abstencionismo (expresión pasiva del descontento) no resuelve nada. El enojo (expresión activa del ciudadano crítico) tampoco. Desde que si bien podría ser (ese cabreo) el principio del cambio, no altera per se, el orden de las cosas. Ese stato quo al que deberíamos empezar a dar vuelta quienes tenemos claro que no es sostenible -ni vivible- una sociedad donde los que denunciamos y enfrentamos la corrupción, somos los linchados y los “malos de la película”, mientras los que se quedan y mandan, los buenos y pobrecitos, es más, los que escalan por la sombra hasta convertirse en líderes respetables y protegidos, son los que se salvan y quedan en pie, activando esos molinos institucionales que hacen pedazos al que no este dispuesto a jurarse cómplice.

Va siendo tiempo de asumir, como ciudadanos torales, que la defensa de esos “otros” que denuncian, critican y se atreven, es la defensa al mismo tiempo, de “nosotros”. Y hasta que no lo entendemos así, no seremos personas dignas de un país tan hermoso que vale la pena defender, frente a quien sea y cuando sea.

No los dejen solos. Hoy es por ellos, por nosotros y, en ese tanto, por usted.

Recuérdelo siempre: defenderlos es, a fin de cuentas, defendernos.

 

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Pablo Barahona Krüger,
Abogado constitucionalista, profesor de geopolítica y derechos humanos. Exembajador ante la OEA.
pbarahona@ice.co.cr

 

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