Pablo Barahona: Del nadadito a las brazadas

Me niego a concebir la política como administración de intereses miserables y la economía como administración de pobreza. Mucho menos la justicia como distribución de privilegios. En cuenta el más odioso de todos los privilegios en democracia: la impunidad. Ese vicio que superpone a los pocos por encima de los muchos.

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Pablo Barahona KrügerAbogado

No me pidan que sea diplomático, imparcial, ecuánime, mesurado, e incluso, insípido.
Lo único que puedo ser en este contexto magro, es un racionalizador contumaz. Y para eso hay que ser un crítico severo. Negándome a ser un acomodado más, un enchufado o una pieza anodina más de tan tóxico engranaje.
Me opongo, y como digno opositor desde la llanura, seré un indignado, un crítico, un «emputado», un reivindicador racional e intencional, de cordura.
Uno que no se cansa de tratar de atajar este derrumbe masivo, así sea con las puras manos. Sin ser por ello «naiv», desde que no dejo de preguntarme: qué no haría sentado sobre la maquinaria.
Será que este país, ya maduro (200 años deberían bastar para ascender a la mayoridad),  está listo para dejar el nadadito de perro y escalar al siguiente nivel, pasando a las brazadas largas?
No reconozco a mi patria en los ojos de quienes la ven como un potrero. Es más, que la creen, ni siquiera como una finca, sino como: su finca.
No veo humanidad en los ególatras que han aniquilado los sueños de varias generaciones. En cuenta de la mía y la de mis hijos.
Y de ahí abreva, ésta, mi guerra personal. Esta, mi lucha frontal.
Me niego a concebir la política como administración de intereses miserables y la economía como administración de pobreza. Mucho menos la justicia como distribución de privilegios. En cuenta el más odioso de todos los privilegios en democracia: la impunidad. Ese vicio que superpone a los pocos por encima de los muchos.
Así que sí, nado contracorriente desde hace más de 20 años. Con mi propio tono y mis propias letras. Estepariamente. Y ya a esta altura, con mis propios músculos. Que de tanto marchar a contramarcha, se hace fuerte uno, y ya no solo más valiente.
Resistiéndome, aún hoy y pese a tanta evidencia, a pensar en Costa Rica como un espacio ingrato que aniquila y desperdicia cruelmente a sus mejores hijos, sin merecer por ende, ningún heroísmo ni sacrificio.
Pero advierto: es cierto que a este país le resta, si acaso, un cuarto de tanque. Y así lo he advertido antes. Insistentemente.
Este experimento sociopolítico no se sostiene sólo, ni es, per se y porque si, eterno. Requiere esfuerzo patriótico, lucha reivindicadora, nervios y preclaridad.
Para una inmensa mayoría, este país ha sido un no. Pero cultivo la esperanza de que muchos queremos creer que, pese a tanto y tanto, podríamos transformarlo, desde la raíz, en un optimista, justo e inaplazable, sí.

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