Pablo Barahona KrügerAbogado

Los políticos se han acostumbrado a despersonalizar. Hoy se dirigen a los “sectores”. Sea: solo le hablan a esos supuestos “sectores”.  Se remiten a los sindicatos o a las cámaras, a los empresarios o los trabajadores. Incluso generalizan por raza, género o edad. Y hasta a los discapacitados los tratan como un “sector”, sin la delicadeza de las especificidades que, por mínima humanidad, obligan a diferenciar, y aún más, a personalizar. Y lo más ominoso, ese reduccionismo categorizante: “los pobres”. Tributo al fracaso de esos políticos que ya pasaron por el Poder, como fuerza mayoritaria, con ambos pies colonizando en paralelo, el Ejecutivo y el Legislativo -verbigracia, por orden de reincidencia/responsabilidad: PLN, PUSC, PAC-.

Esos políticos tradicionales -que supongo asesorados, sin conocimiento ni lealtad- olvidan que no todas las mujeres tienen los mismos retos. Mucho menos, los mismos sueños. Ni siquiera las mismas sensibilidades. Que son minoría las que descubrieron el trillo para ascender al poder, valiéndose de su género, aún sabiéndose sin las habilidades mínimas ni la experiencia pública más básica. (Ocioso dar ejemplos, en tanto sobran). Que las acciones afirmativas deben ser, como toda muleta, temporales. Y jamás, repito, jamás, un pasaporte para la mediocridad impune.

Esos politiquillos cajoneros, que aquí evidencio, obvian que la riqueza cultural y etnográfica de los distintísimos grupos indígenas, impide hablar simplonamente de “los indígenas”, como si fueran piezas uniformes de un museo facilón o una clase de estudios sociales de primaria machotera. Que tampoco deben romantizarse, aun cuando sí, protegerse como culturas -destaco el plural-.

Ni cuenta se dan, de que no es lo mismo recoger los anhelos de un joven de 18 que de uno de 25 o de 30. De extracción rural o metropolitana. Costero o llanero. Estudiante o desertor. Deportista o sedentario. De familia funcional o disfuncional. Y, disculparán mi renqueo aquí: lector o cuasianalfabeto.

Que las peripecias de los profesionales independientes -mal llamados: liberales- no son parejas desde que, para mí, como abogado litigante, no son comunicables las circunstancias a un arquitecto o un dentista. Mucho menos a un pequeño emprendedor.

Lo mismo cuenta para los funcionarios públicos. Todos echados a un mismo saco de un tiempo para acá, sin reparar en si se es interino o propietario. Si se trabaja como médico o juez, o misceláneo o chofer. En una autónoma o una universidad, que no es lo mismo que para un ministerio o una municipalidad. Y obviar eso es: o ignorancia pura, o pura mala intención.

En fin, que esas generalizaciones, me tienen preocupado. Porque despersonalizan. O lo que es igual: deshumanizan. En tanto invisibilizan y desafinan la puntería. Ya no solo distraen.

Advierto aquí, y ya no solo en base a mi sabida condición de académico, sino en medio de mi buceo excepcional en esta laguna algo tóxica que dan en llamar “campaña electoral”, es decir; desde la práctica comprometida y atenta, más no desde la teoría distante y autoreferencial, que nuestra política nacional adolece de una pasmosa insensibilidad. Y de ahí abreva la superficialidad desbordante que, al menos en mi caso, no solo atestiguo, sino que llevo más de 25 años combatiendo frontalmente -no a media máquina ni escondiendo la mano-. ¡Y sigo plantado, de pie, en la misma raya!

Esos mismos políticos -aún cuando con nueva máscara-, convirtieron la política en un negocio que malacostumbro a los “líderes comunales” a cobrar por su oficio, tornando así, en mercaderes. Y torcieron la política a tal punto, que hoy le preguntan a uno: “¿Y usted que me va a dar?” Pudriéndolo todo. Hincando por necesidad a quienes, fuera por convicción, tradición o “simple” honor, lideraban por principios patrióticos y no por monedas envenenadas, como cualquier prebenda.

Solo digo lo que veo: una democracia torcida, al punto de trocar en negocio. Negocio redondo para los partidos grandes (porque grandes son sus dobles contabilidades y largas sus manos tequiosas). Negocio periódico para las televisoras y rotuladoras (vallas) -que por democracia entienden pauta y por política, simple trueque-. Negocio usurero y empoderante para la banca privada y los grandes “lobbies”, que hoy compran, no solo financian. Negocito para los caciques descomprometidos y coimeros de las periferias populosas -siempre al servicio del mejor postor-. En fin: ¡puro negocio impuro! Poco o nada queda de “fiesta democrática”, “ritual electoral”, “celebración ciudadana”, “homenaje patrio” o “sagrario patriótico”.

Las elecciones dejaron de ser la naciente de recarga de esa corriente reconstructiva que, cada cuatrienio, regeneraba desde lo político, civilizando la repartición de Poder, mediante la cancelación de añejos liderazgos, la consolidación de cuadros renovados y el descubrimiento de talentos futuros. Pero, sobre todo, como almacigo de las esperanzas de todo un pueblo que percibe una política sin alma. Cortesía de políticos desalmados.

Costarricenses: ¡No reciclemos más! Humanicemos la política: adecentándola, sincerándola y personalizándola. ¡Es ahora o nunca! ¡Construyamos una democracia real!

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Por Pablo Barahona Kruger

El autor es Abogado constitucionalista, comunicador y profesor universitario Fue Embajador de Costa Rica ante la OEA pbarahona@ice.co.cr