Pablo Barahona: “Sustituir”

Sustituir esa manía de huirle a la crítica y la discusión; abrazándolas, motivándolas, agradeciéndolas, admirándolas y valorándolas. Desde que, sin debate, no hay cambio. Y menos aún: sustitución.

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Pablo Barahona KrügerAbogado

Vienen los acalorados tiempos electorales -léase mejor: electoreros-.

Usarán palabras manidas. Preferiblemente que apelen a emociones contenidas y proyectoras: “esperanza”, “democracia”, “libertad”, “amor”, “justicia”, “igualdad”, “desarrollo” y la más falsaria de todas: “cambio”.

El problema con esos “términos bandera”, es que sirven como puertas: tanto para entrar como para salir. Lo que conociendo a “nuestro” contingente de políticos gatopardistas, debe leerse en clave: sirven tanto para llegar como para escapar. Un vívido y actual ejemplo: “LA ética” del PAC de Ottón. ¿Otra muestra ilustrativa? Los “derechos humanos” de Carlos, el “género” para Ana Helena o la “raza” para Epsy. Ni qué decir del heroísmo de Luis y Helio.

Pero no vengo a personalizar. No esta vez. Solo ilustro mi argumento con un cúmulo de ejemplos que ellos prefieren esconder tras el quicio de sus puertas, siempre giratorias y opacas. Podría dar otros. Bien saben que no le huyo a confrontar. Mucho menos a nominar. Digo las cosas y escribo los nombres. Si me alcanza el espacio, hasta los apellidos pongo. Y pocas veces me contestan.

En fin, que en este país somos pocos los polemistas íntegros. Y aún menos, los políticos valientes. Abundan, eso sí, los astutos que, con tal de silenciar la discusión y estrangular la crítica, simplemente callan. Eso es sabido.

Así que este artículo, sin ser premonitorio, porta el germen de las advertencias. Algo así como un simple: ¡Cuidado! Y para los que prefieran los predicados y las señas, un llano: ¡Por ahí no es!

En fin, que la traslación de Poder -que en Costa Rica nos convoca cada cuatrienio-, conlleva, inescindiblemente, al cambio. Y si aterrizamos eso, terminamos por decir que, en un régimen presidencialista, cada cuatro años se va un presidente. Y con él, buena parte de los que le arrimaron hombro. Pero no todos. Que bien sabemos, a esta altura, que no son pocos los que se mimetizan y apuran el paso, estos últimos meses, confundiéndose entre la burocracia. Demostrando que, para algunos, la estabilidad lo es todo. Idem: “que la necesidad tiene cara…”.

Se van también los diputados y la mayoría de sus asesores. Repito: no todos.

Pero el cambio de las personas electas, no siempre supone transformaciones de fondo. Es más, suele gestarse “un cambio dentro del no cambio”, en cuyo marco se repiten los intereses, las costumbres y hasta las mañas. Así, per eternitatem, en aquel envilecedor “ciclo de la repetición” que he figurado antes.

En síntesis: los mismos “negocios” -léase: corruptelas-, las mismas francachelas -entiéndase: viajes, vacaciones, vuelos, “outfits”, etc.-, las mismas redes de cuido -a saber: nombramientos impresentables, enroques calculados y “pifias” impunes como el hueco fiscal, el entronque vial en Puerto Limón o la nula fiscalización sobre las licitaciones de obra pública, de siempre- y no pocas veces, los mismos personajes reciclados que aparecen de colados en la “bolsa de empleo” del partido ganador, bajo la bandera de “la unidad nacional”, “la concertación” o cualquier otra fachada bajo la cual ocultar su falta de equipo y debilidad parlamentaria. Nuevamente: gatopardismo puro y duro. Con el permiso de Lampeduza.

El gran problema es que a este país ya no le alcanza con “cambios”. Entiéndase de una buena vez, que de nada sirvió cambiar la fachada repelente de un Ottón, por la charlatanería de pasacalles de un tal Luis. Al final, ambos, compartían mucho más que su apellido y neopartido. Los asimilaba un pasado de idéntica escuela política. Los resultados son “historia a la vista”.

Sabemos, hoy, que tampoco alcanzó “el cambio dentro del no cambio” que suponía un delfín juvenil como Carlos. A quien habría que reconocerle que, al menos esa, sí la cantó clarita: “soy la continuidad del cambio”. Y como que la mayoría no entendió ni quiso ver lo que poquísimos advertimos en voz alta, cuando estábamos a tiempo de prevenir semejante debacle, cortesía de “los más preparados”, “la unidad nacional” y “EL amor”.

Y lo aclaro de una buena vez: no abogo por “el cambio” absurdo e inconsecuente de un Alvarado por otro. Que ni Carlos ni Fabricio merecían, ni merecen, la consideración de todo un pueblo. ¡Pongámonos serios! Nunca contó Costa Rica con una generación entera portante de tantísimas herramientas en su mochila de viaje.

Tampoco veo cambio posible, en un ciego salto hacia atrás. No será el PLN -menos con su prospecto más tradicional, corresponsable de toda esta debacle que lleva décadas incubando, pendularmente, entre la indolencia ciudadana y la deliberada corrupción político/empresarial- el que desate los nudos gordianos que, junto al PUSC, nos recetaron las últimas décadas, a punta de chanfaina y suciedad.

Repito: ¡Cuidado! ¡Por ahí, tampoco es!

Y no es por ahí, porque todo eso es un “cambio” movedizo, falsario y escurridizo. Más bien: merula electoral, botox político, fuegos artificiales o burda ventriloquia.

Y este país, no da más. Eso es lo realmente grave. Se agotó la reserva de “los cuarentas”. Así que aquí, o sustituimos o nos jodimos.

Aquí hay que “sustituir”, que ya no nos dio tiempo de “cambiar”. Ya ese purgatorio lo pasamos directito y estamos a las puertas del mismísimo infierno (¡y no exagero!). Ese que reconocemos en la fachada de un Estado criminógeno, donde los empresarios corrompen y los burócratas se dejan corromper plácidamente. Donde los tribunales se deprecian y las leyes se desprecian. Un verdadero infierno donde nos robaron hasta la confianza en nosotros mismos, y hoy, ante tanto gatopardo (sí, repito intencionalmente) todos somos iguales, no teniendo nadie el chance de ser tenido por honesto, allí donde todos se presumen deshonestos al mismo tiempo y en la misma medida gravosa e indignante.

Sustituir esa manía de huirle a la crítica y la discusión; abrazándolas, motivándolas, agradeciéndolas, admirándolas y valorándolas. Desde que, sin debate, no hay cambio. Y menos aún: sustitución.

Sustituir esa incandescente -e indecente- “serruchadera de piso” que nos entrampa pendularmente entre los chismes de la política de pasillo y la escasez de la política del menudo. Mientras lo estructural se agrava y ya casi nadie ni siquiera lo entiende, porque son pocos los que leen y un puñado los que aún confrontamos, debatimos y si es del caso, hasta protestamos.

Sustituir la impunidad, por castigo. Así como la corrupción, por inhabilitación; y ya no solo por escazas y ocasionales penas. Cortando de cuajo esta lógica perversa donde se admira al “vivazo” y se abandona al protestante, denunciante y hasta al verdadero opositor, cuando le echan la maquinaria.

Sustituir, a modo de suma, a esa clase dirigencialmente cómplice y prebendal, populista y demagoga, inculta y pachuca, entreguista y acobardada, moralina e hipocritona.

En fin, que aquí lo que cabe es una sustitución del sistema. No el cambio dentro del sistema. Sea: una profunda reforma del Estado. Sin arriesgarlo todo -y en eso soy categórico- en una Constituyente. ¡Quede claro! E Incluyendo una gran reforma electoral que rompa el monopolio de los partidos políticos y corrija el pecado original del financiamiento mixto de los partidos políticos. Por mucho, el más corruptor de los “sistemas”. Además, sustituyendo las cargas tributarias, la usura bancaria, la corrupción cartelaria, el blanqueo de activos y el refugio de mafiosos, rescatando y recolocando en su justo lugar, una democracia que amerita ser relanzada a partir de la refundación de una ciudadanía más culta (en todos los planos) y más humana, como presupuesto de esa aspiración que algunos llaman (de nuevo el problema de las palabras manoseadas) “desarrollo”, allí donde los estadistas que fundaron nuestras reservas republicanas, sin tanta vuelta, prefirieron llamar: Estado Social de Derecho.

¡Sustituir! Que no es otra cosa que “sustituirlos”. Pasa también por “sustituirnos” como ciudadanos acorralados. Porque para encargarnos de ellos, debemos primero recalibrarnos como una ciudadanía más seria e informada. Y solo después, ojalá, más participativa. No vaya a ser que, simplemente, estemos bien representados.


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