Pablo Barahona: El cambio, como la responsabilidad, esta en nosotros

Y si a ello sumamos que, de rebote, esos liderazgos "municipalizaron" los partidos políticos tradicionales, el efecto degradante, es puro dominó.

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Pablo Barahona KrügerAbogado

Los líderes de este maltrecho y acorralado país que nos tocó por patria, tienen la culpa última. Sí. Pero los ciudadanos que por décadas los vienen encumbrando, tienen la primera responsabilidad. Que, además, es la mayor; por elegir y alcahuetear, tan malamente.
Y eso es bueno señalarlo no para «agüevarnos» más, sino «para ver si acaso», los mayores de edad, se comportan como tales al votar, en la próxima elección. No como adolescentes manipulables o niños de pecho endulzables con cancioneros de cuna o chupetas temáticas que los distraigan en lo inmediato para que olviden lo estructural. Es decir: lo realmente importante.
Así que, tratándose de liderazgos, empecemos por un Carlos al que le basta con ser Carlos, para que todos entendamos como llegamos hasta este grado de devastación sociopolítica y crisis socioeconómica, en un país que las tenía todas consigo desde su fundación republicana, hace 200 años: biodiversidad y microclimas, riqueza en el subsuelo y acceso a dos costas que nos conectan al mundo y nos ofrecen riquezas no sólo inexploradas sino inexplotadas (al menos por nosotros), amén de estabilidad política en el último cuarto republicano (¡70 años sin guerras, golpes ni dictadores!) Y por si no bastará, con índices en educación y salud, más que aceptables.
Dos vicepresidentes anodinos que, por invisibles, ni siquiera vale la pena mencionar, pero figuran bien la debilidad de los liderazgos de turno. A tal punto que lo único que preocupa a los ciudadanos informados, más que el propio Carlos «a la cabeza» -al menos formal- del gobierno, es que sus vicepresidentes impresentables, queden por azar del destino, como mascarones de proa, de esta barcaza, que hace aguas por todo lado.
Pero, resumiendo un poco más esta evidentísima y tristísima crisis de liderazgo, lanzó al ruedo el ejemplo de los diputados que se opusieron a bajar el precio obsceno de las medicinas o, peor aún, de los que montaron el show de una Comisión sobre Narcotráfico eminentemente legislativa, en vez de una Mixta -conforme al Reglamento Legislativo-, que advertí, era un típico y descarado placebo que no develará otra cosa que el desnivel y acomodo de los diputaditos de turno.
Lo anterior sin descontar a los embajadores invisibles, que ni siquiera han tenido la hidalguía de plantarse a la censura que «los de carrera» les impusieron desde el gobierno anterior, borrándolos del mapa e impidiéndoles, incluso, publicar algo tan básico como artículos de prensa para informar de su labor o transparentar los debates geopoliticos de calado y su participación puntual en tales (re)definiciones estratégicas.
Incluido el cambio climático, la migración, transitoria pero pesadísima e incontrolada, que desde Ecuador y otros, viene «subiendo» al Norte. O la dictadura en Nicaragua o los desmanes autoritarios en El Salvador o los «narcoestados» de Honduras o Venezuela. Sobre los cuales, nuestro cuerpo diplomático no se incomoda más allá del apoltronamiento vergonzante de comunicaditos insípidos y acartonados que bien podrían prefabricar estudiantes universitarios de primer año, a puro copy/paste.
En fin, que en este empequeñecido país, «el principio de conservación del cargo» es más fuerte que el liderazgo diplomático -y aún antes: político-, incluso frente a un canciller tan débil como un arribista Solano que se entregó a las fauces de la burocracia del Servicio Interior, que en un eufemismo intencionado, se viene autodenominando: «de carrera».
Y bueno, ministros como Méndez Mata, regido por un «laissez faire, laissez passer» y aferrado a su escudo de armas: tres monos tapándose los ojos, los oídos y la boca. Bastón mediante.
O qué me dicen de un Elián Villegas que, con ínfulas de emperador, concentra tal despoder -según él y la plutocracia que lo encumbro y lo sostiene, hoy como siempre- que advierte a los costarricenses que aunque los diputados rebajen el marchamo, ellos repondrán ese ajuste «con nuevos impuestos». Pesé a que algunos pensábamos que, desde principios del siglo XIII, ni siquiera los monarcas más despótico, fijaban los impuestos. !Ve vos! En Costa Rica, la democracia idílica, la Suiza de por acá, el país más feliz del mundo y potencia mundial, resulta que sí.
O de Salas «el Superman» o Macaya el especialista en hacerse «el gringo», que nunca explicaron las compras maltrechas ni inspiraron la confianza para que la gente se vacunara masivamente. Mucho menos exhibieron el liderazgo político para que en un supuesto gobierno de centro, el Estado honrara (a como diera lugar), la deuda con ese bastión de nuestro Estado Social, que es la Caja. O mejor aún, para que La Nación le devolviera la millonaria exacción de los fondos de pensiones que se invirtieron en esa empresa, ya de por si, quebrada.
En suma, que Daniel y  Román no han sido líderes, sino administradores escazos y tequiosos. Y como lo advertí desde marzo 2020, producto de ello, manejaron pésimo la pandemia. ¡Pero pésimo! Y hoy los resultados están a la vista y cualquier personal de salud medianamente serio y crítico, se los dirá si les preguntan -en privado, eso sí, por aquello del «principio de conservación del cargo»-.
No olvidemos que la crisis de liderazgo alcanza a una Corte Suprema de Justicia atomizada. De feudos espernibles que lo afectan todo, incluida la Fiscalía General, cuyo «liderazgo» ha sido subastado a los intereses mediático empresariales (ojo ahí) y la comodidad burocrática de los feudos fiscales -entiéndase: mandos medios del Ministerio Público-.
Ya de la Defensoria y su escasísimo liderazgo (que arrastra de tiempo atrás), mejor ni hablar. Que los habitantes aquí se defienden solos, y desde hace rato.
Sépase, también, que los mandos medios de la Defensoria, desde que fueron dejados en propiedad,  literalmente se apropiaron «del mandado» -léase: mandato-y ven a sus jerarcas (Defensores) como los «estorbos de turno».
En fin, que los liderazgos municipales que realmente cuentan, caben en el puño de una mano, mientras los demás, descaradamente, coquetean con los intereses más espúreos. O bien, retratan la inutilidad descarnada y el populismo descarado.
Y si a ello sumamos que, de rebote, esos liderazgos «municipalizaron» los partidos políticos tradicionales, el efecto degradante, es puro dominó.
En fin, que los únicos que pueden cortar ese círculo vicioso son los ciudadanos. Sí, los electores que tengan -al menos de aquí en adelante- la hidalguía de no dejarse manipular por las cancelaciones que, consuetudinariamente, ensayen los conglomerados  más tradicionales que trafican la información. Impunemente, además.
Está campaña electoral que sigue, no es una más. Sino el punto de inflexión donde el costarricense darán muestra de su amor propio, o de su masoquismo.
Unas elecciones, en cuyo marco, dependiendo de los liderazgos que se eligan, Costa Rica seguirá anclada al pasado o cortará sus cadenas y brincará hacia el futuro.
Unas votaciones donde se elegirá entre los mismos de siempre, responsables de este «enclochamiento» generalizado, o los nuevos cuadros que, como debiera estar ocurriendo en «la Sele» (otra víctima de dirigentes mediocres que se atrincheraron ahí) marquen el recambio generacional que, ni Luis ni Carlos, supieron hacer. Y nos permita ir repoblando la desértica clase política que nos desgobierna desde hace décadas.
En fin, que la culpa es de los políticos de siempre; sí. Pero la responsabilidad, esa es de los ciudadanos de hoy.
Nota al pie: y si usted es de los poquísimos que aun leen en este país, tanto así que resistió la longitud de esta publicación, y, además, la disfrutó o al menos le nutrió, entonces posiblemente sea de los que tienen la primerísima responsabilidad de ayudar a reculturizar a sus pares (familiares, amigos, conocidos y hasta desconocidos) y pueda empezar por compartir o difundir este escrito. Al punto que si sabe que en su familia o sus amigos, tristemente, ya no leen, como la inmesan mayoría, pues vaya mi humilde consejo: ¡embutaselos! Léales, discútales, y ojalá, convénzales. Que tal vez así, empiecen a entender realmente y por fin, lo que es vivir en democracia.

 

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