Pablo Barahona: Incultura y desvergüenza

Es tal su estulticia, que tampoco son capaces de prever que en algún momento algún ciudadano consiente (porque lo de patriota es un título que hay que ganarse) pasaría por esa casa-museo-monumento, y los pondría en evidencia como lo que son: el colmo de la incultura y la desvergüenza.

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Pablo Barahona KrügerAbogado, comunicador y profesor universitario.

A mi no es que me obsesione andar por ahí evidenciando “las peladas” del poder político. O lo que es igual, si personificamos el argumento: no es que yo sea afecto a caminar a la espera de que se “resbalen” los  agentes de la oficialía, para saltar, ahí mismo, señalando sus despropósitos y desaciertos.

Tampoco reparo, a la hora de los señalamientos, en inclinaciones ideológicas o militancias partidarias, de esas que llaman banderías.

Simplemente, aquello no es lo mío, desde que no he militado nunca en ningún partido político, y lejos de deberle nada a alguno, es lo cierto que, por el contrario, me han quedado debiendo, con aquel cuentito de que era “diferente verla venir que bailar con ella”.

Haber sabido…

Lo que pasa es que los políticos improvisados que tenemos en este país, “se ponen”. Y consuetudinariamente, hay que decir, además. Hasta parece que les gusta “lucirse” con apreciable soltura, al punto de hacernos invocar las sabias palabras de un esteta como “Cañero” cuando nos espeta con su voz caustica, aquel grito pampero: “Pero que belleza de ….”.

Y ya ven. Aquí estamos, retornando al mismo “lugar” que visitamos meses atrás, cuando me quejaba acremente del ascenso de la incultura al poder. Ello, justamente, en un artículo como este, en que acusaba la entrega progresiva de lo público, a una clase política, ya no solo prebendal y rapaz, sino, y ello es lo más grave, intelectualmente nula.

“Es intelectualmente masa -alecciona un preclaro Ortega y Gasset-, el que ante un problema cualquiera, se contenta con pensar lo que buenamente encuentra en su cabeza. Es, en cambio, egregio, el que desestima lo que halla sin previo esfuerzo en su mente, y sólo acepta como dino de él, lo que aun está por encima de él y se exige un nuevo estirón para alcanzarlo”. (1937)

Lo que bien haríamos en complementar con Marina, cuando define inteligencia como “la capacidad de un sujeto para dirigir su comportamiento, utilizando la información captada, aprendida, elaborada y producida por él mismo”. (2008)

De tal suerte que la inteligencia no es, simplemente, un cúmulo de información (conocer) sino “capacidad de dirección” para guiar el comportamiento y salir bien librados.

Es entonces, inteligente, aquel científico que, sabiendo lo que sabe, resuelve problemas que se le van presentando sobre la marcha. Y no solo aquel que repite las fórmulas manidas por otros descubiertas y probadas. Lo sería también, aquel economista que, además de dominar las “leyes” económicas, es capaz de aplicarlas y resolver retos económicos concretos. Así como sin duda, es inteligente aquel político que, conociendo de lo público, ojalá no solo por academia sino por experiencia institucional, se atreve a resolver problemas sociopolíticos “de carne y hueso”.

En ánimo de síntesis: ¿Qué hacemos con un Cicerón sin un Marco Aurelio?

Y es así como parto, al plantar esta denuncia en medio de esta plaza pública en que se han convertido estas Ágoras digitales -La Revista en cuenta-, de aquella certidumbre palmaria de Vargas Llosa: “el nivel intelectual, profesional y sin duda también moral, de la clase política, ha decaído”.  Denunciando algo muy grave, que también sabemos: “Probablemente ya no queden sociedades en las que el quehacer cívico atraiga a los mejores”. (2012)

Reafirmándonos en la necesidad de dar ejemplos para demostrar aquella figuración que venimos hilvanando. Para lo que voy a permitirme la infidencia de contarles que, habiendo visitado la Hacienda Santa Rosa estos días -sita en el Guanacaste profundo-, me encuentro con una vergüenza nacional que solo un pendejo o un antipatriota callaría.

La Casona de Santa Rosa, símbolo nacional, luce abandonada. Murciélagos la habitan. Además, pobre, pobrísima, es la casi nula exposición de objetos con algún valor museográfico. Sin obviar que los carteles explicativos lucen desvencijados y son claramente insuficientes. Ni qué decir de los pocos libros que sobre ella se colocaron en una esquina, amarrados improvisadamente por un horrible cable “pelao”, y que ya ni portada tienen. Pero lo peor, lo inaceptable, lo realmente insultante, es que el inmueble está a punto de derrumbarse otra vez. Toda un ala del edificio que fue reconstruido después del infernal incendio provocado por cazadores furtivos (2001), con (80%) de fondos donados por estudiantes, activistas y patriotas, y un restillo en servicios que arrimaron instituciones del Estado, está  calléndose.

El caso es que, como notarán en los apoyos fotográficos que acompañan este denuncio, una de las vigas principales que sostienen el techo, se quebró en dos partes. Simplemente, fue vencida por el comején, el peso o vaya usted a saber.

Y para redundar en la vergüenza más supina, el daño se presentó desde hace meses, encontrándose hoy el inmueble en tan deplorable condición, pese a la entrada del invierno. Y no exagero -como se aprecia en las imágenes, al al límite del colapso.

 

 

 

Los guardaparques, en su infinita humildad y compromiso, resolvieron, ante la falta de respuesta de las jefaturas vallecentrinas responsables de agenciar los recursos y asegurar la reparación célere, desmontar ellos mismos todo el tejado, que luce apilado al pie de los pilares del histórico inmueble.

Además, colocaron verticalmente unas tucas o reglas gruesas, para evitar el desplome inminente.

Y ante mi pregunta: ¿Les han adelantado alguna respuesta de cuándo van a mandar a reparar esto? Se encogen de hombros y esbozan una melancólica sonrisa como diciendo: “ayyyy compañero, si usted supiera…”.

El insulto no es solo a los celadores del parque. Ya acostumbrados a la incuria de los ministros de ambiente y los directores de parques nacionales y áreas protegidas, quienes se victimizan siempre, cobijándose con la pobreza presupuestal que, si se mira bien, no hace más que traslucir su pobreza mental para generar salidas creativas y recorrer la milla extra, como en buena lid correspondería a quienes hemos encargado los más caros bienes de la nación: nuestro patrimonio histórico y natural (en una palabra léase: cultural).

El insulto no es solo, ni mucho menos, principalmente, a los turistas que, por miles, atestiguan semejante espectáculo tercermundista.

¡No, que va!

La ofensa inaceptable, el insulto más salvaje y el agravio más deleznable; es el que nos escupen a la cara una ministra de cultura, un ministro de ambiente, un director de áreas de conservación, la Comisión Nacional de Patrimonio, y, presumiblemente, también una directora de museos nacionales, con sus consabidas juntas directivas y asesores ad láteres, que descuidaron un “Símbolo Nacional” como la Casona de Santa Rosa. Irónicamente, un monumento al patriotismo, la inteligencia y valentía, que lucieron quienes fundaron el Estado costarricense, y que si bien heredamos pasivamente quienes lo habitamos y modelamos con nuestra participación o pasividad política, deberíamos defender altivamente frente a tanto parásito inculto del poder público, ni siquiera capaces de resolver la reparación de una pinche viga, habiendo transcurrido meses largos desde que esta se venció -según me informaran directamente los guardaparques resignados-.

Es tal su estulticia, que tampoco son capaces de prever que en algún momento algún ciudadano consiente (porque lo de patriota es un título que hay que ganarse) pasaría por esa casa-museo-monumento, y los pondría en evidencia como lo que son: el colmo de la incultura y la desvergüenza.

Irónicamente, y para desgracia de los (i)rresponsables a cargo de nuestro patrimonio cultural, que lo es también de la humanidad (1999), por cierto; ese ciudadano avizor pasó por la Casona de Santa Rosa, al despuntar este setiembre: ¡sí, el mes de la patria!

¿Tendrán algo que decir el Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural, las Academias de Geografía e Historia o tal vez la Morista, el Colegio de Arquitectos, la Asociación Costarricense del Consejo Internacional de Monumentos e incluso la Defensoría de los Habitantes?

¿O prefieren que nos limitemos todos a la gritería septembrina del “Viva Costa Rica” y solo nos sentemos a escuchar el discurso cajonero de Carlos Alvarado este 15 de setiembre, que terminará, justamente, con tres fingidos y enérgicos griticos de esos?

Que la exposición sea pobre, lúgubre y absolutamente tercermundista, dista mucho del mandato de tantos estudiantes y ciudadanos que recaudaron alrededor del 90% de lo que costó su reconstrucción.

No se trata sólo de que la muestra museográfica sea tan limitada como sólo gobiernos de cuarto mundo pueden garantizar a turistas nacionales y extranjeros (descortesía total por lo demás), sino que ahora resulta que todo un sector está amenazado por una viga que cedió, presagiando la inminente caida del techo.

Los mismos guardaparques, resignados, cuentan que desde hace meses, ellos mismos bajaron todas las tejas y colocaron contravigas (apenas puestas a puro pulso verticalmente) por si algún día los administradores de turno de los presupuestos públicos (ministros y directores) vuelven por sus fueros a tener un mínimo de vergüenza, frente a ese Símbolo Nacional, que para algo se reconstruyó y no precisamente para ser abandonado de nuevo. 

Luego que no se quejen los representantes de que los representados no sientan patriotismo ni fervor por este proyecto común que llamamos Estado.

Y eso que dijeron que eran los mejores. Los que sabían. Pues cultos, eso sí, ahora lo sabemos claramente, no son.
Que desvergüenza! Que perfidia! Que desnivel! Que falta de patriotismo! Que indigno!

Y todavía se atrevieron a decir: «Es por vos»

 

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Pablo Barahona Kruger
El autor es Abogado constitucionalista, comunicador y profesor universitario
Fue Embajador de Costa Rica ante la OEA
pbarahona@ice.co.cr

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