Pablo Barahona: Polí(ticos) sin temor

Entonces, les dejo la síntesis: ¿Por qué un lechero habría de temerle a semejante rebaño?

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Pablo Barahona KrügerAbogado.

Claro que mi primera reacción fue idéntica a la suya. Primero, indignación. Luego, impotencia. Pero todo eso dio paso, hacia el final de esos reflejos, a la fría confirmación de algo bien sabido: a los políticos criollos les importa un carajo el pueblo. Sí, la gente como usted o como yo -que un periodista reconvenido en ministro dio en llamar también “los de a pie”, y un nobel expresidente, por su parte y prosaicamente, “caracoles”- debemos saber que no sumamos en la calculadora de esas moliendas en que se convirtieron los partidos políticos y sus agentes secundarios -llámense: presidentes, diputados, ministros, alcaldes, y de ahí “pa´bajo”, toda la retahíla de alineados, mensajeros, “espalda ´e bisagra” y navegantes de agua dulce, que militan mayoritariamente y terminan siendo los únicos sobrevivientes de la rapiña politiquera.

No mencioné la “sorpresa” como un reflejo presente en mi reacción inicial a las declaraciones de una pintoresca diputada liberacionista, porque ese elemento no puede informar la ecuación de ningún ciudadano mínimamente serio. Al menos no a estas alturas, visto que la ciudadanía tica ha recibido semejante palo, como estamento político basal.

Quiero decir: a quién podría sorprenderle un “la clase política no le tiene miedo al pueblo”, si antes hubo un “que piensen el voto mejor la próxima vez” o -siguiendo al mismo autor- un “es diferente verla venir que bailar con ella”. Ni qué decir de unos reiterativos y cínicos “no me acuerdo”, seguidos de unos tamales lacrimógenos, dignísimos por lo demás, de aquella herencia que se resume en un “me los comí en confites”.  Ya lo de “ropita de bebé” es de otra galaxia, sin duda. Solo comparable con aquel más contemporáneo “somos estúpidos pero no idiotas” o el “yo no sabía” del penúltimo ministro de hacienda, que tantas y tan caras fallas nos legó.

La clase política insultando, consuetudinariamente además, al soberano, como componente politológico y sociojurídico del que abreva, no es un sinsentido novedoso. Y ese es el punto. Porque hoy se dirigen cribas inquisidoras contra una diputada, cuya frase, bien repasada, en efecto es sacada del contexto discursivo que ella estaba tratando de hilvanar (con poco éxito, claro está a esta altura) como digna representante de un “stato quo” al que no le quedan olores ni mucho menos dolores de pueblo.

Pero lo que más enerva, no es que una diputada como ella, con sus antecedentes, compañías, limitaciones, alineamientos y -ni que decir- colores, dijera algo así en el foro más formal (teóricamente) y representativo (aún más teóricamente) de esta República. A saber: el plenario legislativo. Foro que, por lo demás, no solo integra sino que retrata tan buena y plácidamente la diputada León, como ya sabemos.

Lo que realmente sorprende, enoja y desquicia a todo demócrata toral -para mayores señas: a las puertas del bendito “Bicentenario”- es que aún resten ciudadanos -léase: mayorcitos de edad- que necesiten que se los griten de esa forma en la pura cara. Que haya gente en este pequeño gran país, a la que le hagan falta tan humillantes bofetadas, para reconocerse en el espejo del maltrato y la ignominia política.

Y eso es lo que, al menos a mi, realmente me vuela los sesos: que de pronto empiece el corte masivo de venas, sin que esos mismos “cortavenistas” caigan en cuenta de que aquí, al menos en ese “selfie” de “nuestra” clase política, nada es nuevo, que no media mayor creatividad ni grito fundacional en tan enternecedora confesión de una fugaz diputada liberacionista.

¿Realmente a alguien le hacía falta que la porta estandartes de un diputado como Benavides, y en semejante jungla legislativa, además, expresara lo que, “sotto voce”, ya todos sabíamos?

¿Acaso no bastaba con la prueba catedralicia de un proyecto que conculca, menosprecia, denigra, roba, acalla, intimida, proscribe e imposibilita el derecho político más fundamental en democracia: el de ejercer oposición en su expresión más desesperada, que es lo que a fin de cuentas, es la huelga?

¿En serio quedan en Costa Rica aquellos sumisos que necesitan que les escupan semejantes frases, para percatarse de ese, el más absoluto y anodino deprecio hacia eso que somos, antes, incluso, de (co)reconocernos como sujetos: pueblo?

Quedan dos venganzas cívicas. Primero, que la indignación y la impotencia cedan frente a la certidumbre de unas elecciones municipales que, dichosamente, están a la vuelta de la esquina y representan el mejor marco para ejercer una dulcísima -pero sobre todo útil y oportuna- venganza: no vote ni por el PAC, ni por el PLN ni por el PUSC, ni mucho menos por RN. Todos ellos, incubadoras de esos insultos políticos que he enlistado, así como de otros tantos que preferimos olvidar. No malbarate su voto en esos nidos de tantas afrentas a la inteligencia y la integridad, que no debemos obviar como ese pueblo al que empezarán a temer solo cuando los reconceptuemos como antónimos de la democracia y los dejemos de alimentar con nuestros votos. ¡Nuestros poderosísimos votos!

Y, segundo, romper el monopolio de los partidos políticos, que es la venganza más estructural y duradera que podamos orquestar -precisamente como pueblo menospreciado -, y que pasa por la construcción de un frente cívico que demuela esa represa antidemocrática que representan, hoy por hoy, los partidos políticos en Costa Rica. Liberando así, mediante la habilitación de candidaturas independientes, ese sufragio, condonado por tanto tiempo.

He ahí la llave de torque de una revolución política civilista en nuestro país.

Suyo es el voto. ¡Úsuelo! Como suya es su voz. ¡Álcela! Y suyo es ese teléfono. ¡Úselo!

Busque, reaccione, difunda y déjese de pendejadas. Que si usted es de los que sigue a los mismos periodistas de siempre, que sirven de altavoces a los mismos políticos de siempre y esta esperando que sean los viejos de siempre los que vengan a resolver los mismos problemas de siempre, entonces déjeme decirle que este artículo terminará siendo una pérdida de tiempo para usted, en tanto no está dirigido a usted, a quien le sentarán mejor las palabras de Yorleny León y los demás citados. Esos conceptos verticales sí que riman con usted, y terminan rindiéndole justo homenaje a sus congéneres, integrantes fieles y útiles de ese “pueblo” que esos políticos de siempre conocen, como conoce a su ganado aquel lechero que, después de ordeñar sus vacas, se les pasea por el frente y les escupe la cara, mientras estas se limitan, mansamente, a bajar su afilada cachera y desviar su mirada al suelo, repleto de su propia mierda comunitaria.

Entonces, les dejo la síntesis: ¿Por qué un lechero habría de temerle a semejante rebaño?

 

 

 

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Pablo Barahona Krüger,
Abogado constitucionalista, profesor de geopolítica y derechos humanos. Exembajador ante la OEA.
pbarahona@ice.co.cr

 

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