Pablo Barahona: Sumar facturas

Lo cierto es que hoy la banca no solo le cobra todas las cuotas atrasadas al agricultor desesperado, sino que, además, le niega los fondos de una burda y burocrática Banca para el Desarrollo que no hace más que esconderse en clara genuflexión ante la Banca Comercial ordinaria.

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Pablo Barahona KrügerAbogado.

Costa Rica está pagando todas sus facturas juntas. No se trata -como la insana “lógica” oficialista prefiere suponer- del anatema en que convirtieron esta crisis de salud pública desde que les cayó del cielo como salvamento político. Sino, y si se mira bien trascendiendo las coyunturas y los mandatos de turno, de cómo nos encontró la pandemia en aquellos frentes que signan nuestro (sub)desarrollo.

El caso es que se viene imponiendo, progresivamente, además, un reduccionismo tremendamente peligroso: el éxito del Estado se mide con la vara plana del Producto Interno Bruto. O bien, del siempre falsario Ingreso Per Cápita. Pruritos que, a contracara, se leen en otra formulación miserable y ya no solo vacía: la democracia real es demasiado cara. Incluso impagable, siguiendo el rito que extreman algunos manos largas, siempre afectos a mecer cunas.

Pero estos puntos de partida contrastan con nuestra realidad histórica: una leyenda cívica, en cuyo marco, lejos de ensancharse la democracia sustantiva, se ha ido, muy por el contrario, abaratando y encogiendo, hasta quedar en mera formalidad electoral.

Un breve y hasta superfluo repaso del prontuario de derechos sociales consignados en la Constitución Política costarricense, dan cuenta de un contraste vergonzante para un país que abolió su ejército y, desde entonces, se maquilló ante el mundo como ejemplo de inversión democrática; abismo retórico que, insisto, se torna palmario al notar la distancia entre que nos separa, como democracia formal, de una democracia real. La contradicción más pura de aquella leyenda diplomática, cacareada hasta el paroxismo más patriotero, de insistir en que el dinero del ejército se nos fue en educación y salud. ¡Ah bueno! ¡Que salvada! Seguro por eso la Caja no está quebrada y enfrenta vigorosa esta pandemia. Y también por eso, todos mandamos a nuestros niños y muchachos a las escuelas y colegios públicos, donde se forman idóneamente, junto a los hijos de cualquier vecino.

Lo cierto es que hoy la banca no solo le cobra todas las cuotas atrasadas al agricultor desesperado, sino que, además, le niega los fondos de una burda y burocrática Banca para el Desarrollo que no hace más que esconderse en clara genuflexión ante la Banca Comercial ordinaria.

Tampoco los servicios públicos perdonan ni los jóvenes se han volcado a recoger cosechas, en solidario gesto. Mucho menos han hincado rodilla junto al agricultor para la siembra o el cuido del arado.

Ni siquiera se les ha exigido, a los beneficiarios en condiciones de trabajar, el dignificante esfuerzo de acudir al campo, en paga por esos bonos paternales y por demás populistas. Pero, lo que es peor, insostenibles en el tiempo y claramente insuficientes al efecto de familias enteras hoy desprotegidas por la falta de trabajo digno y sometidas al ocio envilecedor.

Esto es así, desde que volver al campo dejó de ser prioridad por razones ideológicas o discursos ideologizantes, y se convirtió en imperativo ético y patriotico, por la más básica de las razones: nuestra seguridad alimentaria. Así, desde la inesquivable advertencia de la FAO, certificando que: ¡se viene una crisis mundial de escasez de alimentos!

¿Será que los grandes capitales acumulados, hoy parqueados en la banca privada en buena parte, ya sacaron la calculadora y salieron a comprar “futuros” de granos y otros “básicos” para importar a finales de este segundo semestre, lo que deberíamos estar cultivando desde hace meses, justamente, para dinamizar la economía y ahorrarnos, como Nación, ese garrotazo cuyo diferencial importador no solo concentrará más aún la riqueza en país desigual, sino que condenará al hambre a uno de cada cuatro costarricenses, como mínimo? ¡Sí, al hambre, aquí en Costa Rica!

Y es que algunos, de muy poca frente, no realizan que la desnutrición supone mayores contingencias de salud, criminalidad, inestabilidad e incultura. Más allá de la obvia improductividad que ese “combo” de injusticias supone per se. Tal como teorizó Amartya Sen al decir que los derechos fundamentales son, al tiempo, presupuestos y factores del crecimiento económico. Agregando Luigi Ferrajoli a tan curada impronta, un apéndice incontestable: “su violación e inobservancia no sólo producen un empobrecimiento de las condiciones de vida de las personas, sino que también se resuelven siempre en una reducción de la productividad y la riqueza”. ¡Obvio, al menos para quienes evitan purismos malsanos o caretas calculadas!

Por lo que la garantía de los derechos fundamentales, consagrados en la Constitución Política, tanto individuales (libertades) como sociales (prestacionales), no deberían preocupar solo a los sectores más amenazados por el desplazamiento económico, sino también a los catequistas del “crecimiento” económico.

Y aunque tampoco se trate de afirmar, exageradamente, que esta pandemia nos agarró, como país, apoltronados, cruzados de brazos y con el pelo suelto. Pues tal pesimismo nos sabría a exageración, sí que deberíamos reparar en Bovero cuando nos advierte sobre el “gobierno de los peores”, debiéndonos preguntar:

¿Habremos pauperizado nuestra cultura cívica, a tal punto que invertimos la lógica política hasta convertirnos en una democracia plástica o figurativa? ¿Padecemos una democracia de molde que sirve a la apariencia, pero no a la transformación de realidades injustas para inmensas mayorías que hoy se saben tan, pero tan olvidadas, que aprendieron a “vengarse”, irónicamente, desentendiéndose de esta kakistocracia?

 


Pablo Barahona Krüger,
Abogado constitucionalista, profesor de geopolítica y derechos humanos. Exembajador ante la OEA.
pbarahona@ice.co.cr

 

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