Pablo Barahona: Un país serval

¿Dónde están las universidades públicas ordenando y fundando la discusión, como otrora? ¿Qué hay de los periodistas que no están planteándole al poder las preguntas obligadas ni mucho menos evidenciando éstas cosas? ¿Acaso es más importante la pauta que el país? ¿Y los estudiantes universitarios, antes candil de avanzada de la protesta social, renunciaron a ese pensamiento con arrojo tan propio de la juventud pensante?

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Pablo Barahona KrügerAbogado, comunicador y profesor universitario.

Pese al esfuerzo de algunos románticos que releen nuestra historia desde ese nacionalismo meloso, tan próximo al silencio complaciente y muy típico de quienes, a fin de cuentas, solo son herederos de aquellos que recibieron por carta la noticia de su independencia, es también cierto que hoy las redes sociales posibilitan la difusión de ideas rupturistas y repelentes del menjunje de falso patriotismo y esnóbico localismo de barrio, común en los países subdesarrollados cultural y -no solo- económicamente.

Esto, al tiempo que, esa misma libertad intelectual, suele fumigar ciertos prejuicios malinchistas así como consabidos errores de cálculo xenofóbico que, normalmente, portan lirondos quienes en su vida han cruzado una frontera.

Es cierto, has aquí, esto es pura generalización. Y confesarlo holgaría salvo para prevenir aquellas réplicas que pretendan “cazar” cualquier descuido en vez de “rescatar” y difundir la denuncia severa y patriótica -sí, irónicamente, también patriótica- aquí ensayada.

De pronto el ICT tenga razón y debamos centrarnos en lo “esencial”, olvidando el ruido de la maquinaria mientras intentamos concentrarnos solo en sus mecanismos y los estragos a su paso, desvistiendo el maniquí para asomarnos y saber no solo de qué está hecho, sino la dimensión real de sus deformaciones falsarias.

Cosa nostra.- Hace no mucho tiempo escribí que este es el país de los silencios. El Macondo centroamericano por nosotros fundado y perpetuado.  Aquí no pasa ni pasará nunca nada. ¡Como debe ser en un país de paz y felicidad! ¿O no?

¿Acaso algún loco reformista se lanzaría al suicidio que supone cambiar lo que para casi todos “está bien”? ¿Por qué alterar los equilibrios en un país que se dice “el más feliz del mundo”? ¿Cómo explicarle a “la gente” que se nos gastó el “pura vida” y nos postró el “porta´mi”? Es más: ¿para qué explicárselo, si aquí nadie dice nada? ¿Qué caso tiene ir contramarea si aquí todos aprendemos desde jóvenes esa primera -y quizá única- regla de socialización a la tica: el legendario “sálvese quien pueda”?

Y es que si algo nos queda, es que la omertá no es un invento italiano. Es “cosa nostra”.

Trabaje, consuma y acumule. Sin olvidar expatriar todo lo que le sobre, por si “la cosa” se complica y debe abandonar “el barco”. En cuyo caso: agarrando su maletica y volando sin mariconaditas patrioteras, como ya han empezado a hacer los cafetos (hijos de los cafetaleros, hoy devenidos en industriales, comerciantes y por encima de todo, banqueros), cuyos dineros han estado sacando del país “por si las moscas”.

Ellos nos lo recuerdan, consuetudinariamente: no hay nada más miedoso que un millón de dólares. De ahí las zonas francas intocables, las amnistías y exoneraciones tributarias cuasi sagradas o los tratados de libre comercio escritos en las mismas piedras que las Doce Tablas.

Nadie dice nada.- Pero lo más importante es no guardarse lo que casi todos se están guardando. Sea por pendejos o por calculadores. Que a fin de cuentas viene siendo lo mismo.

El drama estéril de la “sacrosanta” reforma tributaria, no solo no resolvió la crisis fiscal, sino que contrajo aún más la economía. Sin descontar eso sí, el golazo de media cancha que significó la amnistía tributaria para las empresas morosas con el fisco, que curiosamente son casi las mismas que declaran poca o nula renta, un año sí y al siguiente también. ¡Y nadie dice nada!

Las juntas directivas de los bancos están tomadas por banqueros privados o sus abogados, políticos sin conocimiento de la banca o simples amigotes del stato quo.

¡Pero nadie dice nada!

Crucitas es un desastre ambiental, un robo violento de los bienes demaniales y un caos de seguridad. ¡Ah, tampoco nadie dice nada!

A JAPDEVA la quebraron entre los últimos dos gobiernos, sus exdirectivos quedaron impunes y lejos de cualquier viso de reproche, quedando la concesionaria privada en franquía para erigirse en monopolio portuario en el Caribe. “Pero ni siquiera lo limonenses se alzan!

Carlos Alvarado mintió en la Asamblea de Naciones Unidas y frente al mundo entero pronunció un discurso falsario, escudándose después en la “inexactitud” de las cifras que le brindaron sus ministros de ambiente e información. ¡Sin que aquí alguien diga algo!

Sin descontar que el presidente y su desventurado canciller se han alineado a la derecha más ultraconservadora del continente (Trump, Bolsonaro, Macri, Piñera, Duque, Hernández, etc.) al secundar la reelección de un secretario general tan divisivo y acomodaticio como Luis Almagro, así como al hermanarse con Bolsonaro para colarse de la manera más oportunista en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. ¡Sin que aquí suenen ni las campanas!

Se sigue gastando una millonada en consultorías para complacer a la OCDE sin que sepamos quienes han sido -y son- los que integran ese ejército de consultores a sueldo de estos últimos gobiernos. ¡Y a nadie parece importarle!

El monitoreo electrónico de reos, que por lo demás es un programa humanizante y necesarísimo ante el colapso carcelario innegable, es un completo desastre y un absurdo monumento a la incapacidad de una ministra y sus asesores. ¡Y como si nada!

La defensora “de los habitantes” calla sobre la intensión politiquera de proscribir las huelgas como derecho político (entiéndase: humano) fundamental, aun cuando los relatores de la ONU se pronunciaron contundentemente. ¡Y ni coquillas!

El último informe del Estado de la Educación denuncia que 53.000 jóvenes de 12 a 16 años no asisten a las aulas ni 20.000 más terminan el año que iniciaron (desertan). ¡Sin que pareciera importarle a nadie!

El expediente del “Cementazo” sigue sin ser elevado a juicio. O lo que es igual: sin que la fiscal general haya sido capaz de liderar y formalizar una seria denuncia penal, como le exige no solo la ley, sino la moral; considerando el show armado que la sacó de un sótano en la fiscalía de Heredia. ¡Pero tampoco pasa nada!

¿Cómo es esto posible? ¿Dónde están las universidades públicas ordenando y fundando la discusión, como otrora? ¿Qué hay de los periodistas que no están planteándole al poder las preguntas obligadas ni mucho menos evidenciando éstas cosas? ¿Acaso es más importante la pauta que el país? ¿Y los estudiantes universitarios, antes candil de avanzada de la protesta social, renunciaron a ese pensamiento con arrojo tan propio de la juventud pensante?

Mientras tanto, todo esto viene prefigurando, más allá de las leyendas democráticas corrongas, a este, nuestro Macondo centroamericano. Y a algunos nos queda clarísimo que un país en donde es más importante una rinoplastia o las tonterías de un entrenador aburrido, que la debacle de nuestros sistemas educativo, económico, securitario y de salubridad, sobre los que se asienta el sistema político contemporáneo, tiene un pronóstico tormentoso.

¡Y nadie dice nada!

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Pablo Barahona Kruger
El autor es Abogado constitucionalista, comunicador y profesor universitario
Fue Embajador de Costa Rica ante la OEA
pbarahona@ice.co.cr

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