Pablo Barahona: Ángeles y demonios

En fin, que llamar democracia a un ejercicio donde las billeteras son las que fijan en la retina del gran público

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Pablo Barahona KrügerAbogado

La hipocresía es una enfermedad, más que espiritual o moral, social o ética. Una lacra que lo cubre todo, hasta que la verdad termina arrastrándose. Y, una vez postrada, se llega al extremo de confundir la máscara con el rostro, convirtiendo, la vida social, en una envilecedora danza de disfraces, donde, los que no bailan, son comparsa. Siendo todos, parte al fin.

Como resultas de ese aparente callejón sin salida, tenemos una sociedad, en cuyo seno, la mediocridad termina admirándose, mientras, lo malo, cabalgando sobre los hombros de lo bueno. ¡Inaudito! Pero no por ello, menos cierto. ¡Inexcusable! Eso sí.

Esa explosión de hipocresía -en realidad y sin eufemismos: implosión social autodestructiva-, se figura mejor, desde los ejemplos. Siendo, este somero evidenciamiento, útil, mas no esperanzador, si convenimos en que, ese doble rasero viene castrando nuestras posibilidades de desarrollo civilizado, cual comején: progresivamente. Imperceptible y lentamente.

Premios Nobel depreciados hasta el sótano de un Barack Obama que ni siquiera había empezado a hacer algo por la paz. Y, ciertamente, tampoco alcanzó a hacer nada después, tornando aquel honor de honores, en torpe apuesta y ya no solo en monedad de cambio geopolitiquera. Ni que decir de una tal Greta Thunberg o aquel Bob Dylan -por citar solo dos ejemplos más- como mascarones de una sociedad del aplauso que, lejos de claudicar, se impone con todo y sus tibias metas.

Trump como epítome de todo lo que aquí pretendo decir. Un mafioso disfrazado de empresario, cuya historia personal exhibe poquísimo que admirar más allá de una billetera dudosa y unas juntas aún más estudiables. Pero que, pese a tanto y tanto, se convirtió en Presidente de la mayor potencia mundial, elevando su pésimo ejemplo, al mejor de los ejemplos. ¿Compleja ironía política o soberbia estupidez colectiva?

Pero nosotros también tenemos, más acá, trofeos que exhibir en esa misma galería que vamos armando en homenaje a la hipocresía como regla social.

Empiezo por lo más rupestre. Por ser, a la vez, lo más evidente.

Canales de televisión (casi el 90% de los costarricenses confiesa “informarse”, vía enlatados televisivos) que crucifican a conductores ebrios, evasores fiscales, acosadores sexuales o malversores de lo público, sí, y solo sí, esas conductas sociopáticas no son obra de sus propios dueños, directores o estrellitas prefabricadas de turno.  ¡Congruencia; pásala!

Especialistas en parcelar, los editores y directores, han vertido, consuetudinariamente, toda su toxicidad, sobre la política. Invisibilizando a economistas, historiadores o politólogos valientes (¡Pocos quedan!) que se atreverían a decir en “prime time”, que el problema no se agota en los privilegios de la función pública, la opacidad en los gastos universitarios, su catedrática aristocracia o su deriva: los pensionados de lujo. Como tampoco se resuelve el déficit con más impuestos regresivos que siempre terminan cargándole la mano a la clase media y todo lo que, de ahí para abajo, termine reclasificado para “dorar la píldora” de la más insana e insultante exclusión, en uno de los países más inequitativos del mundo.

Especialistas en parcelar -decía-, abusan del “enmarcado” (“framing”) para destacar al inocuo y descabezar de cuajo al amenazante. Aquel que “jamás de los jamaces” osaría, siquiera en pensar, redistribuir la pauta del gobierno, quitándole anuncios a las grandes televisoras (carísimas de por sí) para fomentar la televisión y radio comunitaria, cuyo efecto democratizador, nadie honesto discutiría hoy, después de lo visto. Ni hablar de fiscalizar sus impuestos, recalibrar sus cánones por radioespectro o exigirles devolver las politiqueras “inversiones” de la CCSS que, cuan salvavidas o tapabocas -da igual-, deberían significarse en más de un jerarca público con sus huesos en la cárcel y su peculio personal respondiendo.

Enmarcar es, siempre, interpretar. Y salvo que estemos en presencia de un juez bien formado y avezado, toda interpretación será interesada. Entiéndase: enlatar y rotular la información, de tal manera que sea posible lo impensable, hasta que el bombardeo sea tal que disimule o desdibuje el paroxismo de presentarnos a un Figueres como el bueno, el honesto, el humilde, el congruente, y así, hasta convertirlo en la opción “segura” y la apuesta “al futuro”. ¡Imaginate vos!

Y por aquello de la maledicencia o las (i)lógicas cuadradas, esto último no implica, ni por asomo, defensa “per se” de un Chaves que tendrá que defender(se) -con quienes él decida acompañarse en adelante y desde el gobierno-, sus propios méritos. Porque eso, justamente, es gobernar: ¡demostrar!  Ya no solo comunicar (nuevamente el “framing” juega con los que “se dejan”) sino hacer. Y en lo posible, congruentemente.

En fin, que llamar democracia a un ejercicio donde las billeteras son las que fijan en la retina del gran público, las seis opciones “viables” -léase: menos “peligrosas”- para la continuidad del statu quo, se acerca más a la atrofia intelectual/cultural que a la hipocresía pura y simple, desde que rebasa a esta y se instala en aquel estadio donde la deformación colectiva es tal, que vemos lo vacío como lleno y lo opaco como brillante, lo deshonesto como transparente y lo superficial como lo profundo. ¡Ah! Y claro está: a los demonios como ángeles. ¡Y viceversa! Repito -y no ociosamente-: ¡y viceversa!

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