Pablo Chaverri: Democracia y teocracia

La amenaza antidemocrática de los teocráticos está viva en toda América Latina en pleno siglo XXI, por lo que es urgente que sus ciudadanos comprendamos que es justo y necesario poner límites razonables a quienes desean instrumentalizar la democracia para avanzar su teocracia

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Pablo Chaverri Chaves, Científico Cognitivo.

La teocracia es la negación de la razón y de la democracia, porque se funda sobre el dogma de fe religioso, asumido como verdad incuestionable y única. La teocracia rechaza la evidencia, la razón y la ciencia, precisamente porque estas asumen que la verdad no es una posesión de nadie, sino una búsqueda permanente, que requiere verificación y por tanto trabajo metódico, sistemático y arduo, que es todo lo contrario al clamor de que la verdad es “revelada” por dios a sus autoproclamados “intermediarios”. Por ello, la teocracia es regresiva, es decir, nos hace retroceder como humanidad, no progresar.

Por otro lado, la democracia parlamentarista se basa en el razonamiento de que existen diversas posturas legítimas sobre los asuntos de Estado que, por tanto, merecen ser consideradas y que pueden acceder a representación en la asamblea legislativa a través de elecciones populares, bajo el principio de una persona un voto. Estas ideas han evolucionado para incluir la posibilidad de la democracia directa, donde los ciudadanos pueden votar directamente para aprobar o rechazar determinadas leyes y políticas públicas.

La democracia se funda sobre el reconocimiento de que todo poder político y económico es, necesariamente, una construcción social. ¿Cómo podemos verificar esta idea? Imaginemos que la persona más poderosa del mundo va en un vuelo en medio del océano y su avión se avería y debe hacer un acuatizaje forzoso, logra sobrevivir y llega a una isla a miles de kilómetros de cualquier grupo humano sin posibilidad de comunicarse. ¿Conserva su poder? Es obvio que, al quedar desconectado de otras personas, queda desprovisto de cualquier poder económico o político, que se basan, necesariamente, en relaciones sociales. Es decir, la idea de que el poder reside en el pueblo en su conjunto es demostrable por las implicaciones de este experimento mental: no hay poder sin relaciones sociales.

En cambio, la teocracia asume que el poder viene de dios, quien lo delega en sus intermediarios en el mundo, a quienes revela su santa palabra y su incuestionable voluntad. ¿Cómo podemos verificar esto? En realidad, los teocráticos no tienen ninguna prueba de la existencia de su dios ni mucho menos de que este les hable. Lo que tienen es un libro sagrado al que llaman la palabra de su dios, cuya autoría no pueden demostrar, pero simplemente asumen como real, sin ninguna otra base que su imaginación, pues reconocen que su dios es invisible e imperceptible.

Entonces, la teocracia, al contrario de la democracia, no se basa ni en la razón, ni la ciencia, ni la evidencia, sino en la «revelación», que no es otra cosa que el clamor de un grupo de personas de que son los elegidos de su amigo invisible para gobernar en la tierra. Esta es la idea de fondo de los talibanes en Afganistán, así como de los evangélicos teocráticos en América Latina: el poder le pertenece a dios, no a las personas, y se hace lo que dios diga, no la voluntad popular ni lo que sea razonable. Pero: ¿qué es lo que dios dice? Lo que determinen sus intermediarios autoproclamados. Esta es la trampa.

Por ejemplo, según la ficción bíblica Moisés dice a su pueblo haber recibido un conjunto de mandamientos directamente de su dios, con el detalle de que esta «revelación» «ocurrió» en un lugar solo y sin testigos, de modo que solo Moisés «vio» y «escuchó» a su dios, quien además «delegó» en Moisés el poder para administrar la ley.
Resulta muy paradójico que los teocráticos de América Latina usen sus derechos y libertades democráticos para exigir respeto a sus creencias religioso-políticas y a la aplicación de estas, lo que ven como su derecho a impulsar su regresiva agenda teocrática. Es decir, utilizan las reglas de la democracia para atentar contra esta y promover la instauración de teocracias en sus países. Entonces, claramente estamos ante una contradicción, por lo que corresponde poner límites razonables a quienes insisten en fusionar religión y política para atentar contra la democracia.

La amenaza antidemocrática de los teocráticos está viva en toda América Latina en pleno siglo XXI, por lo que es urgente que sus ciudadanos comprendamos que es justo y necesario poner límites razonables a quienes desean instrumentalizar la democracia para avanzar su teocracia, dos ideas que son incompatibles entre sí, siendo que el desarrollo de la primera nos hace avanzar en derechos y libertades, mientras que el avance de la segunda nos empuja de regreso al oscurantismo.

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