Pablo Chaverri: ¿Es tener mucha fe una virtud?

¿Son las sociedades más creyentes las que obtienen los mejores resultados?

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Pablo Chaverri Chaves, Científico Cognitivo.

La fe religiosa en nuestro entorno latinoamericano altamente creyente se suele juzgar como una virtud, como algo muy positivo e incluso admirable, y que además es bueno porque puede generar esperanza y sentimientos positivos en quien la posee en altos niveles. Tener mucha fe es sinónimo de una elevada cualidad en nuestra región.

Con frecuencia, en nuestro contexto cultural se citan las escrituras bíblicas para clamar que tener un alto grado de fe puede, por sí solo, producir eventos o acciones extraordinarias. Por ejemplo, se suele citar el texto que dice que si le ordena moverse a una montaña, entonces esta lo hará si se tiene la suficiente fe, como una forma de referirse al poder tan grande que se cree que tiene la fe. Esta es una idea muy fuerte en la sociedad latinoamericana en general, donde cada vez que pasa algo bueno o cada vez que alguien se cura de una enfermedad o se salva en un accidente grave o algo por el estilo, se atribuye esto a una intervención divina milagrosa producto de la fe de la persona beneficiada.

Es decir, la creencia popular es que el tener mucha fe es lo que protege a las personas. Pero: ¿es esto así realmente?, ¿tiene fundamento empírico? Si lo analizamos con detenimiento, vamos a darnos cuenta de que también en la vida de las personas todos los días pasan cosas malas, todos los días ocurren eventos de daño o muerte de muchas personas. Entonces, en una región donde la mayoría son creyentes, si la fe tuviera algún resultado o algún efecto en una mayor salud o una mejor protección, deberíamos observar que quienes son más creyentes y más religiosos tendrían que obtener resultados más positivos en sus vidas a nivel económico, de salud, de relaciones con otras personas, etcétera, mientras que quienes tienen menos fe religiosa deberían obtener resultados más deficientes. En pocas palabras, si fuera cierto que a quien tiene más fe le va mejor, entonces debería existir como mínimo una correlación entre grado de fe y bienestar.

¿Ocurre esto así?, ¿son las sociedades más creyentes las que obtienen los mejores resultados? Los datos más bien apuntan en la dirección contraria (Inglehart, 2021), ya que las naciones y regiones más religiosas tienden a tener las condiciones socioeconómicas más deterioradas, los niveles educativos más bajos, la esperanza de vida más baja, la mayor conflictividad, la mayor corrupción y los mayores problemas sociales. Esto sugiere que la fe, en lugar de ser un factor causal para el logro de resultados positivos en las vidas de las personas que la tienen en alto grado, parece más bien la consecuencia de la necesidad de esperanza cuando precisamente las cosas van mal y cuando no se percibe un control sobre el entorno y los eventos que ocurren, y por tanto se siente la necesidad de acudir a fuerzas sobrenaturales para sentir que alguien poderoso y bueno brinda protección y cuido, y para impedir que pasen situaciones negativas que se ven con regularidad en el entorno de la propia comunidad o zona en la que se vive. El problema es que la fe religiosa consume valiosos recursos cognitivos, energía y tiempo, que después se verán mermados para invertirse en buscar respuestas más racionales, estratégicas e inteligentes a los problemas.

La alta fe religiosa implica una forma de pensar poco crítica y altamente ingenua, que puede tener consecuencias negativas para quienes la sostienen, como por ejemplo el ser más fáciles de engañar, de estafar y de creerse noticias falsas, mentiras o exageraciones. Por ejemplo, hay muchos casos de personas en diversas zonas de América Latina que dicen ver a su dios en una mancha en una pared, en una tostada, en una verdura o en cualquier parte, frente a lo cual obtienen atención de medios de comunicación, visitas de vecinos asombrados clamando estar frente a un milagro e incluso de líderes religiosos dando crédito a su “descubrimiento sobrenatural”. Quien se cree este tipo de “milagros” estará, probablemente, dispuesto a creerse cualquier cosa, posiblemente dependiendo más de su grado de necesidad de creer que de la objetividad de la evidencia presentada.

Cuando hechos como estos son casos aislados, pueden resultar inofensivos e incluso entretenidos, pero cuando se vuelven frecuentes y son creídos por amplios sectores de la población, entonces se convierten en muestras de la vulnerabilidad mental de grandes sectores de la población a la manipulación y el engaño, lo cual suele acarrear consecuencias perjudiciales personal y socialmente.

Así las cosas, ¿es tener mucha fe religiosa una virtud? No, no lo es, más bien es una debilidad, y entre más tiempo duremos en reconocerlo colectivamente, peor para nuestras sociedades.


Referencia
Inglehart, R. (2021). Religion’s sudden decline: What’s causing it, and what comes next? Oxford University Press.

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