Pablo Chaverri: La distorsionada visión cristiana del amor

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Pablo Chaverri Chaves, Científico Cognitivo.

Según el catecismo católico, el primer mandamiento es: «amarás a Dios sobre todas las cosas». Pensémoslo un momento: ¿tiene sentido pedir amor a alguien por obligación? Hagamos un esfuerzo y tratemos de buscar alguna manera de justificar este mandato: ¿existe alguna? No hay ninguna, porque el amor es un sentimiento y dada esta naturaleza no se puede forzar. Obligar a alguien a amar al otro es un absurdo; debe ser siempre una opción libre, pues este es su carácter.

Sin embargo, pese a no tener sentido, esta visión cristiana del amor a la fuerza parece estar muy presente en la cultura latinoamericana. La podemos ver, por ejemplo, en las estereotípicas escenas de las telenovelas latinoamericanas, donde una persona le exige amor a otra a la fuerza, diciéndole algo como: “quieras o no me amarás”. También se puede ver en la tristemente común antesala de muchos femicidios, donde un macho hegemónico latinoamericano le exige amor a su pareja o expareja bajo amenaza de muerte. ¿No son acaso estas situaciones idénticas a las del primer mandamiento cristiano donde se exige amor como obligación?

El amor por mandato del cristianismo no tiene justificación alguna, pues los sentimientos no se pueden forzar. Incluso haciendo méritos para recibir afecto de otros, es posible recibir desprecio, pues, otra vez, los sentimientos no se pueden exigir. Es más, intentar forzar el amor más bien puede empeorar las cosas y generar un efecto contrario. Si queremos amor, la mejor forma es ganárselo mereciéndolo a través del trato que damos a otras personas, porque el día en que se nos ocurra obligarlo como en el primer mandamiento cristiano, más bien lo estaremos aniquilando. Y por ello el cristianismo no es amigo del amor libre, porque lo pone como una obligación que si no se cumple viola la ley del dios de esta religión y expone a un castigo dentro de este sistema de creencias. El amor es libre o no lo es, y como el «amor» cristiano no es libre, no es amor.

Por otra parte, el cristianismo nos pide amar a todas las personas y esto suele ser usado como ejemplo de bondad en esta religión. Pero: ¿es esto sano y deseable? No, no lo es. De hecho, es imposible, pues el amor es un sentimiento intenso que emerge o se extingue espontáneamente con respecto a algunas personas, más allá del control consciente. El amor no es reducible a una decisión completamente racional, consciente y controlable aplicable a cada persona que se conoce. El amor no se puede dirigir como quien conduce un vehículo y las personas enamoradas experimentan reacciones corporales coherentes con este sentimiento sobre las que no pueden tener un manejo pleno.

En realidad, todos amamos a algunas personas y a otras no, y esto cambia con el tiempo, lo cual está perfectamente bien. La idea cristiana del amor incondicional es equivocada e irreal y no es sana, pues si alguien te hace daño y te agrede, debes evitar a esa persona, no amarla incondicionalmente ni ponerle la otra mejilla. Esta es una clara equivocación de la doctrina cristiana. Si alguien te golpea sin razón, tienes derecho a defenderte o a huir. Poner la otra mejilla, como lo pide el cristianismo, para que te sigan haciendo daño no es una opción inteligente. Lo avanzado aquí es el Estado de derecho y la administración racional de la justicia, que se basan en derechos, no en el amor. Si la administración de la justicia se basara en la distorsionada idea sacrificial del amor en el cristianismo, diría a los ofendidos que pongan la otra mejilla y amen a sus agresores. ¿Te imaginas a un juez diciéndote esto? Tendría que estar fuera de sus cabales para sugerir algo así. El amor tiene una naturaleza profunda y selectiva, y exigirlo hacia todas las demás personas no tiene sentido y no es necesario para la convivencia sana y pacífica.

Por todo lo anterior, rechazo la equivocada idea de amor en el cristianismo tal como la expresa su primer mandamiento y la considero una visión contraproducente tanto para la vida personal como para la sociedad en su conjunto, pues estimo que produce mucho más daño que bien. En su lugar, creo que debemos promover el respeto, el reconocimiento de la dignidad intrínseca de cada persona y el principio de no discriminación, tal como lo plantean los Derechos Humanos, que sí son universalizables y exigibles para todas las personas.


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