Pablo Chaverri: La narrativa hegemónica y su agresividad contra la clase trabajadora

Pero la verdad es que, aunque la narrativa dominante no lo reconozca, vivimos tiempos de desigualdad brutal y Costa Rica es ya uno de los 10 países más desiguales del mundo, y América Latina una de las regiones más desiguales del mundo. Estos grandes niveles de desigualdad han llevado a que se proponga un impuesto del 15% a las empresas transnacionales, que ya se ha acordado internacionalmente por las economías más grandes del mundo, pues hay sectores que extraen ganancias multimillonarias de la sociedad, pero no contribuyen proporcionalmente.

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Pablo Chaverri Chaves, Científico Cognitivo.

El discurso neoliberal hegemónico en la actual campaña política costarricense busca ampliar las libertades para los ricos y restringirlas para los pobres, haciéndole creer a los de abajo que esa es la única opción y que los servicios públicos son sus enemigos. Con el discurso de la generación de empleo a cualquier costo, los políticos pro-ricos pugnan por una desregulación a favor de los grandes capitales, amparados en la metáfora de la copa que se rebalsa y llega a todos, pese a la evidencia que muestra lo contrario. Esta narrativa hegemónica ha sido tan eficaz que ha logrado poner a muchos trabajadores en contra de sus propios intereses.
Los políticos neoliberales y algunos grandes empresarios quieren que la jornada ordinaria se alargue a 12 horas sin pago por las extras, sin consideraciones humanas de que ya ocho horas de trabajo son extenuantes, poniendo así en peligro al trabajador y a quienes dependan de sus tareas. A nadie le sirve un trabajador agotado y estresado, pues se pone en peligro a sí mismo y a los demás. La jornada de ocho horas es un asunto de dignidad, equilibrio, sentido común y humanidad, pero la quieren romper legalmente para explotar más y extraer más ganancia del trabajador, sin consideración por su valor como ser humano, ni sus necesidades, ni límites físicos. Más bien se debería luchar por la jornada semanal de 40 horas, con al menos dos días libres, que es más humana, más equilibrada y daría espacio a la contratación de más personas.
Este discurso hegemónico pugna también por quitar el salario escolar. Pero la lucha a favor del interés del trabajador debería ser exactamente al revés: mejorar las condiciones a toda la clase trabajadora y crear el salario escolar para todos los trabajadores. Esta medida sería además un mecanismo de reactivación económica, pues al gastar sus ingresos, los trabajadores contribuyen a impulsar la economía, ya que dejan estos recursos adicionales en diversos comercios cuyos bienes y servicios requieren, al tiempo que mejoran su calidad de vida y ayudan a que la demanda agregada impulse el empleo.
Como lo ha demostrado David Card, ganador del Premio Nobel de Economía 2021, subir los salarios mínimos no aumenta el desempleo. Más bien, puede aumentar el empleo, pues mejorar los ingresos de los trabajadores incrementa su capacidad adquisitiva y crea reactivación económica. Como lo ha dicho el también Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz: si se le dan ingresos adicionales a los ricos estos los guardan y acumulan, pero si se le dan a los trabajadores, estos los deben consumir, generando así reactivación económica.
Pensemos por ejemplo en todos los negocios que cerraron en la pandemia y no lo hubieran hecho si sus clientes tuvieran capacidad de consumo. Al mejorar los salarios se crea una dinámica de mayor retroalimentación económica que no perjudica, sino que beneficia a los empresarios y a la economía.
Recordemos que, en su momento, los empresarios y sus medios de información se opusieron al aguinaldo y si pudieran impulsarían que se quite, pues lo ven como un factor de pérdida de competitividad. Lo que pasa es que es un derecho consolidado y no se atreven. Pero algunos medios hegemónicos luchan todos los días por desmejorar las condiciones de la clase trabajadora, pues para ellos la competencia es por tratar de ofrecer las peores condiciones posibles al trabajador y por ello satanizan todos los beneficios para este, al que ya ni siquiera quieren llamar así y por ello usan el eufemismo de «colaborador», precisamente para restar todo lo que puedan la consciencia de clase y los derechos del trabajador. Lo paradójico es que en esta lucha anti-trabajadores, estos medios se afectan a sí mismos, pues dependen de la que la gente tenga capacidad de consumo para adquirir las ofertas de anuncian en sus espacios publicitarios. Quieren una economía ganar (ellos)-perder (trabajadores), cuando lo sensato es buscar una ganar-ganar.
Algunos medios hegemónicos luchan para que los ricos y los súper ricos paguen menos impuestos o no paguen del todo. Cuando salieron los papeles de Panamá y los papeles de Pandora estos medios si acaso los reportaron, sin dar la cobertura y seguimiento a fondo que el tema amerita. Estos medios ven al Estado como su enemigo, pero lo cierto es que no tendrían certeza jurídica ni legitimidad sin su respaldo y se benefician, como toda la sociedad, cuando los impuestos son bien invertidos. Entonces, la lucha no debería ser para no pagar impuestos y esconder a los evasores, sino para que se inviertan bien, en programas y servicios de valor agregado para la sociedad.
Pero la verdad es que, aunque la narrativa dominante no lo reconozca, vivimos tiempos de desigualdad brutal y Costa Rica es ya uno de los 10 países más desiguales del mundo, y América Latina una de las regiones más desiguales del mundo. Estos grandes niveles de desigualdad han llevado a que se proponga un impuesto del 15% a las empresas transnacionales, que ya se ha acordado internacionalmente por las economías más grandes del mundo, pues hay sectores que extraen ganancias multimillonarias de la sociedad, pero no contribuyen proporcionalmente.
Las noticias de los medios hegemónicos buscan, como siempre, desacreditar cualquier narrativa alternativa y asustar, como en los tiempos del referéndum del Tratado de Libre Comercio (TLC) con los Estados Unidos, con la vieja conocida  narrativa de que «se va a ir la inversión», sin darnos cuenta de que lo que algunos quieren es que nunca se cobren impuestos progresivamente, es decir, que al rico se le cobre como rico y al pobre como pobre, donde cada quien de su justa parte. Bajo el eslogan de “no más impuestos”, los políticos neoliberales esconden su verdadero interés: no más impuestos pero para los ricos.
Nos dicen que si quitamos impuestos eso por sí solo creará más empleos, pero se equivocan, pues la inversión no ocurre simplemente por menos impuestos, sino por las probabilidades de obtener ganancias, y resulta que en una sociedad con altos impuestos, donde estos se invierten apropiada y eficientemente, los empresarios tienen mayores posibilidades de obtener ganancias, tal como lo demuestran las sociedades de Europa del norte. Contrario al dictado de la narrativa hegemónica, una sociedad desigual no es un buen lugar para hacer negocios, sino un lugar inestable y conflictivo, que hace la vida menos agradable y más insegura para todos. Al presionar por mayor desigualdad, los políticos pro-hegemonía, los empresarios de codicia desmedida y sus medios, al final de cuentas, se perjudican también a sí mismos.
La pandemia se ha cobrado mayormente a los que menos tienen, a quienes el gobierno costarricense desamparó al quitar los bonos proteger pese a que la emergencia se mantenía, mientras no se pide una contribución mayor a los sectores empresariales que han salido gananciosos de la crisis sanitaria. Esto es lamentable, porque después de impuestos progresivos los ricos seguirían siendo ricos, pero habría más recursos para ayudar a quienes más lo necesitan.
La atracción de inversión se debe hacer desde una perspectiva de equidad y justicia, pues es un error hacernos «competitivos» solamente con base en abaratarnos cuando el país ofrece condiciones muy atractivas y estratégicas en la región. Ya es hora de negociar con dignidad ante los grandes capitales, poniendo en una balanza lo que damos como país versus lo que recibimos. De lo contrario, seguiremos haciéndonos más y más desiguales.
El gobierno de Carlos Alvarado y sus aliados están de acuerdo en desmejorar las condiciones a la clase trabajadora y no en mejorarlas. Si fuera por actores como estos el aguinaldo no existiría por ser un «privilegio» bajo la lógica neoliberal y capitalista salvaje que defienden. Y si fuera cierto que lo privado sostiene enteramente a lo público como sostienen estos agentes: ¿por qué no existe ningún país desarrollado sin un Estado amplio y robusto? Lo que requerimos es un justo equilibrio entre lo público y lo privado, donde el interés social esté por encima del particular.
Las tesis pro-ricos que nos gobiernan son equivocadas, pues los asalariados ayudan a la reactivación económica. Por ejemplo, gracias al aguinaldo se generan miles de empleos estacionales nuevos. Entonces, si esto reduce el desempleo: ¿por qué no mantener esta clase de políticas todo el año, por ejemplo ampliando el salario escolar al sector privado y aprobando el ingreso mínimo vital para las mujeres jefas de hogar en pobreza? Al subirse los salarios mínimos no sube el desempleo, sino que tiende a disminuir, pues el incremento en la capacidad adquisitiva de las personas aumenta la demanda y por tanto la necesidad de personal, como lo ha explicado el inversionista Nick Hanauer, uno de los fundadores de Amazon, quien ha reconocido que la inversión ocurre no por una simple liberalización de condiciones, sino y fundamentalmente por una mayor probabilidad de obtener réditos, y esto se explica más por la capacidad adquisitiva de la gente que por quitar impuestos.
La narrativa hegemónica ha sido muy eficaz, pues ha logrado poner a trabajadores a luchar por desmejorar sus propias condiciones laborales, para el beneficio de quienes acumulan más y más ganancias. Pero lo que beneficia más a la mayoría es proteger condiciones positivas para la clase trabajadora, pues son un ganar-ganar-ganar, ya que favorecen a los trabajadores, a los empresarios y a la sociedad en su conjunto.
Como lo ha explicado Yanis Varoufakis, las cosas no cambian no por razones económicas, sino por razones políticas, pues las élites prefieren muchos desempleados, ya que así podrán jugar más con la necesidad de la gente para tener poder sobre esta. Entonces, más que ante un asunto estrictamente técnico, estamos ante un tema de mantener la jerarquía y la hegemonía, es decir, el statu quo.
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