Pablo Chaverri: La pandemia y la infodemia

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Pablo Chaverri Chaves, Científico Cognitivo.

Según una encuesta recién publicada, cuyos datos fueron recolectados en octubre de 2020 y presentados en diciembre de 2020, más de la mitad de la muestra (55.9%) informó estar de acuerdo con la afirmación de que el COVID-19 “fue creado en un laboratorio”, mientras que un 47% dijo estar de acuerdo con que el virus fue creado para “disminuir la población mundial”, y un 48% estuvo de acuerdo con la frase de que el virus “es un arma biológica”.

En resumen, cerca de la mitad de la población estaría de acuerdo con que el virus es el producto de una conspiración internacional, pese a que no hay ninguna evidencia seria ni creíble que así lo indique. Esta encuesta fue realizada en Costa Rica, que según las pruebas PISA de 2018 está en el tercer lugar de Latinoamérica en comprensión de lectura, solo superada por Chile y Uruguay, estando toda la región por debajo del puntaje promedio de la OCDE. Es decir, que si Costa Rica tiene uno de los tres mejores sistemas educativos de América Latina en cuanto a comprensión de lectura, entonces no es descabellado pensar que el resto de la región podría andar igual o peor en cuanto a sus posibilidades de creer teorías de la conspiración y noticias falsas sin información seria que las respalde. Esto es grave, porque puede llevar a muchas personas a tomar malas decisiones, precisamente porque estas se encuentran mal informadas.

En mi opinión, nuestra población es sumamente crédula porque ha sido educada para ello desde muy pequeña, puesto que si nuestros niños cuestionan ideas ampliamente creídas en su entorno o simplemente preguntan «¿por qué?», ya se meten en problemas con sus mayores, para quienes el “responder” constituye por sí solo un irrespeto. Una vez que una creencia se ha establecido como socialmente verdadera y legitimada, es muy difícil cambiarla, muy frecuentemente porque ayuda a satisfacer alguna necesidad, no porque tenga méritos para ser considerada cierta. El caso clásico en este sentido es el de la religión, que pese a no tener ningún sustento empírico de sus clamores extraordinarios, es un sistema de creencias que forma parte de los valores centrales de muchísimas personas, por lo que se trata de un esquema cristalizado y empotrado en la identidad de los que lo sostienen, para quienes no es importante si es falso o verdadero, sino las necesidades que satisface.

Es triste decirlo, pero esta ingenua credulidad ya está muy instalada en la población adulta, donde hasta cierto punto el daño ya está hecho y es muy complicado de corregir. Me parece urgente que la educación no solo incorpore la lectoescritura básica y la comprensión de textos, sino, y todavía más importante, el pensamiento crítico sobre lo que se lee, pues es impresionante la facilidad con la que podemos creer información falsa, en gran parte precisamente porque no estamos entrenados para hacerle frente. De esta manera, cuando encontramos información que es consistente con nuestros valores y creencias previos, la damos por cierta más fácilmente, lo cual se conoce como sesgo de confirmación, con pocas posibilidades de cuestionarnos aspectos cruciales para verificarla, tales como: ¿puedo tener confianza de si es cierto esto que estoy leyendo?, ¿cita el texto las fuentes primarias en las que se basa?, ¿son estas creíbles y verificables?, ¿es el medio utilizado una fuente autorizada, independiente y libre de intereses en este tema que me está informando?, ¿tiene la información evidencia de calidad que la respalde?, ¿es el texto internamente coherente y libre de contradicciones? Incluso frente a controles como estos, todos podemos ser engañados, pero las posibilidades bajan conforme mejor preparados y prevenidos estemos cuando nos informamos.

Así como se nos dice que cuidemos nuestra alimentación, también deberíamos aprender a cuidar las maneras en que nos informamos, pues así como nunca como hoy estuvimos tan informados, nunca como hoy estuvimos tan continua y masivamente bombardeados por noticias falsas y teorías de la conspiración, la amplia mayoría sin sustento alguno, pero, lamentablemente, creídas por amplios grupos de población. Un ejemplo del daño que producen las noticias falsas es el del movimiento antivacunas, basado en afirmaciones equivocadas sobre una supuesta correlación entre la vacunación y el autismo, que está llevando a muchas personas a no vacunar a sus hijos y esto al retorno de enfermedades que se daban por erradicadas. De forma similar a como estamos viviendo una pandemia, estamos también viviendo una infodemia, que consiste en la sobrecarga y viralización de información, mucha de ella falsa, la cual, potencialmente, puede ser tan peligrosa y dañina como el COVID-19.

Mientras esperamos la aplicación de la vacuna contra la pandemia, también deberíamos preguntarnos: ¿cómo nos vacunamos contra la infodemia?, y aquí puede ser que la solución sea más compleja y requiera todavía más tiempo y trabajo que la vacuna del COVID-19, pues estamos hablando de procesos sociales, culturales, cognitivos y emocionales muy difíciles de controlar y de los que, en realidad, todavía ignoramos mucho, pues mientras el virus es observable directamente, ¿cómo hacemos para observar directamente conceptos abstractos como la mente y las motivaciones de las personas? Así como se invierte en investigación biomédica, es importante invertir en investigación sociocognitiva de alta calidad, para tratar de desentrañar, comprender y, ojalá, llegar a prevenir y contener las infodemias tan a la orden del día. Hacerlo seguramente llegará a ser considerado un asunto de salud pública.

 

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