Pablo Chaverri: La reina ha muerto, la democracia debe dar un paso adelante

Es en sociedad donde el ser humano más puede florecer y será en democracia donde más lejos y con más justicia podremos avanzar.

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Pablo Chaverri Chaves, Científico Cognitivo.

«Un solo dios en el cielo, un solo emperador en la tierra», este fue el lema con el que el emperador Constantino decidió cristianizar el imperio Romano en el siglo IV de la era convencional, pues hábilmente se dio cuenta de que pasando del disperso politeísmo al centralizado monoteísmo, tenía más posibilidades para unificar el vasto territorio imperial.

Hoy, con el anuncio de la muerte de la reina Isabel, quisiera pensar que entramos en una etapa de extinción paulatina de las monarquías en occidente y de su mayor aliado cultural, el monoteísmo, para dar paso al desarrollo de sociedades democráticas plenas, que entiendan que el poder no es otra cosa que un producto necesariamente sociocultural y que por tanto debe estar lo más democratizado y socializado que sea posible, tanto a nivel político, como social, cultural y económico.

Si las monarquías dejan de tener sentido, sería porque finalmente entendimos que nadie, absolutamente nadie, es «heredero natural» del poder social, sino solamente su depositario y administrador temporal, tras procesos electorales, ojalá cada vez más rigurosos y con una ciudadanía crecientemente informada y educada cívicamente.

Con la muerte de la reina de Inglaterra, se abre una oportunidad para que esa y todas las sociedades reflexionen sobre el tipo de estructura que desean construir. ¿Es acaso una sociedad monárquica lo deseable?, ¿aspiramos a ser una sociedad democrática en todos sus aspectos?, ¿puede una sociedad ser justa si el poder se considera propiedad de una persona en particular?

Para muchas personas, el poder solo tiene sentido en las manos de una autoridad centralizada. La idea del «hombre fuerte» es lo que muchos creen que mejor sirve a la administración eficiente de una sociedad, dadas las complejidades de los procesos participativos. Pero se equivocan, porque es en democracia donde mejor se respetan los derechos humanos, que surgen, precisamente, como respuesta a los constantes abusos y desastres del poder monárquico dictatorial.

Es cierto, hoy la amplia mayoría de países occidentales son democracias formales, pues tienen elecciones periódicas. Pero esto no es suficiente y no implica necesariamente que sean democracias plenas, donde toda persona tenga todos sus derechos, como tienen aire, tal como decía el poeta Jorge Debravo.

Aunque hoy las democracias son el sistema político dominante en occidente, ciertamente que las concepciones monárquicas, y por tanto jerárquicas, centralizadas y autoritarias del poder, siguen muy presentes en la mente de muchas personas y en la cultura política hegemónica, que sigue girando alrededor del culto a la personalidad del gobernante, que se sigue pensando en muchos casos como lo que puede resolver muchos de nuestros problemas, cuando en realidad, como lo diría Joseph Henrich, no son «los grandes hombres» a los que deberíamos rendir culto, sino al secreto de nuestro éxito, que no es otra cosa que esa empresa colectiva que es el mayor potenciador de cada una de nuestras capacidades: la cultura.

Es decir, lo que nos hace fuertes, exitosos y más nos permite prosperar, es nuestra capacidad de construir colectivamente respuestas a nuestros retos y necesidades. No es la inteligencia, visión o capacidad de un individuo lo que explica el progreso social, sino nuestro cerebro colectivo, que opera fuera de nuestra consciencia individual y gradualmente elabora productos incrementalmente complejos, tales como los avances tecnológicos, científicos, jurídicos, económicos, industriales, ingenieriles, arquitectónicos, médicos, políticos o artísticos, sin los cuales, por ejemplo, yo no podría escribir ni compartir y menos concebir estas ideas sobre el avance social.

Nadie, ni el rey que haya acumulado más riqueza, tiene poder por sí solo. Si se quedara solo en medio de la naturaleza y sin ningún artefacto cultural, de nada le servirían sus riquezas, que solo tienen valor en sociedad. Es en sociedad donde el ser humano más puede florecer y será en democracia donde más lejos y con más justicia podremos avanzar.

Ha muerto la reina y con ello se abre, potencialmente, un mayor espacio para el desarrollo democrático: ¿sabremos aprovecharlo?

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