Pablo Chaverri: Subsidio para mujeres jefas de hogar – una propuesta ganar-ganar-ganar

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Pablo Chaverri Chaves, Científico Cognitivo.

Como parte de la actual campaña presidencial costarricense, algunos candidatos han planteado la idea de crear un subsidio a mujeres jefas de hogar en condición de pobreza. Frente a esta idea, como era de esperar, no han faltado quienes se opongan bajo discursos de supuesta “defensa a la meritocracia” o de “alcahuetería a la vagabundería”, pues argumentan, en algunos casos, que las labores domésticas “no son realmente trabajo” y que pagar por ellas es simplemente “regalar dinero”. ¿Son estas objeciones de recibo? Veamos algunas consideraciones.

 

El subsidio para mujeres jefas de hogar no es un regalo, sino un reconocimiento al trabajo doméstico y de cuido que hoy no les es remunerado. Tampoco es una idea «nueva», pues ya desde la Cuarta Conferencia Mundial de Naciones

Unidas sobre la Mujer, celebrada en Beijing, China, en 1995, esto se propuso en su objetivo estratégico A.2., que establece asegurar recursos económicos para las mujeres. Además, no es solamente una medida de dignificación para las mujeres más vulnerabilizadas, sino también una estrategia que sirve para reactivar la economía, pues se trata de sectores que deben consumir casi todos sus ingresos, con lo cual incentivan el comercio de bienes y servicios diversos en sus propias comunidades (precisamente las más deprimidas económicamente) al contar con mayor capacidad adquisitiva. A su vez, los negocios comerciales que ven la demanda aumentada se verán forzados a contratar más empleados y requerirán más insumos, lo cual aumentará la demanda a sus proveedores, quienes también necesitarán más empleados. Es decir, se contribuirá a generar un efecto en cadena de reactivación económica.

 

Según el reciente informe del BID «Cerrando brechas de género en el mundo del trabajo» (2021) las mujeres costarricenses trabajan el triple que los hombres en labores domésticas y esta labor equivale a un 11% del PIB. Entonces, la remuneración del trabajo doméstico no es un «favor», sino el justo reconocimiento a una labor de importancia esencial para el sostenimiento no solo de la economía, sino de toda la sociedad. Además, como ha señalado Muhammad Yunus, Premio Nobel de la Paz en 2006, las mujeres, en general, distribuyen mejor sus recursos que los hombres, lo cual las convierte en administradoras más beneficiosas para sus familias.

 

Resulta sorprendente que haya empresarios y comerciantes que se opongan a esta medida, pues la misma les beneficia, ya que van a vender más. Por otra parte, esto también traerá beneficios sociales, pues al estar mejor cuidados y atendidos por personas menos estresadas, más niños, adolescentes y jóvenes se lograrán mantener estudiando y vivirán menos tensión en sus hogares, lo cual contribuirá a arrebatárselos a las redes de crimen organizado y narcotráfico que hoy los reclutan con relativa facilidad. También, se disminuirá la presión sobre el trabajo infantil como estrategia de sobrevivencia familiar y se le permitirá a más niños dedicarse concentrarse en estudiar y desarrollar sus diversas habilidades. Es decir, estamos ante una propuesta ganar-ganar-ganar, ya que ganan las mujeres, gana la economía y gana la sociedad en general.

 

En el Himno Nacional de Costa Rica cantamos: «vivan siempre el trabajo y la paz», la cual es una bella expresión; sin embargo, para que la conexión entre trabajo y paz se concrete se requiere una adecuada remuneración del esfuerzo, pues de otra manera, en lugar de tranquilidad, se producirá preocupación y angustia. Como lo ha mostrado investigación reciente, la carencia de recursos económicos eleva los niveles de estrés y, paradójicamente, perjudica el desempeño cognitivo de las personas, precisamente cuando más lo necesitan para buscar alternativas de salida a su problemática.

 

Así como se reconoce que las personas tienen derecho a educación, salud, vivienda digna y servicios básicos, ¿por qué no reconocer el derecho a una renta mínima? Dada la gran capacidad productiva mundial y la tendencia al aumento de la desigualdad, se podría reconocer que haya un derecho a ingresos básicos, de tal modo que nadie pase hambre ni insatisfacción de sus necesidades esenciales, especialmente quienes más trabajan: las mujeres. Interesantemente, luego de pagar impuestos para financiar programas como este, los grandes ricos seguirán siendo muy ricos, pero también se verán beneficiados, pues estarán frente a una sociedad con mucha mayor capacidad para hacer negocios en ella.

 

Entonces, además de una inversión social en derechos y dignidad, estamos hablando también de una buena idea por razones prácticas, pues la reducción de la pobreza y la vulnerabilidad que la acompaña tiene efectos significativos en la reducción de costos en salud, seguridad, administración de la justicia y cárceles, al mismo tiempo que, como ya se dijo, contribuye a aumentar la capacidad adquisitiva de quienes menos tienen, creando así reactivación económica.

Los políticos y economistas neoliberales siempre nos han dicho que hay que crecer para distribuir y lo que ha ocurrido es un enorme aumento de la desigualdad. Deberíamos darle oportunidad a la inversión de esta lógica: distribuir para crecer y hacerlo con mayor equidad, no solo por razones éticas, sino también porque hay evidencia que respalda su eficacia.

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