Pablo Chaverri: Salman Rushdie y el fundamentalismo religioso

No, la religión no es un manso cabrito, sino un monstruo feroz que, si no se regula, saca lo peor de las personas, como este triste caso lo recuerda y como la larga, muy larga, historia criminal de la religión lo atestigua.

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Pablo Chaverri Chaves, Científico Cognitivo.

El cruel intento de homicidio a puñaladas contra el reconocido y laureado escritor Salman Rushdie, motivado por la condena hecha por una autoridad religiosa hace 34 años, refleja la forma perversa en que la religión puede llegar a intoxicar la mente de un creyente, impulsándole al comportamiento extremo de asesinar en el nombre de su dios; en este caso ejecutado por un joven de 24 años, que ni siquiera había nacido cuando se dictó esta condenatoria, en la cual no medió juicio alguno, ni mucho menos derecho a la defensa, ni escucha al presunto blasfemo, que no es otra cosa que un «crimen» imaginario, pues no se le está haciendo daño a nadie en sentido personal, sino que se está contraviniendo una ficción, en este caso de tipo religiosa.

Muchos creyentes piensan que la religión es inofensiva y no le hace daño a nadie, y que criticarla no tiene sentido, poniendo énfasis solamente en los aspectos que consideran positivos de su fe. Sin embargo, si se revisa la historia de la religión, veremos que está llena de guerra, odio, violencia, crímenes y fanatismo, como en este terrible caso. Vienen a la mente fácilmente diversos ejemplos, como el ataque motivado religiosamente a las torres gemelas en 2001, o la justificación religiosa de George Bush hijo a sus guerras en Irak y Afganistán, que dejaron miles de muertos inocentes, y países enteros destruidos, además del fracaso del objetivo de repeler la violencia terrorista. Otro caso terrible es el de la organización terrorista Estado Islámico, que desde su visión de fusión entre religión y política, pretende una aplicación radical de la ley Islámica, que incluye privar a las mujeres de todos sus derechos, asesinar homosexuales tirándolos desde edificios altos, o asesinar opositores y enemigos por decapitación pública. Todo esto en el nombre de su dios de «paz y amor» (sic).

La religión solo es inofensiva si se la restringe por la razón y por la ley. De otro modo, liberada a lo que dictan sus dogmas, es un instrumento literalmente de muerte, como lo refleja este ataque fanático contra Rushdie, que se basa en una condena a muerte solamente por escribir un libro considerado blasfemo por los sectores radicales del Islam, y no porque este autor haya agredido, atentado o matado a alguien alguna vez. Es decir, más que una ofensa, Rushdie produce terror en los líderes fundamentalistas por tratar la ficción religiosa precisamente como lo que es: una colección de narraciones imaginarias que, como tales, se pueden reconstruir, deconstruir y destruir con el solo ejercicio de la imaginación literaria. Y esto les produce pánico porque si sus seguidores comenzaran a despertar y darse cuenta de que su religión es una ficción, entonces eso sería el comienzo del final de sus privilegios como clase sacerdotal. Y esto es cierto para todas las religiones organizadas.

En lo personal, estoy de acuerdo con que la gente crea lo que quiera religiosamente (que en realidad suele ser lo que les adoctrinaron sus padres), pero con ciertos límites dados por la razón y las leyes emanadas de esta. Si la religión no se limita, es como una enredadera que lo va atrapando todo, incluso a personas inteligentes que, abierto el tema religioso, simplemente apagan su inteligencia y entran en modo «oveja» (como se les suele tratar en el cristianismo, que llama a sus líderes literalmente pastores), es decir, inhiben sus capacidades intelectuales y simplemente asumen como verdadera la mitología religiosa y se vuelven completamente incapaces de cuestionar sus dogmas fundamentales, sin importar lo irracionales que estos sean, como por ejemplo cuando se justifican guerras en el nombre de la religión.

Si la religión crece sin control, no solo pasan crímenes como este, sino que además trata de ganar poder político y económico para impulsar su agenda conservadora, misógina y de una moral superficial que se centra en reprimir el comportamiento sexual, mientras sus líderes suelen cometer, una y otra vez, abusos sexuales y pedófilos contra quienes han depositado su fe ciega en ellos (como se ha documentado abundantemente en diversos países y épocas).

Si la religión no tuviera consecuencias negativas: ¿para qué criticarla?, pero no es así, y en este caso lo volvemos a ver, al presenciar cómo es, fácilmente, una herramienta para el odio, la división, la mentira, el engaño, la superficialidad moral, la hipocresía, la tontería, el fanatismo y la violencia, defectos todos que se conjugan en este atentado cobarde contra Rushdie.

Si viviéramos en un mundo más racional, lo propio sería convocar a un debate sobre la obra de Rushdie, pero eso no ocurre precisamente porque la religión es un sistema de creencias cerrado al razonamiento crítico basado en evidencia.

No, la religión no es un manso cabrito, sino un monstruo feroz que, si no se regula, saca lo peor de las personas, como este triste caso lo recuerda y como la larga, muy larga, historia criminal de la religión lo atestigua.

Entonces: ¿debe haber libertad de religión? Si, pero regulada, como toda libertad dentro del marco del Estado de Derecho Moderno. Y si libertad es ante todo libertad de elección, entonces la libertad de creencia debería presuponer el acceso a educación de calidad sobre el fenómeno religioso, para que toda persona pueda conocer la historia, antropología, psicología y criminología de este complejo fenómeno sociocultural en su amplia diversidad geográfica e histórica, y ya no con el sesgo de adoctrinamiento en una sola confesión, que es como ocurre en la actualidad en la amplia mayoría de los casos.

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