Panem et circenses

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

En su patética réplica al general Millán Astray – mutilado física y espiritualmente por el odio y el fanatismo de la Guerra Civil de España- resumió Unamuno, en el anfiteatro de la Universidad de Salamanca durante la celebración del 12 de octubre de 1936, la esencia misma del poder político: “Usted vencerá porque tiene más fuerza bruta, pero no convencerá porque, para convencer, hace falta persuadir y para persuadir, necesita el derecho y la razón.”

La legitimidad y la vitalidad de la democracia emanan espontáneamente del consentimiento voluntariamente otorgado, no por la fuerza sino por la adhesión, y la autoridad es una investidura y un mandato que se confieren a quienes la conquistan mediante el convencimiento y la persuasión.

Es el resultado, por lo tanto, de una lucha en la que deben enfrentarse las ideas, las convicciones y las causas que defienden los contendientes y en la cual el elector es el árbitro, el ente decisorio y soberano. Por eso, la propaganda debe ser el mecanismo que permita divulgar y propagar – como un medio de contagio mental y racional- el contenido del pensamiento de los partidos para que se decida la inclinación de la balanza por el prestigio, la popularidad y la reputación que suscita cada uno en el electorado.

Cuando son unos pocos los que tienen la capacidad material de divulgar amplia y masivamente sus proposiciones y sus proyectos electorales a toda la ciudadanía – discriminando brutalmente a quienes tienen igual derecho a difundir su forma de pensar -la democracia sufre una ‘capitis diminutio’.

Cuando la propaganda deja de ser un medio para promover la militancia, el activismo y la participación plena del ciudadano a favor de una causa, por la convicción que ésta suscita y se convierte en un instrumento de manipulación de la voluntad, mediante técnicas psicológicas habilidosamente aplicadas que deforman la voluntad genuina y espontánea del ser humano, entonces pierde su justificación y se desploma su razón de ser.

Cuando se aplican esos métodos de impacto psicológico, la manipulación se aproxima más a la coacción y a la fuerza, que a la auténtica persuasión que genera un consenso auténtico, sano y natural. La propaganda deja de ser un proceso de seducción por el contagio, para convertirse más en un acto de violación de las masas. Esto es más grave cuando lo que se inculcan son representaciones colectivas con carácter dogmático, maniqueísta o fanático, con mendicidad o verdades a medias, tan usuales en política.

No es raro detectar formas abusivas de este método de manipulación, que se acercan mucho al lavado cerebral, al atiborramiento del cráneo y al estímulo de reflejos condicionados, así como el recurso a sentimientos, pasiones o instintos muy fáciles de desatar y utilizar, tales como el afecto, el odio, el miedo, la esperanza y la necesidad de identificación del ser humano, con el propósito de plasmar un comportamiento e inducir a una actitud de sumisión, poco espontánea, a los fines que se persiguen, lo que le imprime un carácter eminentemente irracional y artificioso.

El resultado es una adhesión efímera y un entusiasmo fugaz que se volatilizan, una vez concluida la campaña, como un fuego fatuo, y el efecto residual es semejante a la sensación que deja una náusea o una pesadilla, gracias a esas cantinelas obsesivamente repetidas que no dicen ni dejan nada y a esas imágenes maquilladas y prefabricadas. Lo que prevalece es un mensaje medianamente inteligente, en el que lo que prevalece, demasiado a menudo, son las poses teatrales y los gestos histriónicos con los que dieron sus primeros pasos Rodolfo Valentino y Sarah Bernhart.

No es lícito regatearle al más mediocre de los impostores en la política, el derecho que le asiste a postularse a un cargo público que naturalmente debe ocupar un estadista. Pero es ilógico, peligroso e inmoral que ostente una imagen apoteósica valiéndose de los afeites y las apologías maquilladas de la publicidad, sin demostrar sus méritos, su capacidad, su talento y sus credenciales personales, para que la sociedad le asigne la posición que debidamente le corresponde.

Quienes saben leer entre líneas en el contenido de ese tipo de campaña tan desvirtuado, aplican el precepto de ‘dime de qué presumes y te diré de que careces’ y comprenden que de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso. Pero la política es demasiado seria e importante, para permitir que se insulte la inteligencia y se abuse de la salud mental de un pueblo que aspira a ser sano y culto.

El respeto más elemental a la dignidad humana exige un límite, así mismo, a quienes confunden una campaña electoral con una subasta pública al mejor postor, manipulando la credulidad, la buena fe y los anhelos más íntimos del hombre con promesas, explícitas o veladas, que se desvanecen como burbujas de jabón o con espejismos edénicos y utópicos que se disipan con el impacto de una dura y cruel realidad y que sólo dejan la amarga frustración de expectativas y aspiraciones traicionadas, sobre todo en los sectores que más padecen y necesitan.

El despilfarro de una enorme pirámide de fondos públicos – arrancados de los bolsillos del contribuyente – en campañas y métodos de propaganda que distan y se apartan diametralmente de los fines que deben perseguirse – propagar ideas, confrontar programas, exponer auténticas credenciales, divulgar el pensamiento y poner a prueba la capacidad y los méritos de los aspirantes – es algo que deben cuestionar todos los ciudadanos.

Después de todo, los ciudadanos son las víctimas de esa torpe manipulación – más cretinizante e intoxicadora que edificante o creativa – la cual no garantiza realmente el acceso al poder de los más aptos, lo que es bien grave y atenta contra la higiene mental de toda la ciudadanía. Además son ellos, los contribuyentes, los que sufragan los gastos generosos y superfluos de esos fuegos artificiales y de esas frívolas mascaradas, cuyos tinglados manejan unos pocos y que ocasionan una mutilación psicológica como la que sufrió el decrépito veterano al que increpó con indignación el sabio de Salamanca.

El Estado debe utilizar esos recursos mal gastados y asegurar una divulgación más equitativa y razonable del mensaje electoral de todas las agrupaciones, como se hace en otros países y contratar los servicios de transporte para el servicio de todo el pueblo sin discriminaciones odiosas ni sectarias. Las autoridades electorales deben velar más por el contenido cualitativo de la campaña publicitaria y no solamente limitarse a censurar, tan victorianamente, ‘la peccata minuta’ de esa burda manipulación. ‘Las verdades son tan pocas -nos decía, hace poco, Atahualpa Yupanqui-que no hacen falta muchas palabras.»

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en La Nación 15/03/1982

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