Paola Salazar Sánchez, Politóloga

El cuento que hoy les cuento, admito que, con un poco de descontento, empezaré por aclarar que en realidad no es cuento y que, por más que traten de ocultarlo, vamos a gritarlo hasta que se escuche en el viento.

Cuando la vida apenas iniciaba, de la creación de la humanidad Adán y Eva se encargaban; él a tan temprana edad de ciertos privilegios ya gozaba y ella por su parte, era por una costilla de éste que al mundo llegaba. Así inicia la historia, que a las mujeres como un segundo ser colocaba, designio que hasta el día de hoy nos acompaña y a pesar de que se lucha día a día, el camino de vez en vez se nos empaña.

Y para mostrar que esa lucha no se acaba, voy a volver al cuento del que al principio les hablaba, así que les contaré de Eva, no esa que la historia del mundo fundaba, sino de una joven que con ilusión un mundo mejor soñaba. Eva, como mujer a este mundo llegaba y eso ya su vida determinaba, debía luchar en cada paso que daba para no ser oprimida ni tampoco violentada.

Eva sabía que la sociedad la espalda le daba, y aún consciente de los males que por esta enfrentaba, siendo todavía una niña, de su vientre una nueva vida emanaba. Se convirtió en una madre ejemplar que a su pequeño adoraba y por este amor, del padre de la criatura mucha violencia aguantaba; a pesar de esto un día su cabeza levantó y salir de ese ciclo de agresiones ella decidió. Consciente de esta realidad, Eva comprendía, que alzar su voz ella podía; es por eso que a sus escasos 19 años, ella ya se manifestaba, salía a las calles junto a sus hermanas a gritar y rogar que la vida le sea respetada.

Pero como un ser humano, el amor y la vida familiar ella añoraba, así que a su agresor otra oportunidad le daba, fue con su hijo en brazos hasta la casa que este habitaba más no tenía idea del destino que le aguardaba. Fue un día de noviembre que esta triste historia a gran velocidad se escuchaba, el hombre al que ella amó su vida le arrebataba, frente a su pequeño niño ella se desangró por las balas que en su cuerpo ese hombre descargó.

Sus hermanas de lucha, con gran dolor al Estado justicia reclamaban y todo un país de su muerte murmuraba, algunas personas con tristeza por su alma oraban, otras en cambio a ella misma como culpable señalaban.

Así volvemos al privilegio que, como antes les contaba, Adán disfrutaba, ya que incluso hoy en día es al hombre a quién menos se le señala, incluso cuando empuñan un arma para acabar con cuánta vida les venga en gana. En la tierra, a este agresor, la justicia le llegó, pero ni los barrotes ni el encierro serán suficientes para saldar la deuda por esa luz que al mundo le robó.

Voy a hacer de este cuento una historia no tan larga, porque si quisiera detallar caso por caso una vida no me alcanza. Son tantas como Eva que han visto su luz apagada, por culpa de ese sistema patriarcal que desde la creación nos subordinaba.

Pero no será suficiente para ver nuestras voces acalladas, cada día gritaremos con más fuerza y crecerá nuestra manada, para honrar a quiénes hoy en nuestra memoria nos acompañan, para que la vida de quienes todavía están sea digna y valorada, pero además para que ojalá la vida de ni una más sea silenciada.

Y hasta acá les dejo este cuento sin fin, que hoy de Eva se trataba, pero que pudo haber sido de muchas otras que -les digo con dolor- no terminaría de nombrarlas.

En memoria de Eva Morera
Asesinada por su ex pareja, el 01 de noviembre de 2019 con tan sólo 19 años.