Elizabeth Jiménez: ¡Parir sin dolor!

«La violencia obstétrica es aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, violencia expresada en un trato deshumanizado».

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Elizabeth Jiménez Núñez, Abogada y escritora.

 Inició mi labor de parto. Lo supe porque ya había sido madre y sin haberlo sido, una mujer sabe cuándo inicia su labor de parto. Sostenemos a las criaturas en el vientre por nueve meses, cuando deciden quedarse ahí calientitas a buen recaudo, o bien, cuando deciden nacer antes de la fecha estimada.

Mi propia experiencia inició el 24 de abril y culminó el 9 de enero de enero (estaba embarazada y mi parto estaba estimado para el 27 de enero.) Inicié con tres o cuatro contracciones cada diez minutos por intervalos de un minuto cada una. Decidí en ese momento ir a una farmacia cercana con mucha tranquilidad para comprar las últimas cosas que necesitaba, las puse en mi maleta. Una maleta que estaba prácticamente lista meses antes de la fecha estimada. Mi parto sería natural, —al menos eso era lo que yo quería—. Mi segunda hija empezó a estar muy inquieta en mi panza, el miércoles anterior no paró de moverse y ese mismo día, mientras compraba unos tornillos en una ferretería para colgar unos cuadros en una pared de su cuarto, una señora me dijo: «Ya tiene la panza bastante baja y hoy habrá luna llena». Mi hija nacería un día después.

Tuve la experiencia de ser madre por primera vez siete años atrás y había olvidado todo. Se olvida el dolor o el dolor se va a la memoria inexorable para que no se acabe la humanidad. Mi primer parto fue rápido, muy rápido. Todavía funcionaba la Clínica Santa Rita en el 2013. Entre risa y humor negro le digo a la gente que mi hijo de 7 años fue el último niño que nació ahí, en esa clínica porque ya estaba algo deteriorada. Paso con nostalgia por San José y sé que ahora ese edificio que vio nacer a muchísimos niños es una dependencia judicial. Pero recuerdo que fui atendida por una obstetra, un ginecólogo, un pediatra y un anestesiólogo.

Lo cierto es que para mi segundo parto decidí dar a luz  por medio de un seguro médico y nuevamente volví a optar por la medicina privada. Las contracciones siguieron su curso y cada vez se tornaban más fuertes. Una mujer sabe cuando inicia su labor de parto.

Llegue por recomendación de mi ginecólogo quien estaba fuera de San José a hacerme un monitoreo a la clínica. Mi esposo eligió un parqueo que estaba justo en frente de la antigua entrada principal del centro médico. El sol estaba picando y yo estaba un poco intranquila. Mi hija decidiría nacer tres semanas antes de lo estimado (37 semanas y 3 días), no lo sabíamos.

La actitud de las enfermeras al llegar al centro médico no podría ni siquiera llamarla hostil, fue simplemente la actitud de un equipo deshumanizado o bien mecanizado por el paso del tiempo. Parecía cualquier institución viciada por el tedio y la burocracia. ¿Cómo lidiar con una salón de maternidad donde pasa lo mismo todo el tiempo? Nacen niños y niñas, eso indica la lógica. Un mostrador me recibió, di mis datos —más que darlos—respondí a las preguntas que me hicieron.

Una mujer morena y con carga larga me puso un montón de cables y miró con desgana un monitor beige con letras azules . «Tiene temperatura, su hija puede nacer con taquicardia». Yo le dije que estaba haciendo mucho calor afuera que lo más probable se debía a eso. Ella me dijo que yo seguramente tenía una infección urinaria y estaba confundiendo la infección con las contracciones de parto. «Yo sé la diferencia entre una contracción y una infección—le dije». Lo único que me faltó fue asegurarle que yo no era imbécil. «Yo estoy teniendo contracciones o me va a decir que no se están viendo reflejadas», «sí —me dice—, pero las contracciones de parto tienen que llegar a 50 y sus contracciones son de 29». En ese momento se fue y no me dijo ni su nombre, tampoco se despidió. Mi esposo y yo quedamos muy impactados con el trato.

Llegó otra obstetra y me hizo un tacto para asegurarme que solamente tenía 2 centímetros de dilatación y que podía irme para mi casa. Pensé que yo vivía en Santa Ana y la clínica estaba en San José centro, quizá había sido un error escogerla. Me invitaron a irme y de paso me dijeron que debía realizarme unos exámenes porque tenía algo de temperatura. Le dije a mi esposo que buscáramos cualquier laboratorio, quería medir mis contracciones, hacer mi labor de parto buscando un laboratorio, parece irreal pero fue así, así fue como pasó. Nos devolvimos a Santa Ana y las contracciones cada vez se hicieron más fuertes. La señorita en el laboratorio me dijo: «¿Cómo es posible que la mandaran a hacerse estos exámenes si usted está en plena labor?».

De vuelta a la clínica. La enfermera me vio a los ojos y me dijo: «Usted otra vez aquí». No estaban muy felices de darme un cuarto, y una vez que lo hicieron, le indicaron a mi esposo que debía hacer el trámite de admisión. Me quedé en un cuarto sola con un montón de cables otra vez pegados a mi abdomen. La obstetra me hizo el tacto antes de irse y me dijo:« 5 centímetros de dilatación y cuello totalmente borrado». Después de eso se fue.

Mis contracciones eran cada vez más intensas y no había nadie allí. Decidí quitarme los cables y entrar al baño, agarrarme de una barra metálica y dejar que la contracción pasara. No grité, no sudé y no salí a pedir ayuda. Toqué un botón de emergencia que había en el baño, y una voz  de ultratumba que parecía venir del infierno me dijo: «¿Qué necesita?» Solo acaté a decir que necesitaba que alguien llegara. Pero nadie llegó. Estaba nuevamente viviendo mi propio dolor, en silencio.

Mi esposo estaba haciendo la admisión, y yo estaba haciendo mi labor de parto. Cuando la obstetra le dio la gana llegar, llegó. Me vio y me dijo que yo no podía ir al baño, que debía haber permanecido en la cama. Pero entonces le dije: «Yo estoy aquí sola, cómo quiere que sepa lo que debo hacer», entonces le dije que me pondría de «cuatro patas» en la cama. Hasta ese momento había sido invisible para ella, según la obstetra yo me veía bien, parecía que nada me pasaba, probablemente pensó que duraría mucho en dilatar..

Al verme postrada con la cabeza inclinada, decidió hacerme otra vez el tacto, y es ahí donde se dio cuenta que tenía 9 centímetros de dilatación y entonces me dijo: «Me toca recibir a la niña», y fue así como en la sala de recuperación, sin anestesia, sin pediatra, sin ginecólogo y sin marido (porque estaba haciendo la admisión, según el protocolo), nació mi hija a las 6:01 de la tarde. En un clínica donde supongo que abundan los médicos ¿No es ahí donde trabajan?

Mi labor fue muy rápida, mi pelvis me ayudó. Mi esposo duró menos de una hora en el piso de admisión y cuando llegó un pediatra que llamaron después de haber dado a luz a mi hija en el cuarto de recuperación le dijo: «Es su hija». No me imagino cuántas historias así demuestran que la violencia obstétrica es una realidad que además empeora por ciertas condiciones especiales de vulnerabilidad. Estar sola, por ejemplo. ¡Pero ojo! Que la violencia obstétrica no se da especialmente en los centros médicos públicos. El personal de salud del centro médico privado que «me atendió», no solo operó de manera mecánica y apática, sino que, además me agredió de manera expresa. Irrespetaron mi silencio con dolor. Porque tuvieron la osadía de medir mi dolor como si fuese necesario demostrarlo con gritos, desesperación y sudor.

Me preguntaron si quería demandar a la clínica y contesté que no. A fin de cuentas siento gratitud porque en medio de las arideces, mi hija y yo estamos muy bien. La labor de expulsión fue muy muy rápida y finalmente a mis treinta y nueve años no pienso tener más hijos. Pero si por asomo quisiera dar a luz otra criatura jamás volvería a ese quinto piso donde una placa reza: «SALA DE MATERNIDAD».

 


Elizabeth Jiménez Núñez, es escritora y abogada costarricense. Egresada de la Maestría de Derecho Público en la Universidad de Costa Rica. Cuenta con una especialidad en Derecho Notarial y Registral. Realizó estudios de Literatura en la Universidad de Costa Rica. Cursó talleres de escritura creativa en el Centro de Literatura Carmen Naranjo.

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