Patricia Rodríguez: Guasón – Apoteosis del Posmodernismo

En un momento, el filme nos hace ver que lo que consideramos bueno o malo, lo que nos divierte y lo que no, y lo que nos gusta y lo que no nos gusta, es el resultado de una construcción social.

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Patricia Rodríguez Hölkemeyer, Politóloga.

Todd Philips, director del filme Guasón de 2019, decía en una entrevista que abandonó la comedia por el drama oscuro porque en la cultura actual (imbuida de filosofía posmodernista) ya no se permite la crítica social por medio del humor.   Esta confesión deja entrever una queja del director al posmodernismo, pero no elabora más sobre el tema.  Del filme se puede afirmar, no obstante, que es un reflejo o resultado de la cultura posmodernista originada en pensadores europeos del siglo pasado y altamente difundida, desarrollada y protegida en los ámbitos universitarios y literarios de Estados Unidos y Occidente en general.   Si ya no se permite entretener del mismo modo que hace unos años ¿qué hizo tan exitosa a esta película ante a un público ávido de novedad?

El filme no es una imitación de versiones anteriores del Guasón. Lo edificante (Batman) ya no logra el interés de generaciones de individuos insuficientemente atendidos por padres y educadores, y, en consecuencia, cautivados por una filosofía que ha venido deslegitimando toda forma de autoridad.

El director afirma no haberse apegado estrictamente al guion (aunque hay un guion) para introducir los aportes “sin rumbo definido” y la “gracia” -que dice no saber de dónde proviene- del actor Joaquin Phoenix.  Esto refleja el desdén posmodernista por los objetivos y los fines propios del pensar administrativo y planificador del capitalismo actual y ofrece un producto sui generis centrado en la emergencia progresiva del Guasón en la psiquis del protagonista, Arthur Fleck. Versiones anteriores del Guasón presentan a éste sin mostrar el porqué de su maldad.

El Guasón emerge al irse liberando Arthur de la falsa personalidad que la sociedad (representada en su madre, quien, además, como se verá al final del filme, no es merecedora de autoridad alguna) imprimió en su psiquis.  Esa inauténtica e inadaptada personalidad choca con la realidad vivida por él en la decadente Ciudad Gótica que evoca la Nueva York de los años ochenta.  En virtud de ese choque, deviene la extraña metamorfosis de Arthur.  Del imperioso deseo de su madre de que haga feliz a la gente, Arthur opta por la profesión de payaso y comediante.  Esa opción de vida esconde, no obstante, una profunda necesidad de atención y aceptación, la cual es frustrada repetidamente de manera violenta.

La sociedad reacciona injustamente con él, en buena medida, porque padece la enfermedad de la risa inapropiada y ruidosa que irrumpe en cualquier contexto social cada vez que siente angustia. La película hace alusión a la injusticia de la sociedad contra personas que son diferentes, pues para el posmodernismo, la noción de diferencia ocupa un lugar central.

Si bien, el director afirma que no pretendía hacer una película política, uno de los momentos centrales del filme es cuando Arhur asesina a quienes lo maltratan una vez más mientras portaba su cotidiana máscara de payaso y dicho asesinato, para su sorpresa y la del espectador, genera consecuencias políticas. Dicho asesinato perpetrado por un payaso toca la fibra de la desesperanza y del temor de una diversidad de personas, quienes recurren al símbolo de la máscara de payaso para dar sentido a la diversidad de motivos que los lleva a una masiva protesta en la cual Arthur es festejado como un Héroe.

La película exhibe cómo es que una persona formada en los cánones de un sistema que oprime o combate al “diferente,” encuentra la forma de liberarse de su angustia aún al precio de la psicosis (los posmodernistas extremos, Deleuze y Guattari glorifican la psicosis como la máxima liberación y Foucault presenta al manicomio como el extremo de la injusticia, la opresión y el abuso de poder).  En la película vemos también cómo el sistema de salud no ayuda a Arthur, pues su psicóloga no lo escucha y, simplemente, le impide ser él mismo.

En un momento, el filme nos hace ver que lo que consideramos bueno o malo, lo que nos divierte y lo que no, y lo que nos gusta y lo que no nos gusta, es el resultado de una construcción social.

La película se sirve de lo que la sociedad postmodernista considera como entretenido, pese a que el director ha dejado entrever que la cultura actual ha venido destruyendo el sentido del humor.  Realmente, nuestra cultura posmodernista ha logrado suprimir el humor bajo una fatua promesa de bienestar para el individuo “diferente”, pero a la vez privándolo de desarrollar el carácter que resulta de la adversidad.

La película logra sostener el interés del público porque nos identificamos con el que sufre opresión o injusticia.  Durante el desenvolvimiento del filme vamos aceptando la metamorfosis de una persona educada para agradar y sonreír, en un villano que comete actos atroces.  Nos identificamos con él gracias a los efectos del emotivismo y la omisión de argumentación.

El baile del protagonista mientras baja las gradas (símbolo de degradación hacia la locura y el advenimiento de la personalidad del Guasón) resulta simpático al espectador, pues el espectador también esconde el temor que ocasiona la búsqueda de fama, poder y dinero de la cultura capitalista actual.

El filme expone cómo el mal deja de ser mal a secas y deviene como algo relativo.  El mal se banaliza y produce simpatía porque todos sufrimos de alguna clase de dolor existencial, especialmente en aquellas sociedades en las que Nietzche proclamaba que han matado a Dios mientras abogaba por la aparición del superhombre capaz de crear sus propios valores.

El posmodernismo procede, de cierta manera, del marxismo, pero, a la vez, procede del individualismo liberal “progre” que cambió la lucha de clases o la predicación religiosa, por la defensa de una proliferación de supuestos derechos humanos, con odio a las elites y a toda forma de autoridad, a la que califica como opresora.   En este sentido, el relato de la emergencia del Guasón en la inadaptada personalidad de Arthur es un tema atractivo para ambos extremos, sí como para los ciudadanos comunes, quienes quedan atónitos.

Lo que no se percibe en el filme es que, actualmente, las elites de uno y otro bando, aprovechan la capacidad del posmodernismo de producir caos, para generar cambios políticos a su conveniencia.  En esta clase de efecto que sustituye la responsabilidad política por un activismo sin responsabilidad por el futuro, también los extremos se juntan.  El recurso al manejo de emociones sin necesidad de enunciación verbal facilita que los activistas sean utilizados.

El posmodernista promueve el caos porque cree que esta es la vía para llegar a una nueva y no programada sociedad que hará realmente feliz al ser humano bajo el supuesto anarquista que del caos surgirá, espontáneamente, la ciudad perfecta, supuesto científicamente imposible. Los marxistas chinos saben muy bien que el revolucionario no puede ser el constructor y que la improvisación se paga muy caro.

El posmodernismo busca eliminar la historia, manipular emociones y cambiar, de manera autoritaria, vertical y atemorizante, hasta el significado de las palabras.   Su modo de operar es por medio de los cursos universitarios, la literatura, el cine y el activismo político originado transnacionalmente mediante organizaciones no gubernamentales financiadas por las elites de ambos lados. Los jóvenes activistas deberían indagar quién financia la organización en la que trabajan.

El posmodernismo, mediante el emotivismo, invisibiliza la falacia performativa en que se sustenta, pues mientras profesa el relativismo, absolutiza sus propias creencias.

 

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