Paul Benavides: Bergson (la risa)

Con las últimas risas se va la inocencia de la utopía, antes de transformarse en una pira que purifica las almas genuinamente rebeldes. La risa es la principal ofensa frente a la aritmética perfecta del dogma, arma poderosísima de cara a la fe ciega de los incautos en todas sus desgraciadas formas, a la derecha y a la izquierda de la estupidez humana.

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Henry Bergson

Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

Se sabe que Henri Bergson nunca perdió el aliento ni soltó lágrimas como una foca a causa de la risa, para reventar por los aires el sosiego casi monacal de pensador espiritualista, lo que no le impidió escribir un sesudo tratado filosófico a propósito del tema. Eso merece una carcajada de venganza.

Buen filósofo, judío polaco por parte de padre, gustaba ponerse la kipá mientras escribía por las noches. Dijo cosas interesantes en relación a la risa, pero que hoy resultan extravagantes, como éstas: “la risa debe aislarse de la emoción plenamente para que fluya” o, “la risa solo es posible en grupo y no en solitario”. Empero, Bergson expresó algo realmente importante, una afirmación sencilla que justifica toda su obra: la risa –dijo– se relaciona directamente con la inteligencia del hombre. Esto me lo explicó mi padre tiempo después, porque es difícil entenderlo cuando uno tiene 8 años.

Un repaso no exhaustivo de lo que ha dicho la filosofía sobre la risa, me dejó resultados grises, poco menos que felices. Por ejemplo, Marx no sonrió nunca. Nietzsche expuso una teoría de la risa y de la sonrisa, tan llena de culpa como de machismo (*Aforismos*).

De todo lo que dijo un filósofo que admiro como Kierkegaard –escribió sobre la angustia de manera sublime– no dijo nada de esa manera de mostrar los dientes cuando el alma está feliz y la angustia vuela lejos. Y para rematar, Bertrand Russell en *La conquista de la felicidad* escribe de forma frecuente de un hombre eternamente feliz, al que no le pone nunca una sonrisa en los labios.

Yo comprendí lo que es la risa, gracias a mi abuela materna que tuvo entre sus hijos a mi tío, cantinero, animador de turnos, polizonte en barcos mexicanos y payaso nato, que me hacía reír con toda clase de historias cómicas y gestos extraños, pero no recuerdo nunca que me leyera el libro de Bergson, una auténtica rareza que había llegado a la casa de unos panaderos, mis abuelos, guardado por ellos con cuidadoso celo por tratarse de un apellido extraño, casi bíblico. Mi padre lo leyó mucho tiempo después, cuando fue alumno de Paco Amighetti en la Escuela de Bellas Artes de la década de los 40, para explicarme en dos renglones lo que Bergson tardó 219 páginas en escribir: la risa es la virtud del sabio, porque el tonto es incapaz de tener sentido del humor. Esa versión de mi padre sobre la risa me pareció convincente y además cierta. La pude comprobar cuando él trataba las cosas “difíciles” con humor simple, hasta dejarlas reducidas a su mínima expresión o las trataba con ironía, que para él era la niña mal amansada del humor.

Está comprobado que los dictadores ríen mucho cuando inician y apenas estrenan su satrapía. Dicen que José Stalin reía hasta caerse bajo los efectos del vodka georgiano, que tomaba salvajemente con sus generales y militares berreantes hasta el amanecer. Hitler también reía mucho al principio y luego ya no, hasta sustituir la risa por una mueca histriónica aprehendida de un mimo y actor judío que el enseñó las trucos de la actuación. El bitongo y risueño Fidel, al principio de risa potente de cubano gallego, se le fue opacando conforme autorizaba las purgas estalinistas. Francisco Franco sonrió los primeros años de la dictadura. Al final de su vida mientras firmaba sentencias de muerte y merendaba chocolate con soconusco, sostenía una leve alzadura de labio que se había quedado ahí como rictus del poder.

Con las últimas risas se va la inocencia de la utopía, antes de transformarse en una pira que purifica las almas genuinamente rebeldes. La risa es la principal ofensa frente a la aritmética perfecta del dogma, arma poderosísima de cara a la fe ciega de los incautos en todas sus desgraciadas formas, a la derecha y a la izquierda de la estupidez humana.

La risa…peligrosa, débil, fácil o difícil, la última defensa que tenemos frente al poder –ante el fracaso de la Legalidad manipulada– que se da como comedia, como tragedia o como ridículo.

 


Paul Benavides Vílchez, es Sociólogo y escritor. Profesor en la UNA y asesor parlamentario. Tiene escrita la novela “Los Papeles amarillos de Chantal» ( en prensa), “Entre Senos y Reptiles” ( Poesía inédita), «Duelos Desiguales» (2012, EUNED), «Oficio de Ciegos» ( Arboleda, 2014) «Apuntes para un Náufrago» (2018, Letra Maya) y «Áspera Noche» ( 2019, Letra Maya).

 

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