Paul Benavides: De la libertad a la comunidad

No sobra decir que en un comunitarismo llevado a sus extremos, se encuentra la semilla de la xenofobia y el racismo.

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Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

El debate entre liberales y comunitaristas entretuvo al mundo anglosajón durante 30 años, para pasar casi desapercibido en nuestro continente y en este país. Del lado liberal sus más destacados representantes fueron J. Rawls, con su obra clave Teoría de la Justicia y Ronald Dworkin, aunque luego optó por una posición híbrida. Del lado comunitarista se incluyen a A. MacIntyre, Charles Taylor, Michael Walzer, entre los más connotados representantes. Sin entrar en exposiciones doctrinarias, se trata de una discusión que, a riesgo de simplificarla, aborda el dilema en el que se debate el individuo moderno dentro de una sociedad liberal: la libertad, tanto en el mundo privado como en el mundo público y, por otro lado, la pertenencia a una comunidad; espacio en el que nace y crece, con reglas y normas, creencias heredadas, que le dan sentido de pertenencia, seguridad y arraigo.

En términos más simples, esta polémica plantea si el individuo debe andar solo por la vida, con cierto aire de autosuficiencia y desaprensión por cualquier tipo de pertenencia, o si debe bajar la testuz y reconocer que solo es posible vivir junto a otros, hacer acopio de una visión de mundo que le llega por tradición para afirmarlo en su identidad cultural, pero al precio de obedecer y rendir lealtad a la comunidad de la que forma parte. Su pertenencia implica ser depositario de la tradición pero, además, debe continuarla. La adscripción a un agrupamiento humano supone, como todo arreglo a fines; sacrificar un poco la libertad personal por el bienestar común.

En este debate, Kant se enfrenta a Hegel. Para el primero, la creación de la identidad subjetiva es un proceso individual y aislado y, para el segundo, es imposible que el individuo eluda ciertos horizontes de vida comunitaria, como el lenguaje, el territorio, la religión. Puedo pensar, con una gramo de suspicacia, que el mundo anglosajón introduce el comunitarismo para dar al liberalismo las virtudes que perdió hace mucho tiempo, defenestrado por el individualismo posesivo que el mismo impulsa, encapsulado en sus propios excesos y jalonado por una sociedad de consumo que le permite transitar sin ataduras, normas ni reglas éticas; libre de hacer y deshacer a su antojo, para confundir la libertad de elegir un plan de vida, valor clave en la sociedad liberal, con una conducta dilapidadora y cruel que elimina toda sombra de solidaridad, colaboración y sentido de pertenencia.

El exceso de libertad trajo como consecuencia el vacío normativo, el desarraigo y la profunda soledad por el que transita el individuo de la metrópoli capitalista y del que nosotros, aquí¬ abajo, no estamos excluidos. Dentro del contexto latinoamericano, el debate no ha tenido el empuje o la difusión que ha tenido en otras latitudes. Una excepción es el intelectual mexicano Luis Villoro, quien dedica una obra De la libertad a la comunidad (Fondo de Cultura Económica, 2003) al debate liberal-comunitario, pero lo hace desde la óptica latinoamericana, donde la sobriedad del debate teórico anglosajón se contamina con el color y sabor de la realidad de la periferia del imperio. Señala Luis Villoro, que el mundo ha vivido bajo los efectos de lo que él llama un liberalismo desencantado, presente en casi todas las doctrinas contemporáneas y en los programas socialistas y liberales, para configurar lo que se ha denominado el pensamiento anómico.

Para este liberalismo devaluado, la libertad individual es intocable; protege al individuo frente a la intromisión del estado, lo aísla y teje una malla de protección frente a la colectividad a la cual pertenece y posibilita, con sumo énfasis, la manifestación de los intereses privados. En relación con el Estado, lo redujo a su mínima expresión al atarlo de pies y manos, como parte de esa euforia ideológica que veía totalitarismo y burocracia, aun en los estados que habían logrado equilibrar la libertad con el bienestar de las personas. El estado pasa a ser un débil servidor de la sociedad y un egregio colaborador de las corporaciones privadas.

Este liberalismo desencantado nos hizo despertar abruptamente del sueño de un estado que hiciera feliz a todos, pero, para ello, hubo que pagar un precio: la exclusión. Si la libertad que sostiene el credo liberal se relaciona con el derecho de cada individuo de elegir el plan de vida que desee, no existe igual posibilidad para todos. Es aquí donde el planteamiento de Luis Villoro contradice la armonía teórica del liberalismo, que considera suficiente el derecho de elegir el plan de vida, independientemente de que se tenga las posibilidades para realizarlo. No hay libertad sin igualdad en el acceso a las condiciones básicas, cuya carencia impide toda elección.

Además, no hay libertad sin igualdad de oportunidades sociales para ejercer nuestra elección en condiciones mínimas semejantes: de educación, trabajo y cuidado de la salud. No todos los individuos son libres si no están todos – dice Villoro – en condiciones de convertir en realidad sus elecciones de vida razonables. Y aquí el filósofo mexicano realiza una crítica radical al planteamiento de J. Rawls, expuesto en su Teoría de la Justicia: la desigualdad social y económica se justifica absolutamente, si esto redunda en ventajas para toda la sociedad. De entrada, el distinguido pensador norteamericano no cuestiona los fundamentos de la sociedad capitalista en donde realiza el ejercicio teórico, no ve nada anormal en una sociedad desigual y, por el contrario, lo asume como presupuesto natural.

Este liberalismo desabrido y gelatinoso que desmontó poco a poco al estado, fruto de un consenso general, garante de las libertades individuales y de la inversión privada, debilitó las instancias que aseguraban la pertenencia a una misma colectividad. Villoro llega por esa vía a la conclusión de que la libertad requería, para su viabilidad, de un factor importante: la comunidad. La comunidad, el otro extremo del debate liberal, lugar donde se estrechan lazos y vínculos afectivos y se da sentido a la vida y muerte de los participantes, forma parte de la matriz civilizatoria de América Latina. Su importancia en la génesis y el desarrollo de la historia de nuestros pueblos, todavía subsiste pese a la globalización homogenizadora.

El inicio de las nacientes repúblicas se hace sobre la base de pueblos y pequeñas aldeas y, en el caso de las comunidades indígenas, su forma comunitaria ha sobrevivido de una manera asombrosa pese a su apabullante negación. Sin embargo, el retorno a esta forma matricial y originaria de organización y convivencia es imposible de recuperar, sostiene Villoro. Propone -y aquí¬ introduce otra modificación en relación a la propuesta comunitarista anglosajona- una comunidad en la que se integre todo lo bueno de la modernidad con los valores acuñados por los pueblos latinoamericanos, valorando, de manera especial, la cultura de los pueblos indígenas. Un espacio comunitario en el que el sentido de pertenencia no fuera el resultado de una imposición colectiva, trasmitida por la herencia y reforzada por la costumbre.

Por el contrario, sea el producto de una elección social y políticamente libre, acordada democráticamente. Con ello se evitará uno de los principales riesgos del comunitarismo: el nacionalismo fanático, que reafirma la existencia de su forma de ser al precio del desconocimiento y defenestración de las otras culturas. No sobra decir que en un comunitarismo llevado a sus extremos, se encuentra la semilla de la xenofobia y el racismo.
La propuesta de Luis Villoro es más amplia, profunda y amerita quizás un análisis exhaustivo. Su mayor mérito consiste en recuperar la reflexión, el debate crítico y, como resultado de esto, la creación del pensamiento propio.

 

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