Paul Benavides: De Nicolás Maquiavelo

Dijo, ya de viejo, que su vida política no había pasado en vano por haberlos escrito. Llega por esa ruta a una simple verificación que ha molestado a los moralistas e ideólogos de la bondad innata del hombre

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Nicolás MaquiaveloPaul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

Nicolás Maquiavelo (1469-1527) recorrió Europa como secretario de gobierno de la República Florentina. En la búsqueda por encontrar la mejor forma de proteger la incipiente república y resguardarla del despotismo de los Medicis y del dominio extranjero, descubre algo que lo abruma y luego plasma en sus escritos: la forma en que se comporta el hombre cuando trata de obtener y conservar el poder. En sus andanzas por el Reino de Nápoles, Milán y la Roma papal, penetra en los secretos de la noche, disfruta de largas juergas, se entretiene con prostitutas de las que llega a enamorarse y se cita con los más extraños personajes. Aquí y allá se entrevista con espías del papa Alejandro VI; conoce a condotieros, tiranuelos y traidores que le permitieron experimentar, a su hora, la miseria y grandeza del poder que era el verdadero mapa de la península itálica. Pero es César Borgia, el “valentino” duque de Urbino e hijo del papa, quien produce en Maquiavelo una singular revelación.

Dice Mauricio Viroli, quizás su mejor biógrafo, que “il Machia” era un tipo feliz, bromista, poseedor de una gracia y un humor excepcionales, capaz de trocar el miedo por la risa en sus amigos que le cuidaban la espalda en el Palacio Vecchio. Al retornar a Florencia, gustaba de emborracharse con ellos y tener conversaciones apasionadas sobre el mundillo político hasta entrada la noche. Viroli se pregunta cómo este florentino de padre abogado, pero de una familia venida a menos, sin fortuna o estudios eruditos, llega muy joven a ser secretario del gobierno de Florencia, es un misterio que permanece en la más profunda oscuridad.

Lo cierto es que llega al puesto y lo ejerce con pericia y olfato de perro de caza. La ausencia de formación académica formal la suple con lecturas asiduas de los grandes políticos, capitanes y legisladores griegos y romanos, como Tucídides, Plutarco, Tácito y especialmente La Historia de Roma de Tito Livio, a la que le dedica profundas meditaciones y llega a ser su libro de viajes en las funciones que ejercía como canciller de la República de Florencia. No perdía oportunidad para tomar notas, llevar el registro de los cambios y alteraciones del alma humana, cuando hacía contacto con esa materia maleable, viscosa y a la vez embriagante que es el poder.

Dijo, ya de viejo, que su vida política no había pasado en vano por haberlos escrito. Llega por esa ruta a una simple verificación que ha molestado a los moralistas e ideólogos de la bondad innata del hombre durante los siglos: para obtener el poder no había que tener escrúpulos, había que ser duro, visceral, saber mentir y deshacerse de los enemigos, como el jinete se quita la boñiga de las botas. Es César Borgia, duque de Urbino y futuro príncipe, dueño de una melena larga, contundente en la retórica como en el arte de la guerra, quien le da todo el material a Maquiavelo para crear la teoría de la bestia y la paloma, del zorro y el león, del animal algunas veces miserable y otras veces sabio, que deberá ser todo príncipe, si quería obtener y conservar el poder. Maquiavelo mismo es testigo de un acto que revela una frialdad y dureza que llegaba al paroxismo. Acosado y urgido de una movida política espectacular el principal colaborador de Borgia, Ramiro de Lorqua, aparece partido en dos en la Plaza de Cesena, lo hace para demostrar que se deshacía de un traidor y con esta macabra jugada sosiega los ánimos de sus enemigos, quienes pedían desde hacía tiempo la cabeza de Lorqua.

Hábil en el arte de hablar, Maquiavelo aprendió de César Borgia que a los oponentes se les empezaba a derrotar con las palabras hasta desarmarlos, y con una suspicaz y potente mezcla de amenaza y persuasión, desmontar sus intenciones para hacerlos de paso sus aliados. La dureza del valentino se entretejía con la llaneza del trato y la bondad, cuando así¬ lo requerían las circunstancias.

El contacto directo con la miseria y la grandeza del poder lo hacen escribir un libro a veces cínico, a veces cruel, que no se aparta de su idea por cartografiar al hombre cuando ejercía de animal político. Señalaba el filósofo letón de origen Judío, Isaiah Berlin, que Maquiavelo no fue alguien empeñado en demostrar verdades teológicas contra viento y marea, ni un filósofo interesado en proponer, con carácter normativo, fórmulas de convivencia que se ajustaran a propósitos inflexibles. Y tiene razón.

Lo que hizo el secretario florentino fue comprobar, por experiencia propia, una realidad que le abofeteaba: los príncipes, emperadores, reyes, papas, espías, mercenarios a sueldo, sacan lo peor que llevan dentro, cuando se trata de obtener y conservar el poder. Y no es raro que maten, torturen, ajusticien, mientan, engañen, finjan ser animales capados para luego sacar a la fiera y, sin titubeos, desentrañar a sus íntimos colaboradores y exhibirlos frente a la masa en un espectacular acto político.

Nicolás Maquiavelo admiraba profundamente a Savonarola – hombre probo, digno de respeto – al que escuchaba en sus exhortaciones para que la política se hiciera acorde con las reglas de la verdad y la honestidad, pero lo vio caer fulminado tiempo después en medio de hombres que se comportaban como perfectas bestias. O Pier Soderini el gonfalonieri (magistrado supremo) de Florencia, de quien Maquiavelo fue secretario, incapaz de interpretar la realidad política cuando tenía que pactar con Raimundo de Cardona para salvar de la violencia, la destrucción y la muerte a miles de florentinos que murieron bajo las huestes españolas. El propio Maquiavelo toma como contraejemplos a estos dos personajes, de lo que no debe ser un príncipe que busque la sobrevivencia y el gobierno de un estado. En el caso de Savonarola, no tuvo el olfato suficiente para reconocer que Florencia estaba compuesta por hombres y no por Ángeles, y ser víctima de sus propia indulgencia y, en el caso de Soderini, no debió llegar a un conflicto con el ejército español más apto y provisto para la guerra que los campesinos armados que reclutara el propio Maquiavelo en las comarcas de Florencia.

Dice el biógrafo Mauricio Viroli, que Niccolo decidió dedicarle el libro a Lorenzo de Médicis, en un acto desesperado por demostrar que tenía el amor y el conocimiento necesarios para dárselos a su querida Florencia, aunque fuera un Medicis.

Le envía el libro a su amigo Francesco Vettori, principal consejero de Lorenzo, y, cuando este le da la obra maestra de Maquiavelo, puso más interés en la jauría de perros cachorros que atravesaban el palacio hacia su sillön, que en el extraordinario libro. Duro golpe del cual il Machia no se repone y que marca el periplo de pobreza y soledad que se prolonga hasta su muerte.

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