Paul Benavides: El insolidario frío de la pandemia

En medio de la pandemia he oído reflexiones que abonan esta idea de la solidaridad interesada, basada en el egoísmo y en la sobrevivencia, que juzgo legítima pero precaria, debilitada, sustentada en el acuerdo y en el mero cálculo.

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Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

Por decisión propia – y no porque la cuarentena me haya obligado – decidí leer algunos libros que tenía por ahí, lo cual me ha sido gratificante, por supuesto. Me ha sido muy gratificante, repito. Me ha hecho más un poco más feliz, lo que también incluye una cuota de escepticismo, de duda, de incerteza en una concepción más realista de lo que es ser feliz en un el mundo de hoy. Sin embargo, que haya leído algunas horas no abona ni un ápice a si soy mejor persona, es decir, mejor prójimo, mejor ser humano. He podido entre otras cosas dedicar unas horas al día a leer porque mantengo una condición básica: conservo mi trabajo, tengo un ingreso salarial.-

Tengo tres vecinos que se quedaron sin empleo. Si a ellos les dictaminara mi receta: “lean por favor, serán mejor personas. Lleven su situación como personas civilizadas…” o alguna que otra moralina estúpida me merezco una golpiza ejemplarizante, un golpe bajo, una patada en los testículos.

La pandemia como se sabe ha desajustado el orden social, ha dejado a unos sin nada y a otros con lo suficiente, ha acotado la normalidad a tres o cuatro reglas de profilaxis social. Nos ha distanciado en nombre de la sobrevivencia.

También ha permitido que la naturaleza se rehabilite, salga del cerco de esmog y caos urbano en que la hemos metido y recupere no su orden establecido sino su fuerza, su energía impredecible, y por qué no su violento azar.   Frente al silencio casi total de una civilización que ha logrado ser detenida por el miedo a contagiarse y morir, la naturaleza, su flora y su fauna han decido florecer y caminar, tomar los sitios prohibidos, romper las reglas de confinamiento en la que la colocamos. Nos ha enloquecido y maravillado el ver pumas caminar sobre las calles de Chile, a zorros andar insumisos por las elegantes veredas de San Francisco de California y jabalíes escalar las angostas calles de Italia. Frente a todo acto de la naturaleza el mundo parece ilusionarse, haber hallado en el silencio y la inercia de todos nosotros la salvación de la naturaleza. Todo parece una maravillosa epifanía pero lo cierto es que la descarga de CO2 continúa la destrucción silenciosa  de los ecosistemas como un cáncer que carcome en silencio implacable un cuerpo humano. El mundo se ha detenido frente a la pandemia, nos ha abierto una resquebrajadura donde hemos visto la posibilidad de un mundo distinto. Un paraíso en la tierra donde los animales caminan por las calles y el agua de los ríos y mares es más limpia que nunca.

Pero la pandemia no es igual para todos. Esto se sabe, pero se ignora. Y creo que nos interesa ignorarlo. La pandemia ha despertado lo mejor de todos nosotros y lo peor a la vez. La urgencia por sobrevivir, por no contagiarse, por evadir la muerte a como sea, nos ha ido colocando sin darnos cuenta en la sobrevivencia del más fuerte, del que tiene las condiciones materiales para sobrevivir.

Por ejemplo, un día de estos vi en el supermercado una mujer que llevaba un carro cargado de alcohol, jabones, cloros, incluido papel higiénico, lo cual sigue siendo a esta altura de los acontecimientos todo un misterio. En la farmacia vi repetirse el mismo espectáculo. Esta vez un hombre joven cargar tres paquetes de mascarillas, muchas botellas con alcohol y varias cajas con guantes. La pregunta que saltó como una liebre intrigante fue: ¿Se atreverá a compartir tal avituallamiento militar con algún prójimo, con algunas personas que también lo necesitan?

Las medidas de profilaxis social – asepsia, alejamiento y cuarentena – nos aíslan y separan de vidas que pueden estarse viviendo como drama o tragedia. Voy usar una palabra que viene del cristianismo: nos separan del prójimo. Prójimo es el próximo, y puede ser el vecino, el hermano, el familiar, el otro que se ignora y que debe importarnos.

Detrás de toda esta corriente que impulsa a vivir la vida dentro de una burbuja literalmente hablando, hay una apuesta por el individualismo más ingenuo: me preservo del contagio, lo que importa es mi vida.

Tal perspectiva es una estupidez: necesito de los demás para realizar mi vida individual y familiar. Necesito del panadero para desayunar, del chofer de bus para ir al trabajo, del que atiende en la farmacia o el supermercado para alimentarme, debe importarme la vida del que conduce el tren, debe importarme y no anecdóticamente de la boca para afuera. Debe importarme porque con ellos me realizo como persona y como miembro de una familia.

Amor al prójimo versus solidaridad, un valor cristiano versus un valor secular, acuñado en los tiempos de la Revolución Francesa, quizá lo que necesitamos es una mezcla de ambos, un híbrido salido de nuestra tradición judeo-cristiana comunitaria y la influencia de la social democracia europea. A fin de cuentas, un núcleo moral y ético que en el pasado demostró no solo su generosidad sino su eficacia.

Lo que quiero decir es que la solidaridad antigua, desinteresada, amplia generosa que no se ponía cortapisas para ayudar al otro, hoy a dado paso a una más delgada, débil, marcada por el miedo y definida por la capacidad económica para enfrentar “individualmente” la pandemia. En realidad no es solidaridad. Es mero cálculo y nos coloca en el cómodo lugar de quienes tienen condiciones para enfrentar la pandemia frente a los que no la tienen.

Perder un empleo por el covid-19 no es solo perder la forma de recibir un ingreso sino un golpe moral que erosiona la dignidad necesaria para mantenerse a flote. No es igual estar desempleado y enfrentar la pandemia que tener un trabajo con un ingreso estable y hacerle frente. No es lo mismo ni será lo mismo en ninguna parte del planeta. En el estado de Uttar Pradesh, en la India, se utiliza una Ley de las Epidemias de la época colonial para reprimir a los disidentes: mientras las clases medias y altas se apertrechan de víveres, comida y artículos para la asepsia, a las clases bajas la policía les recetado palo y represión.  En Kenia, toques de queda del crepúsculo al alba se refuerzan con porras y gas lacrimógeno, como ha dicho el politólogo australiano John Keane.

En medio de la pandemia he oído reflexiones que abonan esta idea de la solidaridad interesada, basada en el egoísmo y en la sobrevivencia, que juzgo legítima pero precaria, debilitada, sustentada en el acuerdo y en el mero cálculo.

En esa línea he oído a reputados filósofos como Fernando Savater hablar de su encierro en San Sebastián, llevar su cuarentena como un Séneca con anteojos entre meditaciones, libros y miradas nostálgicas del mar que tiene en frente. Todo hermoso, clínico, ascéptico, dentro del goce saturnal de su pensión académica. No habló en su disquisición de los que no están atrapados en ese exilio principesco, limpio, placentero entre el vino y los fiambres de primera calidad. No dijo nada de los que están sin empleo, de los que padecen hambre real y no metafórica, de las “otras” víctimas silenciosas de todo este desajuste que además de global es personal, humano, concreto. La solidaridad a la que se hace referencia es una solidaridad interesada, ajustada “a mi interés”, eminentemente egoísta: “te cuido para que me cuides”. La solidaridad más amplia, abundante, des-interesada, la “vieja”, “la anterior” libre de condicionamientos fallece frente a una solidaridad espoleada por el MIEDO.

Muchos libros leídos pueden alimentar el conocimiento pero también una suerte de ceguera o de cinismo.  Cada uno moldea la ética del covid- 19 de acuerdo a su situación personal, material y económica. Lo que proliferan son los discursos interesados que en nombre de la asepsia, de la profilaxis, de la preservación de la vida reivindican entre claros y oscuros, la ley del más fuerte.

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