Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

“La verdadera universidad son los libros”, es el epígrafe que está en la portada del libro “Quevedo: obras escogidas” de la Colección Los Clásicos de Grolier del libérrimo sabio colombiano Germán Arciniegas. “La verdadera universidad son los libros” fue una especie de relámpago o de revelación que llegó en momentos en que la vida me parecía un enredo, un acertijo oscuro que no tenía ni idea de cómo resolver.

Tenía 17 años y recorría la ciudad de Heredia sin saber muy bien qué hacer o a hacia dónde ir.

La ciudad me empezaba ya a cansar porque me sabía de memoria las calles y los edificios. Podía recorrerla con los ojos cerrados, doblar las esquinas, ver el lugar donde se realizaban las tradicionales tertulias: los mismos viejos hablando de fútbol, de política o comentando los últimos chismes que circulaban por la comarca. Era la Heredia de los 80 con mucho menos carros que ahora y menos gente. La Heredia donde todos nos conocíamos. Luego de andar sin rumbo fijo había llegado al Parque Central de Heredia involuntariamente. Fue la inercia la que me había llevado por ciertas calles o lugares conocidos, era la inercia o la innecesaria voluntad de imponerme un lugar de llegada, un destino, la que me había llevado al centro del parque de la ciudad.

Me ejercitaba en el oficio del flaneur, pero no lo sabía. No había leído lo necesario para saberlo.  Flaneur es una palabra que procede del francés y significa paseante, caminante y flanerie se refiere a vagabundear por las calles entregado a la sorpresa y al descubrimiento. En mi caso se cumplía a medias la definición: me gustaba caminar por las calles sin rumbo fijo pero me sabía de memoria cada grieta de los adoquines de las aceras de la ciudad, cada parque o plaza que existiera. Tiempo después supe que la palabra la había acuñado el filósofo judío Walter Benjamín a partir del análisis de la poesía de Charles Baudelaire, como experiencia de la vida urbana y moderna. Pero eso todavía no lo sabía. No había leído lo suficiente para saberlo. Me esperara un epígrafe desconocido en la portada de un libro que nunca había abierto de un sabio ignorado llamado Arciniegas, que cambiaría mi vida.

Decidí cruzar el parque en diagonal hasta el lugar donde se ubicaba la Biblioteca Pública de Heredia. Había estado ahí varias veces consultando libros para las tareas colegiales algunos años atrás. Siempre me cautivó el olor del piso de madera curada por las capas de cera que recibía a la semana y que había recibido durante mucho tiempo. Pero tenía meses o quizá años sin visitarla. Dicen que los encuentros importantes siempre se demoran el tiempo necesario. Hay algo misterioso en el titubeo, en la espera, en la tardanza que se oculta en los periodos anteriores al encuentro.

Me vi subir las gradas como si entrara por primera vez en aquel hermoso edificio que mantenía la frescura de los primeros años pero que también mostraba ya los signos de su deterioro.  Había sido diseñado por León Tessies en un 1888, un ingeniero francés que era el Director General de Obra Pública del Gobierno de Bernardo Soto Alfaro. El edificio primero albergó la Escuela de Varones y después la Escuela República Argentina. Tessies lo diseñó con holgura porque de muchas formas sabía que la educación requería de espacios iluminados donde fuera posible moverse, respirar y estudiar con libertad.  Traspasé la puerta de doble hoja de la biblioteca y la luz de las tres de la tarde de un mes de diciembre me dio la bienvenida.  Tuve una sensación distinta a otras veces en las que había estado allí. Las primeras veces que estuve allí era un niño de 12 o 13 años buscando material para las tareas de Estudios Sociales o Geografía del Colegio. Ahora era alguien entrando a la adultez sin respuestas claras y con muchas dudas acerca de la vida.

Era el mismo lugar donde había estado algunas veces pero no era el mismo.   El visitante era otro, yo era otro en busca de algo que la salida de la pubertad me dejó temblando en el portal de la mente y del espíritu. Los lugares cambian de significado si se les ve con otra mirada, pero esa otra mirada supone un nuevo estado de la mente y por qué no decirlo, del corazón. La potente luz de diciembre me recibió y una sensación de nostalgia me golpeó el pecho. Me dolía el tiempo que desperdicié no estando allí, en aquel espacio de enorme libertad y a la vez de sosiego. Siempre me ganaba un partido de futbol o la conversación alocada con los compañeros de colegio.

Recorrí el lugar como si nunca hubiese estado ahí. Heredia desde el segundo piso de la Biblioteca se veía distinta. Quizá más ordenada y ecuánime. Me agradaba el orden con que las bibliotecarias colocaban los libros en los anaqueles, su olor a madera perfecta, a cedro o pochote, cuya antigüedad se remontaba a los tiempos de la Escuela Normal de Costa Rica. Iba observando los temas: Literatura Hispanoamericana, Centroamericana, Historia Patria y Geografía, Ciencias, Artes Plásticas, Física y Química, Astronomía y Matemáticas, en medio de un silencio rotundo y absoluto que la directora de la Biblioteca y sus dos asistentes imponían con solo levantar la vista.

No sé por qué razón me devolví cinco pasos atrás a donde estaba un libro antiguo, entre caoba y rojo, pero limpio y oloroso como si hubiese sido impreso esa misma tarde. Arciniegas que para esa época tenía 80 años iba a colocar  sin saberlo  delante de mis ojos un relámpago inédito, un aluvión, una cascada de luz y aire nuevos: “La verdadera universidad son los libros”, decía el epígrafe de la portada del libro “Quevedo: páginas escogidas” de la Colección Los Clásicos de la Editorial Grolier cuyo autor era el ensayista colombiano y exquisito llamado Germán Arciniegas que vivía en algún lugar recóndito en su Bogotá natal.

El mensaje era claro:  en los libros se halla todo el conocimiento y la sabiduría que la humanidad pone a disposición de los seres humanos. Arciniegas me había dado el rumbo. Había abierto un sendero, una ruta, una grieta en donde aquella desazón que advertía mi alma con apenas 17 años de edad se aliviaba. El epígrafe me dio la clave. Me otorgó las razones que no pude hallar en las conversaciones con los amigos o en las caminatas por la ciudad de Heredia tratando de descifrar los motivos y las razones de la existencia que huían como pájaros invisibles.

Desde ahí mis libros han sido mi universidad, pero también mi compañía, mis presencias reales, mis compañeros de viaje de ida y de vuelta. Hay que tocarles el lomo, despertarlos de su descanso de luz y de polvo en el estante y abrir la primera página como quien conoce por vez primera el amor. El resto es vida, conocimiento y memoria.

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