Paul Benavides: Hablemos de la migración nicaragüense con claridad y sin prejuicios

0

Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor

Sobre el tema migratorio hay que decir algunas cosas.

Ya es el momento para tratar el tema de forma directa, amplia, desde todos los puntos de vista, sin miedos o complejos, porque lo que sucede en la frontera norte es un asunto de interés absolutamente nacional, no solo regional.

Regular responsablemente la migración nicaragüense no es xenofobia. Esto para aquellos costarricenses que en cuanto oyen la palabra «regular» detonan en ira y comienzan a ver al que se atreve a decirla como un enemigo.

Existe una tentación como existe en otros ámbitos y temas de la realidad nacional de convertir la migración nicaragüense en un tema de disputa que nos lleva directamente a la polarización ideológica. Alguien con el mínimo de sentido común sabe que polarizar en este tema es destapar los demonios del odio y del resentimiento, inflados por la ideología.

La mejor forma de alentar el odio al extranjero es colocarse en la intransigencia, por una parte, y en el error que surge de la intransigencia: creer que solo la visión de un grupo es la que cuenta.

Es hora superar posiciones inamovibles: la migración no es un objeto de investigación sociológica intocable y blindado, una suerte de artefacto académico propiedad de algunos, imposible de ser objeto de interpelación, de debate, de cuestionamiento y de racionalización desde una deliberación democrática.

Lo que sucede en la frontera norte viene teniendo un peso enorme en lo que sucede a lo interno del país por efecto de la movilidad de la población migrante y lo seguirá teniendo, indudablemente, en una combinación de factores positivos y negativos antiguos y nuevos que no pueden ignorarse. Patear la bola ya no se usa.

El miedo a morir de hambre y la necesidad de aprovechar el abaratamiento de la mano de obra por exceso de oferta encuentran su acople perfecto: la desgracia con la ventaja competitiva; seres humanos expulsados por un régimen fraticida con el deseo de la ganancia a cualquier costo sin importarle un bledo a quienes expolia.

Capitalismo mercantil de baja estofa, decimonónico, feo, Estado guardián de los intereses corporativos y típico de país subdesarrollado.  Nos podemos ir a penales con la India.

Todo esto sucede en el cantón de San Carlos, en los cantones de Los Chiles, Upala y Guatuso, también en los distritos de Sarapiquí, en Heredia, Río Cuarto en Grecia y San Ramón donde un conjunto de empresas contratan a destajo y sin regulaciones laborales y humanitarias de ningún tipo a oleadas de migrantes. Sin embargo indica el Gobierno que el 80% de las empresas ya se pusieron a derecho, lo cual será un hecho a investigar.

En la espesura de un tan tema complejo alumbra un pregunta: ¿Quién determina la política migratoria del país, si el orden jurídico costarricense o un conjunto de intereses económicos ubicados en una Zona Huetar Norte? La respuesta es evidente: un conjunto de empresas ubicadas en los lugares en donde el Covid – 19 presenta los mayores casos de contagio, según informó el Semanario Universidad.

Nadie con sensatez se opone a que el país desarrolle un sector exportador dinámico y potente, lo que es inaceptable es que vulneren los derechos laborales a que los obliga el Código de Trabajo.

Otra pregunta salta como una cascabel venenosa: ¿Y los inspectores laborales del Ministerio de Trabajo dónde han estado, qué han dicho y qué no han dicho? No decir, no hablar, no hacer nada es una forma de acción por omisión. Dice más de lo que oculta.

Es preciso distinguir al migrante como ser humano, de los procesos de contratación que lo ponen en territorio nacional, y de su estadía como operario u obrero en las comercializadoras de productos agrícolas en la Zona Huetar Norte o en cualquier ciudad del área metropolitana.

Durante todo este proceso existe una larga cadena de ilegalidades que van desde el funcionamiento del coyotaje cada vez más perverso y mafioso, el ingreso por los puntos ciegos de la frontera, la contratación de mano de obra a cualquier costo y la vida del migrante nicaragüense en pocilgas, en donde la dignidad humana tiende a desvanecerse o a no existir.

El Covid – 19 ha sacado a flote como se ha visto las zonas oscuras, los rincones malolientes de la casa, los déficits democráticos, el orden en el que se estructura y jerarquiza la desigualdad económica, social y laboral. Hace que la pobreza emerja y muestre su cara más deprimente, que la brecha tecnológica marque las asimetrías regionales extremas, en síntesis, los lugares donde el Estado de derecho tuerce el rabo y no llega, porque se vuelve sordo, ciego y mudo.

Tampoco oigo a las voces de las ONG´s que funcionan en el país, así como a  ACNUR o la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) pedir, exigir y reclamar con la misma beligerancia y enjundia con que lo hacen aquí en Costa Rica, al gobierno de Daniel Ortega el cumplimiento de los derechos humanos del pueblo nicaragüense.

Gobierno que incumple, como se sabe, todos los tratados y convenios de derechos humanos establecidos a nivel internacional, y que Costa Rica está obligado a cumplir inexorablemente.

Regular sensatamente la migración lo que procura es darle al migrante condición de ser humano, de prójimo, de otro que es igual en dignidad y también de ciertos derechos. La palabra prójimo me la enseñó mi madre y las clases de catecismo en la Parroquia de Heredia. Prójimo: “próximo», que hermosa palabra y que distante a veces de nuestros afectos.

La regulación migratoria ajustada a derecho procura darle al migrante estatus de ciudadano no nacional. Por el contrario, la desregulación de la migración espoleada por los actores económicos que les importa un bledo garantizar todos sus derechos, deprime al migrante, lo pauperiza impunemente desde el punto de vista social y económico y lo coloca en los márgenes de la sociedad. A partir de aquí el estigma social y geográfico se encarga de hacer su trabajo.

A partir de ahí el rechazo al migrante nicaragüense tiene un terreno fértil para crecer y arbolar todo un país.

La xenofobia ocurre en el terreno cultural y simbólico, cierto, pero se agudiza cuando se cruza con la variable pobreza.

Aquel costarricense que no paga salario mínimo al migrante sea por oficios domésticos o por servicios de jardinería contribuye a degradarlo, a vejarlo, a colocarlo en los márgenes precarios y empobrecidos de la sociedad. Ya hay leyes que los protegen, pero todo parece indicar que tales leyes son para unos, pero para cierto tipo de empresarios que contratan masivamente a migrantes nicaragüenses para la corta de caña, piña, café y empaque de productos de exportación no lo es.

 

El rechazo al extranjero, la xenofobia, el odio al migrante empobrecido encuentran su mejor aliado en la inmoral claudicación del Estado en su labor de controlar la migración bajo parámetros sensatos y racionales. Luego es tarde, ya cuando el odio al migrante tiene profundas raíces y un ramaje enorme.

Si le interesa recibir información diariamente:

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...