Paul Benavides: La plutodemocracia (I)

Pareto define a la clase ajena a la élite como el pueblo o la masa, que carecería de éxito social demostrado y a la que no le quedaría más remedio que obedecer a la élite.

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Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

El sociólogo Vilfredo Pareto en su Tratado General de Sociología (1916, Florencia)  postuló que las sociedades democráticas occidentales eran básicamente plutodemocracias, a fin de recordar el vínculo entre la clase política o élite y los cuadros dirigentes de la industria y las finanzas.

Pareto fue un pensador muy interesante. Había nacido en Francia (Paris, 1848) de padre italiano (perteneciente a la aristocracia genovesa) y madre francesa. Era además de sociólogo,  economista e ingeniero y produjo una obra que ha tenido influencias importantes en el análisis de la sociedad, la economía, la mercadotecnia y la política hasta el día de hoy.

Otros autores trataron el tema de las élites y la política. Por ejemplo “La teoría de las élites partidarias” de Lenin; el papel de los científicos sociales en la sociedad planificada de Mannheim, sin embargo es Pareto quien establece – con “ojo ingenieril” – una definición de la que es deudor el elitismo contemporáneo y todos los análisis que aborden el tema de las élites y el poder desde sus primeros planeamientos.

A Pareto le interesa el equilibrio y el orden social, está – por decirlo de alguna manera- en las antípodas de los planteamientos de Marx.  Tiene como interés filosófico que la sociedad encuentre un ajuste o acomodo ideal con el objetivo de que funcione, independientemente de si éste acomodo sea democrático o no.

En su obras “Tratado General de Sociología” y “Los sistemas Socialistas” el sociólogo explicaría los fundamentos de por qué un grupo relativamente pequeño de ciudadanos se colocaría en el vértice de la pirámide. El movimiento de la sociedad se  ordenaría de forma piramidal (peonza) y colocaría a las personas más exitosas en el vértice (en la punta, arriba) y a las menos exitosas en la base de la pirámide. Sería una suerte de ley o de proceso natural donde exista una sociedad democrática independientemente del grado de desarrollo que posea.

La forma jerárquica en que se organizaría la sociedad la dividiría en dos estamentos: 1) La capa inferior o clase ajena a la élite y el otro segmento, que el autor divide en dos partes: 2) La élite no gubernamental y la élite gubernamental.

Pareto define a la clase ajena a la élite como el pueblo o la masa, que carecería de éxito social demostrado y a la que no le quedaría más remedio que obedecer a la élite.

De acuerdo con el análisis de su pensamiento realizado por Raymond Aron, la definición de élite no gubernamental estaría conformada por individuos que han tenido éxito en su esfera particular y que han logrado alcanzar un escalón elevado de la jerarquía profesional. Pareto le asigna una calificación determinada de la misma forma en que se califica un examen.

Lo interesante es que la calificación para cada tipo de comportamiento es simple. El sociólogo no recurre a categorías morales o intelectuales sofisticadas, a rarezas metafísicas. Puntúa el éxito logrado por ese individuo. Por ejemplo, al timador hábil que engaña a la gente y que sabe esquivar los castigos del código penal, le atribuye un 8, un 9 o un 10, según el número de personas que ha logrado engañar y las cantidades que pudo quitarles.

Pareto incluye a todas las categorías de las actividades humanas, y no deja fuera siquiera a los poetas: a un buen poeta (Musset) le asigna un 8 o 9 y, a un mal poeta o versificador que hace que la gente huya lo calificará con un 0.

A quien aduras penas consigue no morirse de hambre, le dará un 1. A quien gana miles, le atribuye un 6. Al pobre y mezquino estafador que roba un tenedor al propietario de un restaurante y tras eso es atrapado por la policía, le da un 1. A quien gana millones, lo ha hecho bien o mal, le asignará un 10.

Dentro de esa particular distribución del mérito y el éxito, no vale la pena si la calificación se logró por medios correctos o incorrectos, morales o inmorales. El concepto estaría hecho para ser aplicado a la realidad y ser captado sin mayores problemas. La élite estaría formada por los que han obtenido buenas calificaciones en la competencia de la vida.

Pero el concepto que reviste una mayor importancia para Pareto es el de élite gobernante, a la que le asigna un papel protagónico en la lógica del poder y que define como aquel número reducido de individuos que forman parte del grupo de los que alcanzaron el éxito y que por tanto les toca ejercer funciones políticas y socialmente dirigentes.

Para Pareto las clases que deben de ejercer funciones de liderazgo político son también las más ricas, independientemente del método o la forma en que llegaron al vértice de la pirámide.

En toda sociedad hay una distribución desigual de los bienes o de riqueza, de prestigio, de poder y de los privilegios, lo cual es posible porque finalmente es un número muy pequeño (élite) el que gobierna a un gran número mediante dos tipos de medios: la fuerza y la astucia. La fuerza y la astucia es en realidad la alegoría de los leones y los zorros planteadas por Maquiavelo siglos atrás: la brutalidad de los felinos y la inteligencia astuta de los cánidos.

Las élites políticas – dice Pareto –  se dividirían entre esas dos familias, una de las cuales se enmarca dentro los leones, por su brutalidad y violencia, y la otra en la familias de los zorros, porque atiende a la sutileza y la astucia.

Sin embargo, el sociólogo italiano hace una observación muy aguda cuya actualidad podría probarse: en la medida que las élites se “humanizan”, ganan en “ilustración y tolerancia” pierden energía y valor, ponen en duda su poder y su posición hegemónica y por tanto crean las condiciones para ser sustituidas. Caso contrario sería que la deshumanización, la anti ilustración, la intolerancia y la violencia que demostrara la élite en el ejercicio del poder, sería la razón que garantizaría su estabilidad y su perpetuación.

La beligerancia con que las élites internacionales y vernáculas actúan a lo interno y fuera de los países, parece que confirma la afirmación paretiana.

La élite de Poder, la Superclase, la Clase Capitalista Transnacional y la “canibalización” de la democracia por un grupo.

Desde el planteamiento de Pareto, la teoría sociológica  – especialmente en  el mundo desarrollado – ha ensayado teorías, modelos, metodologías y perspectivas que han intentado describir y explicar el significado de este segmento de la sociedad que si bien pequeño, ejerce un peso enorme en la conducción de los asuntos políticos y de la economía. Se puede señalar el trabajo pionero del sociólogo norteamericano Charles Wright Mills en la “Élite del Poder”,  indica cómo luego de la Segunda Guerra Mundial se consolidó una triada de poder en los Estados Unidos conformado por gobernantes, militares y corporaciones en una estructura centralizada de poder movido por intereses de clase.

Trabajos más recientes han tratado de aclarar la naturaleza de las élites en un modelo económico marcado por la tecnología y el poder financiero. Se puede citar a modo de ejemplo la investigación de Leslie Sklair “The transnational Capitalist Class”  (2000) donde da cuenta de una nueva clase que surge en el declive del Estado-Nación, que comanda corporaciones transnacionales y que está compuesta por ejecutivos corporativos, burócratas y políticos globalizadores, profesionales y élites consumistas globalizadoras.

También el libro de David Rothkoff : “Superclass: The Global Power Elite and the World They are Making” donde el autor norteamericano sostiene que esta “superclase” esta formada por entre seis y siete mil personas, lo que equivale a un 0,0001% de la población mundial.

La sociedad sobre la que Pareto basó sus análisis ha cambiado de forma radical y consecuentemente los conceptos se han multiplicado para analizar el fenómeno de este grupo muy reducido pero con mucho poder: redes de propiedad, directorios cruzados, marañas corporativas, grupos de parentesco, accionistas intercorporativos (intercorporate shareholders) etc. Pero lo cierto es que el planteamiento de Pareto acerca de la existencia de una élite gubernamental con poder económico y su correlación con una plutodemocracia o democracia a la medida de los intereses, hoy en día puede ser demostrada.

Junto a la trazabilidad del papel de la élite gubernamental en un conjunto de medidas, leyes, decisiones de política económica, gasto público, modelos impositivos, los efectos a largo y mediano plazo sobre la democracia no son menores, aunque difíciles de notar por la coyuntura y la inmediatez.

El que una élite con mucho poder económico defina su agenda y la imponga como una agenda de interés nacional, tiene un conjunto de implicaciones éticas y morales negativas acerca del ejercicio del poder que deben ser debatidas.

Pareto, a pesar suyo, parece servir de modelo de conducta a las élites que más que a la astucia (el zorro) optaron por la alternativa de la fuerza y la violencia (leones)  a lo interno y a lo externo de los Estados-Nación.

Señalo algunas conclusiones que se derivan del planteamiento de Pareto acerca de las élites como clase con derecho a gobernar:

El éxito económico (la acumulación de riqueza) sin importar la forma en que se haya logrado (justa o injusta, legal o ilegal, moral o inmoral) es la puerta de entrada al poder político. El que ha amasado una fortuna – no importa cómo – le corresponde por derecho propio ejercicio del poder. En esa tónica Donald Trump estaba conminado a ser Presidente de los Estados Unidos.

Esta élite gubernamental puede recurrir a la estrategia que considere oportuna, de acuerdo al dictum maquiavélico: unas veces a la astucia, que sería sutil y benevolente ( el zorro) y otras a la violencia y a la fuerza, a “golpear la mesa” e imponer sus intereses (el león).

La democracia estorba y la política que recurre a la concertación y al conjunto de las opiniones y de los criterios de los ciudadanos es una pérdida de tiempo. La política democrática es un retraso de los procesos que deben ser resueltos por los que saben generar riqueza.

La élite política establece una identidad entre sus intereses y los intereses nacionales, que esta denomina “lo que al país le conviene”. Todo lo que quede fuera de sus intereses o planes no le interesa, porque perjudicaría la “agenda nacional”.

El sentido de un “nosotros” que hace referencia a una idea de Nación, es decir a la totalidad de la ciudadanía, es sustituido por una solidaridad de clase, que distingue entre el nosotros (la élite) y “ellos” ( el pueblo o masa) que no pertenecería a la élite.

Tal visión de las cosas tiene un efecto directo sobre la importancia de la democracia como forma de organización, esa que garantiza ciertos valores mínimos como la distribución equilibrada de los bienes que producen la riqueza, su no concentración excesiva en un solo grupo que impida la polarización social y económica. Asimismo, la continuidad del papel de la representación política como expresión de la voluntad general (ciertamente con mucho de ficción) y no como expresión de una élite económica mega rica.

En esa estructura de poder democrático piramidal (plutodemocracia) y sobre el acceso al poder fundamentado en la riqueza, se instituyen una serie de mecanismos que garantizan la reproducción y la permanencia de la élite. Por ejemplo como lo han demostrado algunos estudios realizados en América Latina, la importancia de  las redes de parentesco y de familia, que van formando una maraña de intereses corporativos, asociadas en distintas empresas y negocios mediante capital accionario, que incluye desde la banca a las áreas estratégicas de un Estado.

En este modelo político, una élite gobierna y una masa obedece y enfila el funcionamiento del Estado-Nación, las fuerzas del orden, la legalidad y la estructura productiva en función de sus propios intereses.

Sostenía Pareto que las élites políticas no son homogéneas ni puede hablarse de ellas como si fuera una sola entidad o  bloque, lo cual es cierto. Pero ha sido evidente que la globalización ha reforzado su identidad de clase, ha unificado su proyecto político en uno solo.

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