Paul Benavides: Matar a un ruiseñor

0

Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

El trato que una sociedad da a los animales sean estos domésticos, de trabajo o silvestres da una medida exacta del nivel salvajismo de la especie humana. Ningún animal agrede si no es agredido. Ningún perro muerde si primero no se activa en él el instinto que lo preserva de la muerte o del riesgo. Muerde por él o por la mano que lo alimenta.

Se puede matar a un animal de distintas formas: por inanición, por descuido, por odio y por salvajismo. También y para ser justos y honestos, los mataderos o “rastros” -les decían hace décadas- de animales para el consumo humano, son lugares donde el sufrimiento animal se respira y siente. ¿Qué hacer con los mataderos? ¿Seguiremos matando animales para continuar vivos nosotros? Es un dilema ético que sigue puesto sobre mesa y la solución sería clausurarlos para finiquitar el dilema.

De niño asistí a la muerte de un cerdo en la Heredia de los setentas. Aún persistían las ancestrales costumbres para liquidar a un animal que practicaban los abuelos. El cerdo sabía que lo iban a matar. No dejaba de chillar. Le amarraban las cuatro patas y luego le soltaban un mazazo en la cabeza, luego le soltaban uno y otro hasta tres mazazos seguidos porque no era fácil liquidarlo solo con uno. Era un espectáculo violento y sanguinario pero era normal porque antecedía a la Navidad.

Con 13 años maté un pájaro con una flecha de mata de café de doble liga potentísima. Era una regla en la niñez de aquellos años ejercitarse en el oficio de cazar lo que se moviera. Luego del flechazo quedaron unas pocas plumas flotando en el aire como señal de victoria, y unos pasos más adelante el cuerpo reventado de una “viuda”. Un trabajador de uno de los beneficios de café que pasaba por ahí me socolloneó el brazo y me reprimió: ¿Qué le estaba haciendo a usted ese pájaro, para qué lo mató? Le voy a soltar un flechazo en la panza para que sienta ¿Le doy? Me dijo y de inmediato solté la flecha que cayó al suelo. Antes de irse el hombre juntó la flecha, me la dio y me dijo: mejor dele a las botellas de vidrio. Las palabras de aquel hombre sencillo de origen campesino me paralizaron, pero fundamentalmente me dieron una lección ética: no mate a un ser indefenso. No se ensañe con el inocente.

Recuerdo esas palabras siempre que veo animales descuidados, entrenados para luchas en el caso de gallos y de perros, cada vez que veo los irracionales ensañamientos con aves o animales silvestres de los bosques costarricenses, cada vez que me entero de mascotas vejadas y puestas a morir de hambre por sus propios dueños.

¿Qué hay en esa gente que los lleva a agredir a los animales indefensos? No creo en la respuesta simple de la locura como explicación en estos casos. No me convence porque en el fondo de todo ser humano existe la posibilidad de distinguir, en medio de la bruma de la droga, de la insania o de la ambición, la posibilidad moral de hacer el bien o de causar el mal.

De manera que causar dolor, dañar sin causa, destruir por placer, es el tema de fondo aquí cuando se agrede y se mata a un animal sin causa alguna.

Desde Auschwitz a la caza de elefantes en África. El tema no es a quién se daña sino el origen del acto. Esta afirmación hace innecesaria la comparación entre si es peor matar a un ser humano que a un animal. Tal forma de razonar es absurda.

Lo que golpea, enfurece, entristece e indigna es ensañarse con el indefenso. Es hacer de la «debilidad indefensa» el flanco por donde el acto salvaje se concreta.

Un niño, un animal, un anciano, son ejemplos de indefensión absoluta. El que tiene un animal en la casa sabe que está frente a un ser inocente y débil, a expensas de la voluntad externa. Lo mismo si tiene un niño o un anciano.

Un animal humaniza al ser humano, lo obliga a salirse del logos y colocarse en el estado de naturaleza. Ubica a la persona en el extremo de sus valores y atributos. Lo animaliza para ser más humano, curiosamente. Lo devuelve a un estado primigenio donde es posible comprender a nuestros hermanos menores, como les llamaba San Francisco de Asís a los animales a los que consideraba un regalo de la Creación.

Frente a la incondicionalidad de un animal, cualquiera que sea, solo cabe el amor absoluto: esa es la lección de “il pazzo di dio” (el loco de dios) como se hacía llamar San Francisco. El lenguaje para hablar con un loro o un perro es otro. Las palabras cambian. Inventamos un lenguaje nuevo. Nos colocamos en su lugar. Somos sus iguales.

Las sociedades evolucionadas saben que la dignidad de un animal dignifica al ser humano y el daño sobre un animal informa sobre su nivel de orfandad y de maldad.

Matar a un ruiseñor – como el título de la novela de Harper Lee – a un colibrí, a un gato o un perro por placer es haber perdido nuestra conexión con la evolución, la naturaleza y con la sociedad.

Metáfora de la inocencia manchada por un acto que es a todas luces cobarde y miserable.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...