Paul Benavides: Saber defenderse en tiempos oscuros

Perdonar o no perdonar, a un agresor es, a fin de cuentas, una decisión moral e íntima, privadísima, cuya pertinencia es solo de aquel que recibe la ofensa.

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Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

Alguna vez una hermana me defendió de un tipo mayor que intentó agredirme.

Un patadón en los testículos y el tipejo huyó a lo pendejo. Pendejo: palabra horrible a la que yo huía y todavía le huyo (no superada aún del todo).

En los barrios antiguos, en donde todas las clases sociales se fundían en aquel bricolaje ecléctico, donde hijos de maestros nos fundíamos con hijos de comerciantes, de choferes, de panaderos (mis abuelos), de obreros, de mecánicos, de abogados, la honestidad y la solidaridad no reñía con la necesidad de saber y tener que defenderse de alguien si era necesario.

Digo defenderse, no atacar. Responder a la agresión. No andar agrediendo. Siempre existirán agresores, criminales, sicópatas, matones vestidos de frac o en chancletas, escolarizados o desescolarizados: el bicho humano lleva dentro de sí la eterna y binaria pugna entre el bien y el mal. Desmontar o erradicar la inclinación por el odio y la maldad es el sueño del cristianismo desde hace más de 2000 años, que no acaba de resolver con éxito absoluto. Y nunca lo resolverá.

Resulta irreal y peligroso creer que la prédica de la bondad por sí misma cambie al perverso, al asesino o al agresor natural. Hay pliegues internos, ranuras en el alma del ser humano, donde la luz de la bondad o ni siquiera Dios, en su absoluta omnipotencia, penetran.

No entender que la maldad es real y que obviándola es como la bondad se impone, es un trágico y absoluto error. No vivimos en un pueblo de demonios ( como lo decía Kant) pero tampoco en uno de puros ángeles. Convivimos buenos y malos, juntos, todo mezclado, y es esa la lección ética (POR REALISTA) más importante que unos padres le pueden dar al hijo o hija, cada vez que sale a la calle.

Aprender a defenderse no es una égloga, una alabanza al «patrialcalismo machista» que anima la violencia social. Que una mujer o un hombre sepan resolver con éxito una situación en donde está en riesgo su vida, es infinitamente superior desde todo punto de vista, a que no sepan defenderse y lo paguen con su vida.

Y algunos me dirán ¿ Y la policía? ¿Y la justicia? ¿No están hechas para proteger al indefenso? Si, pero la realidad ocupa de nuevo la primacía: su sola existencia no acaba con la maldad diaria y cotidiana.

El acto del perdón – maravilloso, si – supone un derecho anterior: la primacía de la vida humana ( bien supremo ) por encima de cualquier otra cosa. Perdonar o no perdonar, a un agresor es, a fin de cuentas, una decisión moral e íntima, privadísima, cuya pertinencia es solo de aquel que recibe la ofensa.

Qué alguien no perdone al agresor, no tiene consecuencias más allá de su propia conciencia.

 

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