Pavarotti

No creo que sea muy atrevido afirmar que la muerte de Pavarotti le gana su tiquete a la eternidad, desde ahora mismo y sin condiciones, y que de ese tránsito somos testigos todos los seres humanos que tuvimos simultáneamente la dicha de su vida y el dolor de su muerte.

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Chronicwriter

Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

“¡Cuánto mundo en una sola voz y cuánta voz para un solo mundo!” Su figura, que vacila en cada paso como marea ondulante, la cadencia del peso y de los años, caminando hasta el centro del escenario apenas iluminado. La orquesta, que empieza a tocar pianissimo, como preludio, o premonición, de la sed de belleza que pronto estará satisfecha. El auditorio, repleto de personas y de silencios. Asomado a la ventana de la secreta alcoba de la armonía. Yo, en medio del público, en medio del milagro. Atrapado voluntariamente en el acto de transformar para siempre la forma en que entendía la música.

Entonces Pavarotti cantó. Abrió la boca y liberó los pájaros, las noches, los sables, las lágrimas, el perfume, las mujeres, las flores, los funerales, la niebla, los niños, los tesoros, la luz, los prados: ¡cuánto mundo en una sola voz y cuánta voz para un solo mundo!

Esa noche, mientras el aire temblaba, y con él todos nosotros, Pavarotti reinventó Tosca frente a un Metropolitan abarrotado, que sirvió como testigo, o acaso como cómplice, de su magia inescrutable.

Este recuerdo me acecha desde el momento en que supe de su muerte. Me acecha en medio de un barullo de memorias, que inician en el despacho de mi papá en San Francisco de Heredia, cuando de joven me escabullía ahí para escuchar su colección de ópera, en discos de 68 revoluciones. Así trabé amistad con Gigli, con Bjorling, con di Stefano, con Corelli y con Caruso. Así fui conociendo los laberintos por los que me guiaban Verdi, Puccini, Donizetti y Rossini. Así aprendí a vivir la vida de todos los días, con la música de todos los siglos.

No sabía, entonces, que alguien habría de tener la oportunidad escalar más alto que estos genios de la lírica. No sabía que Pavarotti llegaría, como alpinista de las notas, a conquistar la cima de las arias cuya bandera era ya indiscutible. Pero su voz se apropió poco a poco de muchas de ellas. Al final de su carrera, Nessun Dorma era suya, E lucevan le stelle era suya, Una furtiva lagrima era suya, La donna è mobile era suya, Che gelida manina era suya, Celeste Aida era suya. Cada una de estas arias debe izar hoy a media asta su bandera, porque su legítimo conquistador nos ha abandonado.

Las naciones, las civilizaciones y hasta las generaciones, tienen a menudo la propensión a sentirse las únicas privilegiadas con acontecimientos excepcionales e irrepetibles. Todas claman ser el máximo exponente de una tendencia, la mayor manifestación de una verdad, la más depurada forma de una cultura, la última estación de un movimiento. Por esta razón, cada generación construye sus héroes y defiende su derecho a ubicarlos en los anales de la historia. Como es bien sabido, es el tiempo el que decide quiénes merecerán verdaderamente esta distinción. No creo que sea muy atrevido afirmar que, en materia de lírica, quienes habitamos de la segunda mitad del siglo XX fuimos verdaderamente privilegiados. No creo que sea muy atrevido afirmar que la muerte de Pavarotti le gana su tiquete a la eternidad, desde ahora mismo y sin condiciones, y que de ese tránsito somos testigos todos los seres humanos que tuvimos simultáneamente la dicha de su vida y el dolor de su muerte.

Con la nostalgia que sólo él sabría cantarnos, hoy empezamos a extrañarlo. Y es probable que esta nostalgia nos dure meses, años, o tal vez incluso mucho más. Es probable que nunca lleguemos a superarlo, lo cual constituye una bien merecida deferencia. La mayor cortesía que podemos extenderle, sin embargo, es nunca dejar de escucharlo. Como mecanismo para robárselo a la muerte, pero también para ganar nuestra vida, pues, como afirma la canción, “si se calla el cantor, calla la vida, porque la vida, la vida misma es todo un canto”.

Que no se calle este cantor, que no se apague su voz, que no se extinga su espíritu, que de Dios goce Pavarotti, y que Dios goce de él tanto como gozamos nosotros.

 

Óscar Arias Sánchez
Abogado y politólogo, Presidente de Costa Rica en los períodos de 1986-1990 y 2006-2010.
Premio Nobel de la Paz en 1987.

 

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