Pedirle peras al olmo

"Si hasta la naturaleza se impone, lucharemos contra ella y la venceremos". Simón Bolívar.

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Rodrigo Madrigal Montealegre.

«Si hasta la naturaleza se impone, lucharemos contra ella y la venceremos». Simón Bolívar.

En el momento mismo en que toda América Latina conmemora la gloriosa batalla de Ayacucho, símbolo de la dignidad y la emancipación, cabe pensar cómo se estremecería de pena el noble Libertador al constatar, cómo, aún ciento cincuenta años después, se permite que se profane y se someta a subasta la tierra que él tanto amó.

Si él viviera y se le hubiera solicitado que expulsara a todo el bucanero que ensucia con su presencia nuestro suelo, no hubiera vacilado un instante.

Pero quienes hicieron una petición semejante recientemente en nuestro país olvidaron tal vez que la luz de ese ejemplo ya se ha ido extinguiendo y decididamente, al tocar, se equivocaron de puerta.

La sabiduría popular nos ha heredado un cúmulo de proverbios y refranes que siempre resulta útil observar; uno de ellos es que, por cortesía, no se menciona la soga en la casa del ahorcado; otro es que por una ley de la botánica, no se le piden peras al olmo; aún otro, que todos tenemos en mente pero que nadie menciona, por respeto sin duda a una elevada investidura, es que quien paga la orquesta, manda en la fiesta.

Se cuenta que un pobre abate que había caído en desgracia ante el poderoso cardenal Fleury, ministro de un rey de Francia, fue solícito a pedirle un favor; la respuesta tajante fue: «Mientras yo viva, no lo conseguirás» a Io que el humilde abate, armándose de paciencia replicó; «En ese caso, esperaré, Eminencia, esperaré …”

Los molinos de Dios mueden despacio y este tipo de lucha no se resuelve en el combate de un día, cuando hay convicción y buena fe; el noble Libertador se llevó toda una vida en su sublime empeño; dejar caer el arma o retroceder es lo mismo que claudicar y sucumbir; si al llamar se recibió un portazo, en otras puertas abrirán; después de todo Roma no se construyó en un día y como proclamó un buen día aquel gran patriota y estadista francés, que tanto hizo por liberar a su patria de la invasión profanadora; cuando en una noche oscura y triste todo parecía perdido: «Se ha perdido una batalla, pero no la guerra».

«Delanda est Cathago»; con ese lema obsesivo, repetido una y mil veces ante el Senado y el pueblo romano, un solo hombre, el patriota Catón, logró movilizar a todo un imperio y así rescatar a Roma de su suerte. Si alguien nos menciona a su tipo ideal – sancta simplicitas – de emigrante, nosotros, aunque esté un poquito pasado de moda desde luego, sugerimos a un tipo ideal de gobernante: Arístides, el incorruptible estadista ateniense que selló – no el de otro – sino su propio destierro en la concha de aquel pobre analfabeto que, sin saber de quien se trataba, le pidió al mismo Arístides que así lo hiciera en su nombre a la hora de someter a votación el ostracismo del gran hombre.

Se necesitan hombres como este cuando por el mundo andan unos prófugos comprando patrias y que saben tan bien como Shylock, el usurero del Mercader de Venecia, que por tantos ducados concedidos en préstamo se ha de exigir como garantía una libra de carne del deudor, a la hora de hacer el trato.

Quienes se han entregado al encomiable empeño de no enajenar la patria en una sórdida subasta, no deben ceder en su propósito; una legión de ciudadanos estaremos siempre a su lado, por cada Shylock hay mil Arístides en nuestro suelo; y es de esperar que quienes se cruzan de brazos, por negligencia, apatía o complicidad, no tengan que llorar como mujeres lo que no supieron defender como hombres.

Rodrigo Madrigal Montealegre
Académico, Politólogo, Ex Viceministro de Cultura.

La Nación, mayo de 1974
Publicado en Reflexiones Políticas

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