Poemas  del libro Oficio de Ciegos

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Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

Poemas  del libro Oficio de Ciegos (Editorial Arboleda 2014)

Oficio de ciegos, es un libro de las interrogantes. El poeta desde la primera hasta la última página se pregunta acerca de: la vida, su razón de ser y sobre el destino del hombre. Pero, ante todo el poeta se cuestiona si es válido el oficio de ser poeta, de ser artista.

Oficio de ciegos es una dualidad constante en las tres secciones. El escritor interroga y se interroga acerca de la existencia y del ser y, va de lo general a lo particular. Es decir, en el primer acápite La HORA DE TODOS, el poeta se manifiesta como un poeta juglaresco, vaticinador del futuro no muy lejano.

En esta primera sección extrapola su “Yo” lírico y subjetivo en un “Yo” de todos. Y ya en el primer poema del libro titulado PATRIA nos abre el canto con un sentimiento de nuestro devenir histórico.

 

La Patria

 

La Patria es el hacha que partió en dos el silencio,

cuando solo éramos la conjetura de los días.

 

La patria es la rabia felina del soldado en Santa Rosa

que hundió la espada hasta el futuro,

que rasgó la piel de los nietos.

 

La Patria es la sangre de Juan Rafael Mora,

esa mancha en la arena del tiempo,

que no termina de secarse en Puntarenas.

 

La patria es la hoja que agita el viento de la tarde

y la sonrisa del niño que afirma

la geografía del futuro.

 

La patria no son las banderas que obligan a doblar

los edictos que derogan el azar y los sueños

y dejan solo un puño de ceniza en la solapa.

 

La patria no es la historia quieta en el estante

bajo el polvo de los días,

sino una íntima verdad que palpita en la sangre.

 

La patria no es el bronce de los héroes

con caca de paloma en algún parque.

O el odioso olvido que se impone como peste.

 

La patria es eso que quieren negarme

y que yo simplemente afirmo:

el derecho de respirar el aire, libre,

viendo el alto sol de la mañana.

 

 

Breviario de campaña electoral

(Versión propia sobre un libro auténtico)

 

No se te ocurra decir la verdad.

Escóndela dentro del sombrero de un mago.

Sabrás que vale tanto como la mentira.

 

Asegúrate el favor de los poderosos,

de ellos es el reino oscuro y turbio de los hombres.

 

Acuérdate que en la noche del huerto

el fruto del bien y del mal se confunden:

son lo mismo.

 

De cara al pueblo habla mal de los ricos,

y en la casa de los ricos bebe de su vino

y come de su mesa.

 

Escupe sobre el rostro del pueblo,

serás recompensado por la sensatez

que vieren en tu rostro.

 

Híncate, no guardes reparos en declamar odas a los Patricios.

 

Oye la voz del asesino, en su tono está el futuro del reino.

 

Piensa que detrás del amigo hay un esclavo

y que cada favor se tasa en oro.

 

Llena de favores a los estamentos.

 

Busca en los tribunos de la plebe su punto ciego,

que cada cual tiene un precio.

Cómpralos con el pulgar de oro

hallado en las ruinas de Tebas.

Y tendrás su lengua y toda su progenie.

 

Graves son los errores de no adular

al pueblo a tiempo.

No lo corrompe quien engaña su alma,

acuérdate que es como la de un niño iluso.

Brinca, baila, danza frente a él,

un payaso puede más que cien pretores o tantos césares.

Y luego mantenlo a raya,

mándalo a la guerra,

borra su memoria,

que olvide para siempre

el contorno fugaz de tu rostro.

 

 

Yo el Supremo

 

Siendo el juez

principal de tus culpas,

el todopoderoso señor del aire,

cierra las puertas del corazón,

para que del piadoso

solo quede la ceniza;

deja que el látigo

dicte las resoluciones del día,

y no haya más fe que esta ceguera,

ni más auspicio que un jardín cultivado de púas.

Ha llegado el tiempo –El Tiempo– sumario.

De nada servirán los papeles sellados,

los salvoconductos envueltos

en gasa malva;

solo se oirá el sonido de la cicuta arder

en la lengua de Sócrates,

porque de nada sirvió la verdad

en la boca del sabio,

si tocó el vientre enfermo del tirano;

deja –es preciso– que la mano,

como la mano de dios hiera.

Anda, oye mis razones

que los ciegos reciban su cuota de oscuridad,

y que los mansos hereden

la cruel luz del destierro;

cierra los brazos para siempre

y a los heridos

levántalos,

para que sepan

que soy yo ahora,

su propio rostro.

 

 

Awekening

 

El que un día derribó las paredes de la casa

y los cercos de sus huertos,

y entre las coordenadas de la muerte

dio el paso al frente.

El que repartió lo que tenía: el pan, el fuego, la casa, su mujer

y calentó sus manos con lo que quedaba del verano.

El que vio directo a los ojos del asesino

para que de él quedara la llama ardiendo

en la noche eterna de la pupila.

El que un día llegó sin ser visto

y se declaró extranjero siendo el mismo.

El que un día frotó la mano en la frente del hijo,

y dejó su calor como única herencia.

Él partió ya de entre los muertos

a la ciudad de los vivos.

 

 

Política

 

Aquellos que un día llegaron

y edificaron sus moradas

en las afueras de Palacio,

están allá, detrás del aire sin paredes.

 

Aquellos que trocaron su arado

por la suerte de la patria

con un dolor secreto de aguardiente

y fatigados entre sombras.

 

Aquellos que una vez desistieron

de la paz de su parcela,

aguardan a que una voz que les diga

gracias por tranzar al hijo por la muerte,

por poner el amor en cada herida.

 

Una voz de niebla habla

en la oquedad de un

palacio abandonado.

 

 

La hora de todos

 

Nos hablan de la risa en el rostro febril de un niño esquivo,

hablan de frente y sin parar los pingüinos de ala ancha

y canto de sirena,

de aquel esfuerzo de animal escarmentado

para guardar debajo de la almohada el diente y esperar

en el sueño la dádiva fogosa del ratón.

 

Y todo lo demás en la cornisa de un viento de papel en fuga,

mientras pasan los enamorados del gesto del payaso

para gastar en el aplauso las palmas, de pie, solemnes,

en un rugido que trepa por la garganta

y llega al ojo vocinglero,

y el mugido de un ejército de incondicionales.

 

¿En dónde el viento dejó huérfano el aullido,

hizo de la daga una pluma informe,

insuficiente para degollar o degollarnos?

 

 

Días azules

 

Ya no hay días que esperen

a la vuelta de la esquina,

con alguna verdad plasmada

en la pared blanca del edificio.

Ninguna palabra en letra roja o azul

que golpee como un boomerang,

a este sueño americano y tropical,

de vidrio blindado a cualquier rayo de sol

y a las risas de los niños,

que se oyen desde alguna

zona pública, como pájaros perdidos

entre juegos y columpios oxidados.

 

A ellos les digo que huyan,

antes que los toque indecente la mentira.

Que se espanten a la luna,

antes que los condenen a otros

cien años de miseria,

porque el día existe como existe

el odio y el cielo,

un verano cómplice entre una nube gris.

 

Quizá en algún momento escriban

palabras azules en los muros blancos.

Palabras, consignas, nombres perdidos

pintados con tinta roja en la paredes.

 

 

Francisco Amiguetti

 

Niño viejo de cabeza romana

traza una línea de fuego

que viene de su mano a mi ojo,

y fija el crepúsculo, el lábil mineral de la tarde,

la provincia que duerme entre adobes

y el polvo lunar de los caminos.

 

Animal vivo, sabio de luz renacentista,

o le es ajena el hambre de los parques,

el frío de Buenos Aires sobre la carne del árbol,

la nostalgia de la palabra vernácula en Nuevo México

donde el cobre rojo del otoño,

le quema la pupila.

 

Niño nostálgico y herido por el aire,

graba la memoria de los troncos con su mano

y oye el canto de los negros

en las riberas del Misisipi

mientras la música le recuerda a Liliam Edwards,

la hija del pastor metodista

que le hablaba de dios.

 

Niño amoroso de cabeza romana

observa, sueña, se emborracha

y frente al farol noctámbulo de la calle

traza una patria pobre de camisa blanca,

de guarias densas, de estrellas inmóviles,

de pájaros gravitando en la cromoxilografía

en un cielo limpio de aluminio.

 

Niño de rostro iluso y cabeza romana,

la muerte me ganó el abrazo.

Pero estás en cada pájaro en cada tapia en cada lirio

en cada perro que ladra en la noche galáctica

en cada carreta invisible

que cruza el territorio del sueño.

 

 

El ocaso de los dioses

 

En la patria de los incautos se ha firmado

un pacto con letra muerta.

Sobre la piedra está el musgo verde,

la baba gris, el insecto, el país húmedo,

vegetal e incrédulo.

Alerta como las avispas.

Y esta amena charla sobre los puentes

que no soportan la duermevela

de una mariposa,

ni el simple roce de los pies de un suicida.

¿Dónde están todos, en qué cuartos de recibo,

en qué parada de bus,

en qué noche se sumergen?

Sí, no hay dioses en la ciudad.

Todos se han ido a toser a otra parte,

a dormir su siesta.

No hay dioses en la ciudad.

Jugaron con la suerte y perdieron

cómplices de su desgracia.

Y nos dejaron las boronas.

En los parques, en las plazas, en las mesas,

la gente desayuna las boronas

que dejaron

los dioses en su huida.

Y así nos quedamos quietos, elegantes,

distinguidos con el traje roído

de otros días.

Los dioses se han ido de la ciudad

porque así son.

A los primeros síntomas del hambre

se van a otra parte.

Y dejan los campos de arroz

y trigo desolados.

 

 

Niños en la calle

 

Los niños juegan en el parque

y solo tienen sus pies para seguir jugando.

 

Están solos en el universo, ríen y juegan.

Solos en el universo,

y llevan con simétrica cautela,

su silencio,

su muerte audaz.

 

Como los peces del estanque.

 

¡Ah, los niños de la calle!

Son ya viejos de oír las mismas cosas,

y los que las dicen con piel de lobo

y saben ladrar en un mitin.

 

En oficios plebeyos,

repartidos en plazas,

y calles aledañas.

Crecidos.

 

Hacen por la noche,

los ruidos más sagrados,

amándose en los parques,

en secreto,

en un rincón pequeño,

donde su alter ego

se mezcla

con las sombras.

 

Para desescamar la ternura.

Niños ciegos, transparentes, evanescentes.

Como los peces del estanque.

 

Sueño patrio (Panfleto II)

 

Hay que aplaudirles el milagro del pan,

de los peces, de las piedras,

y admitir la orgiástica palabrería

del que despeña

los últimos fulgores de la patria;

y aplaudirles

que amordacen al pájaro

a la medida de su miedo,

y marquen el territorio por donde pasten

sus rebaños de fieles sin oídos.

 

Que nadie les

niegue su milagro,

que nadie

revele su anatema,

que la patria ya no es el riachuelo,

el río,

este trozo de cielo

y agua,

sino el silencio extendido

como una mancha,

izado como una bandera,

celebrado como una gesta

de palabras escanciadas

como el vino malo

de las tabernas.

 

A nadie, salvo a sí mismos,

matarán,

a su sombra doble que corre

tras ellos equivocada,

sin saber cómo

detener el salto

hacia el abismo;

que nadie abra el pecho y exhiba

a la vista de todos,

su cuota de desconsuelo,

de rabia,

ni la infelicidad en la cena;

bien llegará la hora de dormir

el sueño de los justos,

según lo mandan los fantasmas

tras bambalinas,

los que mueven el círculo de la alegría,

lo que ponen una flor negra

en el corazón del día.

 

 

Metafísica de Heberto Padilla

 

Nos fue dado el tiempo de la abundancia,

y nos comimos el cerdo y no le dimos a nadie.

Nos fue dado el tiempo del decoro,

y huimos acobardados a escondernos detrás

de unos niños en el parque.

Nos fue dado el tiempo del amor,

y acuartelados dentro de la propia piel,

expulsamos al otro y luego oímos los disparos

reventar sobre su cuerpo.

Nos fue dado el tiempo de la reconciliación,

y en el primer decreto acusamos

al hermano dormido a nuestro lado.

Nos fue dado el tiempo del perdón,

y pedimos disculpas

por dejar morir a la mujer

flaca y sin nadie.

Nos fue dado el tiempo de la verdad,

y seguimos repitiendo las consignas,

como cacatúas amaestradas,

para después escapar con los ojos cerrados,

por la ruta del miedo.

 

 

En el país de la risa

 

En el país de la risa no es fácil,

un gramo de desgracia o de llanto,

que desacredite la orgía de la felicidad,

para mostrar a la hora del té,

o llevarla en la solapa,

como un lirio blanco y nuevo.

Habrá que sostenerse el abdomen,

para evitar que una carcajada

pringue la cadencia del día,

deshaga la algarabía de este paraíso,

donde los niños encienden

una vela todos los días,

para que la risa no se vaya de su boca.

 

En el país de la risa todos ríen a destajo

y hasta los peces y los gatos,

y los asesinos y los ahogados,

ríen con la boca amoratada,

como última voluntad

todos morirán de la risa,

y un taladro más negro que el hambre

les arrebatará su ración de cielo

y tiempo.

 

Que nadie detenga la risa,

la bandera que ondea en el cielo despejado,

el ciclo perfecto de la muerte,

con su doble forro como el sombrero de un mago;

que nadie detenga la risa,

mañana será otro día y otro día junto a otro

acumulándose ciegos,

para reír la risa más dulce y más amarga,

que se disfraza de rosa negra

de manzana podrida,

en estos días tan equivocados,

donde un relámpago

parte en dos el verano,

que se ahoga en su propia luz.

 

 

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Paul Benavides Vílchez, es Sociólogo y escritor. Profesor en la UNA y asesor parlamentario. Tiene escrita la novela “Los Papeles amarillos de Chantal» ( en prensa), “Entre Senos y Reptiles” ( Poesía inédita), «Duelos Desiguales» (2012, EUNED), «Oficio de Ciegos» ( Arboleda, 2014) «Apuntes para un Náufrago» (2018, Letra Maya) y «Áspera Noche» ( 2019, Letra Maya).

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