Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

La Revista presenta algunos textos del poeta Alex Roalva (San José, 1981). Roalva ingresa al mundo de la poesía desde muy joven, participa en talleres y actividades formativas en el campo de la literatura, en específico de la poesía. Como tantos otros poetas de su generación, se integra al Taller que dirige Julieta Dobles y Laureano Albán, al lado de otros poetas jóvenes que hacían sus primeras armas en el mundo de la creación poética.

Alex Roalva tocado por el ánimo pedagógico funda en el Tejar del Guarco, Provincia de Cartago, el Taller denominado Los hijos del Barro, compuesto por muchachos muy jóvenes excluidos, algunos de ellos, del sistema formal de educación.  Ha publicado tres libros Andamios de Confesión (2010), Analogía del Abismo (2018) y Poemas contra la Umbra (2019). Sus textos han sido leídos en Argentina, Chile, Panamá, Colombia, Honduras, El Salvador y España.

Roalva es un poeta que no se queda en la superficie. Trata de hacer el viaje hacia lo hondo del ser y recalar en las dudas que franquean el territorio de las grandes preguntas: dios, el origen del mundo, la efímera existencia del hombre, el tiempo que antecede dios.

La referencia a Caronte (La  Divina Comedia, de Dante) a las imágenes bíblicas (la última cena) a personajes como Caín, Jesús o Sísifo muestran a un poeta que ha pasado su vocación por el oficio lector.

Estas obras de Alex Roalva en versión Kindle, las puede conseguir a través del portal de Amazon:

Poemas contra la umbra

“Poemas contra la umbra” es el primer poemario de una trilogía dedicada exclusivamente al luto, al vacío y a la misma muerte. Con poemas de suma honestidad y fuerza, el poemario se abre camino entre los sentires para que cada lector tenga la opción de vivir, impregnarse y asquearse de la misma manera que lo hace el poeta.

 

 

Analogía del abismo: Poesía

Poemario con una introspección natural, sin forzar ni mostrar detenimiento, mucho menos contemplación al vacío cotidiano provocado por el luto luego de la muerte de la madre del poeta. Un poemario cotidiano, marcado con una oscuridad muy característica del poeta.

 

 


Poemas

 

Dinosaurios

 

Ahí están los dinosaurios

con su petrolífera existencia,

provocando el nombre del odio

en bocas de humo y plomo.

Yacen ahí,

signos de que antes de Dios,

comandaban las escamas

y los lagartos enormes que no necesitaban ver al cielo.

¡Respetad a los muertos!

¡Dejadlos ser rocas o alma negra de la tierra

antes de ser condenados al olvido

por el arca de Noé!

Ellos entendieron que debían morir

para hacer guerra de las guerras

y puño de los puños.

Yacen ahí,

filosos,

sin alma,

ya sin cuerpo que alimentar.

Fueron ignorados por Caín,

por Job,

por Jesús,

por María.

Ellos fueron tiempo de carne

antes de ser historias lejanísimas

contadas al señor feudal.

Ellos fueron antes una quebradura en la historia,

antes de que Alejandro Magno quebrara mucho.

Ellos estaban antes de Israel,

antes que Siria,

antes de ver a todos los humanos

(grandes, pequeños,  blancos, negros, chinos,

verdes, rojos,

a puntos, a cuadros,

con pantalones acampanados,

blusas traslúcidas, pezones comprendiendo la excitación,

manos para el amor, manos para la guerra)

siendo Sísifos

sin poder apedrear la miseria.

Ellos estaban antes de Dios

y no oraban.

 

 

Pangea

 

Toda la tierra como una gota era

o una lágrima de la caída.

Toda la tierra una sombra era,

en ella abismos no habían

ni sonidos que quisieran ser entendidos.

Todo natural, simple, básico.

Armonía de la soledad,

era ese único ojo de las alturas.

No tenía manos y el fuego era sin violencia,

sin terror, sin necesidad de orar por piedad.

En algún momento iban a llegar simios armados,

vio como la sangre transitaba como ríos con peces de metal

y cómo iba a ser el llanto que precede al dolor ajeno.

Ahí se quebró de triste y de asco,

ahí empezó a ser el norte norte,

el sur sur,

el este por donde amanece

y el oeste el punto cardinal que todos ignoran

hasta que llega el atardecer.

Empezaron a ser estrellas las estrellas,

y las noches y los días, a ser contados por ella

para poner sobre la pizarra del firmamento

las justas razones para empezar a morir.

 

 

Caronte

 

Viejo sin mar palpable,

estás en tu vaso oscuro

y con las tibias aún carnosas.

Llamas por sus nombres

a los desdichados

con tu canto de aguas negras,

de costillas y gaviotas cadavéricas,

y el sumo del alma es manjar

para los remansos de la locura.

Recitas a Dante

mientras escupes los mismos ascos

que él escupió

en tu pobre barca pobre,

y no queda más que el trasiego

y la mutación de carnes en humo,

amar comunicarle al tiempo

que su goteo de espiral ha acabado

donde los estragos llevan esperanzas

por querer salir a flote.

Por eso, viejo Caronte,

cuando llegue el tiempo

de pedirte agua mas no océanos,

cuando tengas mis huesos

todos escritos en tus remos de aire,

cuando no tengas más canción

que el silbido de mi vano torso,

te daré mis labios y mis ojos,

el armario que llevo por pecho,

y sabremos que llegar al otro lado

es envolvernos en la realidad

de no haber existido nunca.

 

 

El primer criterio de Dios

 

Cruel le fue el tiempo

pues no sabía lo que esto era.

Una hilera de nada

pasaba y no pasaba frente a sus ojos.

No sabía que eran ojos,

pero veía.

No sabía que era ver,

pero odió lo que vio.

No sabía que era el odio,

pero se horrorizó cuando lo sintió.

No sabía que era sentir,

pero se le estremeció la piel.

No sabía que era la piel,

pero se erizó.

No sabía qué era erizarse,

pero sintió que punzaba.

No sabía qué era punzar,

pero era algo como que dolía.

No sabía qué era el dolor,

pero lloró.

No sabía qué era el llanto,

pero salió de los ojos…

…ya sabía lo que eran los ojos,

y vio a los hombres que le inventaron

con rostros tan deformados

como aquello que llamaron cenit.

No sabía por qué,

pero lo culparon de todo.

 

 

La última cena

 

Sírvase la muerte en un plato frío,

tanto como el regazo de un padre ausente

que observa cómo, estáticos,

permanecen los juguetes que le faltan

a este maldito trozo de vida.

Sírvase sin servilletas sangrantes para las bocas,

sin cubiertos afilados para la tarde

y sus estragos de ausencias perennes.

Sírvase sin tenedores,

sin cucharas para el postre,

sin vasos de agua negra

invadiendo los surcos de las gargantas secas.

Sírvase con odio, con dolor,

con ganas de no morirse nunca.

Sírvase en una mesa destruida por el comején,

porque al final, cuando cante el silencio

con su tono de espuma oscura,

la muerte se come

con lo que queda de los huesos.

 

 

Pictograma

 

Sobre los caballos el sol.

Sus crines desobedientes no se inmutan.

Se mueven e inventan el viento,

remolinos de miel castaña,

ansias de enmarañarse con el entorno.

Con sus fuertes patas

siembran galopes en el páramo

que está sujetado por la mirada

y su estruendo es música contra el suelo.

Bajo el sol los caballos,

cuatro para ser exactos,

como si la cuenta me liberara

de sus ojos profundos,

de su mar convexo y negro.

Trato de dejarlos en la retina

como una gota de veneno en la venas,

pero al no tener nombres ni dueños,

solo me queda su música

que se aparta de mí,

y de este cuerpo que también olvidarán.

 

 

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Por Paul Benavides

Paul Benavides Vílchez Sociólogo y escritor. Profesor en la UNA y asesor parlamentario. Tiene escrita la novela “Los Papeles amarillos de Chantal» ( en prensa), “Entre Senos y Reptiles” ( Poesía inédita), «Duelos Desiguales» (2012, EUNED), «Oficio de Ciegos» ( Arboleda, 2014) «Apuntes para un Náufrago» (2018, Letra Maya) y «Áspera Noche» ( 2019, Letra Maya).