Poesía de Carlos Morera Beita

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Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

Carlos Morera Beita

Carlos Morera Beita. Profesor en la Escuela de Ciencias Geográficas, Universidad Nacional, Costa Rica.

La Revista presenta algunos poemas del libro “Itinerario del Cimarrón” del poeta y geógrafo costarricense Carlos Morera Beita. Como bien lo indica el título, el texto es un viaje que reconstruye poéticamente la presencia de África en las ciudades y sitios visitados, pero especialmente en la íntima razón que anima esa búsqueda: la presencia de África en el poeta mismo. El libro es una indagatoria sobre el ser, una geografía del espíritu que halla en el presente lo que el pasado dejó ahí como huella o hecho verificable. Una conversación, un quijongo, un gesto, una playa, son fragmentos con los que el autor dibuja la plenitud de una cultura mayor, más antigua. Ancestral. No es un texto antropológico strictu censu. Es un libro de poesía (de buena poesía) en donde la vocación geográfica del autor unida a su pulso poético, da con el itinerario de un poeta que no cesa buscar su propia identidad.

Ha publicado en diversas revistas nacionales y extranjeras y sus poemas han aparecido en antologías también ha  participado en diversos recitales.

Su obra literaria cuanta con la publicación de tres poemarios y novelas.

Fue mención de honor en el Quinto Concurso Internacional de Poesía » Revue La Portes des Poetes» en Francia, 1996.

 

OBRA POETICA:
  • Los escombros del mar (Editorial Perro Azul, 2006)
  • Con Sangre en el Ojo (Editorial Uruk, 2012)
  • El Itinerario del Cimarrón (Editorial Letra Maya)
  • Casa al Sur (Editorial Uruk, 2013)
  • Cenizas (Editorial Uruk, 2018)

 


West Indies

 

En una galería glamorosa de French Quarter
un vendedor pregunta con una sonrisa disecada
si procedo de West Indies
quizás porque mis escasas monedas no son suficientes
para merecer su arte
así asume que la avidez nos doblegó en demasía
que nuestra presencia ensombrece sus opulencias.

Después de su agravio
solo puedo inclinar mis ojos ultrajados
mientras por los espejos empañados se filtran
los grilletes corroídos de mis ancestros.

Así regreso a ser un inocente descalzo
que baila escondido con fragmentos de lluvia
regreso al muchacho que procura con desesperación
un barco que lo traslade lo más lejos posible.

Un coro indisoluble me asalta
encarcelando la fe embalsamada de los domingos
bajo barrotes sojuzgados por el silencio.

Contemplo la ventana limpia de la Galería del Arte
y me tropiezo con West Indies
un cardumen de islas indomables
que graban mi piel enmudecida
y transforman las líneas de mis manos
en el itinerario de retorno a Ítaca
para darme de golpes contra huracanes y tormentas
como clamó Aimé Césaire cuando todo era sumisión.

Y Dereck Walcott navega sin mirar atrás
entre mares agitados para arribar a ese sitio
donde nadie nos mire con ojos extraños.

Alguien interroga el tono de mi piel
cuando mi sombra opaca una galería glamorosa
y yo hurgo en las voces de marineros que me pueblan
abrazándome tibiamente desde en un lugar distante
donde el mar es una ventana translucida
y nadie nos mira con ojos extraños.

 

Congo Square y otros tatuajes

Fueron mis manos agrietadas
quienes entregaron amparo a la exigua alegría
cada ansiado domingo
en los estrechos callejones de la tarde
cuando nos convocábamos puntuales en Congo Square.

Fueron estas mismas manos que estremecieron los cueros
como un rayo que inició el indetenible fuego
para transmutar en insignificantes cenizas
nuestra hilera de pesadumbres.

Fui yo el negro bozal [1]
obligado a transitar por senderos ásperos
con los ojos vendados
y asido a palabras mudas
quien nunca desfalleció
porque los espíritus de los ancestros
capturados en Benín o el Congo
siempre advertían la cercanía al precipicio.

Fui yo quien tatuó la desidia
en el ritmo apesadumbrado de un tango
cansado de lamer la carroña
cuando la espera se desboronó junto a puertos abandonados
porque el barco nunca más regresaría.

Fui yo quien le grabó ritmos indelebles a la noche
que hacían vibrar todos los astros
bajo el compás tibio de la lluvia.

Fui quien rescató las lenguas prohibidas
quien fundó pueblos cimarrones
y juntó los cielos estrellados
revivió a los ausentes.

Por eso he entonado a galillo pelado
para olvidar los torrentes de aguas saladas
que nos brotaron perennes por la piel y los ojos
y replicó siempre el lenguaje imbatible de los tambores
como invocaciones que remueven la esperanza
y sofocan el desconsuelo.

 

Delfina Ortiz embriaga la noche

A Delfina Ortiz,
matrona del pueblo garífuna, Belice

Delfina Ortiz embriaga la noche
y no permite que se le escape ningún alarido al mar
a la misma inmensidad de agua
que un día dejó a los suyos postrados entre arenas vencidas
luego de ser condenados al oleaje mortífero.

Pocos sobrevivieron a la larga travesía
y sus cuerpos flotaron
a veces sin manos
sin corazón y sin labios
como inservibles despojos
sometidos al movimiento adormecedor de las olas.

Sus cuerpos desahuciados fueron y vinieron
vinieron y se encontraron
se encontraron y se perdieron
entre esta tierra moribunda
y el grito vencido de la marea.

Y hoy en la oscuridad recóndita
Delfina Ortiz embriaga la noche
en un día para sujetarse a algunos cueros que rugen
desde la maltrecha África
y que oculta en su vientre
como conjuros para revivir la esperanza.

Son algunas pocas palabras en arawak y caribe
que ella apenas recuerda.

Delfina Ortiz evoca su tiempo calcinado
se bebe a inmensos sorbos la exigua alegría
embriaga los cimientos de la noche
y se detiene a esperar que la temida aurora
disipe el vaivén de su dilatado corazón.

Se detiene a esperar que el sol continúe brillando en su piel
y dando resplandor a la noche
para que desparrame sin miramientos
en el único día que la luna ensombrece al sol.

 

Desafiando astros

A Illari y Lym

Illari desafía astros como su madre Lym
heredaron los sortilegios de mujeres insurrectas
que entrelazan atajos para evadir precipicios.

Mientras Lym enumera las estrellas que derribó
para revelar la senda a su hija
rescribe la historia con tinta arrancada con latigazos
rescribe la historia con mensajes de dioses redimidos.

Lym desentraña las memorias de la reina de Saba
para que Illari comprenda su cabello ensortijado
para que Illari conozca de las inmensas lágrimas
que quemaron las mejillas
cuando el barco mercader se alejó de la isla de Gorée
sin dejar rastro
y aún se extraña a los que nunca volvieron.

Illary y Lym tienen un único andar
huellas idénticas que conocen de baobabs
y esconden cantos sagrados
por eso en sus pies danzan
las sinfonías indelebles de mujeres
que se sublevan decididas
para rescatar el paraíso arrebatado.

 

La rebelión del quijongo

And roots and rythms remain.
Paul Simon

Cuando un abuelo toca la cuerda del quijongo
en las fiestas de Santa Cruz
replica el ulular del viento entre los arboles
pero él desconoce las heridas de la cruel travesía
así como la senda de regreso a África.

El sonido silente del quijongo
resguarda el crepitar de las memorias
de una aldea africana
en la resonancia de m’bulumbumba [2]
para no olvidar las piedras que detienen los pasos
en las áridos sendas de Angola.

El abuelo no recuerda cómo llegaron los suyos
y su quijongo a estas tierras
aprendió a tocarlo escuchando su corazón mudo
y siempre está puntual para detonar la alegría.

El quijongo y su ritmo apesadumbrado
ingresaron ocultos en las venas
como la marimba y los orixas
y algunos malintencionados arrancaron las páginas del libro
por eso abundan los cabos sueltos
y andamos extraviados lamiendo la tierra dura.

Hoy el abuelo toca ensimismado el quijongo
con la habilidad heredada de un ancestro que no recuerda
con el ritmo indeleble traído como contrabando
y la multitud baila desbocada
junto a unos genes que se rebelan contra el olvido.

El librero de Tombuctú

Fue el librero de Tombuctú
quien transcribió el reflejo de los cielos desgarrados
y la imponencia de las tormentas de polvos
para enderezar los meandros de los ríos
y así acortar el camino.

Fue el librero de Tombuctú
quien tatuó en las hojas y en la piel
las huellas de los pasos errados
para que nunca olvidáramos
los torbellinos que esconden las aguas mansas.

Fue el mismo quien se empecinó
para ordenar los guijarros arrastrados por el viento
como hacía con el acervo de la memoria
que almacenaba los estantes de Tombuctú.

Fue el mismo librero quien guardó las evidencias
de las rutas osadas de las caravanas
y de las expediciones de Abubakari II [3]
para procurar la otra orilla del océano.

Además, el librero de Tombuctú reconoció
cómo lastima la sal en las heridas
y el lenguaje predictivo de los caracoles
por eso acopió las pruebas
de las naciones cultas que dominaron África.

Y de pronto los tumultos de arenas
engulleron los códices junto al librero
bajo la mudez de una arboleda ausente
y en polvo insignificante
se transformó la memoria.

 

Cien días

El genocidio en Rwanda

Atestiguan que el apocalipsis fue de cien extensos días
y cien infinitas noches
donde el odio como una chispa de fuego
se expandió en un bosque desprovisto de agua
y los torbellinos de cenizas
nublaron los cuencos de los ojos
y transformaron los corazones en ascuas.

Bastaron cien días para que las moscas se multiplicaran
en las abundantes carnes podridas
dos mil cuatrocientas horas para que los perros se nutrieran
de la carroña que dejaron los cuerpos indefensos
y las miradas se extraviaran
sin reconocer que la tierra se había convertido
en una sepultura abierta.

Por eso en África los suelos son ocres
tanta sangre carcomió la tierra
y aunque las lluvias retornen
para lavar las inmensas manchas de tortura
ya los ríos son una avalancha de mortandad
y ningún animal volverá a habitar en sus entrañas.

El odio se extendió en cien días y cien noches
como un incendio incontrolable
en una alfombra de hojas secas
dos mil cuatrocientas horas intensas para exterminar el amor
y cegar el planeta
y aún cuesta reconciliarse con la esperanza.

Todo se inició con una huérfana chispa de odio
que indujo una caricia mal entregada
y ahora después de tantos escombros
algunas veces los vendavales mezquinos
avivan las brasas
y volvemos hacer de la tierra
un amplio ataúd abierto.

 

Búsqueda

Siempre busco
debajo de las piedras y atrás de las miradas
e intento abrir todas las cerraduras
para lo cual he ideado mis propias astucias
y otras veces la indignación me sobrecoge
para hacerme tirar a golpes y patadas algunas puertas.

Esta necesidad de buscar
quizás la aprendí del aquel ancestro lejano
que se cansó de contemplar las sabanas arder
en una África estéril
y se cuestionó que habitaba al otro lado del mar
para empezar una extenuante jornada.

Así buscando he llegado muchas veces tarde
y el tren ya ha partido
y he esperado junto a otros pasajeros
con los que he compartido el pan y el dolor.

Buscando he dormido en calles frías
y otras veces he compartido el fuego con desconocidos
que terminamos siendo hermanos
porque nos reconocemos lamiendo las mismas heridas.

He buscado siempre ese lugar
por donde emerge el sol exaltado
y a veces he llegado
y solo quedan los despojos del ocaso.

Así que he llorado afligido el destierro
pero escarbo sobre la tierra maltratada
y lo vuelvo a intentar.

Por eso siempre busco
desde cuando buscando crucé el estrecho de Bering
o no recuerdo bien si llegué por mar
o me forzaron a venir hacinado
dentro de la bodega de un barco negrero
para levantar aquí mi casa
y quemar las naves.

Alguien inició este éxodo
sin mapas ni brújulas
con la memoria vacía
y busco y busco
y a veces no sé qué busco como afirma Sabines
pero sigo buscando
porque tengo la certeza que solo podré encontrar
si he buscado.

Velar en silencio

Fueros muchos los caídos que velamos en silencio
Paul Benavides

Fueros muchos los caídos que velamos en silencio
pero a todos los arrastro como espinas en mis pies
porque sus huesos blanqueados por el espeso olvido
me enseñaron a sanar las llagas de los abatidos
después de indagar insistente
bajos los miedos que encubren las miradas rendidas
en nuestros callejones oscuros.

Así me atreví a revolcar debajo de palabras abandonadas
cuando nadie recordó dónde quedaron sus tumbas
y aprendí a comprender los trayectos manchados con sangre
que guardan los vientres domados por el látigo.

Por eso ahora me atrevo a desafiar
y narro una historia subversiva
oculta bajo la sombra tenaz de las piedras
por eso sé leer cada astro reflejado en mis ojos
y enmendé la dignidad de los abatidos
para intentar otra vez enderezar el itinerario
cuando de tanto andar agachados
aprendimos a domar el barro
y habitar dispuestos a que no velaremos unos más
aún a pesar del acoso permanente
de estas balas perdidas.

 

 

[1] Negro esclavizado de África recién llegado a América que no habla las lenguas que dominan en este continente.

[2] Instrumento similar al quijongo del suroeste de Angola.

[3] Rey de Mali que organizó una expedición para cruzar el océano en el siglo XIV

 

 

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