Poesía de Cristian Alfredo Solera

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Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

La Revista presenta algunos poemas del libro de Cristián Alfredo Solera “Canción para Phil Collins” (2019)  texto en donde la sintaxis propia de la música en términos de fraseo y sonido, es el vehículo y la excusa para que autor ajuste cuentas con el pasado, con imágenes en que el desencanto – muy bien logrado –  no borra la celebración nostálgica (y ácida) de la  niñez, así como el recurso de cierta orfandad que lo acompaña,  también la cita de la soledad y la figura materna que es un tema interpelado y recurrente en la poética del autor, presente con intervalos en sus once títulos publicados y más de veinte años de trayectoria literaria.

 

Cristian Alfredo Solera, San José, 1975. Profesor de literatura graduado de la Universidad Nacional. Ha publicado los libros Traficante de auroras, 1999, (Fundación Intercultural de comunicación), Itinerario nocturno de tu voz, 2000, (Editorial Líneas Grises), Tú no sabes nada de la ausencia, 2004, (Editorial Láser de Centroamérica), Ceniza, 2005, (Editorial Láser de Centroamérica), La piel imaginada, 2008, (Editorial Costa Rica), Criaturas alucinadas y otros poemas que mienten, 2011, (Editorial de la Universidad de Costa Rica), Poemas para no leer en tu funeral, 2013, (Editorial Costa Rica), Epitafios inútiles, 2014 (Editorial de la Universidad de Costa Rica), Impostergablemente la lluvia, 2016 (Centro Cultural e Histórico José Figueres Ferrer), Canciones de amor contra la infamia, 2018 (Bohemia – Ediciones). Y Una Canción para Phil Collins, 2019 ( World Graphics ).Ha Fue directivo de la Asociación de Autores de Obras Literarias, Científicas y Artísticas de Costa Rica durante varios períodos

 


Pasajeros

 

En algún momento de la historia

fuimos algo más que niños.

Niños con rostros saturados

de una impactante y preocupante locura.

Niños que construyeron el invierno

con huesos de odio,

que hacían preguntas difíciles,

prepotentes y adorables

cada vez que dibujaban princesas de sangre

para vencer a la muerte.

Niños que de un momento a otro

comenzaron a soñar todas las cosas,

a llamarlas por su nombre,

a inducir una blasfemia

a través de la ventana.

Aunque no todos navegaran

con un ojo de vidrio,

las manos limpias, y la astucia y la inocencia

de criaturas que a toda costa

ponían a prueba la vida,

su propia vida,

porque muy probablemente

en aquellos tiempos

poco o nada tenían para decir.

 

 

Carruseles

 

El horror de los caballos de carrusel
consiste en que no parpadean
sin importar el número de revoluciones.”
Gustavo Arroyo

 

No regresan los días de fiesta,

esconden como pillos su aroma secreto,

su habitáculo de historias.

Se alejan hacia lugares impensables

cuyos nombres no podríamos

arrancar de la tristeza,

ni siquiera por un instante

imaginar.

 

No regresan aquellos algodones de azúcar

de macabra influencia

en mi barrio y mi destino.

Los techos destartalados

por viejos amores que lloraste.

Las camisas que llevo en el rostro

estampadas como un rotundo fracaso.

 

No regresan los dioses vernáculos,

el apellido que se nos quema,

el recuerdo de una epifanía

que se rompe con los años.

No regresa el momento de despertar

cada vez que posamos como ególatras

para alcanzar nuestros sueños.

 

Travesuras que tal vez se cometieron

al subir las escaleras,

al dar aleteos de tiburón y mariposa

en una ciudad que también se desangra

como un prostituido horizonte.

 

Imágenes confusas de un pasado

que, según este imaginario colectivo,

no,

no pueden volver.

 

 

Aproximaciones

 

Por un momento regresar

como regresa un pesimista.

Sin conocer los pueblos lluviosos,

los espejos truculentos.

Cargando solamente pretextos,

zapatos olvidados,

animales monstruosos que vuelan

por encima de los anaqueles,

husmeando, tarareando

su arbitraria y rigurosa solemnidad.

 

Regresar porque nos prometieron

las calles sin culpa,

los parques, la vitrina,

los trenes de madera

en los que estuve observando

precipicios estupendos,

pero también ingobernables.

 

Regresar cautelosamente

porque la poesía,

la puta,

la amante,

continúa de pie allá afuera

sin parpadear siquiera,

insinuándome caricias y palabras.

 

En medio de la vida,

rompiendo todo, absolutamente todo,

lo que encuentra a su paso.

 

Resistencia

 

Intentar una vez más

alejarme de este país inexplicable.

Contemplar a ciegas, entre la muchedumbre,

mis travesuras prometidas.

Mis pequeñas monstruosidades.

Las peticiones que la gente alegre repite

en este velorio fantasma.

 

Intentar alejarme

hacia un territorio de adoquines inmejorables.

Aprender a bailar con los zapatos

encorvados de mi madre,

con sus manos de serpiente,

con sus pies de prostituta y caravana.

 

Y después de todo eso

dormir intensamente

sobre el mismo manojo de ausencias y de dudas,

hasta dejarme caer como un idiota,

como un payaso que regala en su sonrisa

lo peor de sí mismo.

 

Monólogo ácido

 

Después de mirarme al espejo
ya no sé qué es lo que veo.

 

Un día de tantos decidieron marcharse

porque nadie les habló de nosotros.

Porque nadie lo sospechó,

la noche también se aproxima

caminando hambrienta y temblorosa

al final de la alameda.

 

Es lo único que saben hacer cuando llueve,

mutilar los ojos de Dios con sádica ternura.

Masturbarse con música de Pink Floyd

cada vez que se miran de frente

y lo único que encuentran es un cadáver

aceitoso y moribundo

atormentado por el miedo.

 

Decidieron marcharse sin decir nada

y solo dejaron la arrogancia de este poema.

Esta soledad que los mantiene

al borde de la extinción,

dando vueltas como tontos

porque no pueden eliminar de sus vidas

ese amor tan raro que permanece invicto,

que no sienten justo ahora.

 

Celebrar lo perdido

 

A las piernas de Sophie Ellis – Bextor

 

En algún recóndito lugar de la vida

he compartido mi demencia.

En este bar la he bebido

hasta quedarme inconsciente y solo.

 

Con cada trago tuve miedo,

un miedo extraño y multiforme.

Un miedo innecesario, tosco,

de no hacerme justicia,

de no encontrar a mi próximo verdugo,

tratando de embriagarse,

de esconderse de sí mismo.

 

Miedo de beber, amargo y soñoliento,

la brutalidad de mi sexo virgen.

De la mujer que no aprendió

a quitarse la ropa,

pero sí a recordarme que no habríamos hecho el amor

cuando éramos ingenuos adolescentes,

exóticos animales confundidos,

de esos que estrechan sus manos

sin preguntas ni respuestas,

sin un solo ápice de sabiduría

mientras huyen,

/ cada uno por su lado /

en mitad de la espesura.

 

 

A mi novia le gusta el Karaoke

 

Yo no tengo la culpa,

es esta fiebre empedernida

que la sostiene así, de pronto,

para que yo siga ardiendo.

 

Ya no puedo escucharla.

Tiene la cara de un muerto,

de un muerto feliz que lee

sus poemas, que lava su ropa

sobre una alcantarilla de escupitajos.

 

No es mi culpa que esté gritando

en el otro extremo de la barra.

Equilibrando su lóbulo frontal

en este zoológico sangriento.

 

Mujer sin pies ni cabeza.

Mujer de muchos y de nadie.

Mujer que canta de manera bochornosa

en esta cantina que otra vez

/ sin esperarlo ni entenderlo /

nos permitió la madrugada.

 

 

Estática

 

Ayer la vi.

 

Eran las tres de la tarde.

La ciudad, lo recuerdo, estaba hundida,

aterrada de una espantosa nostalgia,

de un tendido eléctrico que se te clava

forzosamente entre los ojos.

 

Tantas culpas le observé

empujando en todas direcciones.

Gracias a ella incumplí mis promesas,

no martillarme los dientes

con la velocidad del relámpago.

No establecerme como un inútil,

como una bestia inflexible,

partícipe

de cualquier acto insigne de autocompasión

 

Lo pacté hace diez años,

cada orgasmo quedaría estancado

en estratégicos lugares que permanecen

todavía en la memoria.

Algo así como en un pequeño,

muy pequeño mausoleo

del que sé que provengo y al que no volveré.

 

 

Señales confusas

 

Desabotonar tu blusa es lo que quiero

poco a poco y lentamente.

Darte un beso con forma de girasol.

Predecir en tus ojos las tinieblas,

las noches desiguales,

los labios que te sangran a través del desvarío.

 

Ser un alguien,

un cualquiera que te sonríe,

que te mira de frente,

que te agradece la elocuencia

o la resignación,

a pesar de tus caderas

de princesa ostentosa y malherida.

 

Lo que quiero es habitarte,

sobre el sillón,

sobre la almohada,

sobre el lugar exacto de tu ruina.

Poder reconocerte en el parque,

en la iglesia,

en la avenida,

sin que esta vez me importe

de qué injusta manera

te atrevas de nuevo a fingirlo.

 

 

Amar a Caín

Me queda un espacio vacío.

Una elegía que escribí para un amigo

con el que siempre pude hacer lo correcto.

Una sonrisa espontánea,

un viaje redondo del que no recuerdo nada,

salvo las malas noticias.

 

Me queda lo que he perdido últimamente

en este fragmento de cosmos que somos.

Lo que nadie comenta.

La triple felicidad.

Las ganas de llegar tarde todavía.

Un castillo de naipes sin reina de trébol

o la simple imposibilidad de no dormir

entre gente que grita y gente que calla.

 

Me quedan las ganas de caminar

hacia ninguna parte.

El veneno que anhelo.

La necesidad de ser un mártir.

De conmemorar a todas mis amantes,

aunque bien saben que después de ellas

no encontrarán nada,

solo el recuerdo de este homenaje

que para entonces

ya todos habremos olvidado.

 

 

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