Poesía de Martínez Rivas

La cultura universal - casi un artefacto de los poetas nicaragüenses de su generación - es el territorio en que la mordacidad y la sátira adquieren en efecto, momentos de extraordinaria lucidez

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Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

Carlos Martínez Rivas (Ciudad de Guatemala, 12 de octubre de 1924 – Managua, 16 de junio de 1998)

Carlos Martínez Rivas (Ciudad de Guatemala, 12 de octubre de 1924 – Managua, 16 de junio de 1998)

Martinez Rivas escribió una poesía intensa, beligerante, sabia, inclemente. Su vida guarda una relación profunda con su obra. Vivió en Costa Rica de forma intermitente y dejó su huella entre poetas y escritores contemporáneos y otros más jóvenes. Para algunos estudiosos su obra La insurrección solitaria (1953) tiene tanto poder transformador como los Poemas y Antipoemas de Nicanor Parra, de 1954. Su biografía ha adquirido como era de esperar, tintes de leyenda. Se dice que el entierro de Martinez Rivas fue tan multitudinario como no se recuerda en Nicaragua desde el de Darío. Dejamos al lector una muestra breve de su obra. El poema LA CIVILIZACIÓN DEL PARQUEO es un buen ejemplo de la inteligencia poética de Martinez Rivas. La cultura universal – casi un artefacto de los poetas nicaragüenses de su generación – es el territorio en que la mordacidad y la sátira adquieren en efecto, momentos de extraordinaria lucidez. Es uno de los mejores alegatos – sino el único – contra ese crimen de lesa cultura que fue la abominable destrucción de la Biblioteca Nacional de Costa Rica, que no pude conocer.

 

 

 

 

 

 

 

 

OBRA POETICA:
  • El paraíso recobrado, Cuadernos del Taller de San Lucas, Nicaragua, 1943
  • La insurrección solitaria, Editorial Guaranía, México, 1953
  • La insurrección solitaria seguida de Varia, ediciones Vuelta, México, 1994.
  • La insurrección solitaria y Varia, Visor libros, Madrid, 1997.

 


LA CIVILIZACIÓN DEL PARQUEO
(ARRASA, APLANA Y SEPULTA)

La Biblioteca Nacional de Costa Rica,
que fuera Madre Nutricia para nosotros, poetas
en cierne, con caras frescas, en los años 40;

la Biblioteca Nacional de Don Julián Marchena,
en demolición, ahora, en los años 70, ante
nuestros ojos, para dar lugar a un Parqueo.

La Mezquita de Córdoba. El sueño de Abderramán I
realizado por Alhakem II. Ese cuadrilátero
de 130 metros de ancho por 175 de largo,
ya limpio de sus mil cuatrocientas dieciocho columnas
y de sus listados arcos y bóvedas, hará un buen Parqueo.

León de España. Se Catedral Gótica del Siglo XIII,
la sola con vitrales forjados por la Confrérie
de Clunny, será echada abajo y será un Parqueo.

Urgen, en los confines del Alto Egipcio, del Alto Nilo,
en el Templo de Abú Simbel, consagrado a Ramsés II,
con sus colosales estatuas labradas en la roca,
hieráticas, custodiando el descomunal Portal;
urgen picos y poleas y esteras de esparto para
desmontarlo bloque por bloque y cada bloque añicos.

El Templo de Abú Simbel: su pétrea ostentación monumental
tan opuesta al estilo desértico, impersonal, del Parqueo.
En los confines del Alto Egipto, del Alto Nilo,
en la ardiente orilla, hay un Parqueo eternamente vacío.

Las Cariátides del Erecteón. Las que soportan
el socarrén junto al Muro Este del Partenón,
en la Acrópolis, no seguirán erguidas. De bruces
besarán el polvo en que se asentará un Parqueo
para turistas no interesados en Fidias.

El Trono de Ludovisi. Afrodita surgiendo
del baño, com las aletas nasales dilatadas.
Dos Vestales: una atendiendo el pebetero,
la otra, en éxtasis, toca la flauta doble.

Pico y pala. Que no quede rastro de este relieve.
¿Aún está en pie el Templo de Artemisa en Éfeso?
Pico y pala. Hay que destruir para construir, bajo el viejo
cielo, un Parqueo más nuevo y vasto que el Infierno.

! La entera costra terrestre – Un Parqueo Modelo !

(en Varia)

II

(A. R. N)

Junto a tu muerto fueron a sentarse.
Yo oí cómo te hablaban los sin sangre
contra mí, haciéndose sangrar, madre.

Secos de corazón, pulcros vistiendo,
voz en coro todo te lo dijeron:
todas mis caídas, chicas y grandes.
Ellos estaban enterados, madre.
Ah, pero algo te callaron. Sólo una cosa
(! y yo río ahora!): que nunca
quise jugar al más listo con nadie.
Lo que ellos no perdonan, madre.

(de La insurrección solitaria)

II

NO

Me presentan mujeres de buen gusto
Y hombres de buen gusto
Y últimos matrimonios de buen gusto
Decoradores bien avenidos viviendo en medio
de un miserable e irreprochable buen gusto.
Yo sólo disgusto tengo.

Un excelente disgusto, creo.

(de La insurrección solitaria)

LA PUESTA EN EL SEPULCRO

Cuando ya no me quieras.

Cuando ya no me quieras
y no podamos estropear nada
porque nada estará vivo y confiado.

Cuando tú te hayas ido
y yo me haya ido
y los de la música se hayan marchado
y el portón se cierre
(dentro pasan el largo fierro por la argolla
asegurando con la correa el cerrojo,
y soplan los candiles
y las mechas se quedan humeando);

diremos: «Algo se ha perdido.
No mucho. Nunca es mucho. Pero
algo esencial –un culto, un lenguaje,
un rito— está perdido».

Cuando hayamos dejado de ser esto que somos:
pareja expuesta al dardo,
mal avenida pero bien enlazada,
y nos dispersemos en otros círculos
y nos disipemos en otras charlas;

habrá quien diga: «Aquí dos seres carmesíes
se atraparon. Los vimos
balancearse estremecerse oscilar
retornar a la seguridad
y caer».

Para entonces, el zumbido del tractor
volverá a oírse desde el fondo del llano.
Las chorejas del guanacaste caerán
con su golpe seco frente al portal.

Pero esos rumores de la vida
nos llegarán por separado,
y otro será tu sol
y otra luna será mi luna.

Cuando ya no me quieras.

Cuando en la reunión tus ojos
al encontrar los míos ya no digan:
«Aguarda a que termine con esta gente,
pero mi corazón te pertenece».

Cuando en las sucesivas fases de tu errabunda
búsqueda femenina
ames a otro:
y te descalces delante de otro cetro
y te desveles bajo otra antorcha
y triturada por otros trapiches trasiegues
el poder que yo te trasmití;

pensaré agudamente: «Ya se le agotará.
¡Y entonces vendrá a mí y no le daré más!»

Y así siga por el mundo y a través de los días
rumiándote en el hosco destierro,
granitizándome en la frustración y el orgullo
como un mendigo sobre un pedestal.

Remontando el obstruido pasado
como un sucio canal maloliente en el crepúsculo:
«Aquí estuve brutal.
Ahí comenzó el desierto.
En aquel banco trató de herirme.
Tal día…»

Y así te evoque. Así conjure tu sombra
agujerándola de flaquezas y máculas.

Cuando ya no me quieras
y yo ya no te tema.

Cuando contentadizo, trivial, inadecuado
para la soledad y la amargura
yo mismo haya olvidado –cuando
ya no me quieras— que me quisiste;

garras y mantos
de mujeres: Furias como Pietás,
Erinias disfrazadas de monjas
me depositarán
en la obscura y helada tumba que me busqué.

 

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