Poesía de Rogelio Ramírez

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Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

La Revista presenta una muestra de la obra del escritor Rogelio Ramírez Cartín, abogado, piloto aviador y especialista en investigación criminal dentro y fuera del país. Su formación profesional le ha permitido adentrarse y conocer las situaciones más dramáticas, los rincones donde el alma humana alcanza el clímax de su oscuridad. Su literatura se muestra indisoluble con la visión aguda, acerada y cáustica con que el investigador se adentra por los vericuetos de la noche y de los hechos que amparan el mal, pero también con la intensidad y la vehemencia de quien sabe que el alma de todo ser humano aguarda el decoro y el deseo de ser amado.

Rogelio Ramírez Cartín. Ha publicado, entre otras, las siguientes obras: «LA VOZ DE LOS MUERTOS» que narra alcances inquietantes sobre distintas investigaciones criminales, entre las que incluye la resolución del denominado caso «El Psicópata» que vinculó al menos 19 asesinatos en Costa Rica entre los años 1986 y 1996. «DESPUÉS DEL INFIERNO» que describe la experiencia de una valiente mujer que logra sobrevivir a las consecuencias de la ambición. «CON LA VIDA Y LA MUERTE COMO TESTIGOS» que es una compilación de cuentos cortos cuya pretención es sorprender al lector luego de llevarle a reflexiones poco comunes.


Relato I. “Para una joven suicida”

Quizá aún no nacía, porque su más intenso deseo seguía aferrándola al vientre del que no debió salir.

Lloraba a diario, aunque la avalancha solía quedarse en la garganta, dificultándole el respiro, y por ello había inventado distracciones para cada minuto y excusas para el dolor en su pecho. Así, se había percatado de que el alivio llegaba cuando huía de sí misma, cuando daba la espalda a las verdades que la aterraban y acentuaban su bien nutrido abandono.

La soledad pululaba a su alrededor, sobreviviendo entre bullicio, y respondía con nada a todas sus preguntas. El suicidio había iniciado, desde el instante mismo de su nacimiento.

Ahora su propia sangre, que iba envolviendo su cuerpo, le parecía lo más cercano a ese abrazo tibio que nunca tuvo, y que siempre necesitó. Había pedido ese abrazo tantas veces y de tantas formas: Con el lenguaje negro de sus uñas que, buscando amor, encontraban hielo en vez de piel. Con el ansia impostergable, en forma de alas, que había tatuado en su espalda. Con el premonitorio grito de angustia punzante, dibujado con tinta en sus muñecas. Con la huida urgente y banal que había hecho colgar de su vientre, como una lágrima siempre brillante manando de su ombligo. Con todo su ser y en todos sus sueños, con lo que le quedaba de alma, había pedido un abrazo.

Quizá dejó de escuchar a la indeleble estrella de la esperanza, susurrándole el camino cerca de su oído. Quizá alguien gritó más fuerte, quizá su corazón la ensordeció en un minuto de silencio.

Lo cierto es que había vuelto a casa, dejando aquí el vacío, para los que nada tienen.

Relato XI: “Ética de los amantes”

El amante se acaloraba entre las llamas de su cabello, revuelto entre sábanas y aromas frescos, peinado por el azar y el caos de los besos ciegos.

Se aferraba el amante, cual vástago crecido, al confín del turbulento lecho, apretando su humanidad contra el paisaje de piel sobre el que alunizaba entre piadoso y constante. Carcomía ese amante la madera tibia del cuello y los vastos horcones que sostenían el altar, saboreaba, con el frenesí de las hienas, la multitud de réplicas húmedas, musitadas por ese grial que siempre ofrece el gesto de un beso.

Su amante la recorría aun en trechos de obscuridad, guiado por el sentido del gusto o por la emanación del calor, viajaba por ella con pasos de mariposa o con embestidas intensas, haciendo lazos con los suspiros o adivinando con sed los erógenos pétalos de las flores de carne.

Inevitablemente, ella moderaba la estampida convocada por su amante, al frotarle las ocultas lamparillas; ella temía a su cuerpo, como el volcán a su propia erupción y temblaba sin pausa, para no perder la consciencia cuando más consciente se está.

Tal era la dedicación del amante, tal era el catado que hacía de su vino tibio y la atrevida cruzada que sus manos emprendían por los territorios más cautos, sembrando herejías celestiales de las que habrían de brotar terremotos.

Ella iba y venía asumiendo forma de estrella, a veces capullo, a veces colmena, fruta o semilla. Para su amante, ella era marea, abrazo y bautismo. Ella le era total, tanto que para él, el mundo no era plano o redondo, sino arqueado, sinuoso y trémulo, le parecía infinito, vivo, inacabable y agitado.

Mi mundo es ella –dice el amante- y es allí donde he decidido habitar.

Tantos mundos vacantes y tantos exploradores que sueñan. ¿Para qué las verdades, si han de morir guardadas?

Hombre luna

Cuando en el campo se ve la Luna, las entrañas pálidas de la tierra someten al alma,
y destiñen los parcos dibujos del día, en un calmo abrazo del anochecer.

Cuando en el campo se ve la Luna, viajan presurosas las plegarias
por un amanecer de cosechas,
que inyecte mieles en los frutos

y abalorios de colores,
en la curtida médula del Hombre, trocado en huerto.

Cuando el brillo de la Luna
se refleja en el sudoroso rostro
de una piel fruncida por aguaceros y soles, se inquieta el Paraíso,
porque la voluntad es creadora,
y los dioses arrugados
incuban vida en semillas.

Cuando la Luna abona raíces
con el aliento de la mansedumbre,
y exhala milagros albinos sobre los cultivos, se vuelcan también las eras del Hombre, que transforma en labriego su espíritu.

Cuando la Luna cobija esperanzas, y se derrite en los sueños,
los Hombres se vuelven soles

que iluminan tiempos mejores.

Cuando el Hombre siembra y entrega su obra a la Luna, ésta le preña las manos para que pinte la vida,

para que nazca en los frutos,
para que él sea su propia cosecha.

Hombre de campo es Hombre de Luna, Hombre de Luna es una cosecha, cosecha de Luna, de fruto sagrado, Hombre de campo es cosecha de Luna.

 

Relato XXV: “La paz de morir”

No me busquen entre los muertos, que aun desde mis exilios los suspiros me brotan y la cantera de sueños se yergue prolija.

No me lloren las ausencias, porque aun escucho sus ruegos y preparo mis pasos para el regreso.

No me tengan pena, que las libertades me invaden, y celebro los días porque son días y porque contienen estrelladas noches.

No me crean en soledad, pues me acompañan las musas con su piel de piano, prestas en mi pensamiento a que les recorra el alma con las coreografías de mis dedos.

No me siento cansado, sino pleno de apreciación y consciencia, durante mis horas de ocio retozando con el presente, preparando con su consejo mis inevitables nupcias con la muerte.

No estoy distraído, solo soy libre en un mundo de terribles cercanías, ni estoy dormido aunque lo parezca, solo me place contemplarme a mi mismo y buscarte en el confín de mi alma, para tender mi tienda junto al fresco oasis de tu abrazo y habitar allí,

hasta el final de los tiempos.
No crean que ya he muerto, ni que ha cesado mi respiración, es solo que vuelvo

donde me aman, es solo un regreso a tu pecho.
Tampoco crean que regreso, más bien nunca me he ido. Sigo aquí, alejado de la

cordura, esperando lluvias para florecer.

 

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