Desde diversos escenarios y perspectivas, el liderazgo político de este país nos heredó las situaciones que venimos atravesando, desde hace décadas como sociedad.

Unos, valorando en su justa medida decisiones visionarias y otros, aferrándose a sentimientos destructivos que no aportan al necesario cambio de mentalidad que los tiempos demandan

Si nos remontamos varias décadas atrás, veremos pasos significativos en materia de transformaciones económicas, productivas y sociales.

La economía dio saltos trascendentales hacia la exportación y la diversificación productiva, la generación de empleo y la disciplina macroeconómica, entre otros.

En el plano internacional jugamos importante papel en la resolución del conflicto centroamericano, ocupamos sillas en foros estratégicos dentro de  las Naciones Unidas y a nivel Continental, como la OEA, impulsamos tratados y convenios internacionales sobre Derechos Humanos y desarme, entre otros.

Hoy, en un mundo tan complejo, abierto y competitivo, hay que ser reflexivos e imaginativos sobre la situación en que estaría el país si tales cambios no se hubieran hecho y siguiéramos con el viejo modelo.

Lamentablemente, los cambios no fueron integrales; no generaron las transformaciones políticas indispensables y necesarias, dando más bien lugar a cierto grado de desarticulación estatal así como su negligencia, su retiro en el cumplimiento de funciones esenciales como la de asegurar la prestación oportuna y eficiente de los servicios públicos, la educación, la seguridad social, las funciones de policía y la imprescindible función simbólica del poder.

La centralización estatal sobre la crisis de legitimidad y funcionalidad creada, más bien se atomizó en una multitud de feudos en los cuales se atrincheró una burocracia insensible, la cual interpretó como derecho la apropiación de los ámbitos y responsabilidades de la función a ellos encomendada; resultando el escenario en el que vivimos.

Muchas de las preocupaciones que desde distintos sectores se plantean son comprensibles, teniendo en cuenta que se vive un proceso muy profundo de cambio transformación y recomposición de fuerzas políticas.

Ello, a pesar de la lentitud sistemática y de los enormes obstáculos que han sido sembrados, casi meticulosamente, para con que la que el mismo Estado responde para impedir el rápido desarrollo del país y para que priven el estancamiento, la pobreza y la inequidad.

Ante este panorama, los costarricenses han llegado a una encrucijada del ser o no ser: al el momento de acuerpar las grandes decisiones en materia de transformaciones políticas, pues hemos sufrido décadas de malas decisiones y posposiciones importantes, que solo agrandaron la gravedad de nuestros males.

Hoy se debe decidir dar el salto, que permita reconstruir la gobernabilidad del Estado democrático sobre mejores bases de participación, eficiencia económica, transparencia, rendición de cuentas y eficacia política y jurídica.

De este proceso saldrá fortalecida la democracia, con la voluntad y decisión de cambio, y el aporte de las fuerzas en pro y en contra de los mismos, todo esto sin caer en la ingenuidad o en algo parecido a la «insoportable levedad del ser» del escritor Milan Kundera.

Dentro de esas voluntades hay que distinguir, no obstante, a quienes tienen una agenda destructiva, por lo tanto claramente antidemocrática, actuando como verdaderos “lobos con piel de oveja” y más en épocas marcadas por la actividad electoral.

Lo deseable es llegar a tomar las decisiones necesarias para el bien común al menor costo social sin que la mezquindad de quienes anuncian el fin del mundo, ni el miedo a decidir se sobrepongan a la voluntad de cambio. El devenir de la historia y la posposición de decisiones no debería quedar en las calculadoras de los lobos ni tampoco a la espera del acecho del depredador, que en síntesis depreda el propio sistema.

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Por La Revista CR

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