Por fandangos

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Damaris Fernández Pinto.

Al sentarme frente al espejo y mirar mi rostro, siento que se desvanece este perfil tan celosamente guardado, y voy vertiendo mi humanidad sobre el tapete, como las cartas de naipe de un juego que a veces me desconcierta. Van regresando los recuerdos de aquellas cosas que me sobrecogieron hace tantos años. Quiero y no quiero recordarlas. En mi estancia violeta aún retumba la voz de Efraín, labrador fiel de la hacienda de mi tío, quien entre jornada y jornada sacaba los ratos para acercarme a su taza de café con “pinto”, y, entrecerrando el ceño, regaba a voleo las imágenes de aquellos relatos que iban calando en mi fantasía, instalándose ahí para siempre, como las viejas joyas de la abuela en el cofre del desván. Hoy, al revivirlos de nuevo, me pregunto si valdrá la pena evocarlos en mis cuadernos. ¿Cuán próxima al ensueño estaría la imaginación de Efraín?, y, ¿cuáles efectos habría producido en mi naciente adolescencia como para haberlos guardado dentro de esos acontecimientos posibles en mi vida, que me enredaban en un callejón sin salida dando rienda suelta a la imaginación?

Porque, en definitiva, ¿qué es la vida sino un concierto de pasiones, desenfrenos, ires  y venires, andares y desandares a los cuales nos aferramos  para cantar nuestras coplas personales, en las que creemos a pie juntillas y  nos proclamamos poseedores de la verdad?

Así, al escuchar a aquel hombre, sentado sobre el roído canasto, todo  él arrugado y seco como una vieja bolsa de papel, me sorprendía la fuerza de su voz pasional, hilvanando las palabras con tanta gracia y salero, que, reconociendo sus ancestros, yo lo daba por gitano. Efectivamente sangre andaluza debió correr por sus venas, como buen alajuelense que era. Solamente que en mi entusiasmo lo veía como un trovador que, guitarra en mano, entonaba sus coplas de la siguiente manera:

Pero quererte yo no;no quiero que otro te quiera,

quisiera que te murieras,

y luego morirme yo…

¡Ay! No sé lo que quisiera.

Era un dolor perpendicular. Sentía que filos de cuchillos le desmadejaban la espalda convirtiéndola en hilachas transidas de angustia. Una impotencia de niño  huérfano le invadía la mirada. Las lágrimas, de tanto correr, habían hecho  pequeños surcos en sus mejillas y no se sabía, al verlo, si era llanto o alegría lo que invadía su rostro. Porque pareciera que al buen Eugenio la vida se las jugaba sucias y se salía siempre con la suya, dejándolo lleno de amargura y desilusión.

Atravesó la callejuela con paso de madrugada. El aire fresco le secó una lágrima. Había recorrido ese sendero de la mano de Raulito. Ahora lo recordaba con ternura pensando que lo había cargado en sus espaldas para evitar aquellos zacatales y el culebrero que se soltaba en esa zona tan caliente.

-¡Ay! Si todavía estuviera aquí – suspiraba – tal vez no tendría este puñal que me ahoga la garganta.

¿Por qué Diosito le había quitado a su hijo dejándolo tan solo? Todavía recordaba cuando, después de la inundación, los grupos de socorro habían sacado su cuerpecillo, frágil y desteñido, de entre los matorrales.

– Haber construido tan cerca del río. ¡Qué desgracia la mía! Y la María, ante la muerte de Raulito se me secó. Se me secó como la última gota del invierno. Se le secó el vientre como una flor de cerezo amarillo marchita al calor del mediodía. Y no me dio más hijos. Y no volví a sentir su aliento de menta fresca sobre mis hombros. Ni calentó más su cuerpo sobre el mío. Se me secó, dejándome un atardecer de penas y quebrantos.

Con este pensamiento y otros más batallaba el buen Eugenio todas las mañanas cuando, rumbo al potrero de los Montero, pasaba frente a la casa de Carmela. Dentro de su figura enjuta y austera corría a borbotones sangre dispuesta a saltar hirviente y furiosa sobre aquella presencia que día con día se le interponía en el camino como el mismísimo demonio. Se lo temía. Temía que los poros se le ahuecaran y un loco desenfreno abriera a raudales su cauce en la entraña de una mujer que no era la suya. El sol le cegó la mirada. Una lluvia de rayos estremeció las hojas y la callejuela se ensanchó llena de luz. Al acercarse la vio desde lejos: por el cordón del caño frente a su casa mecía las caderas barriendo la acera.

-¡Hola!, ¿Cómo estás?, sonrió Carmela.

– Mejor, gracias. Si no me salva Diosito, esa culebra me desangra las venas.

-Hombre – suspiró Carmela – pues no se te nota nada.

Lo miró profundamente, con cien años de intensidad. Eugenio continuó su camino despidiéndose sin quererlo, escuchando su adiós sin escucharlo. De nuevo los filos de cuchillo le atravesaron la espalda, esta vez con agudo dolor en los hombros.

-¡Ay!, cuando la pierdo de vista se me quiebra la garganta –sollozó-. Al borrarse su presencia, esos ojos me los siento aquí clavados en las sienes y me duele su mirada. Como lluvia de ceniza se cuela su voz en mi boca y grano a grano se desliza como lija aquí en mi pecho. En un pesar más grande que mi persona y no lo puedo contener. Me cubre toda la piel y está ahí, de puntillas a mi lado, sin dejarme salir de su abarcadora latitud. No me queda un espacio libre para guardar mi descanso. Y sin embargo, permanezco de pie, sintiendo ese puntilleo como la gota de agua sobre la piedra.

La entrada del verano anunció la buena nueva de la cosecha vendida. Levantarse de madrugada, recoger los siembros y dirigirse al mercado de mayoreo fueron la fatiga común durante unos días. Una vez hechas las ventas, con suerte quedaba  algún dinerillo para guardar y otro para regar la nueva semilla. Aquel año se vendió bien y se ganó mejor. Hasta el cura se entusiasmó en el sermón del domingo y anunció un “turno” para continuar con la reparación de la iglesia.  También la Asociación de Desarrollo prometió mejorar la plaza de fútbol, desde luego, con la contribución de todos: “Menos tragos y más pagos” – decía el lema –, “ayudemos a la comunidad.”

Todo el caserío abrió sus ventanas y se volcó sobre la plaza. La vieja Ester hizo tamales y estuvo atizando el fogón hasta la madrugada. Tinita asó budines de elote y los envolvió en hojas de plátano. Los anafres rugían bermellones y quejumbrosos bajo los comales cargados de tortillas en larga faena sin descanso. El turno iba a empezar.

La tradicional carrera de cintas, con Remigio y Chepe a la cabeza, exhibió los mejores caballos del lugar. Una lluvia de cintas de colores esperaba ser arrebatada de su cuna por los veloces jinetes. Un solo ganador recogería los aplausos y donaría el producto de las apuestas en beneficio de la comunidad.  La pequeña plaza escupía pólvora mientras los toboganes y la rueda de Chicago chillaban alegres bajo el griterío de los niños .Los carritos de la montaña rusa subían y bajaban alocados,  cargados de frenesí. Más allá, la rueda capitana giraba su plataforma tratando de mantener el equilibrio mientras los muchachos despavoridos se sostenían sobre su redonda superficie. Un viejo sonriente daba vueltas a la manija de su olla de azúcar formando enormes copos de algodón rosado. Hubo plaza de toros, rifas y ventas de comida. No faltó un borracho o un herido en la corrida. En una esquina, dos mocosos asustados lloraban a moco tendido ante la vista de los payasos que bailaban al son del tamboril.

También Eugenio y María se asomaron a la plaza ese día. Ya entrada la tarde, presenciaron el juego de pólvora y compraron dos carretadas de leña con descuento. Eugenio quiso regalarle un delantal bordado y tamales para el domingo.

Al regreso, frente al carrito de los granizados estaba Carmela. Vestía un traje rojo de flores menudas. El talle fino. Dos largas trenzas, negras como carbón contrastaban con unos aretes de pedrería multicolor que colgaban coquetísimas, enmarcando su moreno rostro. La sonrisa radiante le cubría la figura envolviendo con su encanto las miradas ajenas.

¿Qué tenía esa mujer que lo enloquecía?, se preguntaba el pobre Eugenio. Sintió que un siglo pasaba por su frente, desfilando ante su memoria todo el tiempo que había pasado pensando en ella. Y ahí estaba, siempre insinuante con la mirada azabache como sus trenzas y aquellas florecillas del traje jugueteando con su cuerpo. Eugenio apenas si pudo mirarla y lanzar un tímido adiós, arrastrando con firmeza a María para alejarla del tumulto.

Carmela señaló la carreta de leña de Eugenio. Sobre la pila de madera las canastas de tamales esperaban pacientemente. Una de ellas llevaba un papelito amarrado con una cinta de flores. Eugenio lo notó apenas Carmela se la señaló, y se acercó tomándolo con disimulo. Sus manos temblaban cuando más tarde se atrevió a leerlo.

Con su nuevo delantal, María se miró frente al espejo. Recordó su juventud. Recordó su frescura. Cuarenta años trabajando de sol a sol dejaban su incontenible huella en la piel ha marchita. Las várices resaltaban enfiladas como cordilleras surcándole las piernas. Los brazos le colgaban desaliñados sin compás alguno apuntando al suelo. Toda su presencia se había gastado como una vieja estampa lullida por el tiempo.

¿Qué había pasado con su vida? Pues al principio juventud y maravilla. Que Eugenio para acá y Eugenio para allá. Que Eugenio sembrando y arando y chapeando. Cuando iba a nacer Raulito, que todo para el niño y para ella. Que nació Raulito, ¡qué felicidad. Que pasaron los días, y ella, aseando la casa, cuidando del niño, atendiendo a Eugenio. Y él se dedicó a estudiar después de la jornada, para mejorar y ganar mejor para Raulito. Y leyendo ganó el sexto grado. Ella a veces lo encontraba muy pensativo, no entendía bien por qué. Sin embargo, viéndolo ensimismado en sus libros y sus estudios creyó que todo sería por el bien de su hijito y no le hacía comentarios. Ni le contaba de aquella soledad que lentamente comenzaba a apoderarse de sus entrañas.

Y un día Raulito se murió. Se murió como se mueren todos los niños del mundo, con los puños abiertos y la mirada vacía. ¿En qué pensaría Raulito? ¿Cómo fue a llevárselo aquel torrente de agua, veloz como un rayo, que cuando ella corrió a la casa ya su voz no se escuchaba  y su mirada era un hilo de agua en el vacío. Y le cayeron encima todos esos años, de golpe, y se le acabó la paciencia. No pudo más con Eugenio, ni con la casa, ni con los recuerdos. Y Eugenio se consumió en aquellos libros que ella ya no comprendía.

-Apenas me den de alta en la Unidad Sanitaria buscaré un mejor trabajo – le dijo aquella mañana– dice el médico que en quince días puedo caminar sin vendas.

María lo escuchó con resignación, y se atrevió a contestarle:

-Ojalá sea cierto, hace tiempo me venís diciendo que nos vamos de aquí y no lo hacemos. Yo no sé qué te amarra a esta tierra ingrata.

Los días pasaron  y la promesa de Eugenio para irse de aquel lugar no se cumplía. Apenas regresaba del trabajo se bañaba y salía presuroso de su casa. María no se atrevía a preguntarle adónde iba. Guardaba silencio y no quería pensar. Temía que las paredes escucharan sus pensamientos. María empezaba a enfermar. Un día al regresar Eugenio del trabajo se la encontró tirada en el suelo. En vano hubo de llevarla al hospital pues cuando la atendieron ya había dejado de respirar.

Eugenio se sorprendió de su propia resignación. Sintió como un alivio después de regresara casa el día del entierro. ¡Pobre María!, en realidad hacía mucho que no la amaba. Pensó que era el momento de formalizar el asunto con Carmela. Decidió hablarle el día siguiente y darle la sorpresa. El mensaje de aquel papelito en la cesta de tamales aún golpeaba su memoria: “Eugenio, te esperaré hoy y siempre”.

Aquella mañana se levantó temprano. De paso por el mercado escogió un ramo de gladiolas rojas, delas que le gustaban a Carmela. José Luis el ventero se las envolvió en celofán y las amarró con un buen lazo blanco. Eugenio pasó a casa de su patrón Jorge para avisarle que no llegaría al trabajo ese día: estaba de fiesta, iba a formalizarse con Carmela. No tocó la puerta, puesto que el caballo retinto de su patrón no se encontraba en la cuadra como de costumbre y asumió que don Jorge ya había salido.

-Ya le avisaré al regreso, pensó.

Apuró el paso dirigiéndose alegre y cantarín hacia la casa de Carmela. Llevaba el corazón liviano, como sin peso, se decía. Pasaría al pasado la triste historia de Raulito y la pérdida de María. El podría ser un hombre nuevo. ¿No valía la pena ese amor de Carmela? Ahora sí podrían irse de ese pueblo de tristes recuerdos y rehacer su vida. Ahora sí valdría su sexto grado, un mejor empleo, los libros que  acumulaba en su memoria, su esfuerzo por superarse. El también merecía otra oportunidad.

Quizás María, complacida, lo estaría mirando desde el cielo y dándole su aprobación. Después de todo, él no le había fallado. Había esperado hasta el final.

Dobló la esquina con prisa y se detuvo estupefacto…

La casa de Carmela descansaba entre platanillos y crotos multicolores. Su diminuto corredor albergaba un escaño de mimbre con cojines de flores. De flores diminutas como los trajes de Carmela. Solamente que esta vez, confundidos entre las flores de su traje, Carmela y don Jorge se besaban apasionadamente. Atado al portón de la cerca, el caballo retinto  de don Jorge espantaba con el rabo las moscas curiosas que le impedían dormir su siesta bajo el caliente sol de la mañana.

 

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