¿Por qué, en tiempos de incertidumbre, lo nuestro parece mejor?

Una vez más nos han venido a recordar que la vida es impredecible. Esta vez ha sido un virus. Y por mucho que hubiéramos deseado ahorrarnos el recordatorio, parece inevitable que cierta inquietud y temor a lo desconocido se instale en nuestras vidas.

Esta situación también afecta a nuestras actitudes y comportamientos. Hemos podido apreciar grandes ejemplos de solidaridad, pero con el mismo ímpetu estamos viendo reacciones muy negativas hacia otros países, culturas o personas que pertenecen a colectivos que no piensan y actúan como nosotros.

A pesar de que la xenofobia aflora una y otra vez en épocas de crisis e incertidumbre, lo cierto es que en Europa “creemos tan poco en las recaídas de la barbarie”, como escribió Stephan Zweig en sus memorias, “como en brujas y fantasmas”.

¿Es posible que en esta ocasión aprendamos de viejos errores? ¿Qué lugar ocupará la convivencia entre culturas en la “nueva” normalidad?

Mismos problemas, distintas soluciones

Conviene empezar por explicar que las distintas sociedades han utilizado fórmulas variadas para aliviar el desagradable sentimiento que produce la incertidumbre. Como explican Kluckhohn y Strodtbeck en su modelo de la orientación hacia los valores, los seres humanos tenemos todos los mismos problemas (nuestra relación con la naturaleza, con el tiempo, con otras personas, etc.), pero tenemos diferentes maneras de resolverlos.

Las leyes, normas o tradiciones son acordadas por un determinado grupo cultural y suelen estar basadas en unos valores comunes ayudando a establecer un orden que, en último término, reduce la incertidumbre del colectivo. Esto permite a las personas que comparten normas o costumbres enfrentarse de forma conjunta a estos problemas y reducir, con ello, el estrés o la inquietud.

Las reglas pactadas, por tanto, ayudan a que los individuos sepan qué esperar y a qué atenerse; brindan seguridad, lo que es psicológicamente reconfortante. Además, cuando un individuo se enfrenta con una situación que le supone un reto, obligándole a salir de su zona de confort, responderá, en la mayoría de los casos, superando sus dudas o sus temores. Algo que a su vez le ayudará a crecer como persona.

Basándonos en estas ideas podríamos decir que estamos de alguna manera preparados, tanto como individuos, como sociedad, para enfrentarnos y aprender de la adversidad.

De la adversidad al pánico

El problema es que, si el cambio o el reto al que nos enfrentamos es demasiado fuerte, rápido, o acontece sin una adecuada preparación, corremos el riesgo de saltar a una zona llamada de pánico. En esta zona el estrés nos supera, nuestra curiosidad por lo nuevo se anula, y cualquier tipo de aprendizaje resulta imposible.

Esto se debe a que la mayor parte del tiempo estamos intentando controlar nuestra angustia, como explica Senninger. Aquí tratamos de aferrarnos a nuestros valores y creencias más que nunca, en un desesperado intento de mantener pilares sólidos y volver a la zona de confort.

En muchas ocasiones empezamos a percibir lo desconocido o diferente como extraño, falso o incorrecto. Aquello que es distinto, por tanto, se puede llegar a convertir en una especie de amenaza que hay que tratar de eliminar o, por lo menos, reducir.

“Nosotros” frente a “ellos”

El etnocentrismo es la tendencia que las personas tienen a ver su cultura como el punto de referencia, mientras consideran que las otras culturas son inferiores o insignificantes, como explica James W. Neuliep. No está basado en datos, ni criterios racionales, sino en cuestiones emocionales provocadas muchas veces por la construcción de estereotipos. Y es en épocas difíciles cuando más fácilmente aflora nuestro espíritu etnocentrista.

La falta de seguridad incrementa la desconfianza hacia otras personas, como es el caso de gente de otras culturas, países, etnias, etc. Individuos con distintos valores, creencias o comportamientos a los que categorizamos como diferentes. Inconscientemente, empezamos a polarizarnos, es decir, a dividir el mundo en dos categorías contrapuestas: nosotros (los que pertenecen a nuestro círculo o grupo) y ellos (los que están fuera de él).

“Nosotros” compartimos principios, creencias, tradiciones o costumbres similares, hacemos “lo correcto” y actuamos y pensamos “como debe ser”. Nos apoyamos y confiamos unos en otros, somos tolerantes y solidarios con los miembros de nuestro grupo. “Ellos”, por el lado contrario, no solo no comparten nuestros valores, sino que, en ocasiones, se considera que ni los tienen y, de tenerlos, no son los correctos.

Además, el hecho de que sus acciones no nos resulten predecibles incrementa el sentimiento de inquietud y nos separa todavía más. A veces incluso se les puede llegar a acusar de estar implicados en aquello que provocó la crisis o la catástrofe original.

Los fundamentos psicológicos de la discriminación

Estas ideas fueron popularizadas por Tajfel y Turner que, a través de su teoría de la identidad social, afirmaban que los grupos con los que nos identificamos, sean cuales sean, nos definen proporcionándonos un sentido de pertenencia, orgullo e incrementando nuestra autoestima. La idea central de su teoría es que los miembros de un “endogrupo” (nosotros) intentarán encontrar características negativas en el exogrupo (ellos), mejorando así la imagen de sí mismos. Sus teorías sirven para comprender los fundamentos psicológicos de la discriminación entre grupos que, a su vez, se forman muchas veces sobre bases arbitrarias e inventadas.

Es habitual que en épocas de crisis la división entre grupos crezca precisamente por esta intolerancia a la incertidumbre. Así pues, la polarización aumenta y el etnocentrismo se instala.

¿Pero cómo combatir el etnocentrismo si la tendencia natural nos lleva hacia él? Para Mezirow, el etnocentrismo, en el polo opuesto a la competencia intercultural, es un hábito de la mente. Y aunque un hábito no es fácil de transformar, sí se puede hacer a través de una concienciación y una reflexión crítica sobre la subjetividad que existe en la manera que vemos unos grupos u otros.

¿Seremos capaces en este nuevo mundo de reflexionar sobre nuestra propia subjetividad con respecto a otros? ¿Extenderemos la solidaridad demostrada durante el COVID-19 a otros con independencia del grupo al que pertenezcan? Según Bennett, hay esperanza: porque a medida que adquiramos más experiencia y conocimiento sobre las diferencias culturales, nuestra visión del mundo se volverá más compleja y menos etnocéntrica e iremos dejando atrás la polarización.

Poco a poco empezaremos a aceptar las diferencias y, aunque no necesariamente cambiemos nuestros valores o comportamientos, ya no las percibiremos como amenazantes, ni las juzgaremos como correctas o incorrectas.

Ojalá, después del miedo y la incertidumbre, el entendimiento entre culturas tenga más cabida en esta nueva normalidad. Y como dicen, en este mundo interconectado en el que vivimos, de esta salgamos juntos.

The Conversation

Ana Carballal Broome no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Publicado originalmente en The Conversation

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