Marianna Albuquerque y Cintya Feitosa/Latinoamérica21

En un momento de renovadas expectativas sobre el papel de Brasil en la política internacional, el país presidirá, en 2024, el grupo de las 20 principales economías del mundo: el G20. La presidencia brasileña será un momento importante para que el país presente las credenciales del nuevo Gobierno en un foro económico de alto nivel. También podría ser una oportunidad única para llevar al bloque una agenda regional que represente a América Latina.

Aunque proporcionalmente subrepresentada, la región cuenta con tres países en el G20, es decir, Argentina, Brasil y México, pero, históricamente, ninguno de los tres países han coordinado posiciones políticas ni articulado una identidad regional. La pregunta debería ser, por tanto, cuáles son las vías para que los tres países aprovechen la ventana de oportunidad de la presidencia brasileña y construyan una agenda latinoamericana para el grupo.

La intención de ampliar la participación de la región en los debates se reflejó en la invitación de Brasil a Paraguay y a Uruguay para participar en el G20 el próximo año. La inclusión de los invitados está relacionada con el interés del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva en ampliar la representación de los países en vías de desarrollo en los foros internacionales y fortalecer el Mercosur. Paraguay y Uruguay asumen la presidencia pro tempore del Mercosur en 2024 y, junto a Brasil y Argentina, se garantiza que todos los miembros activos del Mercosur estén presentes en el G20, al menos durante un año.

El momento para que el G20 adopte una agenda latinoamericana es prometedor, pero no está exento de dificultades. La región ha sido una de las más afectadas, económica y socialmente, por la pandemia de la COVID-19 y los efectos de la guerra de Ucrania, sufriendo, así, una inflación y una deuda elevadas y un aumento de la pobreza e inseguridad alimentaria.

Históricamente, ha habido poca coordinación efectiva entre Argentina, Brasil y México en el G20. Los tres tienen papeles y prioridades distintos en las relaciones internacionales, lo que plantea dudas sobre si deben analizarse como un grupo por el mero hecho de ser latinoamericanos y compartir similitudes en sus estrategias de desarrollo. Fuera del G20, los tres países han construido identidades políticas y económicas diferentes. México, por ejemplo, mantiene fuertes vínculos con Estados Unidos, principalmente debido al TLCAN, mientras que Brasil y Argentina han llevado a cabo proyectos para diversificar sus asociaciones.

La trayectoria de su relación muestra, sin embargo, algunos posibles caminos por seguir. Entre 2008 y 2015, cuando la región tuvo varios Gobiernos progresistas que enfatizaron la integración regional, hubo destellos de buenas prácticas. Brasil y Argentina actuaron en el G20 como aliados estratégicos, anticipando prioridades, coordinando posiciones y posicionándose como voces latinoamericanas. Esta actuación no fue mera casualidad, sino el reflejo de una decisión política de posicionar la integración regional como pilar de sus políticas exteriores. Ambos países abogaron conjuntamente por la adopción de políticas anticíclicas para contener la crisis de 2008, la reforma del FMI, el énfasis en la evasión de divisas y la regulación de los paraísos fiscales, la conclusión de la Ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio (OMC) de acuerdo con su mandato original de “ronda de desarrollo”, y la necesidad de garantizar la sostenibilidad de las deudas soberanas.

Sin embargo, este mecanismo de coordinación no incluía a México, como consecuencia de su decisión de alinearse con Estados Unidos en los foros económicos. Por lo tanto, el enlace con México fue más ad hoc y se limitó a aspectos específicos de interés mutuo. No obstante, los tres participaron activamente en foros de coordinación de países en vías de desarrollo. La última presidencia mexicana del G20 fue en 2012, y el país incorporó algunas prioridades comunes a los países en vías de desarrollo: seguridad alimentaria, volatilidad de los precios de las materias primas, desarrollo sostenible, crecimiento verde y cambio climático.

A partir de 2016, no obstante, los Gobiernos conservadores y de derecha engendraron un contexto regional de competencia y fragmentación. Cuando Argentina asumió la presidencia del bloque en 2018, el país se encontraba en un momento de especial debilidad en cuanto a su visión regional. Existía la expectativa de que hubiera una plataforma común. El contexto político no le favorecía. Por un lado, los foros multilaterales estaban bajo el ataque constante de Donald Trump. Por otro lado, los asuntos internos dificultaban el compromiso de los tres países latinos. México intentaba estimular debates sobre el asunto migratorio, Argentina atravesaba la persistente crisis económica y política, y Brasil, aún bajo el gobierno de Michel Temer, pero ya habiendo elegido a Jair Bolsonaro, enviaba claros mensajes de que la región no era una prioridad. En el fondo, el espacio de debates sobre América Latina se resumía constantemente en la crisis de Venezuela.

Es hora de que nuestros representantes estén preparados para representar concretamente las necesidades y expectativas regionales en la agenda del G20. La oportunidad internacional converge con realineamientos internos en Brasil que enfatizan la agenda regional. Al asumir la Presidencia de la república en su tercer mandato, Lula señaló como prioridades de política exterior la agenda global de erradicación del hambre y la lucha contra la pobreza, la reconexión con los países latinoamericanos y el liderazgo en la lucha contra el cambio climático global.

Junto con los países panamazónicos, Brasil acoge la Cumbre de Belém, con el objetivo de promover una mayor integración regional en la reducción de la deforestación y la promoción del desarrollo sostenible en la región, y fortaleciendo la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA); en la Convención sobre el Cambio Climático, el país ha negociado en bloque con Argentina y Uruguay, por citar algunos ejemplos.

Hay temas de interés colectivo que nos unen, como la repercusión del cambio climático y las oportunidades de transición energética, la necesidad de defender la comercialización justa de las materias primas, la planificación integrada en relación con la extracción de minerales estratégicos aquí presentes, la reforma del sistema financiero internacional y la institucionalización de mecanismos de transferencia de recursos y tecnología a los países del sur global. La presidencia brasileña significa, por tanto, una ventana de oportunidad innegable para aunar todas estas prioridades, agendas queridas por la región.

Sin embargo, para lograr este resultado, es necesario dar un paso atrás. Argentina, Brasil y México deben, en primer lugar, ponerse de acuerdo y reconocer la importancia de avanzar en una agenda compartida. También deben priorizar y decidir conjuntamente los mecanismos y objetivos políticos. Si desaprovechamos esta oportunidad, América Latina quedará una vez más a la zaga de las decisiones que tomen otros, y seremos siempre países o la región “del futuro”, que nunca llega. Como dice el refrán: el que no se sienta a la mesa está en el menú.

 

Marianna Albuquerque, profesora del Instituto de Relaciones Internacionales y Defensa de la Universidad Federal de Río de Janeiro (IRID-UFRJ), coordinadora del Observatorio Político Sudamericano (OPSA) e investigadora colaboradora del Instituto Clima e Sociedade (iCS).
Cintya Feitosa, asesora de relaciones internacionales del Instituto Clima e Sociedade (iCS).
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