Próspero Sidereo: Cuentos siderales 2 – Bricolaje en Marte

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Próspero Sidereo, Escritor.

Bricolaje en Marte

Los dos amigos se detuvieron al salir de los aromas de “Lhardy” para incorporase al tránsito, animado a esas primeras horas de la tarde de la calle de Alcalá,.

–Dime la verdad ¿te ha gustado el ossobuco? –preguntó el “Güila” mientras se acomodaba en su “scooter” adaptada.

–¡Exquisito! ¿Y el ribera que nos han servido? ¿De qué bodega era? Bueno, a mi, casi me da un espasmo. ¡Que rico! –contestó el “Curro”.

–¿Te quieres subir a la moto? No es que esté muy lejos el Círculo de Bellas Artes pero después de la comida me cuesta más trabajo caminar. Y luego, tener que volver a por él, es una pereza.

–No, gracias amigo, prefiero ir caminando. ¿A qué hora empieza la presentación? Ya sabes que Hawking es muy puntual –quiso precisar el “Curro”.

Arrancaron calle arriba, relamiéndose aun de las yemas con trufas que les habían regalado de postre.

–Tenemos más de una hora. Está cerca. ¿De qué va la charla? –preguntó el Güila.

–Pues de lo suyo. Astronomía. El libro se llama “Qásares y nuevos Universos”.

–¡Que bárbaro! Yo no entiendo nada de eso. Y seguro que conoce a alguien importante en el Círculo, porque no es a cualquiera que le ofrecen la Terraza. Ya verás, es chulísimo.  Desde ahí se ve todo Madrid. Espero que, abajo, me cuiden bien el “scooter”.

Pegados a la fachada de los pares de la calle Alcalá, para molestar lo menos posible a los demás viandantes que iban a paso más vivo, el Curro jadeaba en su marcha por la velocidad que había elegido el Güila para la moto.

–Oye, ¿o bajas la velocidad, o paro un taxi y te espe…pepe…ro allí?, porque con el cuento de que no tenías ganas de caminar, me llevas con la lengua fuera –se quejó el Curro.

–Perdona colega, yo es que me emociono solo, y más si veo a un bombón como ese –se justificó el motorizado mientras le señalaba a su amigo, a una muchacha que les había reconocido y se paró a saludarles.

  –Güila, ¿cómo te va? –le dijo la belleza al amigo, inclinándose para darle un beso, y al hacerlo se sintió una resonancia sospechosamente escatológica, pero los dos amigos no quisieron mirarla por no delatarla.

–¡Oh! Perdón –se disculpó la amiga–. Es que vengo de comer cocido en Cuchilleros y me sienta fatal, pero no lo puedo evitar de vez en cuando. ¡Está tan rico! –terminó de decir relamiéndose sensualmente sus relucientes labios.

–¡Hola guapa! que bien te veo. No te disculpes, ¡es lo normal en esos casos! –le contestó el “Güila” mientras el “Curro”, al otro lado del scooter, impresionado, se llevaba las manos a los bolsillos, esperando si le presentaban a la recién llegada –. Mira te voy a presentar a mi socio y sin embargo amigo… Paco, Amalia.

–¡Encantada! –saludó la joven al “Curro” sin prestarle mucha atención–.Te sigo en el blog. Que interesante todo lo que pones de Astronomía. ¿Vais para arriba? Os acompaño, tengo que coger el bus por allí.

El “Güila”, en su moto, flanqueado por sus dos amigos, volvió a meterle gas, ahora con  mayor suavidad, para continuar la marcha, y con eso se animó algo más de los suyo por el encuentro inesperado.

–Oye “Güila”, una pregunta ¿es verdad que tu jefa, la famosa Hawking, habla en cualquier idioma y piensa conceptualmente? ¿Cómo es eso? –preguntó la antigua amiga del colegio.

–Y no solo eso. Además, con el último programa de dicción que ha creado, puede elegir el tono de voz que quiera –le contestó resuelto mientras se dirigían al Círculo–. Verás, ella, quizás por su enfermedad, piensa como los niños antes de aprender un idioma, en conceptos. Luego su computadora recibe la señal del pensamiento, como una señal eléctrica, y lo edita en la voz, con el tono que haya elegido, o en texto, del idioma que quiera.

–¡Uauu. Que maravilla! Yo quisiera tener un programa de idiomas así. ¡Me encantaría escucharla! –contestó admirada la muchacha.

–Pues precisamente vamos ahora a verla porque va a presentar un libro en  el “Círculo”:  “Qásares y nuevos Universos” –contestó el “Güila” mientras dirigía una discreta mirada a su compañero solicitándole su conformidad para la compañía– ¿Si quieres venirte con nosotros?

–¡Si, claro! –contestó la muchacha alzando los brazos y constatar que contaba con suficiente tiempo.

Comenzaban a descender la calle que, partir de esa cota, declinaba hacia la plaza de Cibeles y, en animada conversación, casi ausentes del trafico de peatones que se iban apartando al paso de los tres, contaba el “Güila” algunos de los inventos de la socia. El compañero tanto reía por las anécdotas que oía, como contagiado por la agradable señorita, que no dejaba de admirarse de las cualidades de la “genio”, como ahora calificaba el colega a la jefa.

Doblaron la fachada del “Círculo” para acceder a su entrada principal. En la misma puerta, detuvo al grupo el vigilante de servicio.

–Buenas tardes –saludó primero el “Güila”–. Venimos a la conferencia de Estrella Hawking. ¿Podría dejar la scooter aquí abajo en un lugar seguro?

–¿Tienen ustedes invitación?

–Nosotros dos si. La señorita es una amiga y ella no.

–Pues lo siento mucho. Las instrucciones son rigurosas y si no consiguen una invitación, la señorita no podrá pasar. La señora Hawking ya está arriba. Por su vehículo no tenga cuidado. Nosotros nos encargaremos de él –contestaron los casi dos metros de altura uniformada.

–Bueno. Mira Amalia. Nosotros subimos un momento, a ver si nos da Haw una invitación, y en seguida baja Curro por ti.

–¡Muchas gracias “Guila”! No te preocupes, otro día será. No quiero molestar.Tengo que hacer también cosas en casa –decididamente, antes de que los muchachos pudieran reaccionar, les dio un par de besos a cada uno, incluido el celoso celador, y puso rumbo a su melena, que ondeaba como estandarte perfumado de lavandas, en busca de quién sabe que bus (se preguntó el “Curro” bajando la mirada inconscientemente hacia aquel movimiento de caderas). Entonces, ya pudieron contestar.

–Adiós. ¡Adiós!

Sin poder ocultar su emoción, el “Curro”, agarrando la moto por el manillar, agachándose para hacerse leer también los labios, le clavó al “Güila” la mirada.

–¿Pero por qué no me la has presentado hace tiempo?

–¿Te ha gustado? ¡Eh! –contestó el “Güila.

–Caballeros, por favor. ¿Me dicen sus nombres? –interrumpió el vigilante–. Lamento mucho haber denegado la entrada a la señorita, pero mis órdenes son estrictas.

–No se preocupe. No pasa nada. Otro día será. Yo soy Walia Teodorico y él es Francisco Amigueti.

–¡Ok! Déjenme ver. Sí, aquí están. Pueden pasar. Si quiere yo me haré cargo de su moto. ¿Me permiten que les ponga esta pulsera de identificación?

–¡Muchas gracias! ¿Donde están los ascensores? –quiso dispensar el ”Güila” para zanjar la situación anterior, al tiempo que se incorporaba del scooter, auxiliado por su amigo–. Primero te voy a llevar a la escalinata principal que es una maravilla –le sugirió al “Curro”.

Dejaron atrás al vigilante intentando dejar a buen recaudo la moto en custodia y solo delante de aquella escalera, como filigrana de mármol, que parecía que ascendía hacia el firmamento de Ptolomeo, pudo olvidar el “Curro” a su reciente Dulcinea.

–¡Uauu! ¿Pero qué es esta belleza?

–Vamos, vamos, que la genio ya está arriba –acució el “Güila” cogiendo camino al ascensor.

–Apóyate en mi –ofreció el “Curro”.

–No hace falta. Voy bien. –declinó el “Güila.

Al llegar al ascensor enseñaron sus muñecas, casi a la par, para identificarse en el acceso.

–Buenas tardes. Vamos a la terraza, por favor. –especificó el “Güila” al ascensorista colocado a efectos de la exposición que iban a presenciar.

–Adelante caballeros. Con mucho gusto. Parada número 7.

A la salida del ascensor, el Sol ya le daba a la escultura de Minerva, reina de toda la terraza, un tono de vino tinto que presagiaba momentos gloriosos. Como diosa que era, velaba desde allí todo el arte y sabiduría de quien a ella acudía. Y debajo de ella, sometiéndose a su hechizo, Hawking, en su sillón ergonómico motorizado, al oir nuevos pasos, levantó la mirada de unos párrafos que tenía preparados, y estaba revisando, para la exposición de su último libro sobre nuevos Universos.

Al verlos, enseguida movió su coche para ir a saludar a sus compañeros.

–Haw. Que voz más seductora has elegido –saludó el “Curro”, agachándose para darle dos besos–. Me recuerda a una actriz de Hollywood, pero no se a quién.

–¿Te gusta? –interrogó Hawking agregando una mirada dulce y seductora, moviendo pestañas, como solo ella solo sabia hacer en los momentos más oportunos– . ¿Cómo estáis? ¿Y la familia?¿Y el scooter Güila…?

–¡Todos están bien querida! La moto me la cuidan abajo.

–¡Que suerte! Yo no puedo –contestó la computadora de su auto, con la voz que había elegido la astrofísica para esta ocasión y que transmitía fidedignamente los pensamientos que ella iba generando, casi al instante. En cambio, cuando traducía lo que escuchaba de los demás, tardaba un poco más, pues tenía que interpretar el tono y sentido de lo que oía.

–¿Ese es el libro que vas a presentarnos? –se inclinó el “Curro” hacia el regazo de la científica para examinarlo–. ¡Humm! “Qásares y nuevos Universos”. ¿Y tu crees que también habrá otra gente rara por ahí que nos estará espiando?

–Pues claro que si, lo que pasa es que nosotros no podemos verlos a ellos desde aquí, porque los Qásares están muy lejos y no alcanzamos a ver lo que hay allí. Luego os lo explico. ¡Muchas gracias por venir!

–¡No pensábamos perdérnoslo! Contestaron al unísono.

Entre el intercambio de agasajos y lisonjas que se tenían entre los tres, la Terraza  se había ido llenado de expectantes oyentes que aguardaban la ocasión para poder saludar a la escritora. Casi todos llevaban un ejemplar en la mano, que habían ido adquiriendo en la entrada al solario, para que se lo firmara la autora, de esa manera que solo ella hacia, con un beso, en alguna página, de un carmín especial de sus labios (una de las pocas cosas que podía mover del exterior de su cuerpo).

–Perdonadme. Mirad ya cuanta gente hay –se disculpó la autora.

–Vamos, vamos, ¡a trabajar!

Parecía que, en esa noche de la Terraza, el cielo se hubiera convertido en un mar turquesa, el público en aves rapaces de emociones nocturnas, y los coches que circulaban lentamente por las profundidades abisales de las calles, en algún tipo de fantásticas luciérnagas.

A la hora prescrita cambió la iluminación, se hizo de un azul más claro y Hawking, disculpándose de las personas que aun quedaban por atender, dejando la firma para el final de la exposición, se dirigió nuevamente al público, al amparo de la diosa Minerva.

–Buenas noches señoras y señores. Les agradezco sincera y profundamente su asistencia a la presentación de este mi ultimo libro: “Qásares y nuevos Universos”, porque es para ustedes para quienes escribo y para quienes trabajo e investigo. También les agradezco especialmente a mis dos compañeros que aquí están, su apoyo y su presencia. Esta noche tenemos, por dicha, a pesar de la contaminación lumínica ciudadana, cielos despejados y así podemos ver allí, a Alakaid en la Osa Mayor y a su izquierda a Arturo en la constelación del Boyero –la voz de Hawking sonaba, en la fresca noche del principio del verano, aun con más calidez, como si fuera hechicera de misteriosos secretos originados en galaxias lejanas.

“Ahora, si miráis un poco más arriba y al Sur, veréis esa Vía Láctea que es nuestra Galaxia  y en algún lugar, sobre el centro de ella, a Sagitario A, el gran agujero negro que lo ocupa, sobre el que todas las estrellas de nuestra galaxia giran y nos mantiene en movimiento. Si Sagitario no existiera, este Sol nuestro, tampoco se hallaría aquí.

El “Curro” se llevó la mano al bolsillo de su pantalón porque su teléfono, al que le había silenciado al comienzo de la conferencia, no dejaba de vibrar. Procurando no perderse una palabra de la exposición alzó la pantalla del celular e identificó la llamada: era el jefazo. En un tono muy bajito, para no molestar a los oyentes, dijo:

–Hola, no cuelgue, ahora hablamos. Es que estamos en una conferencia. Un momento por favor.

Mientras se incorporaba, le hizo una seña a la conferenciante, excusándose porque tenía que salir momentáneamente para poder hablar con tranquilidad. A su socio le dijo de la manera más discreta:

–Es el jefazo. Qué quiere hablar con nosotros. Ahora vuelvo.

Y encorvado, para no quitar la visión de las filas de asientos posteriores a las suyas, fue iluminando, con el mismo teléfono, el suelo para no tropezar con ningún obstáculo. Cerca ya del rellano de la puerta del ascensor reinició la llamada:

–Hola. Sí. Estamos en la presentación del libro de Hawking. Pues ella seguro que tiene el comunicador desactivado porque ahora está hablando a los asistentes. “Güila” dejó el scooter abajo. Estamos en la terraza del edificio…Sí, ahora bajo para ver el mensaje. Luego le llamamos.

Volvió a salir el “Curro” hacia la terraza y se dirigió con prudencia, para no molestar, a la silla que anteriormente ocupaba. Se tapó la boca, como musitando, para hablarle al “Güila”.

–Era el jefazo, que estaba intentado hablar con nosotros por una urgencia, que te ha mandado un archivo con todos los datos a la compu. Tenemos que bajar a ver.

–¿Y no puede esperar hasta que termine la presentación? Esto está muy interesante –objetó el “Güila”.

–Me temo que no. Ha dicho que era urgente y ya sabes como se pone la “Haw” cuando hay algo así.

–Pues hazle una seña a la muchacha para indicarle que tenemos que bajar.

Después de señalarle, como pudo y se imaginó, el “Curro” a la compañera que tenían que ausentarse por unos minutos, se levantaron ambos compañeros, el uno apoyado en el otro, intentando interrumpir a los espectadores lo menos posible.

Llegaron a la puerta del ascensor y, cuando accedieron a él, se encontraron con el rostro del vigilante que les había recibido a la llegada.

–¡Ah! Son ustedes. Precisamente venía a avisarle de que en su scooter no deja de sonar una alarma y no sabemos que es. ¡Nos ha asustado!

–No se preocupe hombre, que no es ninguna bomba. Es la computadora. Ya nos han avisado aquí de que habíamos recibido un mensaje, por eso íbamos a bajar –se disculpó el “Güila”.

Al llegar a la planta de calle, los pocos visitantes que aun todavía quedaban por el hall, se fijaron en la enorme desproporción que mostraban las tres figuras caminando: parecía que fueran los dos colegas en custodia por alguna especie de gigante.

Según llegaban al lugar donde se hallaba resguardada la moto, se iba haciendo cada vez más elevado el tono de aviso de la computadora de abordo del scooter del “Guila”.

–¡Mae!, apaga eso pronto. No me extraña que estos pobres muchachos se estuvieran volviendo locos –espetó el “Curro”–. ¿Tu no tienes derivadas las llamadas a tu celular?

–Pero el celular lo tengo apagado –se justificó el “Güila”–. Vamos a ver lo que dice.

El “Güila” se subió a la moto. Activó sus funciones. Introdujo su clave secreta. Y apareció en la pantalla de navegación, la imagen de mr. Hubble requiriendo la presencia de alguno de ellos para indicarles el objeto de la llamada. Se ahorraron todas las explicaciones que les daba porque observaron un archivo adjunto donde, seguro, figurarían las instrucciones que necesitaban, así economizarían tiempo para regresar y seguir las explicaciones que se estaban perdiendo.

El “Güila” dió a la función compartir con “Haw” y apagó el scooter para subir nuevamente a la terraza.

–Por si acaso no se lo han enviado a la genio –quiso aclararle al “Curro»–. Vamos para arriba, a ver si nos enteramos de algo más.

–¡Muchas gracias! Cuando termine la charla, bajaremos –quisieron cumplir con el vigilante que les miraba con cara de interrogación..

–Habrá, luego, que darle algo a este muchacho –propuso el “Curro”

–Será muchachón –rectificó el “Güila”– porque hay que ver las hechuras.

Subían de nuevo en el ascensor hacia la terraza, y cuando se abrió la puerta en el último rellano, salieron del paralelepípedo, se pararon, y solo pudieron oír:

…”Y la densidad en el interior del Qasar super-masivo crecerá tanto y tanto, hasta que alcance un limite que no pueda superar, y en ese momento explosionará, formando, con las nubes proto-estelares que lo rodeen, un nuevo Universo.

“Muchas gracias por su asistencia y por haberme escuchado con tanta atención.”

Apareció en la pantalla, que conectada a la silla de Hawking transmitía los textos de la conferencia, la frase por ultimo anunciada: “MUCHAS GRACIAS. Estrella Hawking”.

El público, entusiasmado, se arrancó en una densa ovación que apoyaron con decisión los dos socios, pero con más pena, por haberse perdido la mayor parte de la sustancia de la conferencia.

La gente en pie, felicitaba a la conferenciante y ésta, a través de su computadora no dejaba de dar las gracias en varios idiomas. Los colegas se movieron hacia el centro del pasillo de sillas, para ver si podían verla también, pero el público lo había ya congestionado y ella no sería visible desde allí hasta que se fuera despejando.

Los dos socios comenzaron a avanzar con dificultad, pidiendo permiso, por ver si llegaban hasta ella y participar de la aclamación, más notoriamente. Pero era bastante complicado porque el público, aplaudiendo, no se percataba de la premura de los que querían adelantarse.

A base de esfuerzo, y de algún empujón, pudieron llegar a primera fila, junto a su socia, cuando ya las palmas amainaban, y solo pudieron justificarse frente a ella con un gesto de desamparo, dos o tres palmaditas de descargo y unas palabras de explicación:

–¡Lo sentimos! Era el jefe. Que como tu tenías la compu desconectada, y éste tiene la moto abajo, no hemos tenido más remedio que bajar –se justificó el “Curro”

–¡Que pena! –se lamentó el “Güila”– nos perdimos la conferencia tan interesante.

–¡No importa!, luego os la envío por @ –disculpó la voz melodiosa que Haw había estado utilizando para su exposición, apoyada por una mirada de ella, llena de afecto y comprensión– ¿Cuál es el problema ahora?

–Te acabo de mandar un @. Si abres tu compu lo verás –contestó el “Güila”

–Según me ha dicho –intervino el “Curro”– la última maquina que han enviado a Marte se ha quedado atascada.

–¡Ah! La Insight. Ya lo sabia. ¿Y querrán saber si se nos ocurre algo, verdad? –terció Hawking mientras activaba su computadora de abordo.

–¡Exacto! –contestaron ambos.

–Sí, aquí están todos los datos –de una manera casi electrónica, casi automática, Hawking recibió neurológicamente, mentalmente, conocimiento del mensaje recibido a través de su computadora de inteligencia artificial cuántica.

–¿Y que es lo que pasa? ¿Que pasa? –se interesaron ambos.

–Pues ese “lander”, que no lo es porque no tiene capacidad de movimiento, es decir no se puede mover, ¡está fijo en el suelo marciano!, tiene dos accesorios; un sismómetro y un Mole, que es un aparato para medir la temperatura del suelo según lo perfora. Bien, pues el taladro de ese Mole no avanza, se ha quedado bloqueado a treinta centímetros de la superficie, cuando tenía que llegar hasta cinco metros para que fuera eficaz. Por su diseño, solo puede perforar si encuentra suelo de una determinada densidad. Si es muy flojo, éste no ofrecerá suficiente resistencia como para que avance el mecanismo perforador, y si es demasiado duro, tampoco. Y no lo pueden sacar porque lo inutilizarían. Ese “lander”, menos aun se puede mover, porque no tiene ruedas. Y pretenden golpear el suelo con una pala del brazo robótico que lleva, por ver, si hubiera vacío debajo, de consolidarlo. pero si fuera así, podrían producir un hueco mayor con los golpes y llegar a ¡hundir el lander!

“En fin un desastre, ¡con el dineral que se han gastado! Les está muy bien empleado por no habernos encargado el diseño a  nosotros. Si hubiéramos creado nosotros las especificaciones, seguro que ahora no estarían en ese trance.

“Bueno dejadme que lo estudie, y vosotros también, a ver si se os ocurre algo. Vamos con nuestro público que se está aburriendo –la voz que había empleando en esta explicación, según había ido avanzando en ella, había ido subiendo de tono, no de volumen, y se había ido convirtiendo en algo más áspero y bronco.

Parte de su auditorio aun esperaba a la científica para compartir opiniones e ilusiones. Unos camareros aparecieron, de sorpresa, por la entrada a la terraza llevando aperitivos variados.

El “Guila” y el “Curro”, que se habían quedado mudos ante el enojo de su socia, y también amiga, cambiaron de aptitud y se frotaron las manos cuando vieron aparecer las viandas.

Próspero Sidéreo
San Joaquín de Flores. Heredia.
04 de octubre de 2019

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