-Desde la perspectiva de Gustavo Bueno-

Este artículo examina la guerra desde múltiples dimensiones, abordando tanto sus aspectos éticos y morales como sus fundamentos políticos y socioeconómicos. La obra resalta cómo, a pesar de los esfuerzos filosóficos por establecer normas éticas y morales para la guerra, los conflictos armados persisten debido a factores complejos e interrelacionados como la competencia por intereses y poder, las desigualdades socioeconómicas, el radicalismo ideológico y las diferencias culturales.

Rafael Brenes Leiva.

Y que me perdone don Gustavo Bueno,
allá donde esté,
por el abuso y los errores.

Breve epistemología de la guerra

-Desde la perspectiva de Gustavo Bueno-

 

Por Rafael Brenes

 

Y que me perdone don Gustavo Bueno,

allá donde esté,

por el abuso y los errores.

 

Resumen

 

“Breve Epistemología de la Guerra: Desde la Perspectiva de Gustavo Bueno”, examina la guerra desde múltiples dimensiones, abordando tanto sus aspectos éticos y morales como sus fundamentos políticos y socioeconómicos. A lo largo de la historia, los filósofos han reflexionado sobre la guerra, desde los clásicos griegos como Sócrates, Platón y Aristóteles, hasta pensadores cristianos medievales como San Agustín y Santo Tomás de Aquino, y modernos como Kant, Hegel y Marx. Estas reflexiones han intentado comprender la justificación moral y ética de la guerra, así como sus consecuencias en la sociedad.

La obra resalta cómo, a pesar de los esfuerzos filosóficos por establecer normas éticas y morales para la guerra, los conflictos armados persisten debido a factores complejos e interrelacionados como la competencia por intereses y poder, las desigualdades socioeconómicas, el radicalismo ideológico y las diferencias culturales. Se argumenta que la guerra debe ser entendida como una continuación de la política por otros medios, siguiendo la noción de Clausewitz y el materialismo filosófico de Gustavo Bueno. Este enfoque destaca que la guerra es un fenómeno político enraizado en las estructuras materiales de la sociedad y no meramente una lucha entre el bien y el mal. Por tanto, para abordar la guerra de manera integral, es necesario considerar todas sus dimensiones interconectadas, desde las éticas y emocionales hasta las políticas y económicas.

Breve historia de las ideas de la guerra

Si bien las ideas filosóficas sobre la virtud, la justicia y la moralidad siguen siendo relevantes y valiosas para la reflexión ética y política, la prevención de conflictos y la construcción de una paz duradera requieren un enfoque multidimensional que aborde los factores complejos que contribuyen a la guerra. Esto incluye considerar las dimensiones económicas, sociales, políticas y culturales, además de los principios éticos y morales.

Es esencial examinar por qué a pesar de las reflexiones éticas y filosóficas sobre la guerra y la paz, los conflictos armados persisten en el mundo. Este interrogante nos lleva a explorar una serie de complejos desafíos y factores interrelacionados que contribuyen a la perpetuación de la guerra.

La competencia por intereses y poder es un motor central de los conflictos, ya que los seres humanos a menudo se enfrentan en busca de recursos, territorio o influencia. En muchas ocasiones, esta búsqueda de intereses y poder prevalecer sobre las consideraciones éticas y morales, lo que puede resultar en una escalada de conflictos.

Factores socioeconómicos, como la pobreza, la desigualdad económica y la falta de oportunidades, pueden contribuir a la inestabilidad y a conflictos internos. En ocasiones, estas dificultades socioeconómicas llevan a la violencia como un medio para buscar cambios o recursos.

La ideología nacionalista y el radicalismo político o religioso pueden alimentar conflictos y extremismo violento. La lealtad a la nación, al grupo étnico o a una causa puede eclipsar consideraciones éticas y morales.

La diversidad de perspectivas desempeña un papel importante, ya que lo que una sociedad considera ético y moral en el contexto de la guerra puede diferir significativamente de las perspectivas de otras sociedades. Las diferencias culturales, religiosas y políticas pueden generar desacuerdos profundos sobre la justificación y la conducta en tiempos de conflicto.

La cuestión de si la guerra puede ser moral o inmoral plantea un complejo debate en el que la ética y la moral entran en conflicto. La distinción entre estos dos conceptos es crucial para abordar este tema.

La ética se refiere a los principios y normas que guían el comportamiento humano y la toma de decisiones en situaciones específicas. Estos principios éticos pueden variar según la cultura, la religión o la filosofía, pero a menudo están basados en conceptos de justicia, derechos humanos y deber.

La moral, por otro lado, se relaciona con las creencias y valores arraigados en una sociedad o comunidad en particular. La moralidad refleja las normas y expectativas sociales sobre lo que se considera correcto o incorrecto y puede estar influenciada por la religión, la tradición y la historia de una sociedad.

En el contexto de la guerra, surgen preguntas profundas sobre cómo la ética y la moral pueden entrar en conflicto:

La teoría de la “guerra justa” se desarrolló en la tradición filosófica y religiosa occidental para abordar la cuestión de si una guerra puede ser considerada moralmente justificada. Según esta teoría, una guerra debe cumplir con ciertos criterios éticos, como tener una causa justa, ser declarada por una autoridad legítima y usar la fuerza de manera proporcionada y discriminante.

Debates éticos sobre la guerra también se centran en cuestiones como el trato a los prisioneros de guerra, la protección de civiles y la limitación de daños colaterales. Las leyes de la guerra y los tratados internacionales buscan establecer estándares éticos para la conducta en el conflicto armado.

Para quienes participan en la guerra, como soldados y líderes militares, pueden surgir conflictos éticos y morales. Pueden sentir un deber ético hacia su nación y la misión encomendada, pero también pueden enfrentar dilemas morales cuando las acciones de guerra chocan con sus valores personales.

La percepción de la moralidad de la guerra puede variar ampliamente según la cultura y la religión. Algunas sociedades pueden ver la guerra como un deber sagrado, mientras que otras pueden condenarla enérgicamente. La cuestión de si la guerra puede ser moral o inmoral sigue siendo un tema de debate y depende en gran medida de la perspectiva y los valores de cada persona. Algunos argumentan que, en circunstancias extremas, como la autodefensa contra una agresión grave, la guerra puede ser moralmente justificada. Otros abogan por la resolución pacífica de conflictos y consideran que la guerra es inherentemente inmoral.

Esta compleja relación entre ética y moral en la guerra refleja la diversidad de opiniones y valores en la sociedad y destaca la importancia continua de las discusiones éticas y filosóficas para comprender y abordar los desafíos éticos que plantea la guerra en el mundo contemporáneo.

La guerra es un fenómeno complejo que involucra múltiples dimensiones, que interactúan de manera intrincada. La guerra es un dominio del mundo en el que vivimos, de la sociedad moderna, y este dominio, en un primer nivel lo podemos conceptualizar y categorizar, para pasar a un segundo nivel donde analizamos las ideas detrás de la guerra (esto es lo que hacen los filósofos), y desde el materialismo científico, las ideas en los conceptos y categorías de la guerra, para devolver esas ideas al nivel categorial y conceptual.

La reflexión filosófica sobre la guerra no comenzó con los pensadores modernos, sino que tiene profundas raíces en la antigua Grecia. Filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles también abordaron cuestiones relacionadas con la guerra y la paz en sus escritos.

Sócrates, a pesar de ser principalmente conocido por sus contribuciones a la ética y la filosofía moral, también tuvo experiencias y reflexiones relevantes sobre la guerra, influenciadas por su participación directa en campañas militares griegas. Aunque no dejó escritos propios, sus ideas fueron documentadas por sus discípulos, especialmente Platón, lo que nos permite vislumbrar su perspectiva sobre la guerra.

En los diálogos platónicos, Sócrates aparece como un veterano de varias campañas militares, incluyendo las batallas de Potidea, Delio y Anfípolis. Sus experiencias en el campo de batalla no solo moldearon su carácter, sino que también influyeron en su filosofía. Sócrates era conocido por su valentía y resistencia, mostrando una disposición estoica frente a los peligros de la guerra. Esta actitud se refleja en su visión del coraje como una virtud esencial, que implica no solo la capacidad de enfrentar el peligro, sino también la sabiduría para comprender y evaluar correctamente las situaciones de riesgo.

En el diálogo “La República” de Platón, Sócrates explora la naturaleza de la justicia y la organización de la sociedad ideal, incluyendo consideraciones sobre la guerra y la defensa del estado. Propone que los guardianes de la ciudad deben ser educados y entrenados no solo en las artes marciales, sino también en la filosofía y la música, para desarrollar un carácter equilibrado y justo. Según Sócrates, los guerreros ideales son aquellos que poseen una mezcla de valentía y moderación, capaces de defender la ciudad con justicia y honor.

Sócrates también introduce la idea de que la guerra debe ser llevada a cabo con principios éticos. En “La República”, discute que los guardianes de la ciudad deben tratar a los prisioneros de guerra y a los ciudadanos enemigos con humanidad, evitando la crueldad innecesaria. Este enfoque sugiere una visión temprana de la guerra que reconoce la importancia de la moralidad y la ética en el conflicto, prefigurando conceptos que serían más desarrollados por pensadores posteriores como San Agustín y Santo Tomás de Aquino.

Otro aspecto importante de la filosofía de Sócrates respecto a la guerra es su enfoque en la autoconciencia y la reflexión crítica. Sócrates era conocido por su método dialéctico, que implicaba cuestionar y examinar continuamente las propias creencias y acciones. Esta actitud se aplicaba también a la guerra y al servicio militar. Sócrates creía que los ciudadanos, y especialmente los líderes militares, deben someter sus decisiones y acciones a un escrutinio moral constante, asegurándose de que actúan de acuerdo con los principios de justicia y sabiduría.

Un ejemplo concreto de la influencia de Sócrates en la ética de la guerra se puede ver en su propio juicio y condena. En el diálogo “Critón”, Platón relata cómo Sócrates se negó a escapar de la prisión antes de su ejecución, argumentando que hacerlo sería una violación de las leyes y los principios de justicia que él había defendido toda su vida. Esta actitud refleja su compromiso con la justicia y el orden, incluso en circunstancias extremas, y su rechazo a la violencia y la injusticia.

Platón, en su obra “La República”, ofrece una exploración detallada del papel de la guerra en la sociedad ideal y cómo puede contribuir a la formación de ciudadanos virtuosos. En su visión de la polis, Platón reconoce que la guerra, aunque inherentemente destructiva, puede desempeñar un papel crucial en la educación y el desarrollo moral de los jóvenes guerreros, siempre y cuando se utilice con moderación y con fines defensivos.

En “La República”, Platón presenta la idea de que la educación de los guardianes de la ciudad debe ser integral, abarcando tanto el cuerpo como el alma. La formación física incluye el entrenamiento militar, necesario para la defensa de la polis. Platón argumenta que la participación en la guerra puede enseñar a los jóvenes virtudes esenciales como la valentía, la disciplina y la lealtad. La experiencia del combate les ofrece la oportunidad de demostrar su coraje y su capacidad para enfrentar el peligro, elementos clave en la formación de un carácter fuerte y resiliente.

Un ejemplo ilustrativo de la visión de Platón sobre la guerra se encuentra en su discusión sobre la relación entre los guardianes y los ciudadanos de otras polis. Platón sugiere que incluso en la guerra, los guardianes deben actuar con justicia y moderación, evitando la crueldad innecesaria y tratando a los prisioneros y enemigos con humanidad. Esta postura refleja una ética de la guerra que busca minimizar el sufrimiento y promover la justicia, incluso en el contexto del conflicto armado.

En términos prácticos, Platón aboga por una estructura social en la que los mejores y más sabios ciudadanos, aquellos que han sido rigurosamente educados y han demostrado su virtud, sean los responsables de tomar decisiones sobre la guerra y la paz. Estos líderes filosóficos-guerreros, que combinan el conocimiento con la experiencia militar, están mejor equipados para evaluar cuándo la guerra es necesaria y cómo debe conducirse de manera justa y moderada.

Aristóteles, en su obra “Política”, ofrece una perspectiva pragmática y ética sobre la naturaleza de la guerra y su rol en la polis. Reconociendo la guerra como un fenómeno inevitable en la vida humana, Aristóteles enfatiza la necesidad de que la ciudad-estado esté preparada para defenderse contra amenazas externas. Sin embargo, subraya que la guerra debe ser emprendida con moderación y siempre orientada hacia el bien común.

En “Política”, Aristóteles sostiene que la guerra es una extensión de la naturaleza humana y la política. La preparación para la guerra y la defensa de la polis son responsabilidades esenciales de un estado bien ordenado. Aristóteles reconoce que la supervivencia y la autonomía de la polis pueden depender de su capacidad para resistir agresiones externas y asegurar su territorio y recursos. Esta perspectiva pragmática se basa en la comprensión de que, aunque la guerra puede ser inevitable, su propósito debe estar siempre alineado con la protección y el bienestar de la comunidad.

Al igual que Platón, Aristóteles aboga por la moderación en la guerra. Argumenta que la guerra no debe ser un fin en sí misma, sino un medio para lograr un propósito justo y beneficioso para la polis. La guerra debe ser emprendida únicamente cuando es necesaria y debe ser conducida de manera que minimice el sufrimiento y la destrucción. Aristóteles critica las guerras de agresión y conquista, ya que estas suelen estar motivadas por la ambición y el deseo de poder, y no por el bienestar de la comunidad.

Aristóteles también introduce la idea de que la guerra debe estar vinculada al bien común. En su visión, la política y la ética están intrínsecamente conectadas, y cualquier acción estatal, incluida la guerra, debe contribuir al florecimiento y la felicidad de los ciudadanos. La guerra justa, según Aristóteles, es aquella que defiende la justicia, protege los derechos y la seguridad de los ciudadanos, y contribuye a la estabilidad y la prosperidad de la polis.

Un ejemplo concreto de la aplicación de los principios aristotélicos puede observarse en su discusión sobre la educación militar. Aristóteles sugiere que los jóvenes deben ser entrenados en las artes de la guerra, no solo para la defensa de la polis, sino también para desarrollar virtudes como la valentía y la disciplina. Este entrenamiento, sin embargo, debe estar acompañado por una educación en la ética y la filosofía, para asegurar que los futuros líderes y ciudadanos actúen de manera justa y moderada.

En su análisis de la guerra, Aristóteles también aborda la importancia de la justicia distributiva y correctiva en el contexto bélico. Insiste en que las recompensas y castigos derivados de la guerra deben ser distribuidos equitativamente, reconociendo los méritos y faltas de los individuos de manera justa. Esta preocupación por la justicia refuerza su argumento de que la guerra debe servir al bien común y no a los intereses de unos pocos.

En la filosofía antigua, particularmente en las obras de pensadores como Platón y Aristóteles, se puede identificar una sociología incipiente de la guerra y la paz. Estos filósofos sostenían la idea de que la guerra estaba vinculada a las imperfecciones o vicios en la sociedad y que la paz estaba asociada a la virtud y la justicia.

Esta perspectiva sociológica temprana sobre la guerra y la paz sugería que las condiciones sociales y políticas eran determinantes importantes en la aparición de conflictos armados. Si la virtud y la justicia prevalecían en una sociedad, se esperaba que la paz fuera más probable, mientras que la guerra era vista como un resultado de la corrupción y la injusticia.

Estos conceptos filosóficos influyeron en las discusiones posteriores sobre la ética y la política de la guerra y la paz, y resaltaron la importancia de la virtud y la justicia en la construcción de sociedades pacíficas. Aunque estas ideas provienen de la antigüedad, continúan siendo relevantes en el pensamiento contemporáneo sobre los conflictos y la búsqueda de la paz en el mundo.

San Agustín y Santo Tomás de Aquino, destacados filósofos cristianos de la Edad Media, hicieron contribuciones significativas en este campo y sus ideas influyeron en la posterior formulación de conceptos como la “paz perpetua” de Kant.

San Agustín, en su obra “La Ciudad de Dios”, ofrece una reflexión profunda sobre la guerra y la paz desde una perspectiva teológica y filosófica. En el contexto del siglo V, cuando el Imperio Romano estaba en declive y enfrentaba numerosas amenazas, San Agustín se vio en la necesidad de abordar la realidad de los conflictos bélicos y su compatibilidad con los principios cristianos.

San Agustín introduce el concepto de “guerra justa” (bellum iustum), una idea que ha influenciado significativamente la doctrina cristiana y la filosofía moral occidental. Según San Agustín, una guerra puede considerarse justa si cumple con ciertos criterios específicos. En primer lugar, debe ser declarada por una autoridad legítima, lo que significa que no cualquier individuo o grupo puede iniciar un conflicto armado. Este principio se basa en la necesidad de mantener el orden y la legitimidad en el ejercicio del poder.

En segundo lugar, la guerra debe tener una causa justa, como la defensa contra una agresión injusta o la recuperación de algo que ha sido injustamente tomado. San Agustín argumenta que la violencia puede ser moralmente permisible si su objetivo es corregir un mal o una injusticia. Un ejemplo de esto podría ser una nación que entra en guerra para proteger a su población de una invasión extranjera que amenaza su seguridad y bienestar.

El tercer criterio es la intención recta. La guerra justa no debe llevarse a cabo por motivos de venganza, avaricia o poder, sino con la intención de restaurar la paz y la justicia. San Agustín insiste en que el objetivo final de cualquier conflicto debe ser la paz duradera y no la mera victoria militar. Por ejemplo, si un país entra en guerra únicamente para expandir su territorio o saquear recursos, tal acción no sería considerada justa según los criterios agustinianos.

A pesar de justificar la guerra bajo ciertas condiciones, San Agustín enfatiza la importancia suprema de la paz. Para él, la paz no es simplemente la ausencia de guerra, sino un estado de armonía y justicia que refleja la ordenación divina del universo. En su visión, la paz es el ideal hacia el cual debe orientarse toda acción humana. Incluso cuando se justifica la guerra, el propósito último debe ser la creación de una paz más justa y estable.

Un ejemplo histórico que ilustra los principios de San Agustín es la defensa de Constantinopla en el año 717-718 durante el asedio de los árabes. La ciudad, bajo el liderazgo del emperador León III, resistió la invasión con el objetivo de proteger a sus ciudadanos y mantener la estabilidad del Imperio Bizantino. Aunque la guerra fue feroz, el fin buscado era la preservación de la paz y el orden en la región.

Santo Tomás de Aquino, profundamente influenciado por las enseñanzas de San Agustín, llevó la teoría de la guerra justa a un nivel más sistemático y detallado en su obra magna “Summa Theologica”. En este tratado, Tomás de Aquino no solo reitera los principios de su predecesor, sino que también los organiza y expande, ofreciendo una guía más estructurada para evaluar la justicia de la guerra.

Tomás de Aquino desarrolla aún más los tres criterios esenciales para que una guerra sea considerada justa: la autoridad legítima, la causa justa y la intención correcta. Pero además de estos tres criterios, Tomás de Aquino introduce el principio de proporcionalidad, un aspecto crucial en su teoría de la guerra justa. Este principio sostiene que el uso de la fuerza en la guerra debe ser proporcional al daño sufrido y que los beneficios esperados de la acción bélica deben superar los costos y daños causados. Por ejemplo, una respuesta militar masiva a una provocación menor no sería proporcional y, por lo tanto, no sería justa según los principios tomistas.

Un ejemplo histórico que ilustra los criterios de Tomás de Aquino es la Segunda Guerra Mundial, específicamente la intervención de los Aliados contra la Alemania nazi. Los Aliados actuaron bajo la autoridad legítima de sus gobiernos, tenían una causa justa al defenderse de la agresión y las atrocidades nazis, y buscaban restaurar la paz y la justicia en Europa. Sin embargo, incluso en este contexto, el principio de proporcionalidad se convierte en una cuestión de debate, especialmente en relación con el uso de bombardeos estratégicos que causaron grandes pérdidas de vidas civiles.

Santo Tomás de Aquino, por tanto, no solo heredó la visión de San Agustín sobre la guerra justa, sino que también la refinó y la articuló con mayor precisión. Su enfoque proporciona un marco ético robusto que permite evaluar la moralidad de la guerra en diferentes contextos históricos y contemporáneos, destacando la necesidad de limitar la violencia y buscar siempre la paz y la justicia.

Estas ideas de San Agustín y Santo Tomás de Aquino proporcionaron una base ética y moral para la consideración de la guerra en la tradición cristiana y occidental. Sin embargo, es en la Ilustración del siglo XVIII cuando Immanuel Kant presentó su visión de la “paz perpetua” en su obra “Idea para una historia universal en clave cosmopolita” y “Sobre la paz perpetua”.

Immanuel Kant, en su ensayo “La paz perpetua” (1795), presenta una visión filosófica y política de la paz que trasciende la mera ausencia de guerra y busca establecer un estado duradero basado en principios morales y políticos. A diferencia de las reflexiones de San Agustín y Santo Tomás de Aquino, quienes centraron su atención en los criterios para justificar la guerra, Kant se enfoca en cómo evitar la guerra y crear una paz sostenible a nivel global.

Kant argumenta que la paz verdadera no puede ser simplemente un intervalo entre guerras, sino un estado permanente que debe ser alcanzado a través de un orden internacional justo. Para lograr esto, propone que las naciones deben unirse en una federación de repúblicas. Esta federación, o “liga de naciones”, estaría compuesta por estados que respeten los principios democráticos y los derechos humanos, garantizando así un entorno de respeto mutuo y cooperación.

Uno de los pilares fundamentales de la teoría kantiana es la idea de que los estados deben ser repúblicas democráticas. Según Kant, en una república democrática, los ciudadanos tienen voz y voto en las decisiones políticas, incluyendo la decisión de ir a la guerra. Debido a que los ciudadanos son quienes sufren las consecuencias directas de la guerra, como la pérdida de vidas y recursos, es menos probable que apoyen conflictos innecesarios. Esta premisa se basa en la idea de que la participación democrática fomenta la responsabilidad y la moderación en la política exterior.

Kant también destaca la importancia del derecho internacional como un marco regulador que promueva la paz. Propone la creación de tratados y acuerdos internacionales que establezcan reglas claras para la conducta de los estados y resuelvan disputas de manera pacífica. Este marco legal internacional, respaldado por una federación de repúblicas, funcionaría como un sistema de disuasión contra la agresión y las violaciones de los derechos humanos.

La visión cosmopolita de Kant aboga por un orden mundial en el que las naciones colaboren en lugar de enfrentarse. Este enfoque se inspira en parte en las reflexiones de San Agustín y Santo Tomás de Aquino sobre la importancia de la paz y la ética en la política. Mientras que Agustín y Tomás proporcionan una base para justificar la guerra bajo ciertas condiciones, Kant lleva estas ideas un paso más allá al proponer un sistema internacional diseñado para prevenir la guerra por completo.

Por su parte, las ideas kantianas, que abogaron por la paz perpetua y la cooperación entre las naciones, influyeron en la formulación de políticas internacionales en el siglo XX. El presidente estadounidense Woodrow Wilson desempeñó un papel importante en la promoción de estos principios en la arena internacional. Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial y desempeñó un papel crucial en la creación de la Liga de Naciones, una organización internacional establecida después de la guerra con el objetivo de promover la paz y la cooperación entre las naciones. Wilson propuso una serie de Catorce Puntos que incluían principios como la autodeterminación de los pueblos y la resolución pacífica de conflictos.

Si bien la Liga de Naciones no logró prevenir la Segunda Guerra Mundial, sentó las bases para la creación de las Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial. Las Naciones Unidas se establecieron con el propósito de mantener la paz y la seguridad internacionales, promover la cooperación económica y social, y proteger los derechos humanos.

Es importante destacar que, a lo largo de la historia, las ideas filosóficas que enfatizan la virtud, la justicia y la moralidad como fundamentos para la paz han tenido un impacto limitado en la prevención de conflictos y la erradicación de la guerra. A pesar de los ideales éticos y racionales promovidos por filósofos como Platón, Aristóteles y Kant, los seres humanos han continuado involucrándose en conflictos armados a lo largo de los siglos.

El filósofo Baruch Spinoza, conocido por su obra “Ética” y su enfoque en el racionalismo y la filosofía de la mente, abordó temas éticos y morales que pueden arrojar luz sobre la relación entre ética y moral en el contexto de la guerra. Aunque Spinoza no se centró explícitamente en la guerra en su obra, sus ideas generales sobre ética y moral tienen relevancia para esta cuestión.

Spinoza defendió una concepción de la ética basada en la razón y la comprensión de la naturaleza humana. Creía que la moralidad se deriva de una comprensión clara y adecuada de la realidad y que los seres humanos actúan de acuerdo con sus deseos y pasiones. Desde su perspectiva, la moralidad implica comprender y actuar de acuerdo con lo que es verdadero y razonable.

En este contexto, Spinoza podría argumentar que la guerra es inmoral cuando se basa en pasiones irracionales, como la venganza, el odio o la ambición desmedida. Si las causas de la guerra no son racionales ni justificables desde una perspectiva objetiva, Spinoza podría considerarla inmoral. Su enfoque ético subraya la necesidad de que las acciones humanas se alineen con una comprensión racional de la naturaleza y de la realidad, lo que implica que los conflictos impulsados por emociones descontroladas no cumplen con estos criterios.

Por otro lado, Spinoza también podría admitir que, en circunstancias excepcionales, una guerra podría ser éticamente justificada si se basa en una causa justa y se lleva a cabo con una comprensión clara y adecuada de la situación. Esto estaría en línea con su énfasis en la razón y la comprensión como fundamentos de la ética. En este sentido, una guerra que se emprende con la intención de defenderse contra una agresión injusta, proteger la vida y la libertad de las personas, y restablecer un orden racional y justo, podría ser considerada ética desde la perspectiva de Spinoza.

Entrar a juzgar si una guerra es justa o no, moral o no, etc., es una empresa muy difícil. Tal vez se podría hacer un intento por entender la guerra como prudente e imprudente. Considerar la guerra en términos de prudencia e imprudencia es interesante y puede proporcionar una perspectiva diferente para analizar conflictos armados. En lugar de evaluar la moralidad o justicia de la guerra, la prudencia se centra en la sabiduría práctica y la toma de decisiones basadas en el cálculo de riesgos y consecuencias.

En este enfoque, se podría considerar que una guerra es prudente cuando se toma después de una evaluación exhaustiva de los costos, beneficios y posibles consecuencias, y cuando se considera que es la mejor opción para alcanzar un objetivo legítimo. Por otro lado, una guerra podría ser vista como imprudente cuando se toma sin una evaluación adecuada de las implicaciones y se basa en impulsos irracionales o motivos inapropiados. Este enfoque podría ayudar a evitar juicios morales y éticos subjetivos sobre la guerra y centrarse en la evaluación práctica de las decisiones que llevan a conflictos armados.

Esta perspectiva, centrada en la prudencia, permite un análisis más matizado y objetivo de las decisiones bélicas, enfocándose en la racionalidad y la justificación de las acciones en lugar de juicios morales que pueden ser subjetivos y relativos. Además, resuena con el énfasis de Spinoza en la razón y la comprensión como guías para la acción ética, ofreciendo un marco para evaluar la guerra de manera que se alineen con principios racionales y realistas.

En este enfoque, se podría considerar que una guerra es prudente cuando se toma después de una evaluación exhaustiva de los costos, beneficios y posibles consecuencias, y cuando se considera que es la mejor opción para alcanzar un objetivo legítimo. Por otro lado, una guerra podría ser vista como imprudente cuando se toma sin una evaluación adecuada de las implicaciones y se basa en impulsos irracionales o motivos inapropiados. Este enfoque podría ayudar a evitar juicios morales y éticos subjetivos sobre la guerra y centrarse en la evaluación práctica de las decisiones que llevan a conflictos armados.

¿La paz el objetivo de la guerra?

En cuanto al objetivo de la guerra como la paz, esta idea tiene sus raíces en la antigua Grecia y se encuentra en los escritos de figuras como Sófocles y Eurípides. En sus obras de teatro, exploraron las tragedias y los sufrimientos causados por la guerra, y sugirieron que el propósito de la guerra debería ser la restauración de la paz y la estabilidad en la sociedad.

Sófocles, en obras como “Áyax” y “Filoctetes”, presenta personajes que han sido profundamente afectados por la guerra. Estas tragedias no solo destacan el sufrimiento individual y colectivo, sino que también plantean preguntas sobre la justicia y el propósito de los conflictos. A través de sus personajes, Sófocles explora la idea de que la guerra, aunque a menudo inevitable, debería tener como objetivo final la restauración de un orden justo y pacífico.

Eurípides, por su parte, en obras como “Las troyanas” y “Hécuba”, pone de relieve el sufrimiento de las mujeres y los niños como víctimas colaterales de la guerra. Eurípides critica la brutalidad y la futilidad de la guerra, sugiriendo que el verdadero objetivo debería ser la paz y la reconstrucción social tras la devastación. En “Las troyanas”, por ejemplo, se muestra el dolor y la desesperación de las mujeres de Troya después de la caída de la ciudad, cuestionando la gloria de la guerra y enfatizando la necesidad de la paz.

La reflexión filosófica sobre el objetivo de la guerra, particularmente desde la perspectiva de filósofos antiguos como Platón y Aristóteles, nos lleva a un viaje profundo en la búsqueda de la paz en medio de la conflictividad humana. Platón, en su diálogo “La República”, presenta la idea de que la guerra puede ser una herramienta necesaria para preservar la paz y la justicia en una sociedad ideal. Sin embargo, insiste en que la guerra debe ser llevada a cabo con justicia y moderación, y su propósito fundamental debe ser la restauración de la armonía y la estabilidad en la polis. En última instancia, Platón ve la guerra como un medio para alcanzar la paz, pero solo si se guía por principios éticos y filosóficos.

Aristóteles, discípulo de Platón, también aborda la cuestión de la guerra en su obra “Política”. Él considera que la guerra puede ser justificada en ciertas circunstancias, pero su objetivo último debe ser la creación de un orden político que promueva la virtud y la felicidad de la comunidad. Desde la perspectiva aristotélica, la guerra es un medio para establecer un estado de paz más virtuoso y justo. Aristóteles argumenta que la guerra debe ser utilizada como un último recurso y siempre con la finalidad de asegurar un bien mayor para la comunidad.

La conexión entre la guerra y la paz en la filosofía griega antigua se refleja en la creencia de que la paz es el objetivo último y deseado de la sociedad humana. La guerra, en este contexto, se contempla como un medio necesario en la búsqueda de la paz. Sin embargo, esta visión no implica que todas las guerras sean justas o deseables, sino que, cuando sea necesario recurrir a la guerra, debe hacerse con un propósito claro y ético: la restauración de la paz y la justicia.

El tema del objetivo de la guerra y su relación con la paz se vuelve aún más complejo cuando consideramos las perspectivas de filósofos como Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Karl Marx. Estos pensadores, influyentes en la filosofía política y social, aportaron nuevas dimensiones al análisis de la guerra y su papel en la sociedad.

El tema del objetivo de la guerra y su relación con la paz se vuelve aún más complejo cuando consideramos las perspectivas de filósofos como Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Karl Marx. Estos pensadores, influyentes en la filosofía política y social, aportaron nuevas dimensiones al análisis de la guerra y su papel en la sociedad.

Hegel, en su obra “Filosofía del Derecho” y su filosofía política en general, desarrolla una visión del Estado como una entidad que representa la voluntad ética y racional de la sociedad. Desde esta perspectiva, la guerra puede ser vista como una manifestación de la voluntad del Estado en la búsqueda de sus intereses y objetivos. Hegel argumenta que, en algunas circunstancias, la guerra puede ser un medio para resolver conflictos y avanzar hacia una paz más sólida y estable. Ve la guerra como una etapa en el proceso dialéctico que conduce a la autorrealización del Estado.

En la filosofía de Hegel, el Estado es la encarnación de la racionalidad y la libertad, y se considera el punto culminante del desarrollo ético de la sociedad. Hegel sostiene que la historia es un proceso dialéctico en el que los conflictos y las contradicciones se resuelven a través de la síntesis, lo que lleva al progreso y al desarrollo de la libertad. La guerra, en este marco, no es simplemente un acto de violencia sino un momento necesario en el despliegue de la libertad y la racionalidad a través de la historia.

Hegel ve la guerra como un fenómeno que puede revitalizar la ética y la cohesión de una sociedad. Según él, la guerra tiene el potencial de superar el egoísmo individual y de promover la unidad y la solidaridad dentro del Estado. En su obra “Filosofía del Derecho”, Hegel escribe que la guerra puede servir para restaurar la salud ética de un pueblo al recordarles su compromiso con el bien común y su dependencia mutua en tiempos de crisis. Así, la guerra se convierte en un mecanismo que puede fortalecer la identidad nacional y la cohesión social.

Sin embargo, Hegel no glorifica la guerra por sí misma. Reconoce sus devastaciones y sufrimientos, pero argumenta que, en la marcha inexorable de la historia, los conflictos armados pueden ser inevitables y, en algunos casos, necesarios para el progreso y la realización del espíritu absoluto. La guerra, desde su perspectiva, puede ser un medio para la resolución de conflictos que no pueden ser resueltos por otros medios, y puede conducir a una nueva etapa de estabilidad y orden más racional.

En la dialéctica hegeliana, cada etapa de la historia lleva consigo sus propias contradicciones que eventualmente deben resolverse para que la sociedad avance. La guerra, entonces, puede ser vista como una forma de resolver estas contradicciones, proporcionando la oportunidad de establecer un nuevo orden que sea más coherente con los principios de racionalidad y libertad. En este sentido, Hegel considera que la paz resultante de la guerra, aunque no sea permanente, es una paz más sólida y estable, porque se ha logrado a través de la superación de conflictos fundamentales.

Por lo tanto, la visión de Hegel de la guerra y la paz está profundamente arraigada en su concepción dialéctica de la historia y el desarrollo del espíritu. La guerra no es el fin, sino un medio que, en determinadas circunstancias, puede ser necesario para el avance hacia un estado de mayor racionalidad y libertad. Esto no implica una justificación simplista de la guerra, sino un reconocimiento de su papel complejo y a veces necesario en el proceso histórico de la autorrealización del Estado y la sociedad.

Por otro lado, Karl Marx, en su análisis materialista de la historia y su crítica al sistema capitalista, plantea cuestiones profundas sobre la relación entre la guerra y la economía. Marx argumenta que la guerra, en muchos casos, es una manifestación de la lucha por recursos y poder entre clases sociales y naciones. Vio la guerra como una expresión de las contradicciones inherentes al sistema capitalista y como un medio a través del cual las élites poderosas buscaban proteger y expandir sus intereses. Desde esta perspectiva, la guerra no necesariamente conduce a la paz, sino que puede perpetuar la explotación y la opresión.

En la teoría marxista, la historia de la humanidad es vista como una serie de conflictos de clase que se desarrollan a través de distintas etapas económicas. Marx sostiene que las estructuras económicas y las relaciones de producción son fundamentales para entender el desarrollo social y político. La guerra, en este contexto, se entiende como una extensión de estos conflictos de clase en el ámbito internacional.

Marx argumenta que las guerras son a menudo provocadas por la competencia entre las potencias capitalistas por el control de los recursos naturales, mercados y áreas de influencia. Estas guerras no solo benefician a las élites capitalistas, que buscan maximizar sus ganancias y consolidar su poder, sino que también sirven para desviar la atención de los conflictos internos y las contradicciones del propio sistema capitalista. En este sentido, la guerra es vista como un mecanismo que las élites utilizan para mantener su dominación y evitar que las tensiones de clase se traduzcan en movimientos revolucionarios dentro de sus propios países.

La Primera Guerra Mundial, por ejemplo, es interpretada por muchos marxistas como una guerra imperialista, donde las principales potencias capitalistas lucharon por la repartición del mundo y la expansión de sus imperios. Esta guerra no resolvió las contradicciones inherentes al capitalismo, sino que las exacerbó, llevando eventualmente a la Revolución Rusa y a la agitación social en varias partes del mundo.

Marx también enfatiza que la guerra tiene efectos devastadores sobre la clase trabajadora. Mientras que las élites pueden beneficiarse económicamente de la guerra, los trabajadores son quienes sufren las peores consecuencias: la muerte, la destrucción de sus comunidades y el aumento de la explotación. La guerra, desde esta perspectiva, perpetúa la opresión de la clase trabajadora y fortalece la posición de la burguesía.

Además, las guerras pueden ser vistas como una forma de resolver las crisis de sobreproducción que son comunes en el capitalismo. Cuando la producción supera la demanda, las guerras pueden ser utilizadas para destruir el exceso de capital y reactivar la economía mediante la producción bélica y la reconstrucción posterior. Este ciclo de destrucción y reconstrucción, aunque temporalmente revitaliza la economía, no aborda las causas subyacentes de las crisis capitalistas y perpetúa un sistema basado en la explotación y la desigualdad.

Desde la perspectiva marxista, la paz duradera solo puede lograrse mediante la abolición del sistema capitalista y la instauración del socialismo, donde los medios de producción sean controlados por los trabajadores y se eliminen las bases económicas de la guerra. Hasta que esto se logre, la guerra seguirá siendo una herramienta de las élites para proteger y expandir sus intereses a expensas de la clase trabajadora.

La influencia de Hegel y Marx en la filosofía política y social ha llevado a un análisis más profundo de las motivaciones y consecuencias de la guerra. Sus ideas nos obligan a considerar la interacción entre factores políticos, económicos y sociales en el conflicto armado. Además, plantean preguntas críticas sobre cómo abordar la paz y la justicia en un mundo marcado por tensiones y desigualdades.

Hegel, con su visión dialéctica de la historia, nos invita a ver la guerra como una etapa en el desarrollo de la libertad y la racionalidad. La guerra, para Hegel, puede ser un medio para resolver las contradicciones inherentes a un orden político y social, conduciendo eventualmente a una paz más estable y racional. Su énfasis en el Estado como la realización de la voluntad ética y racional de la sociedad implica que los conflictos armados pueden ser necesarios para el progreso histórico. La guerra, en esta perspectiva, es tanto una tragedia como una oportunidad para el avance hacia una mayor autorrealización y cohesión social.

Marx, por su parte, ofrece una crítica radical a esta visión, argumentando que la guerra es una manifestación de las contradicciones del sistema capitalista. Según Marx, la guerra no es un medio para alcanzar una paz más estable, sino una herramienta utilizada por las élites capitalistas para proteger y expandir sus intereses económicos y políticos. Las guerras son vistas como conflictos derivados de la competencia por recursos y mercados, exacerbando las desigualdades y perpetuando la explotación de la clase trabajadora. Marx subraya que la verdadera paz y justicia solo pueden lograrse a través de la abolición del capitalismo y la instauración de una sociedad socialista, donde los medios de producción sean controlados colectivamente.

Ambos filósofos destacan la importancia de entender la guerra no solo como un fenómeno aislado, sino como un proceso profundamente interconectado con las estructuras políticas, económicas y sociales. Hegel nos recuerda que los conflictos armados pueden tener raíces en las tensiones y contradicciones internas de un orden político, mientras que Marx nos alerta sobre el papel de las dinámicas económicas y de clase en la generación y perpetuación de los conflictos bélicos.

Estas perspectivas nos llevan a considerar la necesidad de abordar las causas profundas de la guerra si se desea lograr una paz duradera y una justicia genuina. Para Hegel, esto implica trabajar hacia un orden político más racional y ético, donde las contradicciones internas se resuelvan a través de la razón y la voluntad colectiva. Para Marx, en cambio, es esencial transformar las relaciones de producción y abolir las estructuras capitalistas que generan desigualdad y conflicto.

Además, tanto Hegel como Marx plantean preguntas críticas sobre la legitimidad y la ética de la guerra. Hegel, a pesar de su aceptación de la guerra como una etapa necesaria, reconoce los horrores y el sufrimiento que conlleva, mientras que Marx denuncia la inmoralidad de las guerras capitalistas que sacrifican vidas humanas por intereses económicos. Estas reflexiones obligan a reconsiderar cómo se pueden justificar las guerras y bajo qué condiciones, si es que alguna vez pueden ser justificadas.

En el contexto contemporáneo, sus ideas nos invitan a reflexionar sobre los conflictos actuales y las políticas de intervención militar. La perspectiva hegeliana puede proporcionar una justificación para ciertas intervenciones en nombre de la protección de la paz y la justicia, mientras que la crítica marxista nos advierte sobre las verdaderas motivaciones económicas y políticas que pueden subyacer a estas acciones.

En última instancia, la influencia de Hegel y Marx en el análisis de la guerra y la paz subraya la complejidad del fenómeno y la necesidad de enfoques multidisciplinarios y críticos. Sus ideas nos desafían a considerar cómo las estructuras políticas, económicas y sociales interactúan para generar conflictos armados y cómo se pueden diseñar estrategias más efectivas para abordar las raíces profundas de la guerra y construir un orden mundial más justo y pacífico.

El busca del entendimiento de la guerra

Las complejidades del análisis ético y emocional en el contexto de la guerra deben ser resaltadas. Es cierto que la guerra a menudo involucra acciones que pueden considerarse éticamente cuestionables por parte de todos los actores involucrados, lo que puede llevar a una falta de claridad moral en el conflicto. Además, el análisis emocional puede ser subjetivo y sesgado, lo que dificulta llegar a conclusiones objetivas.

Es un fenómeno humano que desafía no solo nuestra capacidad de comprensión, sino también nuestras nociones fundamentales de ética, emoción y conocimiento. Al analizar la epistemología de la guerra, es necesario considerar los aspectos éticos y emocionales que la envuelven, así como la posibilidad de un análisis cuantitativo que, aunque sugerido de manera irónica, arroja luz sobre la dificultad de comprenderla plenamente.

Es en la intersección entre la ética y la moral donde se suscitan cuestionamientos profundos. La ética de la guerra se encuentra en un terreno movedizo, ya que los actores involucrados a menudo se embarcan en acciones que pueden considerarse moralmente inaceptables.

Un punto importante a considerar es que, en la guerra, ambas partes suelen actuar de manera no ética, lo que puede llevar a una paradoja moral. Si ambas partes recurren a tácticas cuestionables, ¿cómo podemos establecer un juicio ético claro? Esta contradicción entre la ética y la moral se vuelve especialmente relevante cuando se trata de guerras asimétricas o conflictos en los que un actor tiene un poder abrumador sobre el otro.

Un ejemplo que ilustra esta paradoja ética es el uso de la violencia indiscriminada en conflictos contemporáneos. Tanto los actores estatales como los no estatales a menudo recurren a ataques que ponen en riesgo la vida de civiles inocentes. Desde una perspectiva ética, esto es inaceptable, ya que implica una violación flagrante de principios como la proporcionalidad y la distinción entre combatientes y no combatientes. Sin embargo, en la práctica, vemos que esta conducta prevalece, lo que plantea desafíos fundamentales para nuestro entendimiento de la ética en tiempos de guerra.

La cuestión de si la guerra puede albergar alguna forma de moral positiva es igualmente compleja. La moralidad de la guerra se ve afectada por la percepción y el contexto en el que se desarrolla el conflicto. Aquí, las diferencias culturales y las narrativas de guerra desempeñan un papel crucial. Lo que una sociedad considera moralmente justificable en tiempos de guerra puede ser visto como inmoral por otra. Esto refuerza la noción de que la moralidad en la guerra es subjetiva y susceptible de manipulación por parte de los actores involucrados.

El análisis emocional, por otro lado, presenta desafíos adicionales. La guerra es, por naturaleza, emocionalmente cargada. La pérdida de vidas humanas, el sufrimiento y el trauma son elementos inextricables de cualquier conflicto armado. Sin embargo, el análisis emocional puede ser subjetivo y sesgado. Las emociones humanas son profundamente personales y pueden variar ampliamente entre individuos y grupos.

En este contexto, el análisis ético y emocional nos permite comprender y empatizar con el sufrimiento humano en la guerra, pero también tiene sus limitaciones. Al centrarse en la ética y las emociones, podemos perder de vista la complejidad de los factores políticos, económicos y sociales que contribuyen a la guerra. La guerra no es solo un fenómeno de violencia, sino también un producto de intereses políticos, rivalidades nacionales y desigualdades globales.

La guerra, en su esencia más cruda y compleja, es un fenómeno humano que desafía nuestra capacidad de comprensión. A menudo, tratamos de analizarla desde perspectivas éticas y emocionales para intentar entenderla y darle sentido. Sin embargo, cuando aplicamos un análisis fenomenológico, nos damos cuenta de que estos enfoques, aunque valiosos en ciertos aspectos, tienen limitaciones significativas.

La fenomenología nos invita a explorar la experiencia subjetiva de aquellos que participan en la guerra, desde los soldados en el campo de batalla hasta los civiles atrapados en la violencia. Nos lleva más allá de los juicios éticos y emocionales para comprender cómo perciben y viven la guerra en su vida cotidiana.

La guerra es un fenómeno complejo que va más allá de la violencia física. También es un evento psicológico y social que afecta profundamente la conciencia, las percepciones y las relaciones humanas.

Además, la fenomenología nos anima a cuestionar las narrativas preconcebidas sobre la guerra y a examinar cómo se construyen y perpetúan las representaciones de la misma. Esto nos permite explorar las dimensiones simbólicas y culturales de la guerra, que a menudo influyen en su curso y su significado.

Pero si bien los análisis éticos y emocionales son importantes para comprender la moralidad y el sufrimiento en la guerra, y el análisis fenomenológico nos permite explorar las múltiples capas de significado y experiencia que subyacen en este fenómeno, tampoco es suficiente ni adecuado.

Cómo podríamos metodológicamente emprender una explicación del dominio de la guerra con tales categorías, conceptos, e inclusive ideas, únicamente.  Imaginemos un observador del fenómeno de la guerra, cegado en última instancia por una “miopía natural que hace las lágrimas en nuestros ojos”. Este observador, imbuido de una concepción ética y emocional fundamentalista que le impide ver más allá de lo inmediato y borroso, enfrentará el estudio de la guerra de una manera que refleja su perspectiva limitada. Su enfoque se centrará en las lágrimas vertidas por los involucrados en el conflicto, sin considerar plenamente las complejidades y las dimensiones más profundas de la guerra.

En su búsqueda por recoger las lágrimas de ambos lados del conflicto, este observador puede encontrar una serie de desafíos, pues la medición cuantitativa de las lágrimas puede ser una tarea prácticamente imposible. ¿Cómo se cuantifica el sufrimiento humano y el dolor emocional de manera objetiva? Al centrarse únicamente en las lágrimas como indicador, este observador podría pasar por alto los factores subyacentes que contribuyen a la guerra, como las causas políticas, económicas y sociales. Su análisis sería incompleto sin una comprensión más profunda de estos factores.

En última instancia, este observador, aunque bien intencionado en su búsqueda de comprender la guerra a través de las lágrimas, se encontraría con obstáculos insuperables debido a su enfoque miope y simplista. La guerra es un fenómeno humano profundamente complejo que va más allá de la emoción y la ética inmediata. Para una comprensión más completa y significativa de la guerra, es necesario un análisis multidisciplinario que aborde las múltiples dimensiones de este fenómeno.

Metodológicamente, emprender una explicación del dominio de la guerra requiere un enfoque que integre diversas categorías, conceptos e ideas. Un análisis multidimensional y multifacético debe considerar los aspectos éticos y emocionales, pero también debe ir más allá para incluir dimensiones políticas, económicas, sociales y culturales.

Esto implica: Analizar las motivaciones políticas y económicas detrás de los conflictos. Esto incluye estudiar cómo los intereses nacionales, la competencia por recursos y las dinámicas de poder influyen en la decisión de ir a la guerra. Examinar el impacto social y cultural de la guerra. Esto abarca cómo la guerra afecta a las comunidades, las identidades nacionales y las estructuras sociales, así como cómo las narrativas culturales y las ideologías pueden perpetuar o mitigar los conflictos.

Además, entender el contexto histórico de los conflictos armados. Analizar los eventos y procesos históricos que han llevado a la guerra puede proporcionar una comprensión más profunda de sus causas y consecuencias. Considerar el impacto psicológico de la guerra en individuos y comunidades. Esto incluye estudiar el trauma, el estrés postraumático y los efectos emocionales duraderos de la guerra.

Y posteriormente evaluar las implicaciones éticas y morales de la guerra. Esto incluye la teoría de la guerra justa, los derechos humanos y las cuestiones de justicia y legitimidad en los conflictos armados. Así como examinar las normas y leyes que rigen los conflictos armados. Esto abarca el derecho internacional humanitario, los tratados de paz y las resoluciones de las Naciones Unidas.

Un enfoque integral que combine estos diversos aspectos permitirá una comprensión más completa y significativa de la guerra. Solo mediante un análisis que tenga en cuenta la complejidad y la interconexión de estos factores se puede abordar adecuadamente el fenómeno de la guerra y trabajar hacia soluciones que promuevan la paz y la justicia en el mundo contemporáneo.

El dominio de la guerra

Una posible ruta para comprender mejor la epistemología de la guerra es considerar la interconexión entre los diferentes planos secantes en el ámbito de la guerra. Explorar la interconexión entre los diferentes planos secantes en el ámbito de la guerra es una vía valiosa para comprender mejor su epistemología. Los planos secantes, que representan dimensiones éticas, legales, económicas, sociales, políticas, religiosas y más, se entrelazan de manera compleja en el contexto de la guerra. Al analizar cómo estos planos interactúan y se influyen mutuamente, podemos obtener una visión más completa de la guerra como fenómeno humano.

El plano ético y moral se ocupa de cuestiones de justicia, derecho y moralidad en el conflicto armado. Estos aspectos están interconectados con otros planos. Por ejemplo, la percepción de la justicia de una guerra puede influir en la legitimidad política y en la movilización de la sociedad. El análisis ético se encuentra en constante interacción con el plano legal, donde el derecho internacional humanitario y otras normativas legales regulan el comportamiento en tiempos de guerra. Estas leyes establecen estándares éticos mínimos en el conflicto y la violación de estas normas puede tener consecuencias políticas y sociales significativas.

En el plano económico, los recursos financieros y materiales son esenciales para la capacidad de un actor para participar en un conflicto armado. La economía de guerra, que incluye la movilización de recursos y la gestión de la financiación, puede influir en la estrategia y la duración de la guerra, lo que a su vez afecta a la sociedad y la política.

El plano social es donde se manifiesta el impacto más directo de la guerra en la población. La pérdida de vidas, el desplazamiento de poblaciones y la destrucción de infraestructura tienen consecuencias sociales significativas. Estos efectos sociales pueden a su vez influir en la percepción de la guerra en el plano ético y moral, así como en la dinámica política y económica de un conflicto.

Al considerar la interconexión de estos planos secantes, y otros, en el ámbito de la guerra, podemos apreciar la complejidad del fenómeno y cómo las diferentes dimensiones se influyen mutuamente. Esto nos lleva a una comprensión más profunda de la epistemología de la guerra y la necesidad de abordarla de manera integral y multidisciplinaria.

Sin embargo, hay que preguntarse cuál de estos planos secantes es el que mejor explica el fenómeno de la guerra, cual tiene más potencia para entrañar el objeto de estudio y darnos luces para su entendimiento y ese es sin duda el plano político.

Entre los diversos planos secantes que componen el fenómeno de la guerra, el plano político ocupa un lugar central y fundamental para su comprensión. Porque este plano se superpone de mejor manera a la morfología de la guerra. El plano político está estrechamente relacionado con la idea de que la guerra es una continuación de la política por otros medios, como sostuvo el estratega chino Sun Tzu en su obra clásica “El Arte de la Guerra”, y si consideramos de partida que la guerra es entre estados, esto complementa nuestra visión.

Esto implica que los conflictos armados a menudo surgen como resultado de desacuerdos políticos, rivalidades nacionales o luchas por el poder. Las decisiones para iniciar, mantener o poner fin a una guerra son tomadas por actores políticos, como gobiernos, líderes políticos o grupos rebeldes, y están influenciadas por consideraciones políticas, como los intereses nacionales, la estrategia geopolítica y la percepción de la amenaza.

En la mayoría de los casos, los actores en un conflicto buscan lograr objetivos políticos a través de la guerra, que pueden incluir la expansión territorial, la eliminación de amenazas percibidas o la imposición de cambios políticos en un país vecino. La diplomacia y la negociación política desempeñan un papel crucial en la resolución de conflictos armados y la transición hacia la estabilidad. Además, el plano político involucra las relaciones internacionales y la influencia de actores extranjeros en un conflicto, incluyendo alianzas políticas, intereses económicos y presiones internacionales.

El plano político proporciona el marco y la estructura dentro de la cual se desarrolla la guerra. Es el motor que impulsa los conflictos armados y determina su curso y desenlace. Si bien otros planos secantes, como el ético, el moral o el económico, son importantes y complementan nuestra comprensión de la guerra, el plano político es el que mejor explica la génesis y el desarrollo de los conflictos armados en el contexto de la política internacional y nacional.

El materialismo científico busca comprender los fenómenos a través del análisis riguroso y basado en evidencia. Aplicar este enfoque a la guerra implica examinar las causas materiales y las dinámicas políticas y económicas que la impulsan.

Parto, de la idea de Gustavo Bueno (La vuelta a la caverna. Terrorismo, Guerra y Globalización”, publicado en 2004) -y sin detenerme mucho en ello-, de que analizar la guerra moderna desde la etología o la etnología es un grave error. No hay que confundir la guerra con la lucha de individuos, ni siquiera de grupos pre y proto estatales, como las tribus y las hordas. Y menos desde la perspectiva del comportamiento animal, siendo la guerra humana un tipo de guerra animal cultural y sofisticada. La guerra moderna aparece cuando aparece el Estado.

La idea de que la guerra no es un conflicto entre el bien y el mal, entre ángeles y demonios, sino un asunto político propiamente humano, es fundamental para una comprensión más realista y completa del fenómeno de la guerra. La guerra no debe ser simplificada como una lucha entre fuerzas puramente buenas o malas, sino que debe ser examinada como un conflicto complejo que involucra a actores humanos con motivaciones y objetivos políticos.

La perspectiva que de que la guerra es un conflicto entre el bien y el mal, entre ángeles y demonios, puede ser interpretada como un idealismo filosófico monista. la guerra a menudo se representa de manera simplista como un conflicto entre el bien y el mal, donde los “buenos” luchan contra los “malos”, como en una narrativa de ángeles contra demonios. Esta representación dualista y moralista es común en muchos discursos sobre la guerra.

Desde esta perspectiva, se argumenta que la guerra se percibe de manera demasiado simplista cuando se la reduce a un enfrentamiento moral entre fuerzas opuestas, sin considerar la complejidad de las motivaciones, los intereses políticos y los contextos que pueden llevar a su estallido. Se busca destacar la necesidad de una comprensión más matizada y realista de la guerra, reconociendo que los actores involucrados pueden tener una variedad de motivaciones y que las narrativas simplistas a menudo no reflejan la complejidad de la realidad de los conflictos armados.

¿La guerra es un asunto fundamentalmente político?

Por otra parte, la idea de que la guerra y la paz depende de la voluntad (y sobre todo de la voluntad de los que no son parte de la guerra), parte de que la voluntad es un aspecto espiritual de los seres humanos. Esta visión enfatiza la importancia de la voluntad y la toma de decisiones conscientes en la génesis y el desarrollo de los conflictos armados. Desde esta perspectiva, en considerar que la guerra y la paz se origina en la voluntad de los actores involucrados, es fundamentalmente idealista.

El dilema planteado por Michael W. Doyle (Ways of War and Peace: Realism, Liberalism, and Socialism; 1997), que se centra en la idea de que la guerra y la paz dependen de la voluntad, es un tema importante en la teoría de las relaciones internacionales y la filosofía política. Esta perspectiva se basa en la idea de que la voluntad de los actores es un factor crucial en la génesis y el desarrollo de los conflictos armados y la búsqueda de la paz. Sin embargo, también plantea cuestionamientos sobre la naturaleza de la voluntad y su relación con aspectos espirituales y éticos.

Desde esta perspectiva, se argumenta que la voluntad de los líderes políticos y los actores internacionales desempeña un papel fundamental en la toma de decisiones que pueden llevar a la guerra o la paz. La voluntad de buscar soluciones pacíficas, negociar y comprometerse puede ser un factor determinante para evitar conflictos armados, mientras que la voluntad de recurrir a la fuerza puede desencadenar la guerra.

Sin embargo, el dilema surge cuando se cuestiona la naturaleza de esta voluntad. ¿En qué medida la voluntad de los actores está influenciada por aspectos espirituales o éticos? ¿Hasta qué punto la toma de decisiones se basa en intereses pragmáticos y políticos en lugar de consideraciones morales? Estos son temas complejos que pueden variar según los contextos y los actores involucrados.

El enfoque de Doyle podría considerarse como una perspectiva idealista en el sentido de que enfatiza la importancia de la voluntad y la toma de decisiones conscientes en la política internacional. Sin embargo, también reconoce la complejidad de la política y los factores que pueden influir en la voluntad de los actores, lo que puede incluir intereses nacionales, estrategia geopolítica y consideraciones éticas.

La perspectiva de Karl Rogers y la Fundación Carl Rogers para la Paz también se relaciona con el dilema planteado por Doyle en el sentido de que enfatizan la importancia de la voluntad y la toma de decisiones conscientes en el ámbito de la paz y el conflicto. Karl Rogers, conocido por su enfoque en la psicología humanista y la terapia centrada en el cliente, abogaba por la importancia de la comunicación y la empatía en la resolución de conflictos.

Desde esta perspectiva, se reconoce que la voluntad de las personas y las partes involucradas desempeña un papel fundamental en la construcción de la paz y la resolución de conflictos. La comunicación efectiva, la comprensión mutua y la empatía son factores que pueden influir en la toma de decisiones conscientes para buscar soluciones pacíficas en lugar de recurrir a la violencia.

La Fundación Carl Rogers para la Paz se dedica a promover la paz y la resolución de conflictos a través de métodos basados en la psicología humanista y la terapia centrada en el cliente. Su enfoque se alinea con la idea de que la voluntad de las personas y su capacidad para empatizar y comunicarse pueden contribuir a la construcción de la paz.

En este sentido, y desde un enfoque más realista, Una bomba atómica, como arma disuasoria, supera en gran medida la mera voluntad política en la preservación de la paz. Las políticas de desarme y el control de armas nucleares, a pesar de sus intenciones, a menudo se enfrentan a desafíos y críticas que ponen de manifiesto sus limitaciones y su eficacia cuestionable en la preservación de la paz.

Los obstáculos para lograr un desarme nuclear total y la falta de cumplimiento de ciertos acuerdos han llevado a argumentos que señalan su fracaso en abordar completamente la amenaza de las armas nucleares. La persistencia de arsenales nucleares significativos en todo el mundo subraya las dificultades en la materialización de la voluntad política en acciones concretas de desarme.

Es más, la presencia de armas nucleares ha sido un factor disuasorio en la prevención de una tercera guerra mundial a gran escala. La amenaza de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD, por sus siglas en inglés) ha llevado a una situación en la que los estados poseedores de armas nucleares son conscientes de las consecuencias catastróficas de un conflicto nuclear y, por lo tanto, han mostrado cierta reticencia en involucrarse en un enfrentamiento directo. Esta dinámica de disuasión nuclear ha contribuido a mantener un equilibrio precario de paz durante la Guerra Fría y más allá.

Por otra parte, el fracaso de las misiones de paz de la ONU, incluso con la presencia de los Cascos Azules, proporciona un ejemplo concreto que cuestiona la idea de que la voluntad política es suficiente para mantener la paz y resolver conflictos complejos. A pesar de los esfuerzos de la comunidad internacional y la voluntad política de los estados miembros de la ONU, muchas de estas misiones de paz han enfrentado desafíos significativos y, en algunos casos, han fracasado en su objetivo principal de poner fin a los conflictos armados.

Este contraste entre la voluntad política y la efectividad en la resolución de conflictos señala la importancia de considerar otros factores, como la complejidad de los conflictos, las dinámicas locales, las tensiones étnicas y culturales, la falta de recursos adecuados y el apoyo insuficiente de las partes involucradas. Además, muestra que la mera voluntad política no siempre puede superar estos desafíos.

Pero la guerra es un asunto fundamentalmente político en el que la voluntad política es solo un aspecto y puede que no sea el más importante. La guerra involucra una serie de dimensiones complejas y polifacéticas, y la política es solo uno de los planos secantes que interactúan en el fenómeno de la guerra.

Además de la voluntad política, otros factores pueden desempeñar un papel mucho más significativo en la génesis y el desarrollo de los conflictos armados. Estos factores pueden incluir consideraciones económicas, sociales, culturales, ideológicas y estratégicas, entre otros. La competencia por recursos, la desigualdad económica, la percepción de amenazas externas o internas, las diferencias culturales y las tensiones ideológicas son ejemplos de factores que pueden contribuir a la guerra.

En muchos casos, la guerra puede ser el resultado de una combinación compleja de factores en lugar de la mera voluntad política. Los intereses nacionales, las rivalidades regionales, las dinámicas internacionales y las presiones externas también pueden desempeñar un papel importante en la decisión de recurrir a la violencia.

El concepto de que la guerra es la continuación de la política por otros medios es una idea central en la teoría del materialismo filosófico al abordar el fenómeno de la guerra, y esta proposición encuentra sus raíces en el pensamiento del teórico militar prusiano Carl von Clausewitz. Según esta concepción, la guerra no es un evento aislado o un fenómeno externo a la vida política de una nación, sino una extensión de la misma, reflejando y a menudo surgiendo de las tensiones y conflictos inherentes a las estructuras materiales de la sociedad.

En esta perspectiva, las políticas de un estado, sus estrategias de poder, sus disputas territoriales y sus luchas ideológicas no cesan en tiempo de guerra; por el contrario, la guerra se convierte en una herramienta para llevar estos aspectos a otro nivel de confrontación, donde la diplomacia y las negociaciones ceden su lugar a la confrontación armada. Así, el análisis de la guerra desde esta visión materialista no puede desvincularse del contexto político, económico y social que la determina y, a su vez, es determinado por ella, reconociendo que cada conflicto bélico tiene raíces profundas en la estructura misma de las relaciones y fuerzas materiales de las sociedades implicadas.

La tesitura propuesta por Gustavo Bueno acerca de la guerra como continuación de la política, dentro del marco del materialismo filosófico, se enmarca en la noción de la “utesía” de las sociedades políticas organizadas en Estados. Este concepto es crucial para comprender la naturaleza de la guerra en relación con la estructura estatal y su entramado político. El Estado, en tanto entidad que procura el monopolio de la violencia legítima dentro de un territorio determinado, posee en su estructura interna las condiciones necesarias para la emergencia de la guerra como una manifestación de sus interacciones políticas externas.

Desde esta perspectiva, la guerra es vista no solo como un episodio de conflicto armado, sino como un fenómeno inherente a la dialéctica de las relaciones de poder entre Estados. Los Estados, al buscar la preservación y expansión de su poder, pueden encontrarse en situaciones donde sus intereses entran en conflicto con los de otros Estados, llevando la política a un escenario bélico. La guerra, así, se convierte en un instrumento que puede ser utilizado para resolver estas tensiones, asegurar la supervivencia del Estado, expandir su influencia o proteger sus recursos.

En este contexto, la utesía refleja la aptitud o disposición de las sociedades políticas para la guerra, considerando que las estructuras estatales están inherentemente preparadas para ella, tanto en su organización interna como en sus proyecciones externas. La política, por lo tanto, no se restringe a las acciones pacíficas o diplomáticas, sino que abarca la posibilidad de la confrontación armada como una extensión de su práctica y como un medio para alcanzar los fines que la política por sí sola no ha podido resolver.

Así, la guerra se entiende como un fenómeno que surge de la propia dinámica del Estado y su relación con el entorno político y material en el que se inserta, siendo una expresión de la política por otros medios, tal como se manifiesta en la formulación de Clausewitz y es interpretada a través del prisma del materialismo filosófico de Bueno.

Esta perspectiva reconoce que, en la guerra, los seres humanos actúan en virtud de sus propias agendas políticas, intereses nacionales y estrategias de poder. Los actores en un conflicto armado pueden tener una variedad de motivaciones, que van desde la expansión territorial hasta la defensa propia o la persecución de objetivos ideológicos. Estas motivaciones pueden ser egoístas, altruistas o una combinación de ambas, lo que refleja la complejidad de la toma de decisiones en tiempos de guerra.

La visión de la guerra como un asunto político también destaca la importancia del contexto político en el que se desarrolla un conflicto. Las rivalidades políticas, las tensiones internacionales y las dinámicas de poder a menudo juegan un papel central en la génesis y la perpetuación de la guerra. Los actores políticos, como gobiernos y líderes militares, toman decisiones estratégicas que están enraizadas en la política nacional e internacional.

Además, esta perspectiva reconoce que los seres humanos son seres moralmente ambiguos, capaces de actos tanto virtuosos como viciosos. En tiempos de guerra, las acciones de los actores pueden variar ampliamente, desde actos heroicos de sacrificio hasta atrocidades inhumanas. Esto entiende la complejidad moral de la guerra y la dificultad de juzgarla en términos simplistas de bien y mal.

En última instancia, entender la guerra como un asunto político propiamente humano nos invita a abordarla de manera más realista y a considerar las múltiples dimensiones éticas, morales y políticas que la componen. En lugar de buscar una narrativa simplista de la guerra como un enfrentamiento entre el bien y el mal, debemos reconocer su complejidad y abordarla con una comprensión más matizada de las motivaciones y las dinámicas políticas que la impulsan.

En el ámbito político, la guerra se entiende como un medio mediante el cual los actores estatales y no estatales buscan alcanzar objetivos específicos que van más allá de la mera confrontación armada. Esto implica la utilización de la fuerza como una herramienta para lograr objetivos políticos, ya sea defendiendo intereses nacionales, expandiendo la influencia en la arena internacional o buscando un cambio en el equilibrio de poder.

Además, el plano político también incluye consideraciones sobre la toma de decisiones, la diplomacia, la estrategia militar y la legitimidad de la acción bélica. Los tratados y acuerdos internacionales, así como las alianzas políticas, desempeñan un papel crucial en la configuración de los conflictos armados.

Es importante señalar que el plano político no opera de manera aislada, sino que está interconectado con otros planos, como el ético, legal, económico, social, religioso, entre otros. Estas dimensiones influyen en la percepción y la justificación de la guerra, así como en sus consecuencias tanto a nivel nacional como internacional.

En resumen, la guerra es un fenómeno multifacético en el que el plano político desempeña un papel central al considerarla como una continuación de la política. Su análisis integral implica examinar cómo interactúan estos diferentes planos secantes para comprender mejor las dinámicas y las implicaciones de los conflictos armados en el mundo contemporáneo.

A modo de conclusiones

La guerra, como fenómeno humano complejo y multifacético, desafía nuestras concepciones tradicionales de ética, moralidad y conocimiento. A lo largo de la historia, filósofos como Sócrates, Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Kant, Hegel y Marx han reflexionado sobre la guerra, buscando comprender sus causas, justificaciones y consecuencias. Sus ideas han influido en la forma en que entendemos la guerra y la paz, pero también han puesto de manifiesto las limitaciones de los enfoques éticos y emocionales para abordar este fenómeno.

El idealismo filosófico, que busca fundamentar la paz en la virtud, la justicia y la moralidad, ha demostrado ser insuficiente para prevenir los conflictos armados. La realidad de la guerra a menudo se caracteriza por acciones que desafían los principios éticos y morales, lo que plantea interrogantes sobre la posibilidad de una guerra justa y la existencia de una moral positiva en el conflicto.

El análisis emocional, aunque valioso para comprender el sufrimiento humano, también tiene sus limitaciones. Las emociones son subjetivas y pueden variar ampliamente entre individuos y grupos, lo que dificulta llegar a conclusiones objetivas sobre la moralidad de la guerra.

El materialismo filosófico, en cambio, nos invita a considerar la guerra como un fenómeno político y social arraigado en las estructuras materiales de la sociedad. La guerra no es simplemente un conflicto entre el bien y el mal, sino una continuación de la política por otros medios, influenciada por intereses nacionales, económicos e ideológicos.

La perspectiva materialista nos recuerda que la guerra no es un fenómeno aislado, sino un proceso interconectado con las dinámicas políticas, económicas y sociales. Para comprender la guerra en su totalidad, debemos analizar cómo interactúan estos diferentes planos secantes, desde la ética y la moral hasta la política, la economía y la cultura.

La búsqueda de una gnoseología y epistemología de la guerra nos enfrenta a la cruda realidad de las limitaciones humanas para comprender plenamente un fenómeno tan complejo y multifacético. A pesar de los esfuerzos de filósofos y pensadores a lo largo de la historia, la guerra sigue siendo un enigma que desafía nuestras categorías éticas, emocionales y políticas.

La guerra no puede reducirse a una simple dicotomía entre el bien y el mal, ni puede ser explicada únicamente por las emociones o las decisiones políticas. Es un entramado de factores interconectados, donde lo político, lo económico, lo social, lo cultural y lo psicológico se entrelazan de manera inextricable.

La pretensión de comprender la guerra en su totalidad es una tarea ambiciosa que requiere un enfoque multidisciplinario y una profunda humildad intelectual. Debemos reconocer que nuestras herramientas de análisis, ya sean éticas, emocionales o políticas, son limitadas y que la guerra, en última instancia, trasciende nuestras categorías conceptuales.

La búsqueda de la paz y la justicia en un mundo marcado por la guerra exige una comprensión más profunda de las causas subyacentes y las dinámicas que la perpetúan. No podemos conformarnos con explicaciones simplistas o soluciones superficiales. En cambio, debemos abrazar la complejidad de la guerra y reconocer nuestras propias limitaciones para comprenderla plenamente. Solo entonces podremos avanzar hacia un futuro más pacífico y justo.


Master Rafael Brenes Leiva. Bachiller en Sociólogo (UCR), Master en Evaluación de Proyectos Sociales (UCR), DEA en Turismo (Universidad de Nebrija España). Interés en la filosofía en particular el Materialismo filosófico y Sociología, especialmente historia y cultural. Profesor en el ITCR por 26 años.
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