Rafael Brenes Leiva.

Síntesis:

El documento presenta una crítica detallada de la evolución de la socialdemocracia y su integración con el globalismo contemporáneo. Se destaca cómo la socialdemocracia ha transitado desde sus raíces marxistas hacia enfoques más indefinidos y centrados en cuestiones culturales y éticas, respondiendo a las dinámicas globales y a la presión de movimientos sociales. Este cambio ha llevado a una sinergia con el globalismo oficial, promoviendo una agenda global que busca equilibrar el crecimiento económico con la justicia social y la sostenibilidad ambiental.

La influencia de Gustavo Bueno y su filosofía política es central en el análisis, diferenciando entre izquierdas definidas e indefinidas. Mientras las izquierdas definidas tienen un proyecto de Estado claro, las indefinidas se centran en aspectos culturales, éticos y científicos. El globalismo oficial, visto como una forma de imperialismo moderno, impone un modelo particular que favorece a las potencias hegemónicas a través de la homogeneización cultural y la dominación económica. Este fenómeno, que comparte ciertos principios estructurales con la ideología expansionista de la URSS, refleja una administración política desde arriba hacia abajo y un carácter dogmático.

 

  1. El Contexto

Fortunata y Jacinta, es el personaje que asume Paloma Hernández, en su podcast de YouTube. En el FORJA 2491 nos presenta un contexto provocador y un análisis exhaustivo sobre la socialdemocracia. “Contra la socialdemocracia” culmina cinco años de investigación y refleja algunos análisis y reflexiones que ha compartido en su canal desde 2018. Nos invita a una reflexión profunda sobre la evolución y los desafíos de la izquierda política contemporánea, cuestionando las bases y los resultados de la socialdemocracia en el siglo XXI.

En el contexto costarricense, este tipo de análisis cobra especial relevancia. Costa Rica, con su tradición democrática y su inclinación histórica hacia políticas socialdemócratas, presenta un escenario ideal para evaluar la vigencia y la efectividad de estas políticas. La discusión de Hernández sobre la socialdemocracia puede iluminar aspectos clave del panorama político costarricense, invitándonos a reconsiderar las políticas públicas y los principios que han guiado el desarrollo del país.

Hernández hace una precisión importante desde las coordenadas del materialismo filosófico de Gustavo Bueno, señalando el mito de la unidad armónica de la izquierda. Dice Hernández, siguiendo a Bueno en “El mito de la Izquierda”, que “no existe la izquierda, sino distintas generaciones de izquierdas que se van dando históricamente enfrentadas no solo a las distintas modulaciones de la derecha sino entre sí, en ocasiones enfrentadas a muerte, como ocurrió en España durante el período de la Segunda República y la Guerra Civil”.

Gustavo Bueno, filósofo español y fundador de la Escuela de Oviedo, en su filosofía política, introduce una distinción crucial entre izquierda definida e indefinida, basada en su relación y programa ideológico con respecto al Estado. Esta diferenciación es esencial para comprender las diversas estrategias y objetivos de las corrientes izquierdistas tanto a lo largo de la historia como en el contexto contemporáneo.

Las Izquierdas políticamente definidas se caracterizan por tener un proyecto de Estado claro y definido. Es decir, no son simplemente movimientos sociales o culturales con ideas progresistas, sino que tienen una visión concreta de cómo debería organizarse y funcionar la sociedad a través del Estado. Estas izquierdas, a diferencia de las izquierdas políticamente indefinidas, tienen planes y programas concretos para alcanzar sus objetivos, ya sea a través de reformas graduales, elecciones o revolución.

Gustavo Bueno, en su análisis sobre las izquierdas, identifica seis generaciones de izquierda definida. Entre ellas, la generación Jacobina, que emerge durante la Revolución Francesa, es una de las más destacadas. Esta corriente buscaba establecer una nación política republicana basada en los principios de la libertad, igualdad y fraternidad. Los jacobinos se caracterizaban por su radicalismo y por la implementación de medidas drásticas para asegurar la abolición de la monarquía y la instauración de una república. Para ellos, la construcción de una nación republicana implicaba no solo la reforma política, sino también una transformación profunda de la sociedad, incluyendo la secularización del Estado y la eliminación de privilegios de clase. La izquierda jacobina, en su fervor revolucionario, estableció un precedente de lucha y de acción política intensa, influenciando movimientos posteriores que aspiraban a una completa reconfiguración del orden político y social.

Por otro lado, la Izquierda Liberal surge en un contexto diferente, caracterizado por la consolidación de los Estados-nación en Europa y América Latina durante el siglo XIX. A diferencia de la jacobina, la Izquierda Liberal defendía la soberanía nacional y la libertad individual, pero con una aceptación pragmática de un Estado confesional católico. Esto reflejaba una adaptación a las realidades sociales y culturales de la época, donde la religión tenía un papel central en la vida pública y privada. Los liberales buscaban equilibrar las demandas de modernización y progreso con la necesidad de mantener un grado de cohesión social y estabilidad política. En este sentido, la Izquierda Liberal promovía reformas que fortalecieran la nación y expandieran las libertades civiles, pero sin romper completamente con las estructuras tradicionales. Esta generación de izquierda se convirtió en un puente entre las ideas revolucionarias de los jacobinos y las formas más moderadas de progreso social, permitiendo una evolución gradual hacia sociedades más inclusivas y democráticas.

La Izquierda Anarquista busca la destrucción del Estado y la construcción del comunismo libertario. Esta corriente rechaza cualquier forma de autoridad coercitiva y aboga por la eliminación de todas las estructuras jerárquicas, tanto políticas como económicas. Los anarquistas creen que solo mediante la abolición del Estado y la creación de una sociedad basada en la cooperación voluntaria y la autogestión se puede alcanzar una verdadera libertad y justicia social. Inspirados por figuras como Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin, los anarquistas han promovido la acción directa y la revolución como medios para lograr sus objetivos, manteniendo siempre una crítica feroz hacia las formas tradicionales de poder y autoridad.

La Izquierda Comunista, busca instaurar una dictadura del proletariado mediante una revolución violenta. Inspirada en las ideas de Karl Marx y Vladímir Lenin, esta corriente sostiene que el derrocamiento del sistema capitalista solo puede lograrse a través de una insurrección armada y la toma del poder por parte de la clase trabajadora. La dictadura del proletariado, según esta visión, es una etapa transitoria necesaria para destruir las estructuras de explotación y establecer una sociedad sin clases. La Izquierda Comunista ha jugado un papel central en las revoluciones del siglo XX, especialmente en la Revolución Rusa de 1917, y continúa siendo una influencia significativa en movimientos revolucionarios en diversas partes del mundo.

La Izquierda Asiática, que se inspira en el maoísmo, defiende una “dictadura democrática popular” en un contexto cultural confuciano. Esta corriente adapta las ideas marxistas-leninistas a las condiciones específicas de los países asiáticos, integrando elementos del pensamiento de Mao Zedong. La Izquierda Asiática promueve una forma de gobierno que combina la dictadura del proletariado con principios democráticos adaptados a las realidades culturales y sociales del continente asiático. La “dictadura democrática popular” busca movilizar a las masas campesinas y urbanas en una lucha revolucionaria que no solo transforme las estructuras económicas y políticas, sino que también preserve y revitalice aspectos culturales autóctonos, creando así un socialismo con características nacionales.

Por último, la Izquierda Socialdemócrata, que es de lo que nos vamos a ocupar más adelante, por otro lado, aspira a construir el socialismo y el comunismo a través de elecciones democráticas y pacíficas. Esta corriente representa una evolución de las ideas marxistas hacia un enfoque más moderado y reformista, distanciándose de la necesidad de una revolución violenta para alcanzar los objetivos socialistas. En lugar de abogar por la insurrección armada, los socialdemócratas confían en el poder del sufragio universal y en las instituciones democráticas para implementar cambios profundos en la estructura socioeconómica.

Los socialdemócratas buscan implementar políticas de bienestar social, redistribución de la riqueza y regulación del mercado dentro del marco de una democracia parlamentaria. Esto implica el establecimiento de sistemas de seguridad social, educación y salud públicas, así como la implementación de impuestos progresivos que graven más a los que más tienen para financiar estos servicios. Además, promueven una regulación del mercado que proteja a los trabajadores y consumidores, asegurando condiciones laborales dignas y evitando abusos empresariales.

A través de procesos electorales y legislativos, la socialdemocracia pretende lograr una transformación gradual de la sociedad capitalista hacia un sistema más equitativo y justo, sin recurrir a la violencia ni a la insurrección. Este enfoque gradualista se basa en la creencia de que el cambio sostenible y duradero debe ser respaldado por un amplio consenso social y político. Los socialdemócratas trabajan dentro del sistema existente para modificarlo desde adentro, utilizando las herramientas de la democracia representativa para promulgar reformas que beneficien a la mayoría.

El modelo socialdemócrata ha sido particularmente exitoso en varios países europeos, donde ha contribuido a la creación de estados de bienestar robustos que combinan una economía de mercado con una red de seguridad social amplia y efectiva. Este enfoque ha demostrado que es posible combinar crecimiento económico con equidad social, y ha servido de ejemplo para otras naciones que buscan un camino intermedio entre el capitalismo desenfrenado y el socialismo autoritario. En resumen, la socialdemocracia representa una vía reformista y democrática hacia el socialismo, basada en la convicción de que la justicia social y la equidad pueden alcanzarse sin sacrificar las libertades individuales ni la estabilidad democrática.

En contraste, las izquierdas políticamente indefinidas no carecen de un proyecto de Estado definido en absoluto, sino que se organizan en torno a cuestiones que trascienden la política convencional, integrando aspectos culturales, éticos y científicos en su visión de transformación social. Estas corrientes se distinguen por su enfoque en áreas que amplían el campo de la acción política más allá de los límites tradicionales del Estado y las instituciones formales. Se dividen en tres corrientes principales: la Izquierda Extravagante, la Izquierda Divagante y una tercera no mencionada.

La Izquierda Extravagante se desenvuelve en campos como las ciencias, las artes o la religión, y se identifica con valores que van más allá de lo político. Esta corriente incluye a aquellos que, aunque pueden compartir una visión crítica del orden social existente, centran su acción y pensamiento en ámbitos que no son tradicionalmente políticos. Los extravagantes pueden ser científicos que promueven la investigación y la innovación como medios para transformar la sociedad, artistas que utilizan su obra para cuestionar y subvertir las normas culturales, o religiosos que buscan una espiritualidad liberadora que rompa con las estructuras opresivas tradicionales. Esta izquierda es heterogénea y a menudo difícil de categorizar, ya que sus objetivos y métodos varían ampliamente y no siempre se alinean con las estrategias políticas tradicionales.

La Izquierda Divagante, por otro lado, se identifica con valores políticos de izquierda, pero desborda el campo político hacia lo cultural o ético. Esta corriente se centra en la transformación de las normas culturales y éticas de la sociedad, buscando cambios profundos en la conciencia y las prácticas cotidianas. Los divagantes pueden involucrarse en movimientos sociales que abordan cuestiones como la identidad de género, los derechos de las minorías, el ambientalismo o la justicia social, a menudo utilizando marcos teóricos y prácticas que desafían las categorías políticas tradicionales. Para ellos, la política es inseparable de la cultura y la ética, y creen que los cambios duraderos en la sociedad deben surgir de una reconfiguración fundamental de los valores y las creencias. En este sentido, la Izquierda Divagante explora las intersecciones entre lo personal y lo político, buscando una transformación integral de la vida social.

La Izquierda Fundamentalista defiende una visión de izquierda eterna y sustancial a la humanidad, promoviendo la educación en valores universales y actuando en ejes como el multiculturalismo, el ecologismo y el agnosticismo teológico. Esta corriente sostiene que los principios de igualdad, justicia y solidaridad son inherentes a la naturaleza humana y deben ser promovidos de manera constante, independientemente de las circunstancias políticas específicas. Los fundamentalistas de izquierda creen en la educación como una herramienta crucial para inculcar estos valores en la sociedad, fomentando una conciencia crítica y un compromiso ético que trascienda las fronteras nacionales y culturales.

En el ámbito del multiculturalismo, la Izquierda Fundamentalista aboga por la aceptación y la integración de diversas culturas y etnias dentro de un marco de respeto mutuo y cooperación. Promueven políticas que celebran la diversidad cultural y combaten el racismo y la xenofobia, viendo la pluralidad cultural como una fortaleza que enriquece a la sociedad. En términos de ecologismo, esta corriente subraya la importancia de la sostenibilidad y la conservación del medio ambiente, impulsando medidas que protejan los recursos naturales y promuevan un desarrollo equilibrado y respetuoso con el planeta. Finalmente, en el eje del agnosticismo teológico, la Izquierda Fundamentalista defiende una postura de respeto hacia todas las creencias religiosas, al tiempo que promueve un enfoque racional y crítico frente a los dogmas, apoyando la libertad de pensamiento y la laicidad del Estado. Esta corriente, en su conjunto, busca una transformación profunda y duradera de la sociedad basada en principios éticos universales.

Argumenta Bueno que, tras la caída de la Unión Soviética en 1991, que simbolizaba un modelo de izquierda con un proyecto político claro y definido, se generó un vacío ideológico que fue llenado por la izquierda indefinida, especialmente por su vertiente fundamentalista. Esta izquierda indefinida, que se caracteriza por la ausencia de un proyecto de Estado concreto y por centrarse en cuestiones morales y culturales, logró adaptarse al sistema capitalista dominante. En lugar de buscar transformar las estructuras económicas y políticas, esta izquierda indefinida utiliza las instituciones estatales y el financiamiento privado para promover sus propias agendas, que a menudo se centran en temas como la igualdad de género, la diversidad y el medio ambiente.

La Agenda 2030 de las Naciones Unidas se presenta como un ejemplo paradigmático de esta hegemonía de la izquierda indefinida. Este plan de acción, que abarca una amplia gama de objetivos sociales, económicos y ambientales, es impulsado por una coalición diversa de actores, incluyendo ONGs, fundaciones y gobiernos, que se identifican con la izquierda indefinida. A pesar de su retórica progresista, la Agenda 2030 carece de un verdadero proyecto político transformador y, en última instancia, se alinea con los intereses del capitalismo global.

Esta hegemonía de la izquierda indefinida tiene profundas implicaciones para la construcción de alternativas políticas reales. Las izquierdas políticamente definidas, aquellas que proponen un proyecto de Estado claro y buscan transformar las estructuras sociales y económicas, son marginadas y relegadas a un segundo plano. La dinámica electoral y la partitocracia, características de la democracia liberal burguesa, favorecen a la izquierda indefinida, que se enfoca en ganar elecciones y obtener recursos estatales en lugar de impulsar cambios estructurales profundos.

En lugar de desafiar las bases del sistema, esta izquierda se limita a gestionar sus consecuencias, perpetuando así, lo que la izquierda en general considera como las desigualdades y la injusticia social. Bueno plantea una crítica a esta izquierda indefinida, argumentando que su falta de definición y su complicidad con el capitalismo la convierten en un agente más del sistema que pretende transformar. En última instancia, la izquierda indefinida no representa una alternativa real al capitalismo, sino que se convierte en una herramienta para su perpetuación.

Este marco de análisis propuesto por Bueno permite una comprensión más matizada y precisa de las dinámicas internas de la izquierda política, destacando cómo sus diversas facetas y enfoques pueden converger o divergir. En la práctica, la interacción entre estas dos formas de izquierda puede influir en la dirección de políticas públicas y en la formación de alianzas políticas, así como en la percepción pública y el apoyo popular a las causas progresistas.

La distinción dentro de la izquierda indefinida e indefinida, según la filosofía política de Gustavo Bueno, proporciona una herramienta analítica más precisa para clasificar y comprender las diversas corrientes y movimientos que, aunque no buscan una transformación radical del Estado, se posicionan a la izquierda del espectro político.

En la geopolítica contemporánea, especialmente bajo la influencia de Estados Unidos, la Izquierda Fundamentalista encuentra espacio para su desarrollo y expresión. La hegemonía de la izquierda indefinida, especialmente en su forma fundamentalista, destaca la capacidad de la izquierda para adaptarse a las realidades del neoliberalismo y la globalización. Este fenómeno se refleja en la habilidad de estos movimientos para promover un equilibrio entre el crecimiento económico y la justicia social, una característica esencial para su supervivencia y relevancia en el contexto político y económico contemporáneo.

La transformación de la socialdemocracia en las últimas décadas ha sido un fenómeno complejo que refleja cambios profundos en el contexto global, político y socioeconómico. Tradicionalmente, como hemos dicho antes, la socialdemocracia se ha caracterizado por su enfoque reformista dentro de las democracias parlamentarias, buscando implementar políticas de bienestar social, redistribución de la riqueza y regulación del mercado sin recurrir a la violencia ni a la insurrección. Sin embargo, a medida que las dinámicas globales y las realidades socioeconómicas han cambiado, la socialdemocracia ha experimentado una evolución significativa que la ha llevado a adoptar posturas más cercanas a las izquierdas políticamente indefinidas.

Una de las transformaciones más notables ha sido el giro hacia el multiculturalismo y la justicia social, campos tradicionalmente asociados con la Izquierda Divagante. La socialdemocracia ha integrado cada vez más cuestiones de identidad, género, derechos de las minorías y políticas de inclusión en su agenda, reflejando una preocupación por las dimensiones culturales y éticas de la desigualdad. Este enfoque ha ampliado su base de apoyo al incluir a grupos que anteriormente no se sentían representados por las políticas económicas tradicionales de la socialdemocracia. Así, el discurso socialdemócrata ha evolucionado para incorporar temas como la lucha contra el racismo, la igualdad de género y los derechos LGBTQ+, alineándose con movimientos sociales más amplios que trascienden la política económica.

Además, la crisis ecológica global ha impulsado a la socialdemocracia a adoptar posturas ecologistas más firmes, acercándose a las posiciones de la Izquierda Fundamentalista. La preocupación por el cambio climático y la sostenibilidad ha llevado a muchos partidos socialdemócratas a integrar políticas ambientales robustas en sus plataformas, promoviendo la transición hacia economías verdes y sostenibles. Este cambio ha sido en parte una respuesta a la creciente presión de los movimientos ecologistas y a la evidencia científica sobre la urgencia de abordar la crisis ambiental.

Finalmente, el agnosticismo teológico y la defensa de un Estado laico, elementos clave de la Izquierda Fundamentalista, también han ganado prominencia dentro de la socialdemocracia. En un mundo cada vez más plural y diverso, la defensa de la laicidad y el respeto por la diversidad religiosa se han convertido en pilares importantes de la agenda socialdemócrata. Este enfoque promueve la separación entre la religión y el Estado, asegurando que las políticas públicas se basen en principios racionales y universales, más que en doctrinas religiosas particulares.

En el ámbito internacional, la transformación de la socialdemocracia y su giro hacia posturas más indefinidas puede observarse en la manera en que muchos partidos socialdemócratas han adoptado cuestiones culturales, ambientales y éticas en sus plataformas. En lugar de representar una influencia directa de Estados Unidos, esta evolución responde a dinámicas internas y globales que reflejan una mayor preocupación por temas que trascienden la política económica tradicional.

El Partido Demócrata en Estados Unidos, aunque tiene elementos progresistas, no fue antes necesariamente un modelo de socialdemocracia clásica, sino una variante de imperio. Su enfoque ha variado significativamente dependiendo de las administraciones y las coyunturas políticas internas. Sin embargo, en el ámbito internacional, especialmente durante administraciones más progresistas, ha habido un impulso hacia la promoción de derechos humanos, igualdad de género, y cuestiones ambientales que resuenan con la agenda de las izquierdas políticamente indefinidas.

En Europa, los partidos socialdemócratas han sido históricamente los principales defensores del estado de bienestar, pero en las últimas décadas, han incorporado con mayor fuerza temas como el multiculturalismo, la justicia social y la sostenibilidad ambiental. Este cambio no es tanto una adopción de la influencia estadounidense, sino una respuesta a los desafíos contemporáneos y a la presión de poblaciones europeas de movimientos sociales y electorados que demandan una atención más amplia a estos temas.

En América Latina, la socialdemocracia ha tomado formas variadas, integrando cuestiones de derechos humanos, justicia social y políticas ambientales en respuesta a las desigualdades profundas y a la herencia de dictaduras y conflictos internos. Partidos como el Frente Amplio en Uruguay y el Partido de los Trabajadores en Brasil han mostrado cómo la socialdemocracia se adapta a contextos locales mientras aborda problemas globales.

La socialdemocracia ha ofrecido una alternativa viable, equilibrando el crecimiento económico con la redistribución de la riqueza y la protección de los derechos sociales. Sin embargo, esta combinación no está exenta de críticas y dificultades. Las tensiones entre las políticas neoliberales y las aspiraciones socialdemócratas a menudo generan debates sobre la sostenibilidad y la justicia de los modelos económicos predominantes.

La influencia de Estados Unidos también se ve reflejada en la difusión de valores democráticos y de mercado que, aunque no siempre se implementan de manera uniforme o sin resistencia, han proporcionado un marco en el cual las políticas socialdemócratas pueden desarrollarse. Este proceso ha sido complejo y a veces contradictorio, ya que la promoción de la democracia liberal y las economías de mercado por parte de Estados Unidos ha coexistido con intervenciones políticas y económicas que han generado controversias y resistencias.

    2. Sobre el Globalismo Oficial

En “La vuelta a la caverna: Terrorismo, guerra y globalización” Gustavo Bueno aborda la cuestión de la globalización a través de un análisis crítico y filosófico, distinguiendo varios tipos de globalización que se manifiestan en diferentes esferas de la vida humana. Bueno identifica y analiza tres tipos principales de globalización: globalización económica, globalización política y globalización cultural.

Globalización Económica: Esta se refiere a la integración de las economías nacionales en un sistema económico mundial único. Implica la liberalización del comercio, la apertura de mercados y la expansión de las multinacionales. Bueno critica este tipo de globalización por favorecer a las grandes potencias y las corporaciones transnacionales, a menudo en detrimento de los países en desarrollo y las economías más débiles. Este tipo de globalización tiende a aumentar las desigualdades económicas y a concentrar la riqueza en manos de unos pocos actores poderosos.

Globalización Política: La globalización política se refiere a la formación de instituciones supranacionales y la creciente interdependencia política entre los estados. Bueno analiza cómo organizaciones como las Naciones Unidas, la Unión Europea y otras entidades supranacionales buscan regular y coordinar las políticas entre los países. Sin embargo, critica la pérdida de soberanía que esto puede implicar para los estados nacionales, argumentando que estas estructuras pueden debilitar la capacidad de los Estados para gobernarse a sí mismos y responder a las necesidades de sus ciudadanos.

Globalización Cultural: Este tipo de globalización implica la difusión y homogeneización de culturas a nivel global. A través de los medios de comunicación, el entretenimiento y otras formas de intercambio cultural, las culturas locales pueden ser absorbidas o desplazadas por una cultura global dominante, a menudo asociada con valores y estilos de vida occidentales. Bueno advierte sobre los riesgos de la globalización cultural, incluyendo la pérdida de diversidad cultural y la imposición de una cultura homogénea que no respeta las particularidades y tradiciones locales.

Bueno es crítico con la idea de que la globalización es un proceso inevitable y universalmente beneficioso. En su análisis, destaca las contradicciones y los conflictos que surgen de la globalización, especialmente en términos de poder, riqueza e identidad cultural. Considera que, aunque la globalización tiene el potencial de unir a la humanidad, también puede exacerbar las desigualdades y destruir las identidades culturales si no se maneja con cuidado y conciencia de sus impactos multifacéticos.

Gustavo Bueno, en “España frente a Europa” (2000), introduce los conceptos de “imperio generador” e “imperio depredador” como parte de su análisis filosófico sobre las estructuras de poder y su impacto en la civilización y la cultura. Estos conceptos son esenciales para entender su crítica de la globalización y su visión sobre cómo los poderes globales interactúan con las naciones y las culturas.

Un imperio generador, dice que es aquel que, a través de su dominio, genera cultura, civilización y progreso en los territorios bajo su control. Este tipo de imperio no solo extrae recursos o impone su poder, sino que también contribuye al desarrollo de infraestructuras, sistemas de educación, leyes y otras formas de capital cultural que benefician a las poblaciones subyugadas. El imperio romano es un ejemplo clásico de imperio generador en la filosofía de Bueno, ya que, a pesar de su dominación, dejó una herencia duradera en términos de derecho, arquitectura, y organización social que ha influido profundamente en la civilización occidental.

Contrariamente, un imperio depredador es aquel que se caracteriza por la explotación y saqueo de los territorios dominados, sin aportar beneficios significativos a las poblaciones locales. Este tipo de imperio extrae recursos naturales y mano de obra para su propio beneficio, dejando a las regiones dominadas empobrecidas y devastadas. La explotación colonial de África por parte de las potencias europeas en los siglos XIX y XX es un ejemplo de imperio depredador, donde la riqueza fue llevada a Europa a costa de la miseria y el sufrimiento de las poblaciones locales.

La distinción entre imperio generador e imperio depredador se relaciona estrechamente con la visión de Bueno sobre la globalización, especialmente en cómo identifica una globalización positiva y una negativa. La globalización positiva se asemeja a las características del imperio generador. En una globalización positiva, el intercambio económico, cultural y político entre naciones lleva a un desarrollo mutuo y equilibrado. Las naciones poderosas, en este caso, actuarían como imperios generadores, promoviendo infraestructura, educación, y sistemas legales que beneficien a las sociedades globalmente. Esto implica una globalización donde los beneficios del progreso y la integración se distribuyen de manera más equitativa, y donde las identidades y soberanías nacionales se respetan y fortalecen.

Por otra parte, la globalización negativa refleja las características del imperio depredador. En una globalización negativa, las potencias globales actúan como imperios depredadores, explotando recursos naturales, mano de obra y mercados de los países más débiles sin proporcionar beneficios duraderos. Este tipo de globalización conduce a un aumento de las desigualdades, la degradación cultural, y la pérdida de autonomía y soberanía de los estados-nación. La globalización negativa resulta en la concentración de poder y riqueza en unas pocas manos, mientras las regiones explotadas enfrentan empobrecimiento y marginalización.

La clave está en cómo se gestionan las dinámicas de poder en el proceso de globalización. Un enfoque que busca una globalización positiva, semejante al imperio generador, podría conducir a un mundo más justo y equilibrado, donde el progreso y el desarrollo se compartan de manera equitativa. Sin embargo, si la globalización sigue los patrones del imperio depredador, las consecuencias serán un aumento de la injusticia, la explotación y la desigualdad global.

El concepto de globalismo oficial, tal como lo presenta Gustavo Bueno, se entiende como una forma de imperialismo moderno que busca imponer un modelo particular de organización política, económica y cultural a nivel mundial. Este modelo, aunque se presenta bajo la apariencia de ser universal y beneficioso para todos los países y sociedades, en realidad sirve principalmente a los intereses de las potencias hegemónicas que lo promueven.

La vinculación directa, dice Hernández, entre la nueva socialdemocracia y el globalismo oficial puede comprenderse a través del concepto de “translatio imperii”, el cual sugiere una transferencia de poder y hegemonía desde el Imperio Británico hacia el Imperio Estadounidense. Este proceso, interpretado como una evolución del control geopolítico y económico, ha llevado al desarrollo de un “socialismo globalista progresista” que se distingue claramente del comunismo.

La nueva socialdemocracia, como una manifestación de la Izquierda Fundamentalista, ha encontrado en los principios del globalismo oficial promovido por las potencias hegemónicas un entorno favorable para su desarrollo. Este globalismo, iniciado con la expansión británica y asumido posteriormente por Estados Unidos, se fundamenta en la promoción de un orden internacional liberal caracterizado por el libre comercio, la democracia representativa y una economía de mercado regulada. En este contexto, la socialdemocracia, con su énfasis en la redistribución de la riqueza, la justicia social y la regulación económica, ha podido prosperar y adaptarse a las dinámicas globales.

El “socialismo globalista progresista” se puede entender como una evolución de la socialdemocracia dentro del marco de la globalización contemporánea. Este modelo no pretende abolir el capitalismo, sino reformarlo y regularlo para hacerlo más justo y equitativo a nivel global. En este sentido, las instituciones internacionales como las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC) han sido influidas por estos principios, promoviendo políticas que buscan equilibrar el crecimiento económico global con la inclusión social y la sostenibilidad ambiental.

El “socialismo globalista progresista” se manifiesta en la implementación de políticas que fomentan la cooperación internacional y la integración económica, pero que también intentan abordar las desigualdades y los desafíos globales, como el cambio climático y la pobreza extrema. Este enfoque ha llevado a una sinergia entre la nueva socialdemocracia y el globalismo oficial, donde ambos se refuerzan mutuamente. La socialdemocracia aporta una dimensión ética y social a la globalización, buscando humanizar y hacer más equitativo el proceso de integración global, mientras que el globalismo proporciona el marco y los mecanismos para la implementación de estas políticas a escala mundial.

La idea de “translatio imperii” refleja cómo la hegemonía y el poder han sido transferidos y transformados a lo largo del tiempo, adaptándose a nuevas realidades y contextos históricos. El paso del dominio británico al estadounidense marcó una reconfiguración del orden mundial, donde la socialdemocracia encontró nuevas oportunidades para influir y moldear las políticas globales. Este proceso ha permitido la creación de un entorno en el que las políticas de bienestar social pueden ser promovidas y sostenidas a través de instituciones internacionales y acuerdos multilaterales.

La vinculación entre la socialdemocracia y el globalismo oficial a través del concepto de “translatio imperii” muestra cómo la transferencia de poder y hegemonía ha facilitado la evolución hacia un “socialismo globalista progresista”. Las instituciones internacionales desempeñan un papel crucial en este proceso, impulsando políticas que buscan una integración económica más equitativa y sostenible.

En la actualidad, tanto en Europa como en América, los tramos ideológicos mencionados, característicos del socialismo globalista progresista, son compartidos por una amplia gama de grupos y partidos que se autoperciben como socialdemócratas, socialistas o de izquierda. Desde la perspectiva de Bueno, el globalismo oficial puede ser visto como un ortograma imperialista, es decir, un programa de acción y organización que, al igual que el marxismo-leninismo en la Unión Soviética, actúa como la filosofía oficial de ciertos Estados o conglomerados de poder. Este ortograma tiene como objetivo consolidar un orden global que facilite la dominación y control de los recursos, mercados y poblaciones por parte de las naciones más poderosas, particularmente aquellas del llamado “Norte global”.

El orden internacional precedente al globalismo oficial es el sistema de Estados-nación soberanos que se consolidó a partir de la Paz de Westfalia en 1648. Este sistema, conocido como el orden de Westfalia, se basaba en el principio de la soberanía estatal, donde cada nación tenía la autoridad suprema sobre su territorio y asuntos internos sin interferencia externa. Este modelo de orden internacional se caracterizaba por varias características clave.

Primero, la soberanía estatal era fundamental. Cada Estado tenía el derecho de gobernar sus propios asuntos sin la interferencia de otros Estados. Este principio se basaba en la no intervención y el respeto mutuo entre Estados, lo que permitía a las naciones mantener su independencia y autonomía en la toma de decisiones políticas, económicas y sociales.

Segundo, el equilibrio de poder entre naciones hegemónicas era una característica esencial de este sistema. Las alianzas y las políticas de equilibrio de poder se utilizaban para mantener la estabilidad y prevenir la hegemonía de una sola potencia sobre las demás. Las guerras y los tratados se empleaban para ajustar el equilibrio de poder entre los Estados, asegurando que ninguna nación se volviera demasiado dominante y amenazara la independencia de otras.

Además, las relaciones diplomáticas bilaterales y multilaterales eran cruciales en este orden. Las relaciones entre Estados se gestionaban a través de la diplomacia, con embajadores y tratados que facilitaban la comunicación y la resolución de conflictos. Las conferencias internacionales y los acuerdos multilaterales también desempeñaban un papel importante en la promoción de la cooperación y el entendimiento entre las naciones.

Este orden internacional también se caracterizaba por la existencia de fronteras claramente definidas y respetadas. Las fronteras nacionales delimitaban los territorios sobre los cuales cada Estado ejercía su soberanía, y los conflictos territoriales se resolvían mediante negociaciones o guerras. La integridad territorial y la inviolabilidad de las fronteras eran principios clave en este sistema.

Finalmente, el nacionalismo y la identidad nacional desempeñaban un papel central en el orden de Westfalia. Los Estados-nación se formaron en torno a identidades culturales, lingüísticas y étnicas, y la lealtad de los ciudadanos se centraba en su nación. El patriotismo y el nacionalismo fomentaron un sentido de pertenencia y solidaridad dentro de los Estados, lo que a su vez fortaleció la cohesión y la estabilidad interna.

Este orden internacional de Estados-nación soberanos fue gradualmente sustituido por el globalismo oficial, que promueve una interconexión global y una cooperación que trasciende las fronteras nacionales. Este cambio ha llevado a la creación y fortalecimiento de instituciones y acuerdos internacionales que buscan gestionar la interdependencia global, pero también ha generado debates sobre la erosión de la soberanía nacional y la equidad en el poder global.

El globalismo oficial se caracteriza por varios elementos clave, uno de los más destacados es la homogeneización cultural. Este proceso promueve una cultura global que tiende a eliminar o minimizar las diferencias culturales locales, bajo la premisa de fomentar la unidad y la interconexión global. Sin embargo, en la práctica, esta homogeneización sirve para difundir y afianzar los valores y prácticas culturales de las potencias hegemónicas, principalmente las occidentales.

Un claro ejemplo de esta homogeneización cultural es la creciente adopción del inglés como lengua franca en el ámbito internacional. El inglés se ha convertido en el idioma dominante en los negocios, la ciencia, la tecnología y la comunicación global. Esta tendencia no solo facilita la comunicación transnacional, sino que también consolida la influencia cultural y económica de los países anglófonos, especialmente de Estados Unidos y el Reino Unido. El uso del inglés como idioma preferido en conferencias internacionales, publicaciones académicas, y en la educación superior, refuerza la posición dominante de estos países y margina a lenguas y culturas locales. En muchos países, las universidades y escuelas han adoptado el inglés como medio de instrucción, incluso en contextos donde no es la lengua nativa. Esto puede facilitar el acceso a la literatura científica y a redes internacionales de conocimiento, pero también puede marginar a aquellos estudiantes y académicos que no dominan el idioma, y desvalorizar las lenguas y conocimientos locales.

La prevalencia de la cultura pop occidental, especialmente la de Estados Unidos, ha alcanzado una difusión global sin precedentes. Películas de Hollywood, series de televisión, música pop y productos culturales como los videojuegos, dominan los mercados globales y configuran las preferencias y hábitos culturales de millones de personas en todo el mundo. Este fenómeno no solo estandariza los contenidos culturales, sino que también promueve valores y estilos de vida occidentales, que a menudo están en desacuerdo con las tradiciones y culturas locales. Por ejemplo, festividades como Halloween y el Black Friday, originadas en Estados Unidos, han sido adoptadas en numerosos países, desplazando celebraciones tradicionales locales. Las películas y series de Hollywood son consumidas masivamente en todo el mundo, a menudo superando a las producciones locales en popularidad. Esto no solo afecta la industria cinematográfica local, que lucha por competir con los grandes presupuestos y la distribución global de Hollywood, sino que también introduce y normaliza valores y normas culturales que pueden ser ajenos o incluso conflictivos con las culturas locales.

La homogeneización cultural también se manifiesta en la estandarización de prácticas y normas de consumo. Las grandes corporaciones multinacionales, como McDonald’s, Starbucks y Apple, imponen modelos de consumo uniformes a nivel global. Estas empresas no solo venden productos, sino que también exportan un estilo de vida y una serie de valores asociados con el consumismo y la modernidad occidental. La omnipresencia de estas marcas en ciudades de todo el mundo refleja cómo las prácticas de consumo se han uniformado, contribuyendo a la erosión de las tradiciones culinarias y comerciales locales. La expansión de cadenas de comida rápida como McDonald’s y Starbucks es un claro ejemplo de la estandarización de los hábitos de consumo. Estos establecimientos ofrecen productos y experiencias que son prácticamente idénticos en cualquier lugar del mundo, lo que puede conducir a una homogeneización del paisaje urbano y de los hábitos alimenticios, desplazando las tradiciones culinarias locales.

La moda y las tendencias de consumo, impulsadas por empresas globales y por la influencia de las redes sociales, tienden a uniformar los gustos y las preferencias de los consumidores. Marcas de moda rápida como Zara y H&M promueven estilos que rápidamente se vuelven comunes en todo el mundo, reduciendo la diversidad de expresiones culturales locales en el ámbito de la vestimenta y el diseño.

En esencia, el globalismo oficial promueve la homogeneización cultural bajo la apariencia de facilitar la interconexión y la unidad global, pero en realidad consolida el dominio cultural y económico de las potencias hegemónicas, promoviendo un modelo de vida y de consumo que puede estar en desacuerdo con las tradiciones y valores locales. Esta dinámica crea un mundo más uniforme, donde las identidades culturales locales corren el riesgo de ser eclipsadas por la prevalencia de una cultura global dominante.

El globalismo oficial se caracteriza también por la dominación económica, la cual impulsa un modelo económico neoliberal que favorece la apertura de mercados, la libre circulación de capitales y la desregulación. Este modelo está diseñado para beneficiar principalmente a las grandes corporaciones multinacionales y a los Estados más desarrollados, que tienen la capacidad de influir de manera significativa en las reglas del comercio global y las finanzas internacionales. Las instituciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, juegan un papel crucial en la promoción y consolidación de estas políticas económicas neoliberales, a menudo condicionando la ayuda financiera a la implementación de reformas estructurales que favorecen los intereses de estas potencias hegemónicas.

La dominación económica bajo el globalismo oficial no es completamente nueva, pero se ha intensificado y estructurado de manera más sofisticada y globalizada en las últimas décadas. Durante la era del orden de Westfalia, las relaciones económicas internacionales eran más bilaterales y estaban reguladas por acuerdos específicos entre Estados soberanos. Con el ascenso del globalismo oficial, estas relaciones se han transformado en un sistema más interdependiente y regulado por instituciones multilaterales que promueven políticas económicas estandarizadas a nivel global.

El FMI y el Banco Mundial, por ejemplo, han sido instrumentos clave en la implementación de estas políticas neoliberales. A través de sus programas de ajuste estructural, estas instituciones han impulsado reformas en países en desarrollo que incluyen la privatización de empresas estatales, la reducción del gasto público, la liberalización del comercio y la apertura de los mercados financieros. Estas medidas, aunque a menudo presentadas como necesarias para el crecimiento económico y la estabilidad financiera, han beneficiado desproporcionadamente a los países desarrollados y a las corporaciones multinacionales que pueden capitalizar las nuevas oportunidades de inversión y comercio.

Un ejemplo claro de esto es la crisis de la deuda en América Latina durante los años 80, donde muchos países se vieron obligados a aceptar las condiciones del FMI para recibir asistencia financiera. Las multinacionales, aprovechando las nuevas políticas de apertura de mercados, se establecieron en estos países, extrayendo recursos y repatriando beneficios, lo que reforzó la dominación económica de las potencias hegemónicas. Otro ejemplo es la expansión de la globalización en la década de 1990 y 2000, donde la liberalización del comercio y la inversión permitió a las grandes corporaciones multinacionales expandir sus operaciones a nivel global. Esto resultó en una creciente interdependencia económica y una mayor influencia de estas corporaciones en las políticas nacionales e internacionales. La Organización Mundial del Comercio (OMC), establecida en 1995, ha sido fundamental en este proceso, promoviendo acuerdos comerciales que favorecen a los países desarrollados y a las corporaciones, a menudo en detrimento de los intereses de los países en desarrollo.

En segundo lugar, la libre circulación de capitales facilita las inversiones extranjeras directas y la especulación financiera, permitiendo a los grandes capitales moverse rápidamente en busca de las mejores oportunidades de rentabilidad. Sin embargo, esta movilidad también aumenta la vulnerabilidad de las economías nacionales a las crisis financieras globales. Las economías más pequeñas y menos desarrolladas, al depender del capital extranjero, pueden sufrir fugas de capital súbitas que desestabilizan sus mercados financieros y provocan crisis económicas severas. Un ejemplo claro de esto fue la crisis financiera asiática de 1997, donde la rápida salida de capitales especulativos llevó a colapsos económicos en varios países del sudeste asiático.

La desregulación económica es otro componente esencial de la dominación económica neoliberal. La reducción de regulaciones y la liberalización de mercados laborales y financieros se promueven como medios para fomentar la eficiencia y el crecimiento económico. No obstante, esta desregulación frecuentemente beneficia desproporcionadamente a las grandes corporaciones y a los sectores más ricos de la sociedad, mientras que los trabajadores y las pequeñas empresas enfrentan mayores riesgos y menor protección. La desregulación bancaria en Estados Unidos, que culminó en la crisis financiera de 2008, es un ejemplo emblemático de cómo la falta de regulación puede llevar a prácticas irresponsables que desestabilizan la economía global.

El globalismo oficial también -y, sobre todo- se caracteriza por la estructuración de un poder global, que establece y refuerza instituciones y acuerdos internacionales diseñados para consolidar el poder de las naciones hegemónicas. Organizaciones como la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y las Naciones Unidas (ONU), aunque promueven principios de cooperación y seguridad global, también sirven para mantener el statu quo de la dominación global. Estos organismos, aunque formados por estados miembros de todo el mundo, a menudo reflejan y ejecutan los intereses de las naciones más poderosas.

La OTAN, por su parte, es una alianza militar que, aunque justificada bajo la premisa de la defensa mutua y la seguridad colectiva, ha sido utilizada por las naciones occidentales, especialmente Estados Unidos, para proyectar su poder militar y proteger sus intereses estratégicos globales. Las intervenciones militares lideradas por la OTAN en conflictos como los de Kosovo, Afganistán y Libia han sido vistas como acciones para asegurar la influencia occidental en regiones estratégicas, a menudo pasando por alto la soberanía de las naciones afectadas y los intereses de la comunidad internacional en general. La expansión de la OTAN hacia el este de Europa, incorporando a países que anteriormente formaban parte de la esfera de influencia soviética, ha sido percibida como un movimiento para cercar y contener a Rusia, consolidando así el dominio militar occidental en la región.

La ONU, aunque fundada con el noble propósito de promover la paz, la seguridad y la cooperación internacional, también refleja la estructura de poder global. El Consejo de Seguridad de la ONU, en particular, es un claro ejemplo de esto, ya que sus cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido) tienen poder de veto, lo que les permite bloquear cualquier resolución que no se alinee con sus intereses nacionales. Esta estructura de poder ha llevado a situaciones donde las decisiones del Consejo de Seguridad están más influenciadas por las rivalidades y los intereses de las grandes potencias que por un verdadero consenso global.

El globalismo oficial también se caracteriza por la deslegitimación de las soberanías nacionales, promoviendo la idea de que los problemas globales requieren soluciones globales que trascienden las fronteras nacionales. Si bien esta premisa puede ser válida en el contexto de desafíos como el cambio climático o las pandemias, también puede ser utilizada como un pretexto para intervenir en los asuntos internos de otros Estados, justificando acciones que benefician a las potencias hegemónicas.

La deslegitimación de la soberanía nacional se manifiesta a través de varios mecanismos. En primer lugar, el discurso globalista enfatiza la necesidad de cooperación internacional y de gobernanza global para abordar problemas que afectan a toda la humanidad. Este enfoque, aunque relevante en ciertos contextos, a menudo minimiza la capacidad y el derecho de los Estados individuales para decidir sobre sus propios asuntos. Las políticas ambientales, por ejemplo, suelen ser promovidas desde una perspectiva global que puede imponer restricciones y regulaciones que afectan de manera desproporcionada a los países en desarrollo, limitando su capacidad para utilizar sus recursos naturales de acuerdo con sus necesidades y prioridades. Un ejemplo de esto es la imposición de límites a las emisiones de carbono, que, si bien son esenciales para combatir el cambio climático, pueden afectar negativamente a las economías emergentes que dependen de la industrialización para su desarrollo.

Además, la narrativa de la globalización tiende a justificar intervenciones económicas, políticas y militares en nombre de la estabilidad y la seguridad global. Esta intervención puede ser presentada como una necesidad para proteger los derechos humanos, fomentar la democracia o mantener la paz, pero a menudo está impulsada por los intereses estratégicos y económicos de las potencias hegemónicas. La intervención en Libia en 2011, liderada por la OTAN, fue justificada en gran medida por la necesidad de proteger a los civiles y promover la democracia, pero también sirvió para asegurar el control sobre los recursos petroleros y la influencia geopolítica en la región. Esta intervención no solo desestabilizó el país, sino que también puso en evidencia cómo las acciones en nombre de la comunidad internacional pueden socavar la soberanía de las naciones.

Además, la deslegitimación de las soberanías nacionales puede verse en el ámbito de la política interna de los países, donde organizaciones no gubernamentales y otros actores internacionales pueden influir en las decisiones políticas y sociales. La financiación y apoyo a movimientos y partidos políticos por parte de entidades extranjeras puede ser vista como una forma de intervención indirecta en los asuntos internos de un país, alterando el equilibrio político y afectando la soberanía del Estado para determinar su propio destino.

El globalismo oficial también se apoya en una estrategia ideológica y de propaganda que utiliza una fuerte retórica ideológica para presentar la globalización como inevitable y beneficiosa para todos. Los medios de comunicación, las instituciones educativas y las industrias culturales juegan un papel fundamental en la difusión de esta narrativa, creando una percepción generalizada de que la globalización oficial es el único camino viable hacia el desarrollo y la prosperidad.

La estrategia ideológica se centra en la idea de que la globalización trae consigo progreso, modernidad y oportunidades económicas. Esta retórica se promueve a través de diversos canales, incluyendo discursos políticos, informes de organizaciones internacionales y análisis económicos que destacan los beneficios de la apertura de mercados, la liberalización del comercio y la integración económica global. Se enfatizan historias de éxito de países y regiones que han experimentado crecimiento económico significativo como resultado de su integración en la economía global, mientras se minimizan o ignoran los efectos negativos y las desigualdades que también acompañan a este proceso.

Los medios de comunicación desempeñan un papel crucial en la propagación de esta ideología. Grandes corporaciones mediáticas, muchas de las cuales están vinculadas a intereses económicos transnacionales, presentan la globalización de manera positiva, destacando sus beneficios y marginalizando las voces críticas. Programas de noticias, documentales y reportajes especiales a menudo pintan un cuadro favorable de la globalización, asociándola con progreso tecnológico, movilidad laboral y expansión de oportunidades educativas. Por ejemplo, se celebran los avances tecnológicos y el crecimiento económico en países como China e India.

Las instituciones educativas también son fundamentales en la perpetuación de la ideología globalista. Los currículos escolares y universitarios a menudo incluyen contenidos que subrayan los beneficios de la globalización y la necesidad de una economía global integrada. Se promueve la idea de que el entendimiento y la adaptación a un mundo globalizado son esenciales para el éxito personal y profesional. Los programas de intercambio internacional, los estudios globales y las alianzas académicas transnacionales refuerzan esta narrativa, formando a nuevas generaciones en la aceptación y promoción de la globalización como un fenómeno positivo e inevitable.

Las industrias culturales también juegan un papel significativo en la estrategia ideológica de la globalización oficial. Hollywood, la música pop, la moda y otros aspectos de la cultura popular difunden valores y estilos de vida que promueven una visión homogénea y occidentalizada del mundo. Las películas, series de televisión y la música popular a menudo retratan un estilo de vida cosmopolita y aspiracional, vinculando la felicidad y el éxito con la adopción de valores y prácticas globales. Esto no solo influye en las percepciones y aspiraciones de los individuos, sino que también ayuda a consolidar la hegemonía cultural de las potencias occidentales.

Esta estrategia de propaganda e ideología también se manifiesta en la promoción de eventos globales que simbolizan la integración y cooperación internacional, como los Juegos Olímpicos, la Copa Mundial de la FIFA y exposiciones universales. Estos eventos, ampliamente cubiertos por los medios de comunicación, celebran la unidad y el intercambio cultural, al mismo tiempo que refuerzan la idea de un mundo globalmente conectado y colaborativo. Sin embargo, detrás de estos eventos a menudo se esconden intereses económicos y políticos de las potencias hegemónicas, que utilizan estas plataformas para fortalecer su influencia y proyectar su poder blando.

En esencia, el globalismo oficial, según Gustavo Bueno, es una forma moderna de imperialismo que, bajo la apariencia de universalidad y progreso, perpetúa la dominación de las potencias hegemónicas sobre el resto del mundo. Esta dominación no solo se manifiesta en términos económicos y políticos, sino también culturales e ideológicos, creando una estructura global que favorece a unos pocos a expensas de muchos.

 3. Expansión ideológica del Globalismo Oficial

Paloma Hernández, establece una comparación entre la naturaleza de la ideología ortodoxa expansionista de la Unión Soviética y el globalismo oficial. La ideología expansionista de la URSS se basaba en la difusión global del comunismo y en el fortalecimiento de la influencia política y militar de la URSS en el mundo. El diamat, abreviatura de “materialismo dialéctico”, es una filosofía marxista que se desarrolló como la metodología oficial del marxismo-leninismo en la Unión Soviética y otras naciones comunistas. Este enfoque filosófico, formulado principalmente por Karl Marx y Friedrich Engels y desarrollado por Vladimir Lenin y otros teóricos marxistas, combina el materialismo, que sostiene que la materia es la única realidad y que el mundo material es independiente de nuestra percepción de él, con la dialéctica, como metodología de análisis que enfatiza la contradicción y el cambio constante en los procesos sociales y naturales.

El diamat no es solo una teoría abstracta, sino que se considera una guía para la acción revolucionaria, utilizada para analizar y transformar la sociedad, fundamentando la lucha de clases y el proceso de construcción del socialismo. Los teóricos soviéticos lo institucionalizaron en la educación y en la práctica política, usándolo como base para justificar políticas y decisiones del Partido Comunista. El núcleo ideológico del expansionismo soviético radicaba en la doctrina del diamat, que abogaba por la revolución proletaria y la creación de una sociedad comunista mundial. Lenin, y posteriormente Stalin, sostenían que la revolución socialista no podía limitarse a un solo país, sino que debía extenderse internacionalmente para asegurar su supervivencia y éxito. Esta visión se plasmó en la creación de la Internacional Comunista (Comintern) en 1919, cuyo objetivo era promover y coordinar movimientos revolucionarios en todo el mundo.

El expansionismo soviético no solo se basaba en el apoyo a movimientos revolucionarios y la instalación de regímenes comunistas, sino también en una amplia red de tratados y alianzas militares, económicas y políticas. El Pacto de Varsovia, creado en 1955, fue la respuesta soviética a la OTAN y consolidó la cooperación militar entre los estados del bloque del Este. La URSS también estableció acuerdos de asistencia económica y técnica con numerosos países en desarrollo, buscando ganar influencia y contrarrestar la hegemonía occidental. La Guerra Fría fue el escenario principal del expansionismo soviético, con Estados Unidos y sus aliados occidentales tratando de contener la expansión comunista a través de diversas estrategias, incluyendo el Plan Marshall, la Doctrina Truman y la política de contención. Las intervenciones militares directas, como la invasión de Afganistán en 1979, y los conflictos por delegación, como la guerra de Vietnam, también fueron parte integral del enfrentamiento entre las superpotencias.

Por otra parte, Hernández afirma que la filosofía oficial de la Unión Soviética y las doctrinas del globalismo oficial, es decir, la animato de ideologías promovidas por una parte concreta de la plataforma anglosajona en un momento de intensa lucha geopolítica, comparten algunos tramos ideológicos. Advierte que no todos los tramos ideológicos son compartidos, solo algunos, los que ella llama la naturaleza intrínseca expansionista. Además, señala que el hecho de que compartan algunos tramos lleva a mucha gente a identificar una cosa con la otra y a clasificar lo que está pasando ahora mismo como una suerte de comunismo. Sin embargo, esto no es cierto, ya que son muchos más los puntos que no comparten.

Algunas de las cuestiones que sí comparten estos sistemas ideológicos, según Hernández, contienen importantes componentes metafísicos y lo hacen necesariamente porque ambas doctrinas están al servicio de proyectos imperiales con vocación universalizante. El primer principio del mito oscurantista del género humano se basa en la premisa de que los proyectos imperiales con vocación universalizante deben incorporar en su visión y estructura a todos los pueblos de la Tierra. Este principio sostiene que la humanidad, en su totalidad, debe ser envuelta y unificada bajo un sistema ideológico común, eliminando así las diferencias culturales, políticas y sociales que pudieran existir entre las diversas comunidades y naciones del mundo.

Este mito oscurantista implica una concepción metafísica del género humano, en la que se asume que existe una esencia universal que define a todos los seres humanos y que, por lo tanto, puede y debe ser homogenizada bajo un mismo proyecto ideológico. Esta visión es intrínsecamente paternalista y conlleva la idea de que ciertos valores, creencias y estructuras políticas son superiores y universales, justificando así su imposición sobre otros pueblos y culturas. Históricamente, este principio ha sido utilizado para justificar expansiones imperiales y coloniales, donde las potencias hegemónicas promovían la idea de llevar la “civilización” y sus valores a los “pueblos atrasados” o “primitivos”.

Esta ideología no solo ignoraba las particularidades y la autonomía de las culturas invadidas, sino que también las despojaba de su identidad, considerándolas inferiores o incompletas sin la adopción de los valores y sistemas de los colonizadores. En este contexto, los proyectos imperiales se han presentado como misiones civilizadoras que, en teoría, buscan el bienestar y el progreso de toda la humanidad, pero que, en la práctica, han resultado en la imposición de una hegemonía cultural y política que margina y subyuga a las comunidades locales. Esta visión hegemónica y universalizante está estrechamente relacionada con la idea de que hay un destino manifiesto o una misión histórica que legitima la expansión y el dominio sobre otros pueblos. Así, el mito oscurantista del género humano no solo perpetúa la desigualdad y la injusticia, sino que también fomenta una visión del mundo donde la diversidad y la pluralidad son vistas como obstáculos a superar en lugar de riquezas a valorar.

El segundo principio de las filosofías políticas, tanto en su variante soviética como en el globalismo oficial actual, se caracteriza por la administración política desde arriba hacia abajo, es decir, desde las clases dirigentes hacia la ciudadanía. Este enfoque descendente se implementa mediante una serie de mecanismos institucionales que incluyen los sistemas educativos, las leyes, los productos culturales y otros medios de control social y cultural. Esta característica es compartida por ambas doctrinas y constituye un elemento fundamental en la forma en que buscan consolidar y perpetuar su poder.

La administración política desde arriba hacia abajo implica una estructura jerárquica en la que las decisiones y directrices se originan en las esferas más altas del poder y se imponen sobre la población general. Uno de los principales instrumentos para esta administración descendente es el sistema educativo. En la URSS, la educación fue utilizada como una herramienta para inculcar los valores y principios del marxismo-leninismo desde una edad temprana. El currículo escolar estaba estrictamente controlado por el Estado y diseñado para promover la ideología comunista, glorificar la historia soviética y formar ciudadanos leales al régimen. Los maestros y profesores eran seleccionados y formados para asegurar que transmitieran correctamente la ideología del partido, y cualquier desviación de la línea oficial podía resultar en severas sanciones.

La administración política desde arriba hacia abajo en el contexto del globalismo oficial sigue una lógica similar a la de los regímenes imperialistas del pasado, aunque adaptada a las nuevas realidades del siglo XXI. Esta estructura jerárquica implica que las decisiones y directrices se originan en las esferas más altas del poder global, tales como organizaciones internacionales, corporaciones transnacionales y élites políticas, y se imponen sobre la población general a través de una variedad de mecanismos, incluyendo el sistema educativo, las leyes y los productos culturales.

Es necesario distinguir el globalismo de la globalización. El globalismo, aunque comparte ciertas características con la globalización en términos de interconexión y cooperación internacional, se distingue por su enfoque en la promoción de valores progresistas y políticas redistributivas a nivel global. La administración política desde arriba hacia abajo en este contexto sigue una lógica jerárquica en la que las decisiones y directrices se originan en las esferas más altas del poder, incluyendo organizaciones internacionales, ONGs y élites políticas progresistas, y se imponen sobre la población general mediante sistemas educativos, leyes y productos culturales. En el ámbito educativo, el globalismo oficial utiliza los sistemas educativos nacionales e internacionales para promover una visión homogénea y globalizada del mundo.

El sistema educativo en el globalismo progresista juega un papel crucial en la difusión de su ideología. Las políticas educativas y los currículos están cada vez más influenciados por organismos internacionales como la UNESCO, el Banco Mundial y la OCDE, que promueven estándares y modelos educativos alineados con los intereses del globalismo. Los currículos escolares, influidos por organismos internacionales y grupos de presión progresistas, se diseñan para inculcar valores como la equidad de género, la justicia social y la sostenibilidad ambiental.

Estas instituciones educativas buscan formar ciudadanos globales conscientes de las desigualdades y comprometidos con la justicia social a nivel mundial. Los maestros y profesores, aunque no seleccionados de manera tan estricta como en la URSS, son formados y evaluados según estándares internacionales que reflejan las prioridades del globalismo. Los programas de formación docente y los materiales educativos están cada vez más diseñados para inculcar valores como el multiculturalismo, la sostenibilidad ambiental y la cooperación internacional.

Mientras que estos valores pueden parecer progresistas y benevolentes, también pueden servir para homogenizar las diferencias culturales y preparar a los estudiantes para su rol en una economía global dominada por grandes corporaciones y élites transnacionales. Los maestros y profesores son formados y seleccionados para transmitir estos valores, y las desviaciones de esta línea ideológica pueden resultar en sanciones o exclusiones profesionales.

Las leyes y regulaciones bajo el globalismo oficial también reflejan este enfoque desde arriba hacia abajo. Las políticas progresistas son promovidas a través de tratados internacionales, acuerdos multilaterales y legislaciones nacionales influenciadas por organismos internacionales y ONGs. Estas políticas incluyen medidas como la protección de los derechos de minorías y la implementación de estándares ambientales estrictos. Aunque estas políticas pueden ser vistas como beneficiosas para la justicia social y la equidad, también pueden ser percibidas como imposiciones desde arriba que no siempre consideran las realidades y necesidades locales. En este contexto, las élites progresistas utilizan estos instrumentos para consolidar su poder y promover una visión del mundo alineada con sus valores. Aunque el control puede no ser tan explícito o coercitivo como en otros regímenes, el efecto es similar: las políticas y valores que afectan la vida de las personas se dictan desde las esferas más altas del poder, con una participación democrática limitada y una consideración insuficiente de las realidades locales y nacionales.

La administración política desde arriba hacia abajo en el globalismo oficial refleja una continuidad con formas históricas de imposición ideológica, aunque adaptada a un contexto globalizado y tecnológicamente avanzado. La homogenización de la educación, la implementación de leyes progresistas y la difusión de una cultura global inclusiva son herramientas utilizadas para mantener y expandir el control de las élites progresistas.

El tercer elemento por considerar es la imposición de los sistemas ideológicos como saberes obligatorios para todos los ciudadanos que formen parte de aquellas sociedades bajo su órbita de influencia. Tanto en el contexto de la URSS como en el globalismo oficial, la ideología no solo se presenta como una opción, sino como un conocimiento esencial e indispensable que debe ser adoptado por toda la población.

En la URSS, el marxismo-leninismo no era simplemente una ideología política, era la base del conocimiento oficial y obligatorio en todas las esferas de la vida. Desde la educación primaria hasta la universitaria, todos los niveles del sistema educativo estaban diseñados para inculcar los principios del comunismo. Las asignaturas no solo incluían materias específicas como la historia del Partido Comunista, sino que también integraban la ideología en todas las disciplinas, asegurando que la visión comunista del mundo impregnara cada aspecto del aprendizaje. Los manuales escolares, los programas de formación de profesores y los contenidos universitarios estaban alineados para reflejar y reforzar la doctrina oficial del Estado.

De manera similar, en el contexto del globalismo oficial, ciertos valores y principios son promovidos como conocimientos esenciales para todos los ciudadanos. La educación en temas como la equidad de género, la diversidad, los derechos humanos y la sostenibilidad ambiental no se presenta solo como un conjunto de ideales, sino como componentes fundamentales del conocimiento que deben ser internalizados y practicados por todos los individuos en la sociedad. Los sistemas educativos a nivel global, influenciados por organizaciones internacionales y políticas progresistas, incorporan estos temas en los currículos de manera transversal. Los programas educativos se diseñan para que, desde una edad temprana, los estudiantes se familiaricen y adopten estos principios como parte de su formación integral.

La legislación y las políticas públicas también reflejan esta imposición de saberes obligatorios. Las leyes que promueven la igualdad de género, la protección de los derechos de las minorías y la sostenibilidad ambiental son presentadas no solo como marcos legales necesarios, sino como componentes de un conocimiento que todos los ciudadanos deben entender y respetar. Estas políticas no solo regulan el comportamiento, sino que también buscan transformar las actitudes y los valores de la sociedad, alineándolos con los principios progresistas. La imposición de saberes obligatorios puede ser vista como una forma de adoctrinamiento, donde la diversidad de pensamiento y la autonomía individual se ven comprometidas en favor de una cohesión ideológica. Este tipo de control puede llevar a una homogenización cultural y una reducción de la capacidad crítica de los individuos, quienes pueden sentir que deben alinearse con estos valores para ser aceptados socialmente.

En los imperios, estos contenidos se les concede un papel instrumental ideológico respecto de otros saberes prácticos considerados como subordinantes, tales como los saberes científicos, técnicos, artísticos, etc. En el caso del globalismo oficial, esta subordinación es muy evidente. Por ello, se habla de matemáticas con perspectiva de género, de música democrática, de deportistas contra el cambio climático, de arte feminista o de arte decolonial, etcétera. Esta instrumentalización ideológica de los saberes prácticos refleja una estrategia más amplia de los imperios globalistas para asegurar que su visión del mundo permeé todos los aspectos de la vida social y cultural. Al subordinar disciplinas científicas, técnicas y artísticas a la ideología dominante, se crea una cultura coherente y unificada que refuerza y reproduce los valores del globalismo progresista. Esto no solo busca moldear el pensamiento y comportamiento de los ciudadanos, sino también integrar profundamente estos valores en las estructuras mismas del conocimiento y la práctica profesional.

Sin embargo, este enfoque también enfrenta críticas. La subordinación de saberes prácticos a imperativos ideológicos puede ser vista como una forma de dogmatismo que restringe la libertad académica y creativa. Al imponer una perspectiva ideológica sobre diversas disciplinas, se corre el riesgo de limitar la diversidad de pensamiento y la innovación, reduciendo estos campos a meros vehículos para la propaganda ideológica. Este conflicto entre la integración ideológica y la autonomía disciplinaria plantea preguntas importantes sobre el equilibrio entre la promoción de valores progresistas y la preservación de la libertad intelectual.

El cuarto principio destaca el carácter dogmático de ambas filosofías, presentándose como saberes definitivos y doctrinas fundadas en una suerte de principios axiomáticos e intemporales. Estas ideologías se basan en ideas inamovibles que no se ven afectadas por los asuntos efímeros o cambiantes del presente. Este dogmatismo es una de las razones por las que estas doctrinas presentan una fuerte resistencia a ser sometidas a crítica o cuestionamiento, especialmente cuando se administran de forma rigorista.

En la URSS, el marxismo-leninismo fue instaurado como la única verdad ideológica, sostenida por principios considerados científicos y, por lo tanto, indiscutibles. La historia, la economía, la política y la sociedad debían interpretarse exclusivamente a través del prisma marxista-leninista. Este enfoque axiomático se manifestaba en la educación, los medios de comunicación, y todas las esferas de la vida pública. La crítica o el cuestionamiento de estos principios se castigaba severamente, consolidando el dogma y eliminando cualquier forma de disidencia.

De manera similar, el globalismo oficial también se presenta como un conjunto de principios definitivos e incuestionables. Las ideas de equidad, diversidad, derechos humanos y sostenibilidad ambiental se promueven como valores universales y atemporales que deben ser adoptados por todos. Esta presentación axiomática tiene el efecto de elevar estas ideas por encima de los debates y controversias cotidianas, dándoles un aura de inevitabilidad y moralidad incuestionable. Sin embargo, este enfoque también ha dado lugar a la aparición de un contrargumento conocido como negacionismo.

El negacionismo, en este contexto, se refiere a la etiqueta que se impone a aquellas voces críticas que desafían los principios y valores promovidos por el globalismo oficial. Calificar a estos críticos como negacionistas permite eludir una confrontación directa de ideas, ya que esta etiqueta conlleva una connotación negativa que descalifica de antemano cualquier argumentación contraria. Al hacerlo, se evita el debate abierto y se mantiene la supremacía de la ideología dominante sin necesidad de justificarla racionalmente frente a otras perspectivas.

Este uso del término negacionismo como una herramienta retórica tiene profundas implicaciones para el discurso público. En lugar de fomentar un intercambio saludable y constructivo de ideas, se crea un ambiente donde las críticas son automáticamente desechadas como ignorancia o mala fe. Así, se marginaliza a los disidentes y se refuerza la idea de que los principios del globalismo son incuestionables y moralmente superiores. Esta estrategia no solo silencia las críticas, sino que también fortalece la percepción de que el globalismo es la única vía legítima hacia el progreso social y la justicia.

Además, esta dinámica de descalificación tiene un efecto polarizador en la sociedad, especialmente entre las generaciones viejas y las nuevas, que están expuestas a estos nuevos dogmas. Al dividir el discurso en términos de adherentes al globalismo versus negacionistas, se profundizan las divisiones y se dificulta la construcción de consensos. Las posiciones se radicalizan y el terreno común para la discusión se reduce, haciendo que los debates se vuelvan más acalorados y menos productivos. Esta polarización puede llevar a una mayor fragmentación social y a la creación de “burbujas” ideológicas, donde las personas solo interactúan con aquellos que comparten sus puntos de vista, reforzando así sus creencias sin exposición a críticas constructivas.

Para las generaciones viejas, que crecieron con diferentes paradigmas y contextos ideológicos, el enfrentamiento con estos nuevos dogmas puede resultar especialmente conflictivo. Pueden sentir que sus experiencias y conocimientos previos son desestimados o invalidados por una nueva narrativa que no reconoce la complejidad de sus perspectivas. Esto puede llevar a una resistencia aún mayor y a una percepción de ser alienados en su propio entorno cultural y político.

Por otro lado, las nuevas generaciones, que son educadas bajo estos nuevos principios globalistas, pueden adoptar estas ideas como verdades indiscutibles desde una edad temprana. La exposición constante a estos valores a través de la educación, los medios de comunicación y la cultura popular puede hacer que los jóvenes vean cualquier cuestionamiento de estas ideas como una amenaza a su identidad y valores fundamentales. Esta internalización de los dogmas globalistas puede limitar su capacidad para criticar y reflexionar sobre las políticas y principios que se les enseñan, creando una conformidad ideológica que dificulta el desarrollo de un pensamiento crítico independiente.

La polarización también se manifiesta en términos geográficos, entre las áreas rurales y urbanas. Las áreas urbanas, que suelen estar más expuestas a las influencias globalistas a través de la educación superior, los medios de comunicación y la cultura cosmopolita, tienden a adoptar más fácilmente estos principios. En contraste, las áreas rurales, que pueden tener menos acceso a estos canales de influencia y una mayor conexión con tradiciones locales, a menudo se muestran más escépticas y resistentes a estos nuevos dogmas. Esta división geográfica refuerza aún más la fragmentación social y dificulta la construcción de consensos a nivel nacional.

El uso del término negacionismo para descalificar a los críticos también refleja una falta de confianza en la capacidad de la propia ideología para sostenerse frente al escrutinio. Si los principios del globalismo son verdaderamente sólidos y beneficiosos, deberían poder resistir y prosperar en un entorno de debate abierto. La dependencia de etiquetas despectivas sugiere una fragilidad en la narrativa oficial y una necesidad de protegerla mediante la exclusión de voces disidentes. Al considerar que todo son discursos, la capacidad de contrastar y poner a prueba distintas ideas, choca de frente con la creencia de que hay nuevos discursos que no pueden ser contrastados. Esta creencia impide un análisis crítico y riguroso de las nuevas ideologías, reforzando una ortodoxia que no admite cuestionamientos ni alternativas.

El quinto principio destaca que ambas ideologías, tanto la del globalismo oficial como la del expansionismo soviético, están impulsadas fundamentalmente por la idea fuerza del progreso. Esta noción de progreso se presenta como un imperativo inevitable y deseable, que justifica y motiva sus acciones y políticas.

La idea del progreso en la URSS estaba profundamente enraizada en la doctrina marxista-leninista, que veía la historia como un proceso dialéctico de avance hacia una sociedad comunista perfecta. Este progreso histórico, según la teoría marxista, era inevitable y deseable, llevando a la abolición de las clases sociales y la creación de una sociedad sin explotación. La industrialización, la colectivización y la expansión del comunismo a nivel global eran vistas como pasos necesarios en esta trayectoria progresiva.

De manera similar, el globalismo oficial se presenta como un vehículo del progreso contemporáneo. En este contexto, el progreso se define en términos de globalización económica, integración cultural, derechos humanos, equidad de género, sostenibilidad ambiental y otros valores progresistas. La narrativa globalista promueve la idea de que el avance hacia una sociedad global interconectada y equitativa es no solo inevitable, sino moralmente necesario. Este sentido de progreso justifica las políticas y las intervenciones que buscan implementar estos valores a nivel mundial.

La frase “No tendrás nada y serás feliz” se originó en un discurso de 2016 de Ida Auken, política danesa, en el Foro Económico Mundial. Desde entonces, ha sido objeto de mucha controversia y debate. Esta frase encapsula una visión de futuro promovida por algunas corrientes del globalismo oficial, donde se sugiere que la felicidad y el bienestar se lograrán no a través de la posesión de bienes materiales, sino mediante el acceso compartido y sostenible a servicios y recursos. La idea es que, en lugar de poseer, las personas podrían alquilar o compartir, lo que reduciría el impacto ambiental y fomentaría un sentido de comunidad y cooperación.

Esta visión de progreso se alinea con los objetivos de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, que promueve 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para erradicar la pobreza, proteger el planeta y garantizar la prosperidad para todos. La Agenda 2030 y sus políticas de igualdad de género, lucha contra el cambio climático y promoción de los derechos humanos, se presentan como pasos esenciales hacia una sociedad más justa y sostenible. Esta visión de progreso no solo impulsa acciones políticas, sino que también moldea la educación, la cultura y la legislación.

La idea de “No tendrás nada y serás feliz” refleja un cambio profundo en las estructuras económicas y sociales, promoviendo modelos de economía circular y colaborativa. En estos modelos, los recursos se gestionan de manera sostenible y se comparte el acceso a bienes y servicios, en lugar de acumularlos individualmente. Este enfoque busca reducir la huella ecológica y fomentar una comunidad más unida y cooperativa.

Sin embargo, esta perspectiva también genera controversia y resistencia. Críticos argumentan que despojar a las personas de la propiedad privada podría conducir a una mayor dependencia de las estructuras de poder centralizadas y a una pérdida de autonomía individual. La frase “No tendrás nada y serás feliz” puede ser percibida como una forma de control social, donde la libertad de elección se ve restringida en favor de un modelo impuesto desde arriba. Además, esta visión puede no tener en cuenta las diferencias culturales y las aspiraciones individuales que valoran la propiedad y el patrimonio personal.

La experiencia de las colectivizaciones en la URSS, China y otros lugares proporciona un contexto histórico relevante para este debate. En la URSS, la colectivización fue un proceso impuesto por el gobierno soviético bajo la dirección de Josef Stalin a finales de la década de 1920 y principios de la década de 1930. Este proceso buscaba consolidar la agricultura en grandes granjas colectivas (koljós) y estatales (sovjós) para aumentar la producción agrícola y facilitar la industrialización del país. Sin embargo, la colectivización forzada llevó a una resistencia masiva por parte de los campesinos, muchos de los cuales perdieron sus tierras y propiedades. Las consecuencias fueron devastadoras, pues se produjeron hambrunas, la más notable de ellas la Holodomor en Ucrania, que resultó en la muerte de millones de personas. La pérdida de autonomía individual y la imposición de un modelo económico centralizado generaron una profunda desconfianza y sufrimiento entre la población rural.

En China, la colectivización se llevó a cabo durante el Gran Salto Adelante (1958-1962), una campaña dirigida por Mao Zedong para transformar rápidamente a China de una economía agraria a una sociedad comunista industrializada. Se establecieron comunas populares en las que se colectivizaron todas las tierras y los recursos. Al igual que en la URSS, esta política resultó en una resistencia significativa, desorganización económica y una gran hambruna que causó la muerte de decenas de millones de personas. La presión para alcanzar objetivos de producción irrealistas llevó a la falsificación de datos y al fracaso de las políticas agrícolas, exacerbando la crisis.

Estos ejemplos históricos muestran que la imposición de modelos económicos centralizados y la eliminación de la propiedad privada pueden tener consecuencias desastrosas. La pérdida de autonomía individual y la resistencia cultural a estos cambios han llevado a sufrimientos humanos significativos y a la desestabilización social y económica. Estos precedentes históricos sirven como advertencia sobre los riesgos de implementar políticas que no consideren las complejidades y diversidades locales, y que busquen imponer una visión uniforme y centralizada del progreso.

El sexto principio destaca el carácter esotérico, salvífico y mesiánico de las ideologías del expansionismo soviético y el globalismo oficial, que se postulan como salvadoras del género humano y, en el caso del globalismo, también del planeta Tierra. Ambas comparten una visión redentora y transformadora, ofreciendo un camino hacia un futuro ideal y justificado por principios elevados.

El expansionismo soviético se presentaba como un proyecto redentor, prometiendo la liberación del proletariado y la creación de una sociedad sin clases ni explotación, fundamentada en la igualdad y la justicia. La ideología comunista tenía un carácter mesiánico, al considerarse la culminación inevitable de la historia. La URSS se veía a sí misma como la líder de esta revolución mundial, guiando a la humanidad hacia un futuro comunista.

Por otro lado, el globalismo oficial se postula como un movimiento salvífico no solo para la humanidad, sino también para el planeta. Esta ideología promueve la globalización económica, la integración cultural, la equidad de género, los derechos humanos y la sostenibilidad ambiental como pilares de un mundo más justo y equitativo. El globalismo se presenta como la respuesta técnica y avanzada a los problemas globales, accesible principalmente a expertos y líderes en economía, medio ambiente y derechos humanos.

Ambas ideologías manifiestan un carácter esotérico, presentando sus principios como verdades superiores accesibles solo a los iniciados. En el caso del expansionismo soviético, la teoría marxista-leninista se veía como una ciencia histórica que ofrecía una comprensión profunda y exclusiva de las leyes de la historia y la sociedad. De manera similar, el globalismo oficial se basa en una comprensión avanzada de los problemas globales, presentada como una solución técnica y moralmente necesaria.

El componente salvífico implica una promesa de redención y transformación radical. El expansionismo soviético prometía una utopía comunista que superaría las injusticias del capitalismo, mientras que el globalismo oficial ofrece un mundo sostenible y equitativo, superando crisis ambientales y desigualdades sociales. Esta promesa mesiánica otorga a ambas ideologías una gran capacidad para movilizar apoyo y justificar acciones drásticas en nombre de un bien superior.

Sin embargo, este carácter esotérico y salvífico puede llevar a una arrogancia ideológica, donde cualquier crítica se percibe como una amenaza a la realización de un destino inevitable. En el expansionismo soviético, esto resultó en la persecución de enemigos de la revolución. En el globalismo oficial, los críticos pueden ser descalificados como negacionistas o retrógrados, limitando el debate y la consideración de perspectivas alternativas.

La cultura de la cancelación es un fenómeno contemporáneo que refleja esta descalificación ideológica. En el marco del globalismo oficial, la cancelación puede actuar como un mecanismo de control, silenciando voces críticas y consolidando una ortodoxia sin cuestionamientos. Este fenómeno extiende la exclusión de críticos a un nivel social más amplio, desincentivando la expresión de opiniones contrarias por temor a ser cancelados. La cultura de la cancelación protege la narrativa dominante del globalismo, etiquetando y excluyendo a los críticos para evitar confrontaciones de ideas y reforzar la idea de que sus directrices son incuestionables.

La promesa de salvación global puede crear expectativas irrealistas y frustración cuando los resultados no cumplen con las aspiraciones. Las políticas basadas en estas ideologías a menudo enfrentan complejidades y resistencias en su implementación, lo que puede llevar a desilusión y desconfianza en las instituciones que las promueven. La experiencia histórica y contemporánea muestra que la imposición de modelos centralizados y la exclusión de críticas pueden tener consecuencias negativas, subrayando la necesidad de un equilibrio entre la implementación de políticas y el respeto a la diversidad y las libertades individuales.

Por último, el séptimo principio destaca que tanto el expansionismo soviético como el globalismo oficial se caracterizan por un tipo de gnosticismo, lo que implica una impostura. Este gnosticismo se manifiesta en la creencia de que poseen un conocimiento especial y superior sobre la verdad y el destino de la humanidad, lo que les otorga un sentido de autoridad y legitimidad para guiar a la sociedad hacia un futuro ideal.

En el expansionismo soviético, el gnosticismo se reflejaba en la doctrina marxista-leninista, que se presentaba como una ciencia de la historia y la sociedad. Esta ideología afirmaba comprender las leyes fundamentales del desarrollo histórico, permitiendo prever y dirigir el inevitable avance hacia el comunismo. Los líderes soviéticos se consideraban poseedores de esta verdad científica y, por lo tanto, los únicos capacitados para guiar la revolución y construir la nueva sociedad. Esta postura les otorgaba una legitimidad casi sacrosanta para implementar políticas y dirigir el rumbo de la nación.

De manera similar, el globalismo oficial también se basa en una forma de gnosticismo. Se presenta como una ideología que posee un conocimiento avanzado y exclusivo sobre cómo resolver los problemas globales y construir un futuro sostenible y equitativo. Este conocimiento se basa en principios y datos científicos sobre el cambio climático, la justicia social, los derechos humanos y la economía global. Los defensores del globalismo se ven a sí mismos como los custodios de esta verdad y, por lo tanto, como los únicos capaces de implementar las políticas necesarias para salvar al mundo. Este sentido de superioridad se traduce en una visión donde sus directrices y soluciones se consideran no solo correctas, sino imprescindibles.

Este gnosticismo lleva a una impostura, ya que ambas ideologías pretenden tener una comprensión completa y definitiva de la verdad y el destino de la humanidad. En el caso del globalismo oficial, esto se manifiesta en la forma en que sus principios son promovidos como verdades incuestionables, y en cómo las políticas basadas en estos principios se presentan como las únicas soluciones válidas a los problemas globales. Cualquier crítica o disidencia se considera una amenaza a esta verdad superior, justificando así la descalificación y exclusión de los críticos. Este mecanismo de defensa ideológica refuerza la ortodoxia y limita el debate y la diversidad de pensamiento.

La impostura también se refleja en la manera en que ambas ideologías manejan la complejidad y la incertidumbre. El gnosticismo implica una simplificación excesiva de los problemas y una confianza desmesurada en soluciones aparentemente claras y definitivas. En el globalismo oficial, la impostura se manifiesta en la implementación de políticas globales que a menudo no tienen en cuenta las diversidades culturales y económicas locales. La promoción de modelos económicos y sociales uniformes puede generar resistencias y problemas imprevistos, que no son abordados adecuadamente debido a la creencia en la superioridad del conocimiento globalista. Esta visión centralizadora y universalista puede pasar por alto las particularidades y necesidades específicas de diferentes sociedades, conduciendo a fricciones y rechazos.

Ambas ideologías, al basarse en un gnosticismo que se autoproclama poseedor de la verdad última, tienden a rechazar la pluralidad y la crítica constructiva, elementos esenciales para una sociedad dinámica y adaptable. La imposición de soluciones unilaterales y la intolerancia a la disidencia pueden resultar en políticas ineficaces y en una alienación de aquellos a quienes se pretende ayudar. La historia muestra que el reconocimiento de la diversidad y la apertura al debate son cruciales para abordar los desafíos complejos de manera efectiva y justa.

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Master Rafael Brenes Leiva. Bachiller en Sociólogo (UCR), Master en Evaluación de Proyectos Sociales (UCR), DEA en Turismo (Universidad de Nebrija España). Interés en la filosofía en particular el Materialismo filosófico y Sociología, especialmente historia y cultural. Profesor en el ITCR por 26 años.
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